El corzo (II)

En el artículo anterior describimos al corzo desde un punto de vista morfológico y este mes vamos a conocer mejor sus hábitos para sobrevivir como especie.

Corzo en campo cerealista.

En la naturaleza todos los hábitats que ocupan cualquier especie deben de cumplir una serie de condicionantes que permitan a la especie sobrevivir en ese entorno. Por lo general, cualquier especie para asentarse en un medio físico necesita fundamentalmente dos cosas, alimento y refugio. En el caso del corzo los estudios evolutivos realizados nos indican que en las primeras etapas de su existencia estos cérvidos habitaban en zonas húmedas abiertas con especies vegetales ricas en nutrientes. Por este motivo al corzo siempre se le ha asociado a hábitats donde la presencia de agua y de una amplia variedad de especies vegetales que le proporcionaran brotes tiernos ricos en nutrientes era casi esencial. Pero eso es algo que por lo menos en nuestra comarca resulta difícil de creer ya que vivimos en una zona con grandes extensiones de cultivos de secano, bosques adaptados a condiciones de escasa pluviometría y con pocos humedales y ocupada por una importante población de corzos. Entonces nos debemos preguntar qué ha ocurrido para que los corzos abandonaran los ecosistemas a los que estaban adaptados y estén ocupando otros ecosistemas que en principio no les son tan favorables.

 

La explicación es relativamente sencilla y lógica, en la actualidad los grandes depredadores naturales del corzo, sobre todo el lobo, han desaparecido de la mayoría de los territorios de la Península Ibérica permitiendo a la especie una expansión a otros territorios donde no son tan necesarias sus adaptaciones físicas para ocultarse o huir; y si además le añadimos que la actividad humana está transformando de forma rápida los ecosistemas donde antes habitaba, esto ha obligado al corzo a adaptarse a nuevos entornos o desaparecer como especie.

Corcino oculto en la maleza

Entones debemos preguntarnos cómo es posible que el corzo se halla adaptado tan rápidamente a los nuevos entornos creados por el hombre cuando a otras muchas especies les ha resultado muy difícil o imposible adaptarse llegando a desaparecer de esos territorios o extinguirse. La respuesta a esta cuestión la tenemos que buscar en la facilidad del corzo para adaptarse a la búsqueda de alimento de la que es responsable la fisiología de su aparato digestivo. El volumen estomacal del corzo no supera el 6% de su peso corporal y esta pequeña capacidad acumulativa de alimento en su estómago obliga al corzo a buscar brotes tiernos con la menor cantidad de fibra posible pero ricos en nutrientes y a realizar varias ingestas de alimento al día, entre 6 y 12 comidas al día, lo cual además de condicionar su actividad a lo largo del día le ha concedido una ventaja para ocupar distintos nichos alimentarios. Esta característica que no parece muy importante en realidad es la que ha conseguido que el corzo se adapte perfectamente a los ciclos naturales de la vegetación de los lugares que ocupa y al consumo de los elementos vegetales con mayores aportes energéticos. Es por ello que posee una gran capacidad de resistencia a periodos de escasez nutricional tanto en los duros periodos invernales fríos o en los momentos de sequía estival. Estudios realizados en distintas poblaciones de todo el continente estiman que normalmente las necesidades de alimento de un corzo, aunque puede variar de unas zonas a otras, son entre 57 y 80 gramos de alimento por kilo corporal al día en verano y entre 21 y 55 gramos en invierno.

Los muchos estudios realizados sobre los distintos espacios ocupados por este pequeño cérvido han demostrado no solo la gran adaptabilidad a los distintos hábitats, sino que también existe un autocontrol de la densidad de población dependiendo de la cantidad de alimento disponible en cada momento. Como además en muchos lugares debe compartir nicho alimentario con otros herbívoros, tanto silvestres como domésticos, que compiten por el alimento disponible, el corzo ha adaptado su alimentación a distintas especies de plantas y a ser capaz de tolerar compuestos químicos de esas plantas que otros herbívoros rechazan.  
El corzo como hemos comentado anteriormente elige para alimentarse las especies con más contenido proteico. Además de seleccionar las distintas especies de las que se alimenta, también selecciona las partes de las plantas que quiere ingerir y esto es posible gracias al tamaño del bocado que realiza cuando se alimenta, que es mucho menor que el de otros herbívoros, con lo cual puede seleccionar mejor las partes de la planta que quiere digerir.

Corzos pastando al anochecer.

El corzo consume hojas y brotes tiernos durante todo el año, de ellas sus preferidas son las hojas de las zarzas. Aunque con ciertas variaciones dependiendo de la época del año en la que nos encontremos, en general podemos afirmar que en primavera y verano además de hojas y brotes tiernos también aumenta el consumo de herbáceas, gramíneas y brotes florales; mientras que en otoño e invierno consume preferentemente hojas y frutos de Quercus y leguminosas de la familia Cytisus, conocidas vulgarmente como escobas o genistas. De forma puntual también pueden consumir helechos y setas.

Una vez conocida la adaptación de nuestro protagonista a los distintos nichos alimentarios que le proporcionan los distintos ecosistemas que ocupa, veamos cómo es adaptación diaria a un medio natural cada día más cambiante por la acción de los seres humanos. Todos los biólogos y naturalistas están de acuerdo en que el éxito de una especie viene dado por su capacidad de adaptación a los cambios que se producen a su alrededor, como dijo Charles Darwin: “No es el más fuerte de las especies el que sobrevive, tampoco es el más inteligente el que sobrevive. Es aquel que es más adaptable al cambio”.

Varios son los factores que permiten esa adaptabilidad a los cambios en el corzo, entre los más relevantes el primero de ellos seria su poco peso, que le serviría para adaptarse a condiciones de escasez alimentaria, bajas temperaturas y distintos nichos ecológicos. Otro factor a tener en cuenta es la viabilidad de las poblaciones basada en la relación entre nacimientos y mortalidad. En la naturaleza podemos decir que existen dos modelos para asegurarse la viabilidad de una especie; uno es tener muchos descendientes a los que no se les presta mucha atención y cuidados por parte de los padres, es decir no necesitan mucho gasto de energía por parte de los progenitores, y por ello las crías tienen poca probabilidad de supervivencia durante los primeros momentos de vida (ejemplo peces, anfibios, aracnidos...) pero se compensa con la gran cantidad de nacimientos por parto y el otro modelo seria pocos descendientes a los que se les dedica mucho tiempo a su cuidado y protección, con un gran gasto de energía por parte de los progenitores, pero obteniendo una alta tasa de supervivencia durante su etapa juvenil y con alta probabilidad de llegar a edad adulta para poder dar continuidad a la especie (ejemplo elefante, ballena azul, ser humano…).

En el caso del corzo su opción es la de pocos descendientes con muchos cuidados y protección de la madre hacia sus crías. Aun así la mortalidad de las crías durante el primer año es elevada debido a varias causas: la depredación por otros animales, en nuestra comarca el mayor depredador de las crías es el zorro aunque también puede ser depredado por perros y gato montés; la caza, que puede matar a la madre de la cual depende para su supervivencia o al mismo corcino; las bajas temperaturas y fuertes nevadas que pueden causar la muerte de las crías durante el primer invierno por hipotermia; las actividades agrícolas, debido a que muchas veces la madre oculta a las crías entre los campos cerealistas y pueden resultar atropellados por tractores o cosechadoras; y por último los atropellos por vehículos en las carreteras y caminos.

Para evitar grandes bajas debidas a las circunstancias antes descritas, las poblaciones de corzo, al igual que otras especies, han adoptado una particularidad que es la llamada “sincronía de los partos”. La sincronía de los partos consiste en conseguir que los partos de todas las hembras se produzcan en un corto periodo de tiempo en que las condiciones climáticas y alimenticias sean las más favorables. Estudios realizados en el norte de Europa han comprobado que el tiempo que pasa desde el primer alumbramiento al último en una población es de menos de un mes. En nuestra comarca el momento idóneo para el comienzo de los partos, donde las temperaturas y la cantidad de alimento a disposición de la madre es mayor, es desde finales de abril a finales de mayo, ya que es ese periodo las temperaturas empiezan a suavizarse y la cantidad de alimentos es máxima para los herbívoros. Aunque dependiendo de las condiciones climáticas podría adelantarse o retrasarse varios días. El número de crías nacidas de cada hembra varía entre una y tres siendo lo más habitual que sean dos. Las crías al nacer pesan entre 1 y 2 kg, los primeros días la madre los amamanta entre 5 y 10 veces al día consiguiendo de esta forma un rápido aumento del peso de las crías, esta frecuencia de lactancia va disminuyendo según los corcinos ganan peso. La lactancia suele terminar en otoño coincidiendo con el periodo de celo de la especie. La sincronía de partos ayuda a la supervivencia de la especie ofreciendo un gran número de individuos jóvenes e indefensos a la vez en el posible territorio de un potencial depredador por lo que las posibilidades de supervivencia de la mayor cantidad de crías aumentan.

Cabe reseñar que el ciclo natural de la vida del corzo está condicionado por tres singularidades evolutivas de la especie que veremos con mayor detenimiento el próximo mes. Estas tres peculiaridades son un único ciclo estral, el comportamiento territorial de los machos y la diapausa embrionaria.

Os deseo Feliz Navidad a todos los lectores de “La Plazuela”, que el año 2021 sea próspero y sobre todo que no se parezca en nada a este aciago 2020.

Texto y fotos: Javier Munilla

Ver El Corzo (I)