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Helados que dejan huella

Desde la antigüedad se conocen distintas presentaciones frías o congeladas de bebidas, jugos de frutas y otros alimentos, de los que generalmente solo podían disfrutar los más ricos. Hasta épocas recientes, la elaboración de un “helado” solo era posible si se disponía de suficiente hielo o nieve para poder enfriar la mezcla realizada. Con esta finalidad se construían pozos y neveras subterráneas donde se conservaban los bloques de hielo o la nieve durante varios meses.

En China, siete siglos antes de nuestra era, se conocía el método para crear mezclas de hielo con leche. También los persas tenían recetas similares a un pudín o flan frío que se elaboraban con agua de rosas y cabello de ángel, que serían similares a nuestros granizados. En su origen, el helado no era un postre lácteo, sino más bien una preparación a base de jugos de fruta. Con el tiempo se fueron añadiendo pequeñas cantidades de derivados lácteos para darle el aspecto y la textura cremosa que conocemos en la actualidad. Fundamentalmente nos encontramos con dos tipos de helados:

1. Helados de agua o sorbetes. Su componente básico es el agua al que se añaden azúcares, colorantes y sabores diferentes.

2. Helados de leche o crema. Los derivados lácteos y el azúcar son los ingredientes fundamentales en su elaboración.

Los helados llevan una proporción importante de azúcar que sirve para dar sabor, textura y mantener bajo el punto de congelación de la muestra. Son una fuente importante de calorías por lo que debemos ser muy cuidadosos y evitar un consumo excesivo. Actualmente al igual que otros productos de repostería se han sustituido las grasas de origen lácteo (mantequilla y nata) por grasas de origen vegetal más baratas (grasas de coco y palma), y el popular azúcar (de caña o remolacha) por fructosa de maíz que  también es poco saludable para nuestro organismo.

Un helado no hace mal a nadie y nos ayudará a combatir los calores veraniegos. Pero debemos tener en cuenta su alto contenido calórico. Un helado de hielo suele tener unas 100 calorías, y uno cremoso más de 250 calorías según el tamaño y los ingredientes de la mezcla (chocolate, frutos secos y grasa). Si tenemos en cuenta que las grasas saturadas y los edulcorantes utilizados en su producción industrial son poco recomendables para nuestra salud, su consumo debe ser ocasional. Leer y comparar distintos productos del mercado será fundamental para nuestra dieta y nuestra salud. Usted puede tomar helado “en vez de”, no “además de”, que es el gran problema del mundo occidental.

También es muy importante que tenga en cuenta el número de calorías, ya que a veces pensamos que un producto “sin azúcar” será más sano. Pues no siempre, ya que para conseguir la misma textura o sabor se añaden más grasas saturadas, por lo que no sólo es más dañino, sino que además tiene más calorías (9 calorías por gramo frente a las 4 calorías del azúcar). En cuanto a la denominación “artesano” también debemos tener gran precaución, siempre leer los ingredientes utilizados en su fabricación que debe estar visible para el público, y asegurarnos que el establecimiento donde se elabora cumple la legislación vigente sobre higiene alimentaria.

Disfrutar de un helado debe ser una práctica esporádica y nunca convertirse en una rutina. El abuso en el consumo de productos de repostería dejará una huella en nuestro  organismo, ya sea elevando los niveles de glucosa, triglicéridos y colesterol en sangre o en forma de las grasas acumuladas en nuestra cintura. Sea prudente este verano y recuerde que  “lo bueno si breve, dos veces bueno”.

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