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El Secreto

No dejes que la verdad te estropee una buena anécdota

 En un artículo anterior veíamos cómo detectar una afirmación psuedocientífica; hoy nos preguntamos ¿cómo se forman las falsas creencias?, y sobre todo ¿por qué se perpetúan?

 Quién no se acuerda o ha oído hablar de la mítica revista satírica La Codorniz, “la revista más audaz para el lector más inteligente”. De aquella publicación se recuerdan muchas anécdotas y sobre todosus gloriosas portadas. Veamos algunas de las más celebradas.

 La portada del túnel. La Codorniz editó un número en cuya portada se veía la entrada de un túnel, por el que se disponía a penetrar la locomotora de un tren. Todas las páginas interiores estaban en negro, como si en ellas hubiese caído la oscuridad del túnel. Y como contraportada, el tren saliendo del túnel.

 La portada del Fresco de Galicia. Un parte meteorológico en el que, en destacado recuadro, podía leerse: REINA UN FRESCO GENERAL PROCEDENTE DE GALICIA, en clara alusión al general Franco.

 La portada de “Codorniz La”. Cuando a Francis, el hijo varón de los marqueses de Villaverde, le cambiaron el orden de los apellidos llamándole Francis Franco Martínez (en vez de Francis Martínez Franco).

 Esta portada provocó que les secuestraron la edición (como se llamaba entonces al hecho de que la policía requisara todos los ejemplares antes de su distribución). Por lo que en la portada del número siguiente apareció el conocidísimo chiste: “Bombín es a bombón como cojín es a X, y nos importa 3X que nos secuestren la edición”. Y claro, se la volvieron a secuestrar.

 Y otras muchas portadas realmente gloriosas…

Pero, estas portadas de La Codorniz nunca existieron, basta con echar una ojeada en las hemerotecas. Se trata de historias que nos contaron y nos gustaría que fueran verdad por divertidas, sorprendentes, inteligentes…

Es así como nace una leyenda urbana: aceptamos las buenas anécdotas sin comprobarlas, porque confiamos en quien nos las cuente con convicción y, admitámoslo, queremos tener una buena anécdota para triunfar socialmente cuando las contemos nosotros. Sin querer pensamos aquello de “No dejes que la realidad te estropee un buen titular”, que decía Walter Matthau en la mítica película de Billy Wilder “Primera Plana”.

Para ver cómo se perpetúan las leyendas urbanas, veamos esta otra anécdota:

Una vez, Camilo José Cela, se encontraba pronunciando una conferencia y señaló:

– Como dijo “Güiliam Saquespeare”… – momento en que la audiencia comenzó a reír.

Cela, que hablaba perfectamente inglés (su madre, Camila Enmanuela Trulock y Bertorini, era angloitaliana), respondió:

– Ah, veo que Uds. saben inglés. De modo que no habrá ningún problema si continúo la conferencia en esa lengua: As William Shakespeare said… – y finalizó en inglés el resto de la conferencia, dejado al público chasqueado.

Pues bien, esta anécdota se contaba anteriormente, y sin cambiar una coma, de Miguel de Unamuno. Lo que quiere decir que a alguien se le ocurrió la anécdota, quizá fuera un chiste o una contestación entre amigos, y se la achacó al personaje que representaba el papel de l´enfant terrible en la sociedad de la época. Primero a Unamuno y cuando este pasó de moda, a Cela. ¿A quién le atribuiríamos la anécdota hoy? ¿Risto Mejide?, quizá.

El hecho de que la anécdota salte de un personaje a otro, según quien ocupe el rol social correspondiente, demuestra que se trata de un estereotipo: se crea la imagen como tal, y luego se le cuelga a quien nos convenga. La imagen es anterior a la atribución y lo más probable es que nunca le ocurriera a alguien.

 

 

 

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