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Sigüenza, “la fuerte y bien murada”

Una de las pasiones del aficionado local es buscar y entresacar estampas de su ciudad en todos los libros que la mencionen. El Guitón Onofre es un libro sapiencial (y del género picaresco, si nos fijásemos más en las peripecias que en el centón de refranes y sentencias prácticas que lo llenan), y es injusto que nos enfademos con su autor, Gregorio González, por no habernos dejado ni una estampa de la ciudad episcopal allá en los comienzos del siglo XVII. Lo que es indudable es que parte de su acción transcurre en el entramado urbano seguntino, como vemos por los nombres de las calles; y siendo verdad que esas calles son las nuestras, podemos deducir que son verdaderas las pocas notas antropológicas que interesan al explorador de los libros. Unas son bien conocidas: había mercado en Sigüenza y una calle de mercaderes, la Travesaña baja; otras son más curiosas: había estudiantes en pupilaje, se regateaba al comprar y… se jugaba a los bolos (cap. 3). Es esta última la noticia entrañable. Cuando ahora, cruzando a paso rápido la Alameda, vemos a las mujeres celebrando su fiesta jugando a los bolos, ese ritual cobra inesperada profundidad: hunde sus raíces siglos atrás, y ya no es un juego ocasional, sino la conservación de una tradición remota. Por esto me convenzo de que el fruto de los vuelos históricos es renovar la mirada del presente, y darle su valioso espesor.

Volviendo a ese gusto por explorar los libros antiguos para encontrar postales vivas del pasado, quería detenerme en el falso Quijote de Avellaneda, quien también hizo vivir a su grotesco personaje de paso por Sigüenza. Del auténtico Quijote ya sabemos que el cura había estudiado en la Universidad seguntina; lo que ha sido tildado de chanza de Cervantes, cuando en realidad el cura, no solo era un buen amigo suyo, sino que es uno de los personajes más cultos y emprendedores de la obra… Pero, en fin, por más que se haya querido estirar esa mención, desde luego no justifica que, yendo hacia la Fuente de los Tiemblos, por medio del pinar, se vaya encontrando uno con postes o hitos, poco a poco erradicados por el vandalismo, que rezan: Ruta de Don Quijote. Una cosa es el turismo y otra la fidelidad histórica.

Lo cierto y verdad es que don Quijote, el de Cervantes, tenía intención de ir a unas justas que se celebraban en Zaragoza, y puede que hubiera pasado por Sigüenza siguiendo el camino más antiguo. Pero sucedió que se enteró a tiempo de que el falso don Quijote había estado en tales justas, y decidió no pisar nunca Zaragoza para desacreditarlo; y así se perdió su posible estancia y aventuras en Sigüenza…

La cuestión, pues, se reduce a examinar el falso Quijote y ver si nos ha dejado alguna estampa verdadera. No es el Quijote de Avellaneda obra que vaya a dejar el rincón de los especialistas y llegar al gran público, pero no está de más asomarse a ella para echar en falta el tono cervantino, y así por contraste valorar más el Quijote verdadero. Atendiendo a lo que nos ocupa, otra vez nos llena la decepción: no hay una sola descripción de un rincón de Sigüenza, algo que sobrepase la mera mención; y habrá que contentarse con tales menciones.

A Sigüenza llegan, de vuelta de Zaragoza, el falso don Quijote, aquí un loco bastante impertinente, y el falso Sancho, más simple que gracioso, acompañando a una alcahueta de rostro acuchillado, que, con tratamiento de reina, llevan hasta Alcalá. Lo primero notable es que la imagen de Sigüenza, a comienzos del XVII, era todavía la de una ciudad medieval: entraremos mañana en la fuerte y bien murada ciudad de Sigüenza, en la cual os compraré unos ricos vestidos (cap.23), le dice don Quijote a la alcahueta, a la que habían recogido casi desnuda en un descampado. En esta ciudad paran en el mesón del Sol, que hay que suponer que estaría cerca de la Puerta del Sol, o portalillo al este de la muralla. Don Quijote escribe unos carteles de desafío y manda a Sancho que vaya a ponerlos en sitios visibles. Atentos a lo que hace Sancho, además de un alguacil, descubrimos allí, en la plaza (que sería la Mayor), a un corrillo de nobles en torno a un corregidor; y es de notar lo que dice este: Andad y traednos un papel de aquellos [de los que está pegando Sancho], veremos qué cosa es. No sea algún dislate que llegue a oídos del obispo antes que tengamos acá noticias de él (cap.24). Se trasluce aquí la realidad de que, por encima del poder civil, estaba la figura señorial del obispo. Pues no será hasta finales del siglo siguiente cuando la ciudad deje de ser señorío episcopal.

La peripecia acaba con Sancho en la cárcel, llevado allí por los corchetes, armados con espadas, que lo dejan con grillos en los pies, malestar insufrible al que se suman los piojos que le echan encima unos pícaros allí encerrados. Todo se resuelve después al descubrirse la locura de don Quijote; y antes de que los tres peregrinos salgan de Sigüenza, podemos sumar un oficio más a los de mesonero y zapatero que se han mencionado: el de ropavejero, que aparece con vestidos para vender a la alcahueta.

La última nota que apuntamos no se refiere a Sigüenza, sino que testimonia lo que hoy situaríamos en algún lejano país asiático, y que el idealismo de Cervantes nunca hubiera reflejado. Dice la alcahueta al falso Sancho: Lo con que yo, amigo, os regalaré, si llegamos a Alcalá (…) será con una mocita como un pino de oro, con que os divirtáis más de dos siestas, que las tengo allí muchas y bonísimas, muy de manga [convenidas]; y aun si vuestro amo quisiera otra y otras, se las daré a escoger como en botica [donde hay de todo].

José María Martínez Taboada

Fundación Martínez Gómez-Gordo

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