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Naturaleza desde el confinamiento II: la luna de parasceve

Ya ha pasado la primera luna llena de la primavera, conocida también como “Luna de parasceve”, y su luz junto a las últimas lluvias, ha llenado las noches con el canto de los anfibios. Estos cantos de ranas y sapos tan sonoros y repetitivos, para algunas personas molestos, que solemos escuchar como indiferencia y sin darles mayor importancia son en realidad las voces más antiguas de nuestro planeta. Hace 300 millones de años, antes de que las primeras flores se exhibieran sobre La Tierra, ya cantaban en las noches de primavera los primeros anfibios. Y son en estas noches húmedas cuando los machos de “Sapo corredor” o de “Sapo partero”, cuyo canto muchos confunden con el del pequeño autillo, estarán cantando para atraer a las hembras y cuando lo consigan se unirán en un fuerte “amplexus”, que es como se denomina al abrazo nupcial de los anuros, y las nuevas generaciones de sapos estarán en marcha. De igual manera la “Rana común” o la pequeña “Ranita de San Antonio” que también han comenzado ya su ciclo reproductor.

Rana común de noche en la charca del pinar.

Lentamente la hierba fresca se esta apoderando de praderas y claros de bosque adornándose con la multitud de colores de las distintas flores que están brotando, entre ellas destaca el intenso color escarlata de la amapola que la hace visible a mucha distancia en fuerte contraste con el dorado de los pequeños “Diente de león” o las “Tamarillas” en los campos de cereal.

Y cada vez más especies de mariposas llenaran de múltiples tonalidades flotantes esos campos; los robles estarán tirando las hojas viejas del año pasado por el empuje de las nuevas yemas foliares y en los pinares en cuanto terminen las lluvias y suban las temperaturas comenzaran a deslizarse en sus características filas indias las orugas de la “Procesionaria del pino”. Esta curiosa forma de desplazarse la realizan para protegerse mutuamente la cabeza, que es el alimento de muchos pájaros. Como curiosidad decir que estudios realizados sobre el comportamiento de las orugas de procesionaria han demostrado que es siempre una hembra, o mejor dicho una larva que originará un adulto hembra, la que guía la procesión.

En los próximos días con el aumento de las temperaturas comenzaran a despertar de la hibernación los erizos y seguro que ya han salido de su “torpor” los tejones; mientras a las corzas se les empieza a notar la barriga y algunas hembras de jabalí que no han parido en febrero entraran en celo. En la oscuridad de su madriguera habrán nacido ya los zorrillos, las crías de gato montés, que han de aprovechar el nacimiento de las camadas de conejos y liebres para alimentar a sus cachorros.

Taravilla común macho. Sigüenza.

Aprovechando las últimas lluvias y los charcos que dejan, las alegres golondrinas ya habrán comenzado a unir “pellas” de barro para construir o reparar sus nidos; en breve se les unirán los pequeños aviones comunes que empezarán a llenar los cielos de la Sierra Norte. Conviene recordar que golondrinas, aviones y vencejos son aves protegidas y la destrucción de sus nidos es un delito y esta penado con fuertes multas. Los machos de tarabilla común estarán en la rama más alta del escaramujo, majuelo, zarzamora o arbusto cantando con sus colores más vivos que nunca para atraer a las hembras a sus territorios; al igual que los sonoros escribanos trigueros que buscarán la atalaya más próxima desde la que proyectar su canto a la máxima distancia.

Allimoche en pelegrina.

Al mismo tiempo ya ha llegado el Alimoche, renombrado como “El Buitre Sabio” por el siempre recordado y admirado Félix Rodríguez de la Fuente, y en seguida habrá comenzado ya sus rituales de apareamiento en sus habituales lugares de anidación a los que son fieles año tras año si no son molestados. Lo suyo es una lucha contra el reloj y la climatología para que su descendencia esté preparada al final del verano para realizar la migración a tierras subsaharianas.

Lo que es seguro es que desde ahora y durante varias semanas más la llamada natural a la reproducción está en el ambiente y suena por todas partes con cientos de cantos distintos.

Los pasos migratorios continúan, tanto de ida como de vuelta, y gracias a las observaciones de mi buen amigo Jacinto, estos días de Semana Santa, pudimos ver a los últimos lúganos regresando a sus lugares de cría en Europa, aunque unos pocos se quedaran en las masas forestales de alta montaña de Los Pirineos, Cordillera Cantábrica, Sistema Ibérico o Sistema Central. A la vez las primeras collalbas, grises y rubias, estarán ya correteando por las abiertas y pedregosas parameras o por los pastizales herbosos de nuestra tierra.

Amapolas.

Y al finalizar el día, en el silencioso ocaso de estos extraños días, podemos disfrutar del arrebol de los limpios cielos de nuestra comarca, y que como digo Albert Einstein vemos anaranjados y violetas porque la luz llega demasiado cansada de luchar contra el espacio y el tiempo. Y s los afortunados que vivan cerca de jardines, huertas o zonas arbustos les recomiendo que cuando la luz disminuya y las sombras comiencen a ganar terreno, se asomen a las ventanas y agudicen el oído que con un poco de suerte disfrutaran del melodioso canto del ruiseñor, como me paso a mí el “Miércoles Santo” y que debido al silencio que hay en Sigüenza fue un placer para los sentidos.

Así que en lo posible os animo observar y disfrutar desde vuestros hogares y pensar que ya queda menos para poder deleitarse con todos estos acontecimientos en plena naturaleza.

Texto y fotos: Javier Munilla.