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Monedas sociales: dinero a medida

El 17 de junio pasado el Gurugú de la Plazuiela organizó un coloquio sobre la problemática de nuestro sistema monetario y sobre las llamadas monedas sociales. Manfred Freund, miembro de la Asociación Dinero Positivo, y Julio Gisbert, autor del libro “Vivir sin Empleo”, presidente de la Asociación para el Desarrollo de los Bancos de Tiempo y miembro del Comité de Expertos del Proyecto Europeo de Cooperación CROSS, fueron los invitados de excepción en este inquieto restaurante seguntino.

Supongamos –y no es que sea mucho suponer– que alguien no puede llegar a fin de mes con sus ingresos; y así un mes, y otro… En su búsqueda de soluciones se va encontrando con personas en su misma situación. Ninguna de ellas puede acudir a los canales de financiación establecidos. Los bancos no les dan crédito, y tienen las puertas cerradas a la percepción o al incremento de sus prestaciones sociales. Un día quedan en reunirse para hacer piña y tratar juntas de capear el temporal. Durante las presentaciones advierten que hay un poco de todo: una persona es especialista en informática, otra entiende de electrónica, otra es asistente social; hay un panadero, varios granjeros y horticultores, dos albañiles, un médico, un fontanero, una abogada, un autónomo parado con furgoneta y hasta un bombero forestal. No tienen dinero pero sí un montón de aptitudes, capacidades y, sobre todo, tiempo. Deciden entonces que entre ellas pueden cubrir buena parte de sus necesidades sin tener que gastar un duro; sólo practicando el “hoy por tí, mañana por mi”.

Durante un tiempo van haciéndose favores mutuos. Y les va bien, hasta tal punto que a la red se van sumando cada vez más personas. Llegan a ser tantos que deciden establecer algún tipo de organización que facilite sus intercambios de productos, servicios y conocimientos. Buceando en internet se encuentran con que otros grupos en su mismas circunstancias decidieron en su día crear su propio dinero, su propia economía, su propio sistema monetario local en un clima de confianza mutua. En algunos casos haciendo meros apuntes en una cartilla o libreta; en otros por medio de la emisión de los más variopintos tipos de billetes y tarjetas; o bién mediante operaciones y transacciones electrónicas a través de internet.

Lo primero que cabe preguntarse es si no se estará sustituyendo sin más un dinero por otro, con todos sus potenciales y consustanciales atributos para bien y para mal. Y la respuesta es no. El dinero de curso legal, que es el emitido por los bancos centrales, se puede acumular y generar desequilibrios. Pero ¡ojo!, que éste sólo supone el 3% del dinero que se maneja en el mundo, el contante y sonante. Hay otro dinero, el creado por la banca privada a través de sus operaciones de crédito y sus transacciones, que no tiene un soporte físico. Es, por ejemplo, el dinero electrónico que aparece en la pantalla cuando usamos un cajero automático. Hoy en día, ese dinero (el de los depósitos bancarios) constituye más del 97% de todo el que circula en la economía global, un dinero surgido como por arte de birlibirloque. “La esencia del sistema monetario contemporáneo es la creación de dinero a partir de la nada mediante los préstamos a menudo insensatos de la banca privada”, afirma Martin Wolf, economista y editor jefe del Financial Times.

Así, los bancos han incrementado la cantidad de dinero en circulación un 11,5% anual en los últimos 40 años; sobre todo mediante la concesión de hipotecas, empujando al alza el precio de la vivienda. Se trata de un dinero con un alto potencial especulativo y con un altísimo riesgo de generar burbujas y crisis financieras.

Las monedas sociales, en cambio, han sido diseñadas para evitar su acumulación y su potencial capacidad especulativa. Son un medio, una herramienta, no un fin en sí mismas. Si se acumulan y no se usan pierden paulatinamente su valor al aplicarles lo que se ha dado en llamar “oxidación” o interés negativo, que reduce en un porcentaje su valor transcurrido un determinado tiempo sin usar.

En el blog “De otra manera. Ideas sostenibles para todos” (https://www.deotramanera.co), Julio Gisbert expresa las virtudes de las monedas llamadas sociales, complementarias o alternativas:

“Los recursos (productos, servicios y saberes) son en muchos casos ignorados por la economía formal. Lo mismo sucede con el trabajo doméstico, la reutilización y el reciclaje de todo tipo de enseres o el trabajo que puede denominarse voluntario o de ayuda mutua. Una vez convertidos en moneda social, estos recursos crean riqueza y bienestar social en las comunidades donde se implementan”.

Charla sobre moneda social en Sigüenza.

Existen unas 5.000 monedas sociales repartidas por todo el mundo. En España nos aproximamos al centenar; cada una con sus peculiaridades y características. Cada una está hecha a medida de las necesidades de sus creadores y, al mismo tiempo, usuarios. Algunas circulan en pequeñas comunidades o barrios, como los “jimenos”, en Jimena de la Frontera (Cádiz). Se obtienen prestando servicios, realizando pequeños trabajos o mediante la venta de productos artesanos o de segunda mano. Con esta iniciativa, impulsada por la Asociación para el fomento de la Moneda Complementaria de Jimena de la Frontera, se trata de paliar la penuria económica de los sectores más desfavorecidos en esta localidad de algo más de 10.000 habitantes, como son los desempleados o las personas mayores. Al procurarse bienes y servicios mediante jimenos, pueden reservar sus euros para aquellos gastos imposibles de afrontar con la moneda local.

Algo similar ocurre con los “pumas” en el barrio sevillano de El Pumarejo; con el “zoquito” en Jeréz de la Frontera; las “bellotas” en Guadalajara; los “copones” en Cuenca; los “boniatos” en Madrid; la “turuta” en Vilanova i la Geltrú, donde cuentan con una Oficina de Cambio Local y una entidad de banca ética para trocar euros por turutas, una experiencia que se puso en marcha en 2010, y que cuenta con el apoyo del Ayuntamiento, que aprobó en pleno por unanimidad declarar la turuta como moneda social de la ciudad.

El “res” de Gerona es una de las monedas con mayor implantación. Comenzó su andadura en 2012 y cuenta a día de hoy con más de 500 comercios adheridos y más de un millar de usuarios. Se trata de un modelo importado de Bélgica, donde funciona desde hace más de 20 años. El “eco”, en la Comunidad Valenciana, es fruto de una iniciativa surgida en la Red Local de Intercambio del Campo del Turia a través de la Asamblea 15M. Antonio Marín, uno de sus miembros, puntualiza:

“Con el ECO no se puede especular, ni comprar ni vender, no se pagan intereses. Y lo más importante: es una moneda generada con nuestro trabajo, no con la firma de un préstamo como ocurre con el euro”.

Cuantos más miembros se sumen, cuantos más comercios se adhieran, cuanto más se apoye desde las administraciones locales, mejores serán los resultados y mayor el beneficio de la economía local. Así lo han entendido numerosos ayuntamientos dentro y fuera de nuestras fronteras. En Bristol (Reino Unido) el propio alcalde recibe su sueldo en “bristol pounds”. Tienen su propia emisión de billetes físicos, que son avalados por una entidad de crédito. Otras monedas sociales muy extendidas y asentadas son el “SOL-Violette” de Toulouse y el “Chiemgauer” de Baviera.

Desde primeros de año está en circulación en Santa Coloma de Gramanet la “grama”, una de las propuestas más comprometidas y valientes a escala nacional. Se trata de una moneda digital que se gestiona desde una aplicación móvil o desde internet y que funciona como cualquier tarjeta de crédito. Pero lo más importante es que se trata de una iniciativa municipal, una apuesta hecha desde el Ayuntamiento para reforzar la actividad económica y social de la ciudad. En un primer momento,  parte de las subvenciones que el Ayuntamiento destina a entidades culturales y deportivas, y que éstas gastan habitualmente en comercios locales, se pagará con la nueva moneda. Los comercios podrán hacer transacciones entre sí con la grama, y pagar hasta el 30% del salario de sus empleados en la moneda social, según admite la ley vigente.

De manera voluntaria, los funcionarios municipales, incluidos los concejales y la alcaldesa, podrán cobrar también su nómina en la moneda local. Y en otoño de este año la grama llegará al resto de ciudadanos. El proyecto es tan novedoso que ha requerido el concurso de un equipo de expertos de la Universitat Pompeu Fabra,  que se ha encargado de hacer el estudio legal y económico para dar validez a la moneda en el sistema legal vigente.

“El ayuntamiento ha detectado que alrededor de un 40% de la inversión pública que realizamos a través de subvenciones no se acababa gastando en la ciudad”, explica Núria Parlón, alcaldesa de la ciudad. “Queremos que todo lo que se pueda comprar en nuestras tiendas se compre aquí y este proyecto puede ayudar a ello”.

Y el caso es que en Sigüenza, casi sin advertirlo, también tenemos una; pues el “maravedí” que se utiliza en las Jornadas Medievales no es sino otro ejemplo de moneda social. La Asociación Medieval Seguntina acuña una cantidad de monedas que pone en circulación, con el euro como referencia, para ser usadas en el mercadillo medieval, reforzando con ello el mercadeo interno. Muchos maravedís se guardan también como recuerdo; lo que supone de hecho la  venta de un souvenir a un precio razonable, y que contribuye a la financiación del evento. Para un ayuntamiento como el de seguntino, que arrastra un notable endeudamiento histórico que le mantiene encorsetado, no estaría mal tomar nota y tratar de disponer de una moneda local que le proporcionase un cierto margen de maniobra. Seguro que muchos estaríamos dispuestos a realizar trabajos o a prestar servicios y percibir la contraprestación en una moneda local.  Quizás la podríamos llamar “blanca”, y así no quedarnos sin ella.

Recomendaciones

Julio Gisbert. Vivir sin Empleo. Editorial Los Libros del Lince. Barcelona 2010. ISBN 978-84-937038-8-2

Documentos TV: “Monedas de cambio”. RTVE 13 de octubre 2013.

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