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CULTURA

Del pueblo idílico al seminario de posguerra

La Historia de la Diócesis de Sigüenza y sus Obispos, de fray Toribio Minguella, en la continuación de Aurelio De Federico se extiende hasta la vicaría de Hilario Yaben, alcanzando a dar alguna noticia de la prelatura de Muñoyerro. Si queremos cruzar esa línea, hemos de bregar con una obra singular: nos referimos a la obra de don Francisco Vaquerizo Moreno, Memorias de mi formación sacerdotal; Sigüenza, 1947-1959. Se trata de una narración de los años formativos de un seminarista, y es una obra en clave: el obispo don Pablo Gúrpide Beope aparece como Víctor Córdoba Torralba, un señor que no cayó bien aquí [en Sigüenza] (96); y su sucesor, don Lorenzo Bereciartúa Balerdi, como Fulgencio Zalaberría y Velarde: Si uno dejaba bastante que desear, el otro lo dejaba todo. No tuvimos suerte con los obispos hasta que llegó don Severiano [don Leonardo Castán Lacoma] (194). Hablando de don Pablo dice: ¿Que si me caía mal aquel obispo? Tampoco trato de disimularlo. Pocos obispos me cayeron bien por entonces. Estaban demasiado arriba para caer bien a cualquiera que manejara un poco el evangelio. Don Víctor [don Pablo], encima, se hacía cada vez más prepotente, más arrogante y más lejano de los que él llamaba en las pastorales sus «hijitos». Era un señor de mentalidad rigurosa y angosta. De carácter violento. Algo muy peligroso para un obispo que gozaba de tanto mando. (…) Pero a mí lo que me fastidiaba era tener que soportar sus pastorales. Comentaban que se las escribía un jesuita hermano. Mandaba leerlas en el refectorio durante la cena. Unos rollos patateros que no te haces idea. Auténticos coñazos (109). De don Lorenzo Bereciartúa nos dice: Era menos intelectual que don Víctor. (Y aún que muchos otros). Incluso tenía un aire de aldeano que no lograba disimular (…). Su comportamiento dejó mucho que desear. (…) Procedía por impulsos repentinos y extraños. Soñaba cosas y, al día siguiente, empezaba a creer que se trataba de divinas inspiraciones (204); un hombre del que sus más allegados colaboradores dicen que era un enfermo. Seguro que lo era (201); el Dr. Zalaberría [Bereciartúa] era un iluminado. Un iluminado peligroso, como todos los iluminados que tienen alguna autoridad. Los mismos superiores contaban cosas increíbles. La famosa anécdota (…): Pienso, señor obispo, que… ¿Y quién le ha dado a usted permiso para pensar? (240). Los dos últimos años de Teología (…) nos quitó las vacaciones navideñas (100); con aquella determinación nos hizo inmensamente desgraciados (204). Es una obra tan sincera como descarnada, testimonio de una iglesia encumbrada por la victoria militar, necesitada de reforma y evangelización, pero tan iglesia sacramental como la de ahora. Don Francisco ha escrito unas memorias que completan la Historia de la diócesis, páginas vivas que hay que leer (con todo el espíritu crítico que se quiera), y que se seguirán leyendo para entender aquella época.

 Don Francisco Vaquerizo Moreno, el poeta seguntino por antonomasia, nos ha dejado otro librito enternecedor y perdurable, como es Jirueque: Memoria de mi infancia. En sus páginas está recogida lo que fue una infancia feliz de posguerra, ajena a los años demasiado tortuosos del seminario. Es una infancia de pueblo, dentro de una manera de vida que tal vez ya desapareció para siempre. Están escritas en un tono coloquial que trasmite la cercanía y calidez de lo narrado. En un pueblo castellano, en los años cuarenta, un niño podía ser feliz, con tal intensidad que toda la vida posterior queda empañada por la nostalgia. La vida entonces guardaba remoto parecido con la actual; y de aquel pasado, lo que ha quedado es otro mundo, desolado e impersonal. Era aquel un mundo agrícola, primitivo, pero habitado por personas de carácter. El pueblo tenía la entidad de una tribu, donde todos eran conocidos y cercanos, todos tenían su personalidad y había los que descollaban o se singularizaban; un pueblo donde las personas no escondían peligros, y los niños tenían una libertad de acción extraordinaria, y exploraban y vivían con más audacia, riesgo e intensidad que los niños de ahora. Un pueblo donde la fe era consustancial a la gente, y donde la única salida para los que despuntaban intelectualmente era la carrera eclesiástica, iniciada con su marcha al seminario.

El autor se propuso una recapitulación exacta de todas las personas que su memoria había conservado de sus primeros once años, de su larga infancia. Es inevitable que parte de ese “personal” se pierda en el mero recuento, pero los fieles retratos de aquellos “tipos” campesinos abundan y están trazados con vigor expresivo, como fotografías de posguerra. Como muestra sentimental, ofrezco aquí una emotiva escena que tuvo lugar en nuestra estación del ferrocarril: [A mi padre] también lo tengo muy presente el día en que me dejó en Sigüenza. Al despedirlo, me pareció que el mundo se me rompía entre las manos. ¡Qué pena tan intensa sentí de repente! Como si su abrazo me hubiese arrojado al más completo abandono. A medida que el tren se lo iba llevando para casa, mi corazón se iba perdiendo en la soledad más amarga que nunca haya experimentado. Fue como perder la inocencia. Como sentir que al paraíso de mi infancia se le habían cerrado las puertas (117).

Pero no es este el tono principal del libro, sino el de la alegría de revivir aquellos años de infancia: lo que mejor y con más fuerza recuerdo es lo felices que vivíamos. Lo descaradamente felices que éramos sin caer siquiera en la cuenta (119). Y es que aquellas gentes vivían en una armonía que el autor cree que se ha ido perdiendo: Al campo se le tenía amor porque se vivía en comunión constante con él. En sufrida comunión muchas veces. Pero ese mismo sentimiento hacía más hondo el cariño (158).

Don Francisco, al evocar su infancia, ha querido cantar un tipo de vida muy elemental y muy penoso, no para desear que vuelva, sino para conseguir que nunca desaparezca de nuestra memoria (6).

 

 

 

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