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La cigarra

Después de arduos estudios entomológicos, tanto de campo como de laboratorio, se ha sabido que las cigarras peninsulares y francesas cantan de forma ligeramente distinta a las griegas y turcas. Los entomólogos, no obstante, todavía no han averiguado si las cigarras de Badajoz o de Vilanova i la Geltrú hablan en la intimidad chicharrero del Peloponeso o de la Capadocia porque, aunque no lo parezca, la cigarra o, mejor, el «cigarro», tan expresivo para sus cosas de los ardores estivales, nunca mejor dicho este año, es sin embargo un animal muy tímido. Basta acercarse en estos días tórridos a cualquiera de esos pinos en los que el coro chicharrero se reúne para sus cosas para que enseguida emerja el silencio como si ahí nada hubiera y nada pasara. Hay que tener paciencia sin límite para ver una cigarra agazapada en su rama, cosa solo factible tras un delicado acercamiento y un exasperante e inmóvil acecho. El que lo consiga observará un bicho robusto, más de dos centímetros, amplias alas transparentes, ojos saltones: la cigarra de nuestros campos, Cicada orni, para muchos simplemente «chicharra».

El campo se achicharra cuando la primavera se agota y se agosta y por eso en muchas culturas, singularmente en las mediterráneas, este animalejo es asociado a los mitos solares y a los calores. Para el taoísmo, la cigarra es símbolo del alma que se desune del cuerpo tras la muerte, seguramente inspirados los agudos orientales en la observación de las características exuvias vacías («mudas») que dejan los imagos (adultos) tras metamorfosearse desde su estadio anterior, de ninfa. En su breve vida adulta, los machos se explayan a pleno pulmón, es decir, a pleno aparato estridulador, también llamado tímbalo, a la espera de que alguna hembra aficionada a la buena trova, mucho mejor si es cariñosa, se deje caer por ahí. Tras los referidos ardores, ella dejará su puesta en las ramillas de los árboles, huevos de los que, al acabar el verano, saldrán unas larvas mínimas e indefensas que, corre que vuela, bajarán al suelo a enterrarse. Largos y aburridos años le esperan a la ninfa subterránea, malviviendo del poco sustancioso jugo de las raíces del árbol, hasta que emerja como adulto para tener un poco de fiesta. En nuestra chicharra meseteña la fase juvenil va de dos a cinco años, pero hay especies en las que este periodo llega a los diecisiete. Más de una década y media de preparación para, al final, disfrutar de la vida mes y medio y, ¡zas!, al hoyo. La efímera y engreída hormiga, que se pasa el día cogiendo cosas que se encuentra por ahí y llevándolas al nido para comérselas y que ni siquiera tiene que hacer esfuerzos ardorosos de esos (¡puff!, con este calor...), que para eso está la reina, es decir, la esclava sexual formícida, se ríe cada año de la esforzada cigarra a la que tanto acumular a lo largo de toda una vida en la que no ve ni la luz del sol, ni a otros congéneres, ni nada de nada, le sirve para lo que a todos: pulverem reverteris...

Tengo el recuerdo de cierto atardecer amazónico en el que, de repente, millones de insectos iniciaron un concierto nocturno con tal riqueza de matices que la opera de Milán entera hubiera enmudecido maravillada; entre otros bichos musicales, tan frecuentes por esos trópicos, formaban el coro varias especies de cigarra (familia Cicadidae), «coyuyos» por allá, de las cerca de tres mil que adornan con su cadenciosa estridencia los paisajes sonoros del mundo. Pero, aunque el exotismo es siempre un plus, nada como cualquier humilde masa arbolada de la patria chica, o, por ejemplo, ese Pinar que tanto nos gusta y tanto nos llena, para sentarse en cualquier piedra no demasiado angulosa, prácticamente tan cómodo como en casa, y, bajo la canícula de mitad del día en este verano tan fresquito que estamos disfrutando, poner el oído de la oreja, y también el del pensamiento, para gozar y meditar una buena chicharrera. Memento, homo.