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El caracol común

Ya debe de estar andando el caracol común en busca de caer a la cazuela. Y es que, habiendo pasado «de habas a caracoles», convienen mucho los de abril, que asigna el refranero «para mí», mientras que los de mayo ya serán «para mi hermano», siendo los de junio «para ninguno», como todo el mundo sabe. Alguno, en pleno arrebato de sabiduría popular, exagera: «dale caracoles en San Juan si a alguno quieres matar». Nada que no se solucione con un buen lavado de tripas, y eso que el «pájaro caracolero» cuando canta a pleno pulmón es más bien por primavera tardía —o verano incipiente—; en realidad, a principios de abril, sobre todo si ha venido fresco, aún queda bastante para que el silbido melancólico de ese delator autillo matice el alegre y redicho trino del ruiseñor en las noches de la huerta. Sabio es el refranero, pero también contradictorio, y aunque «el caracol saca sus cuernos al sol», en realidad es también sabido que «agua con sol no vale un caracol». Y abril empezando soleado y seco, no digo nada...

El caracol, nada es más libre que él —al menos libre de hipoteca, que no es libertad baladí en el mundo civilizado—, andará ya caminando a su ritmo por sotos y ribazos. Antes caminaban muchos más, recuerdos de la niñez, cuando las aceras del Parque Santa Librada se cubrían de ellos en los crepúsculos primaverales. Luego se fueron abajo, por los sulfatos y los nitratos, prueba de que la «revolución verde» de la agricultura patria, al menos por estos lares, llegó tan tardíamente como casi todo lo demás. Hoy hay que buscarlos en ribazos remotos, entre huertas poco envenenadas, y son ya casi «rara avis» de las campiñas.

El caracol cuando se aparea lo hace con otro de su mismo sexo, es decir, su parte macho y su parte hembra se juntan con la parte hembra y la parte macho, respectivamente, de un congénere, porque si algo tienen de curioso, y tienen muchas cosas curiosas los caracoles, es que son hermafroditas. No se sabe si esto es una ventaja o una desventaja en cuanto a las relaciones de pareja ya que, como es sabido, si bien el sexo opuesto es siempre una incógnita, y si bien el hecho de tener enfrente a otro tan semejante ha de disminuir, en buena lógica, la dificultades de ello derivadas, ¿que hacer con tu propia mitad, tan inseparable y tan ignota? Digo lo de inseparable porque, al contrario de los esféricos andróginos de Platón, el rayo de Zeus todavía no ha dividido al caracol en sus dos partes, dejándolo en el sinvivir de andar buscando su otra mitad por ahí, como todo hijo de vecino. Qué ancestral resulta el caracol bajo este prisma.

El caracol común camina despacio, dicen los libros que a 0.05 km/h, lo cual nos da 50 metros, vaya, en una hora. Algunos no los andan —no los andamos— todos los días, y a mí se me antoja que es correr mucho para un caracol. De hecho, parece que es nuestro caracol común uno de los más veloces de los caracoles más comunes, a saber, en nuestro país la especie Helix aspersa, que es el caracol de nuestras cazuelas. Porque en Francia y en la Europa húmeda y avanzada tienen otro, el Helix pomatia, más grande, más basto, más untado con mantequilla aux fines herbes. Ellos se los comen uno a uno, el orificio de la concha taponado con semejante unte graso, y todavía recuerdo con cierto horror una docenita a medias y a precio de caviar beluga en un barecillo de Montmartre, «París bien vale una misa», de una untuosidad parecida al cuero de cabra amojamada. Claro que a lo mejor fue mala suerte, quiere uno pensar.

El caracol común, el nuestro digo, cada vez más diezmado por los pesticidas en su propia patria, se ha extendido sin embargo con cierto éxito a otros lugares del mundo. Originario del sur de Europa, hoy aparece en más de cincuenta países, introducido consciente o inconscientemente por el ser humano. En muchos de ellos es considerado una plaga o, peor, una «especie invasora», como se dice ahora, que es casi como decir «un alienígena». Algunas aduanas ponen estrictos controles a las mercancías y al transporte para que no se cuelen uno o dos, con la casa a cuestas, «libres como un caracol», y les monten una invasión o algo parecido, lo cuál se me antoja como algo entre una peli mala de Hollywood y lo de las pateras del Estrecho, que es infinitamente más triste.

Total, que en algunos países, no sé, digamos China, no quieren saber nada de caracoles, y digo yo, por qué no se los comerán, total, si ya se comen los escorpiones y los gusanos. Claro que no vayamos a comparar unas larvas de escarabajo con salsa de soja agria con nuestros caracoles en la cazuela, con su tomatito, con su chorizillo, con sus lascas de jamoncito bien curado. O los Helix pomatia afrancesados esos, para el caso. Y es que, ya lo sabemos todos, la cocina española es la mejor del mundo... y «los caracoles vacíos son los que hacen más ruido». Bon appétit!