Cuentos chinos

Estos factores son: la doctrina, el tiempo, el espacio, el mando y la disciplina. Quien los domina, vence. El tiempo es el Ying y el Yang, la noche y el día, el cambio de estaciones. [...]
Sé veloz como el relámpago que deslumbra antes de haber podido pestañear. Utiliza la calma para enfrentarte con los que se agitan.  –  (Sun Tzu, “El arte de la guerra”, ca. 500 a.C.)

La niña de ojos rasgados canta a la orilla del Huang He, el río amarillo. La letra habla de la aparición de un nuevo astro en el cielo, una nova, que sus antepasados de la dinastía Shang grabaron en huesos, conchas y estelas hace más de tres mil años –primera escritura china. Do-re-mi-sol-la, su antiquísima melodía pentatónica es herencia de la siguiente dinastía, Zhou, la misma que siglos más tarde descubriría una estrella escoba que ahora conocemos como cometa Halley. Sucedió una oscura noche del año 476 a.C. entre el período zhou de las Primaveras y los Otoños y el de los Reinos Combatientes, aunque el primer avistamiento seguro data de 239 a.C.

Mientras canta, traza en la arena un domo hemisférico, la Tierra, flotando sobre las aguas océanas y rodeado por la semiesfera del Tian, el cielo. ¡Qué repugnante resulta ahora el significado de Tian’anmen: puerta de la paz del cielo! A miles de kilómetros de Alejandría, donde Eratóstenes medía el radio terrestre, la cosmología gaitián también hablaba ya de una Tierra no plana. Y la niña, que ha aprendido la canción acompañando a su abuelo en la trilla de los veranos, canta orgullosa las gestas de las sucesivas dinastías: Qin, Han, Sui, Tang, Song, Yuan, Ming, Qing … muchas de ellas efímeras dinastías feudales que se desmembran y reunifican, reinventado un calendario tras otro, hasta ocho distintos en un mismo siglo. Canta las gestas guerreras, con tropas infinitas como las de Kublai Kan, nieto de Gengis Kan, cabalgando entre estandartes de vivos colores, sus armas y escudos refulgiendo bajo el sol estepario. Y canta a los grandes viajes: las caravanas indias, persas, árabes, la ruta de la seda y el primer contacto con un tal Marco Polo, venido del lejano occidente.

De allí, dice la chica, llegaron después los jesuitas, dispuestos a aprender nuestra lengua y costumbres. “Vinieron con su extraño dios trino, sus mapas y sus logaritmos. Y con una nueva forma de ver el cielo: el telescopio”. A cambio, llevan a Europa los logros de sabios y astrónomos como Wu Xian, Gan De y Shi Shen: observaciones muy antiguas y detalladas de supernovas (1054 a.C.), eclipses de sol (709 a.C.), cometas (633 a.C.), lluvias de meteoros (644 a.C.), manchas solares o auroras; instrumentos astronómicos como los de Guo Shoujing, el “Tycho Brahe chino”, como le llamó el jesuita Schall; un reloj astronómico accionado por agua corriente; y cálculos y teorías sobre el calendario, la precesión de los equinoccios o la no uniformidad del día solar (en su caso, de la quincena solar): de un mediodía a otro no siempre pasa el mismo tiempo.

La despierta su padre. Se había quedado dormida soñando que la Luna le llevaba a dar una vuelta por el cielo, deteniéndose cada noche del mes delante de un grupo de estrellas, un xiu o mansión lunar. “Abuelo, he visitado las siete mansiones del Dragón Verde y luego las de la Tortuga Negra, el Tigre Blanco y el Pájaro Rojo”. Le responde su padre: “El veneciano llamaba constelaciones a nuestras veintiocho mansiones lunares. Dicen que él soñó que era el Sol quien le guiaba alrededor del círculo eclíptico y que en un año se detuvo en doce mansiones. Recuerdo algunas: Aries en primavera, Cáncer en verano, Libra en otoño y Capricornio en invierno. En Gui Xiu, la mansión del fantasma, los occidentales ven un Pesebre”. “Ven acá” – prosigue– “que te voy a enseñar algunas de sus estrellas y constelaciones: nuestra Gran Muralla recorre lo que ellos llaman Capricornio, Acuario y Piscis; en la Cola y el Corazón ellos ven un Escorpión; en el Cedazo, una tetera que llaman Sagitario; en el Mayal que utiliza el abuelo para la trilla, la cabeza de un Dragón; en el Mercado Militar, a Sirio; a la Tejedora la llaman Vega y a nuestra Cuerda Enrollada, Corona Boreal. Pero en algo coincidimos: tu constelación favorita, con una Calabaza Buena y otra Podrida, es también la favorita de los niños europeos, el Delfín; y esas siete estrellas del norte (siete bueyes, septen triones) son la Gran Cuchara o el Gran Carro. También la llaman Osa Mayor”.

A la niña de ojos rasgados le gustan los cuentos de la noche. Su cultura vio en Tian, el cielo, palacios y guardias imperiales, arsenales y campamentos, huertas y graneros y hasta un mortero con su mango donde otros vieron las patas de un caballo volador, Pegaso, y la cola de un Lagarto. Los 300 xingguans chinos son las 88 constelaciones de la Unión Astronómica Internacional: un mismo cielo para todo el planeta. Un planeta, por cierto, de paralelos circulares sin principio ni fin en los que, por tanto, no existen realmente ni Este ni Oeste; que nadie me vuelva a llamar occidental, por favor.

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