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Árboles mitológicos (y el Pino Solitario)

pino solitario2Árboles mitológicos (y el Pino Solitario)
Desde el árbol Bodhi, la higuera sagrada (Ficus religiosa) bajo la que Buda se sentó a meditar en el siglo VI a.C., hasta el árbol de la Ciencia del Bien y del Mal del paraíso bíblico, el ser leñoso, el formador de bosque, ha sido central en la concepción del mundo de la mayor parte de las culturas.
Una de las leyendas más antiguas sobre los árboles es la del pueblo Shan —los bosquimanos del Kalahari, de ancestrales orígenes en el sur de África— según la cuál cuando el Creador hizo el mundo arrojó el baobad (Adansonia digitata) fuera de la tierra para, al caer, hacerlo con las raíces hacia arriba, hincándose en el suelo por sus ramas. Más allá de esta pintoresca imagen, la rica mitología ligada al baobad africano entronca con el uso de los recursos, es decir, con la supervivencia, indicando presencia de pastos, agua, animales, etc., y es tal su importancia que no hay elemento del árbol (raíces, frutos, corteza, flores) que no porte un significado mítico concreto.
Mucho más al Norte, el Yggdrasil sagrado de los antiguos escandinavos, soporte mitológico de la Tierra y los cielos, es un “fresno perenne” en unos países donde sólo las coníferas lo son —los fresnos reales son caducifolios—, expresando la necesidad de supervivencia al largo invierno nórdico. Otros pueblos indoeuropeos comparten la idea y, así, los celtas, al Oeste, atribuyen propiedades mágicas a las “hojas” que resisten al invierno en los robles, que no son otra cosa que el muérdago (Viscum album) que enraiza en las ramas del árbol manteniéndose verde todo el año.
El serbal de cazadores (Sorbus aucuparia), arbolillo de otoñales hojas purpúreas que se cubre de frutillos anaranjados en el invierno, es especie importante en culturas que van desde las islas Británicas hasta el norte de Asia. En Siberia, muchas casas de los pequeños pueblos tienen un serbal (en ruso: ryabína, ??????) en el jardín, y es posible ver un buen ejemplar en el patio de la iglesia de San Basilio, en pleno Moscú. La tradición dice que este árbol facilita la vuelta a casa sin perderse —sin duda por su vistosidad, sobre todo en la nieve— y, de ahí, el mito se estira y expande convirtiéndose en “árbol del viajero”, en árbol que da suerte, que proporciona sabiduría, que protege la vivienda —una rama debe pasar sobre el tejado— y un largo etcétera de ideas relacionadas que en algún momento acaban por convencer a alguien para plantar un ejemplar junto a la iglesia más sagrada del inmenso país, en plena Plaza Roja.
Árboles sagrados son también los mantenidos en santuarios por generaciones de monjes de las antiguas religiones del lejano Oriente, como el ginkgo (Ginkgo biloba) o el sugi (Cryptomeria japonica), a menudo de portes monumentales. Y los ejemplos se pueden multiplicar: el tejo de los pueblos cántabros; los árboles de los deseos del budismo; el árbol Tuba musulmán; el zoroastriano ciprés de los persas; o el árbol de la vida del Gilgamesh, relacionado con los “árboles del mundo” o “axis mundi” de las cosmogonías de todo el hemisferio norte, verdaderamente ancestrales a toda esa cultura primigenia de raíces centroasiáticas de la que tanto emana hacia la propia nuestra; incluso la cruz cristiana podría contener un sutil simbolismo arbóreo central, semioculto y antiguo: “Fiel cruz, árbol sobre todos noble: ningún bosque ofrece algo similar en hojas, flores o semillas”, se dicen los oficios de Semana Santa.
En Sigüenza, dentro de la modestia castellana, tenemos nuestro “pino solitario”, magnífico ejemplar situado en posición preeminente en El Pinar, quizá sucesor de otros anteriores, cuyo significado remoto podría llevarnos a los pueblos prerromanos centroibéricos, adoradores de los árboles por su mestizaje celta. Puede que nunca dilucidemos la raíz cultural de nuestro solitario pino, pero lo que parece claro es que el simbolismo de los árboles es patrimonio intangible que permite trazar relaciones entre pueblos dispares de todo el orbe mediante significados que exceden —eternos— las fronteras del espacio y del tiempo.
   Julio Álvarez Jiménez