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Entrevista

Mujeres que buscan y... pierden. Entrevista al historiador Antonio Gil Ambrona

¿Tiene algo que ver la pedanía seguntina de Bujarrabal con Ignacio de Loyola, el padre fundador de los jesuitas? (aparte de que Bujarrabal también existía en los tiempos de Ignacio, y mucho antes). Curiosamente, sí. En Bujarrabal vive –con un pie en Barcelona y otro allí– Antonio Gil Ambrona, que es autor del libro “Ignacio de Loyola y las mujeres. Benefactoras, jesuitas y fundadoras”, publicado por la editorial Cátedra este año. Una investigación de la vida de Ignacio de Loyola con un enfoque insólito.

La “intriga” de las relaciones de Ignacio de Loyola con las mujeres consiste en que entre los primeros seguidores de Ignacio había un gran número de mujeres, y algunas de ellas desempeñaron un papel fundamental para que se consolidara su figura como líder espiritual. Sin embargo, una vez constituida la Compañía de Jesús, él les negó la entrada en ella e incluso expulsó a las pocas que ya habían conseguido “colarse”. Esta intriga también arroja luz sobre muchos aspectos de la posición social de la mujer en aquella época.

Ya en su libro anterior, “Historia de la violencia contra las mujeres. Misoginia y el conflicto matrimonial en España” (Cátedra, 2008), Antonio Gil Ambrona empezó a estudiar formas de opresión hacia las mujeres. ¿Cómo llegó a este tema de investigación?

"HISTORIA DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES"

Acabé la carrera de Historia en 1984 en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), pero en el último curso empecé a estudiar los procesos de separación matrimonial de los siglos XVI y XVII que se conservan en el Archivo Diocesano de Barcelona. Esos casos los juzgaba un tribunal eclesiástico porque en las separaciones matrimoniales solo podía intervenir la Iglesia. Hice la tesis de licenciatura sobre este tema.

La separación no suponía la anulación del matrimonio, era “separación del lecho y la cohabitación”. En la inmensa mayoría de los casos la solicitaban mujeres y su principal alegación eran los malos tratos que recibían de su marido.

Esta investigación fue el origen del libro “Historia de la violencia contra las mujeres”. Me sugirió que lo escribiera el profesor Ricardo García Cárcel (catedrático de Historia Moderna de la UAB y Premio Nacional de Historia en 2012), que ya había dirigido mi tesis de licenciatura. A pesar del subtítulo del libro, la violencia de los hombres contra las mujeres no se da solo en el seno del matrimonio, es un problema mucho más complejo, como ya sabemos, que se manifiesta en la explotación sexual, el acoso psicológico, las violaciones, etc.

¿Qué épocas abarca el libro?

Desde el Derecho romano hasta la actualidad. En cada época traté la legislación y casos concretos. También me interesé por cómo planteaban este asunto obras literarias de cada época. Por ejemplo, en el “Poema de Mio Cid” se cuenta, según una trama ficticia, que las hijas del Cid reciben una paliza casi mortal en el robledo de Corpes por los infantes de Carrión. En realidad, viene a decir que por aquel acto salvaje quedaba deshonrado el padre… Y es que la honra y el honor masculino se han utilizado en la literatura para justificar todo tipo de vejaciones contra las mujeres.

El adulterio masculino, que es otra de las alegaciones que presentaban las mujeres para lograr la separación matrimonial, también ha sido históricamente uno de los pilares de la violencia contra las mujeres, y gozó siempre de un consentimiento social.

¿Y era un argumento válido para la separación?

Sí, lo que sucede es que costaba poder demostrarlo. En los pocos procesos que terminan con sentencia, la mayoría de estas son negativas para las mujeres. Pero hay cerca de un 70 % de procesos que quedan inconclusos. Acaban en un procedimiento llamado “secuestro”: se aparta a la mujer del marido, y la recluyen en casa de un familiar, en un convento o en otra institución. Así son protegidas, pero también se las penaliza privándolas de libertad.

¿A veces se anulaba el matrimonio?

Existía la posibilidad de la anulación eclesiástica, pero solo estaba al alcance de las clases sociales altas. Se necesitaba invertir mucho dinero y casi siempre era necesario apelar al tribunal de la Rota, en un procedimiento largo y dificultoso.

¿Cuándo pasó este tema a juzgados civiles, no eclesiásticos?

Durante la II República, en 1932, se dicta la primera Ley de divorcio de este país. La dictadura suspendió esa Ley, e incluso las personas que se habían divorciado en la República fueron obligadas a convivir de nuevo, aunque no todas lo hicieron. ¡Imagínate lo que eso suponía para las mujeres que se habían divorciado de sus maridos porque las maltrataban!

LA MICROHISTORIA

Analizas casos concretos y con ellos muestras cómo funcionaba la sociedad, en vez de hablar en general.

En los años ochenta surgió el método de la “microhistoria”, según el cual, a partir de un caso histórico concreto, se buscan conexiones con otros casos hasta trazar un panorama general. Hay un libro que se toma como paradigma de la microhistoria, “El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI”, de Carlo Ginzburg. Este historiador italiano estudia un caso de un molinero que fue juzgado por la Inquisición, y logra mostrar la mecánica de ese tribunal pero también de la sociedad, cuál era el imaginario de este molinero a través de sus declaraciones. Y esto creó escuela. Es muy interesante, pero sin perder de vista la interpretación de los hechos en un marco global.

En el caso de Ignacio de Loyola, he deconstruido lo que han escrito sobre él los historiadores jesuitas desde el punto de vista hagiográfico, para intentar volver a construir la vida del personaje de carne y hueso.

Ver entre las rendijas

Todas las biografías de Ignacio escritas por los jesuitas empiezan en el momento en que el futuro santo es herido en una pierna en la defensa de Pamplona y al recuperarse decide peregrinar a Jerusalén. Según ellos, ya hace voto de castidad, y es como si desde ese momento emprendiera el camino de la santidad.

Hay que tener en cuenta que estas biografías formaban parte de la propaganda mediática de la Compañía. La primera, la mal llamada “Autobiografía de Ignacio de Loyola”, fue escrita por el portugués Luís Gonçalves da Câmara, basándose en lo que le contó el propio Ignacio, pero sin hablar de su vida antes de que este fuera herido, aunque lo más probable es que Ignacio se lo explicara. Aun así, la “Autobiografía” estuvo censurada durante muchos años; mientras que la biografía oficial fue la de Pedro de Ribadeneira, otro de los compañeros de Ignacio de Loyola. Es la oficial, pero fue mutilada en cuanto canonizaron a Ignacio: eliminaron un capítulo en el que Ribadeneira decía que el santo nunca hizo milagros.

Para hacerle santo, tenía que hacer milagros. ¿Y qué milagros se le atribuyen?

Tuvieron que “buscarlos” deprisa y corriendo. Cuando la Iglesia católica, en plena Contrarreforma, muy desprestigiada y atacada por los luteranos, necesitaba santos nuevos, ¿a quién escoge? A Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Francisco Javier... todos referentes muy recientes. Ignacio de Loyola muere en 1556, y en 1622 lo elevan a la santidad. Son santos “exprés”.

He mirado entre las rendijas, los vacíos, que dejan los hagiógrafos. En el libro intento superar algunos mitos de la familia vasca de Ignacio de Loyola. Por ejemplo, su abuelo tuvo relación con una mujer judía de la que nacieron varios hijos. He expresado mis dudas sobre la mujer que ha sido considerada como madre de Ignacio de Loyola y he profundizado en la vida de su nodriza, todo un misterio que, de ser desentrañado, quizá nos daría pistas sobre el nacimiento de Ignacio.

No cabe duda de que hay algo del mundo judeoconverso en Ignacio de Loyola. Muchos de sus primeros compañeros son de origen converso... ¿Y por qué se le pregunta a Ignacio en uno de los procesos de Alcalá de Henares si en su tierra hay judíos y si él guarda el sábado?

Entonces, aparte de tratar el tema de “Ignacio Loyola y las mujeres”, has hecho la primera biografía real… ¿se puede decir así?

He intentado dar un paso más para aproximarnos a la figura de Ignacio de Loyola como hombre, no como santo, y poner encima de la mesa los problemas que eso plantea.



Y, POR FIN, LAS MUJERES E IGNACIO DE LOYOLA

En el libro destacas las figuras de dos mujeres que ayudaron a Ignacio, Inés Puyol e Isabel Roser. Isabel Roser incluso consiguió entrar en la Compañía de Jesús. Mientras ella pertenecía a una familia de ricos comerciantes catalanes, Inés Puyol ¿tuvo relación con el mundo judío?

No lo sabemos con certeza, pero es probable. El padre de Inés Puyol y su primer marido se ocupaban del curtido de las pieles y su segundo marido era comerciante de algodón, oficios que habían estado tradicionalmente en manos de conversos.

¿Con qué métodos has investigado?

He consultado, por ejemplo, protocolos notariales de archivos de Manresa. Allí encontré las capitulaciones matrimoniales del segundo matrimonio de Inés Puyol, el testamento de su madre... donde aparecen muchos datos familiares. Además, el hijo de Inés Puyol, Juan, dejó por escrito unas declaraciones sobre la relación de su madre con Ignacio de Loyola. Se las tomaron unos padres jesuitas en Barcelona, pero en el proceso de canonización de Ignacio no se aceptaron porque decía cosas que no gustaban. Ignacio convivió con Inés Puyol y su hijo durante más de dos años en la casa que ella tenía en Barcelona. Además, la primera carta conocida de Ignacio de Loyola está dirigida a Inés Puyol. Por otra parte, muchas de las cartas que podrían ser comprometedoras para Ignacio han desaparecido. Como desapareció el documento que un historiador consultó en el Archivo de los Jesuitas en Roma donde se decía que Ignacio había tenido uno o varios hijos.

¿Las declaraciones del hijo de Inés Pujol están publicadas?

Sí, los jesuitas las publicaron en la Monumenta Historica Societatis Iesu, medio centenar de volúmenes donde hay muchos documentos, cartas, etc., de los orígenes de la Compañía de Jesús.

En cuanto a la correspondencia que Ignacio mantuvo con sus benefactoras, con las aspirantes a jesuitas o con las fundadoras de colegios de la Compañía, he traducido al castellano las cartas que originariamente están escritas en italiano, en francés, en catalán... y pueden leerse en el libro recopiladas de ese modo por primera vez.

Es un puzle que tienes que ir completando, a partir de las propias hagiografías, con datos que han encontrado otros historiadores y con tus propias aportaciones. Pero mi lectura no es la misma que la de los historiadores jesuitas. En una de las cartas que Ignacio de Loyola escribe a Inés Puyol desde París, donde había ido a estudiar teología, le dice: “Considerando la mucha voluntad y amor, que en Dios Nuestro Señor siempre me habéis tenido, y en obras me lo habéis mostrado, he pensado escribiros esta, y por ella haceros saber de mi camino después que de vos me partí”. Al leer esto te das cuenta del grado de intimidad que hubo entre ellos.

Acabaste teniendo empatía con Ignacio...

Me parecieron más interesantes las vidas de las mujeres que lo ayudaron; ellas son heroínas en la sombra. Es verdad que la vida de Ignacio es fascinante: tenía un afán de superación increíble. En 1521, con 30 años y cuando la herida en la pierna le causó una minusvalía de por vida, salió en peregrinación; fue sometido a varias investigaciones inquisitoriales; se ordenó sacerdote a los 46 años y acabó fundando la Compañía de Jesús. Pero todo eso hubiera sido casi imposible sin las mujeres que le prestaron apoyo anímico y económico e incluso arriesgaron su vida por él en los momentos más difíciles. Ahí están las cartas y sus propias declaraciones. “Os debo más que a cuantas personas en esta vida conozco”, le dice Ignacio, por ejemplo, a Isabel Roser. ¡Y después la expulsó de la Compañía de Jesús!

El tema de los conversos y el de las mujeres, ¿están relacionados?

Tanto las mujeres como los conversos se hallaban en una posición social insegura en el sistema ritual religioso establecido, y los movimientos de renovación religiosa permitían una mayor autonomía para relacionarse con la divinidad. Por ejemplo, tanto el grupo de alumbrados de Valladolid –con el que Ignacio estuvo en contacto– como el del Palacio del Infantado de Guadalajara los lideraron mujeres. Y es que las mujeres en ese momento, como sucedía con los conversos convencidos, estaban buscando un espacio dentro del catolicismo.

¿Puede decirse que en estos círculos espirituales los hombres y las mujeres eran iguales?

Yo creo que sí, allí hay una situación de igualdad e incluso, a veces, de admiración hacia las mujeres por parte de los hombres.

E Isabel Roser era también una mujer fuerte, porque ¡cómo insistía en entrar en la Compañía de Jesús en contra de la voluntad de Ignacio de Loyola!

Era fuerte pero también estaba muy segura de sí misma. Ella había ayudado a Ignacio, había recibido de él esas cartas tan agradecidas… Hay un momento en que se desespera, ha roto con todo, y piensa retirarse a un convento de clarisas hasta que Ignacio le permita ir a Roma donde estaba él. Entonces él envía una carta con su autorización. Pero también manda otra carta al encargado de la Compañía en Barcelona y le dice que se cuide mucho de que nadie deduzca que él ha llamado a Isabel y a sus otras dos acompañantes...

¿Por qué las expulsa de la Compañía de Jesús?

Él argumenta que los jesuitas no se pueden encargar de las mujeres, porque tendrán que viajar a lugares remotos, a la India, a Japón o América, para hacer un trabajo de evangelización. También dice que “las mujeres en comunidad dan muchos problemas”, como si eso no sucediera en el caso de los religiosos. Y por otra parte, aún no había afianzado el poder de la Compañía. Quizá tuvo miedo de que quienes acusaban a los jesuitas de ser especialmente afines a las mujeres, acabaran por relacionar esa inclinación con el pasado del propio Ignacio.

Sin embargo, Ignacio demostró una gran hipocresía cuando aceptó a Juana de Austria, hija del emperador Carlos V, como jesuita; aunque lo hizo en secreto, ella sí pasó a formar parte de la Compañía de Jesús.

Si hubiera aceptado a las mujeres, habría obtenido un gran beneficio, desde el punto de vista práctico.

Hubiese ganado muchos más adeptos. Aunque lo cierto es que Ignacio no concebía a las mujeres religiosas fuera del claustro. Él había intentado por muchas vías que en los conventos femeninos barceloneses, que tenían especial mala fama, se respetara la clausura, y no lo había conseguido; ni él, ni Felipe II, ni los obispos… Las grandes familias de la nobleza barcelonesa controlaban esos conventos y resultaba muy difícil obligar a aquellas mujeres a enclaustrarse totalmente.

Las mujeres tenían las mismas inquietudes que los hombres…

Sí, y viceversa. El caso de las ursulinas es realmente paradigmático. Los propios jesuitas reconocen que antes de la fundación de la Compañía, en 1534, ya apreciaron y admiraron el componente educativo de las ursulinas, y es muy probable que lo tomaran como modelo para los futuros colegios jesuíticos. Pero las ursulinas, cuando crearon en Brescia su orden, rechazaban el hábito, la clausura y los votos solemnes. Eso nos da pistas sobre lo que probablemente deseaban las mujeres aspirantes a jesuitas: ir a la estela de la Compañía, que no era monacal; crear órdenes femeninas nuevas, sin ninguna vinculación con las órdenes masculinas tradicionales; poder seguir su propio camino fuera del claustro... Veían que necesitaban libertad de movimientos para ejercer acciones asistenciales, educativas, caritativas... y gestionar sus recursos económicos. Sin embargo, los propios jesuitas contribuyeron a la clausura de la comunidad de ursulinas en París, porque se oponían a esa libertad.

 

BUJARRABAL

 finales de los noventa, Antonio y su compañera, Marga, tuvieron la feliz ocasión de comprar la mitad de la antigua casa de postas de Bujarrabal, que antaño había pertenecido a la familia de Antonio. Enfrente está la casa donde nació su madre.

Viven en Barcelona, pero con el tiempo han podido “retomar el contacto” con el pueblo y han coincidido con el boom bujarrabaleño. Después de la campaña contra un parque eólico proyectado en el término del pueblo (2001-2003), se activó increíblemente la vida social. “Se creó una asociación cultural y una asociación de vecinos, se reabrió el teleclub, fue todo como un movimiento…”, recuerdan.

Dice Antonio: “Mientras estudiaba la carrera de Historia no me interesé por la historia de Bujarrabal, hasta que surgió la Asociación Cultural en 2003 y empezamos indagar en el patrimonio del pueblo”. La asociación, en diez años, editó 30 números de la revista La Torrevera (por el nombre de una torre árabe que se conserva en Bujarrabal, y de hecho “Bujarrabal” significa “torre del arrabal”) y en ella se publicaron, entre otras cosas, datos inéditos sobre la historia del pueblo.

La torre de Bujarrabal.

 

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