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La Eneida y los asteroides

Vesta

“Yace, enorme, su tronco en la playa, arrancada de los hombros la cabeza y sin nombre su cuerpo” [muerte de Príamo a manos de Pirro]. “Gira el cielo entretanto y del océano sube la noche”. “Con súbito fragor tronó y del cielo cayó entre las sombras, veloz, un astro de cola con una gran luz que vimos ocultarse tras el Monte Ida”

La Eneida no es un libro cualquiera. Tiene el poder de las grandes gestas bélicas, el aura de los dioses, el contraste de la condición humana y el encanto de los mejores libros de viajes. Es el encargo de todo un emperador romano a Virgilio, el tímido escritor mantuano que durante once años pule su obra “como la osa lame a sus crías”. Octavio Augusto buscaba propaganda; como cuando, para no ser menos que su tío abuelo Julio César, hizo cambiar el nombre y la duración del sexto mes romano (sextilis) a los del actual mes de agosto. ¡Menudo encargo!: contentar al emperador, que espera un canto a sus gestas y al “divino” origen de Roma con una pluma que no desmerezca de la de Homero. Virgilio hubo de sobrevivir en un ambiente de luchas intestinas de poder entre republicanos y traicioneros triúnviros, entre veleidosos consejeros y auténticos mecenas (fue Cayo Mecenas quien le ayudó a publicar su obra), antojadizas primeras damas y políticos insaciables. Todo ello en una época de guerra civil en la que, apenas te ponen la toga viril, ya tienes que tomar partido y las deslealtades se pagan a golpe de daga.

La Eneida te atrapa por la épica de sus héroes y la fuerza de sus personajes inmortales. La trama, desarrollada en doce libros, es bien conocida: Eneas, destinado a ser el padre de la futura nación romana, escapa del holocausto de Troya (Libro II) e inicia un periplo mediterráneo que le lleva, entre otros lugares, a Cartago, donde la princesa Dido se enamora de él hasta el suicidio (Libro IV); o al mismísimo infierno, que recorre tras pagar el peaje al barquero Caronte (Libro VI), en un anticipo de La Divina Comedia de Dante.

Apenas abrí una de sus páginas, sus personajes se me fueron escapando de los versos para ocupar sus escaños celestes en el sistema solar. De un lado, los griegos que invaden “la ciudad sepultada en el sueño y el vino” (Troya, en la actual Turquía): el astuto Ulises, con el famoso caballo-trampa que le inspirara la diosa Palas y con su paciente Penélope, Aquiles y su única debilidad en el talón, Agamenón y Pirro. Del otro lado, los confiados troyanos (“pobres de nosotros: era nuestro último día y adornábamos con guirnaldas el templo de Vesta”) que desoyeron el aviso de Casandra: el propio Eneas, el rey Príamo, el príncipe Héctor, que moriría a manos de Aquiles; Paris, causante de la guerra por su supuesto rapto de Helena y por juzgar más bella a Afrodita (Venus) que a Juno, quien odiaba a los troyanos por el affaire homosexual de su marido, Júpiter, con uno de ellos: Ganímedes. Las tragicomedias de enredo no son del siglo pasado.

Asteroid

Y así, griegos y troyanos marchan ahora en forma de enjambres de asteroides eternamente separados, escoltando al planeta Júpiter respectivamente 60º por delante y por detrás de él en su misma órbita, en dos oasis de equilibrio gravitatorio llamados puntos de Lagrange. Los asteroides, objetos rocosos mayores que un meteoroide y menores que un planeta, no son redondos porque su escasa masa no permite que la gravedad venza a las fuerzas moleculares de cohesión interna. Las diosas ocupan puestos de honor en el Cinturón de Asteroides situado entre las órbitas de Marte y Júpiter: (2)Palas, (3)Juno y (4)Vesta siguen a (1)Ceres en la clasificación de asteroides más grandes. El número indica el orden en el que fueron descubiertos. El primero de ellos, Ceres, actualmente reclasificado como planeta enano, fue descubierto el primer día del siglo XIX. Palas Atenea, diosa de la sabiduría a la vez que guerrera protectora de Ulises y Aquiles, viaja ahora por el espacio convertida en un asteroide oscuro, de tipo carbonáceo. De su nombre deriva el elemento químico Paladio. Juno, esposa engañada por Júpiter y diosa de la maternidad, lo hace como el primer asteroide del que se observó una ocultación al pasar delante de una estrella. Vesta, diosa del hogar, la más amable del Olimpo, cuyo fuego mantenían seis vírgenes vestales, es el asteoride más brillante gracias a su gran poder reflectante (albedo) y muestra orgullosa un cráter de 400 km producido por un impacto con otro asteroide que, parece ser, causó más del 5% de los meteroritos que luego hemos encontrado en la Tierra. Estos cuatro asteroides, junto con (10)Higia suman más de la mitad de la masa de todo el Cinturón, que es aproximadamente cuatro centésimas partes de la masa de nuestra Luna. El Monte Ida, en el que se reflejaba el fuego con el que ardía Troya, nos queda ahora como uno de los asteroides más mediáticos, escenario del primer sobrevuelo de un asteroide por una nave humana, la sonda Galileo, en 1993, que reveló su dura naturaleza silícea y la compañía de su pequeño satélite, bautizado Dactyl por los dactilos, criaturas del otro Monte Ida, el de Creta. Estos asteroides compuestos de silicatos, los segundos más numerosos después de los carbonáceos, son la fuente de los meteoritos de tipo condrita encontrados en la Tierra.

Dos personajes no divinos quedaron convertidos en lunas: Ganímedes, el mayor satélite del sistema solar (más grande que Mercurio y casi tanto como Marte) completa una órbita alrededor de Júpiter, con quien mantuvo un idilio homosexual, cada semana y nos muestra preciosas catenas o series de cráteres alineados causados por meteoritos que, no pudiendo resistir las fuerzas de marea que provoca el atractivo Rey del Olimpo, se fragmentan antes de impactar con la superficie. Caronte, cansado de pasear por el infierno en barca las almas de los muertos, ha pasado a acompañar en su danza cósmica al planeta enano Plutón, mostrándose mutuamente la misma cara como resultado final del intercambio de energía mediante mareas entre dos cuerpos de tamaño suficientemente parecido. 

Dos recomendaciones musicales para acompañar la Eneida: el aria “Lamento de Dido” de la ópera de Henry Purcell y “Cassandra”, canción de Abba con letra y música conmovedoras. Basta poner “lamento dido” y “cassandra abba” en cualquier buscador para disfrutarlas.
“Qué pena, Casandra, que nadie te escuchara (…) Ahora debemos sufrir, malvender nuestra grandeza con el corazón desgarrado” (letra de Abba).

Javier Bussons