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Parar la despoblación. 3. La repoblación que ya ocurrió

En el artículo anterior finalizábamos apuntando el hecho de que la industrialización del campo que tuvo lugar en el siglo XX vació los campos de España y de medio mundo, en un proceso que todavía hoy sigue operando. Sin embargo han existido otras épocas históricas en las que el flujo migratorio tuvo el sentido inverso, desde las ciudades  hasta las zonas rurales. Ejemplos obvios son las conquistas de nuevos territorios por los imperios europeos: el centro y el sur del continente americano por parte de españoles y portugueses, principalmente; y el más reciente de la conquista de América del Norte por parte de colonos británicos, inicialmente, y estadounidenses algo después. Pero estos ejemplos poco pueden inspirarnos en nuestra búsqueda por dos razones. La primera es que esas repoblaciones fueron acompañadas de un exterminio consciente de la población autóctona; de hecho no fueron repoblaciones de territorios despoblados sino conquistas a sangre y fuego con posterior dominio sobre las tierras usurpadas. Y la segunda es que precisamente esa hostilidad con los habitantes naturales no permitía el desarrollo de una vida autónoma, dispersa sobre el territorio y esencialmente libre. La corona española no controlaba en realidad sino puertos, determinados caminos y grandes aglomeraciones fortificadas en todo el territorio de las Indias. La inmensa mayoría de la superficie seguía estando habitada por tribus indígenas sin ningún control estatal. Esto fue así hasta el s XIX. Y otro tanto podríamos decir sobre la conquista de Norteamérica.

Tenemos sin embargo un ejemplo más lejano en el tiempo, pero por diversas razones más cercano en sus características y, sobre todo, más pegado a nuestra tierra. Es la repoblación cristiana de la península ibérica, y de Castilla en particular, que aconteció entre los siglos IX y XII. Al contrario que en las situaciones americanas esta repoblación fue acompañada de una coexistencia esencialmente pacífica entre “conquistadores” y “conquistados”. Las comillas vienen a cuento de que, una vez tomado un territorio por las fuerzas cristianas se daban relaciones diversas, dependiendo del lugar, pero en general respetuosas con los antiguos pobladores. Ya en el avance musulmán la situación fue parecida, surgiendo la figura del mozárabe, cristiano viviendo en tierras musulmanas que conservaba la práctica totalidad de los derechos civiles, incluida la libertad de culto. El personaje especular en tierras cristianas es el mudéjar, musulmán viviendo en tierras cristianas que, de nuevo, conserva libertad de culto y derechos de ciudadanía. Baste este ejemplo para ilustrar esa convivencia a la que aludíamos antes y que poco tiene que ver con los genocidios americanos al sur y al norte. El final de esa época de tolerancia comenzó en 1502, con la conversión forzosa que dictaminaron los Reyes Católicos; y se consumó definitivamente con la expulsión de los moriscos en 1609, ordenada por Felipe III. Cuando el poder estatal se consolidó en la península se acabaron de dos plumazos siglos de convivencia entre las tres religiones (incluyendo también a judíos) lo cual invita a interesantes reflexiones sobre el poder, que por desgracia no vienen al caso en este artículo.

Lo que sí viene al caso de la repoblación es que durante esos siglos (como hemos dicho, principalmente IX-XII) al poder, materializado en los diversos reinos cristianos, le interesaba repoblar. De nada valía “conquistar tierras al infiel” si luego en ellas no quedaba nadie para asegurar el territorio conquistado, que sin gente pasaba de nuevo fácilmente al poder musulmán. Y de hecho esa fue la dinámica en muchos lugares: continuas conquistas que eran al poco perdidas para ser ganadas de nuevo en breve tiempo, estableciendo un modelo de idas y venidas que sólo muy lentamente se concretaba en un avance neto de las fuerzas cristianas hacia el sur. A este periodo se le llama a veces la “España de frontera”, porque dicha característica, la línea que separaba cristianos y musulmanes, marcaba de hecho toda la realidad en la vida peninsular.

Lo que más nos interesa de este periodo es que desde la administración se tomaban medidas para favorecer que nuevos pobladores se asentasen en unas tierras que por diversos motivos no eran atractivas. El objetivo era repoblar zonas en las que sólo había villas totalmente abandonadas o con muy poca población: los mozárabes, que ahora pasan a ser de nuevo cristianos en tierra cristiana y los musulmanes que se quedan, pasando a engrosar la lista de los mudéjares. Muchos habitantes musulmanes huyeron hacia el sur alejándose de territorio cristiano y dejando en el lugar en el que habían vivido siglos tierras y casas abandonadas.

El poder necesitaba poblar esas zonas contra la inercia demográfica, lo fácil y lo sensato socialmente. Lo sensato era vivir en las florecientes villas cristianas en territorio asegurado, lejos de la frontera bélica y con las infraestructuras acabadas. ¿Por qué razón se iba a ir alguien a vivir a una zona vacía, poco desarrollada materialmente y para colmo cerca del enemigo? La administración tuvo que proporcionar esas razones porque verdaderamente estaba interesada en que esas zonas se poblasen. Y lo hizo.

La principal herramienta que para ello utilizó fue el fuero. Consistía éste en un estatuto jurídico particular, aplicable en una villa o región más amplia y negociado entre la población y el rey, el señor o la orden religiosa que detentase el poder formal en dicho territorio. Y pese a su enorme diversidad todos ellos contienen el mismo espíritu: otorgar facilidades, ventajas y libertades impensables en toda Europa por esa época con el fin de que nuevos pobladores se asentasen en las nacientes villas de los territorios conquistados. Las recetas son múltiples pero siempre incluyen la cesión de tierras y viviendas, la ampliación –a veces de modo sorprendente– de la autonomía política de los pueblos y la instauración de regímenes fiscales beneficiosos para la población asentada. Es decir, las instituciones ponían sobre la mesa unas condiciones favorables para el asentamiento porque sabían que sin un trato diferencial, sin una intervención decidida, dichas tierras jamás serían pobladas. Fueron esas condiciones las que permitieron que poblaciones como Hita, Sigüenza o Guadalajara se poblasen con antiguos habitantes leoneses, gallegos, castellanos de la meseta norte y un buen número de franceses en el reinado de Alfonso VII. Las medidas priorizaban la población permanente sobre la propiedad de la tierra, de tal modo, por ejemplo, que los descendientes perdían la heredad si no habitaban en ella. Se priorizaba asimismo el asentamiento sobre cualquier otra consideración, específicamente sobre la propiedad privada. En el fuero de Guadalajara (1133) los colonizadores adquieren la plena propiedad de tierras y casas abandonadas con sólo permanecer en ellas y trabajarlas durante un año….

No es cuestión, ni mucho menos, de copiar la letra de tales fueros. El transcurso del tiempo ha hecho que la mayoría de las disposiciones que en ellos se consignan no tengan ahora el más mínimo sentido (por ejemplo en gran parte de los fueros castellanos los nuevos pobladores no podían abandonar su casa si no dejaban a alguien que luchase por ellos en caso de mesnada). Pero sí es cuestión, a mi parecer, de recuperar el espíritu de los fueros. Ese espíritu consiste en intervenir para favorecer el asentamiento generando marcos legales que hagan atractiva la ubicación. Esos marcos necesariamente desafían de diversos modos el orden establecido pues de manera más o menos directa es ese mismo orden el que ha provocado que los territorios estén despoblados. Cuestiones que siempre han constituido una vaca sagrada, como la propiedad de la tierra, fueron puestas en cuestión atendiendo a favorecer una dinámica social que consideraban más importante que mantener el statu quo a cualquier precio para no irritar a los grandes propietarios y a los prohombres del lugar.

¿Se podría recoger ese espíritu y actualizar la letra de los fueros para adaptarla a la Castilla del siglo XXI? Pensamos decididamente que sí. Y a concretar esas disposiciones nos dedicaremos en el siguiente artículo. Pero antes de concretar nada hay que tomar una decisión. Hay que decidir si se quiere que los pueblos sean repoblados. Hay que decidir si se quiere actuar en ese sentido o no. Si se decide que no, seguir leyendo estos artículos va a dejar de tener sentido, ¡con todas las cosas interesantes que hay por hacer!. Si se decide que sí merece la pena hay que tener en cuenta que llevar a cabo cualquier proyecto con ese objetivo será un proceso muy largo. No puede ser de otro modo pues tal proyecto no sólo pretende revertir la situación actual de muchos pueblos en decadencia, que también, sino prevenir una situación futura, pero cercana, en la que la despoblación convierta los pueblos en ruinas. No se puede por lo tanto esperar demasiado de los políticos al uso, con esa característica tan suya de interpretar el mundo a cuatro años vista, en el mejor de los casos. Ni contar con personas cuyos intereses vitales llegan justo justo hasta el día de su muerte, sin importarlas demasiado el mundo que dejan por herencia. Es habitando esos propios municipios en riesgo donde se encuentran las personas que más los aman y por ello que pueden sacar tiempos y recursos del tráfago diario para intentar lograr un objetivo que trasciende a sus propias vidas y cuya única retribución es la satisfacción de hacer lo que una cree que debe hacer. Si eres de esas, yo voy contigo.

Isato de Ujados
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Ver: Parar la despoblacion. 1. Diagnóstico y bibliografía.

Ver: Parar la despoblación. 2. Teoría del éxodo rural.

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