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Confesiones de un columnista perpetuamente irritado

Vamos camino a la barbarie a pasos agigantados cuando observamos consternados como se reniega de las más venerables tradiciones patrias. La Constitución, que hasta ahora permanecía inmaculada, es hoy cada día objeto de escarnio. Tampoco existe el menor respeto para la más alta magistratura del Estado, a la que se abuchea olímpicamente en los estadios, mientras que, en su lugar, se ensalza a los falsos ídolos del balón.

Nos encaminamos hacia una sociedad inquisitorial que no permite ni siquiera que se pueda disfrutar tranquilamente del noble arte de acuchillar a una res sin tener que ser recriminado por tener esta añeja y noble afición. Incluso se mira con malos ojos abatir una pieza de caza por puro placer, a la usanza de nuestro emérito rey. Se ignora que a lo largo de la historia, la actividad cinegética siempre se ha considerado como una de las ocupaciones más exquisitas de la nobleza.

A los críos se les permite campar a sus anchas en los restaurantes correteando sin cesar junto a las mesas de los comensales y ya no resulta posible meterlos en cintura propinándoles un oportuno correctivo para impedir que perturben con sus gritos la plácida sobremesa culta de los adultos.

Perros y gatos viven cada vez en mayor promiscuidad en los hogares y la gente no tiene el menor empacho en sacar sus bichos a la vía pública para que importunen a la ciudadanía con sus ladridos y maullidos. Para colmo ya ni siquiera se permite que tome cartas en el asunto el benemérito cuerpo de los laceros municipales y ponga así coto a este desaguisado.

El coche, que siempre ha sido un símbolo de la emancipación, cada vez se encuentra más demonizado. Bajo absurdos pretextos de protecció de la salud se nos coarta la libertad de circular por donde nos venga en gana. Pago mis impuestos y reivindico el derecho a emitir diesel a mi antojo por las ciudades sin que nadie me penalice por ello. Llegará un momento en que nos veamos obligados a desplazarnos a pie o en transporte público, teniendo que soportar el acoso de los mendigos o los efluvios corporales de la plebe.

El arte tampoco es lo que era, cuando se hacía en blanco y negro, era posible apreciar el valor del séptimo arte pero desde que llegó el color, el cine ha perdido toda su magia. Se ha convertido en un pretexto para deglutir palomitas en una sala oscura, solo o en la procelosa compañía de otros.

Ni siquiera está bien visto ya echar el humo a la gente que te rodea para hacerles partícipes del aroma que proporciona ese supremo placer de un buen cigarro.

Las mujeres tampoco son ya aquellas apreciadas costillas de Adán que antes nos causaban placer por sus buenos modales y su elegancia en el vestir; ahora utilizan un lenguaje barriobajero y se ufanan en llevar pantalones vaqueros llenos de agujeros. Para colmo, cada vez me hacen menos caso y se amanceban con el primero que se permite encandilarlas con cualquier baratija.

Pero la gota que rebasa el vaso es que ya nadie me lee, mis obras permanecen llenas de telarañas en las estanterías de las librerías y debo confesar que, de un tiempo a esta parte, no consigo vender una escoba.

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