La migración de las aves

Se están yendo en estos días las golondrinas y las cigüeñas, se están marchando los abejarucos y parece que nos quedamos más solos, menos llenos de vida. Se han ido los ruiseñores y los vencejos, y nos dejan con la duda de si es para siempre. No, no se van a las charcas, a enterrarse en el barro, como decía Aristóteles. Ni tampoco se ha transformado el cuco en gavilán, como se dice en los pueblos de esta Castilla que sufrimos. Se van más lejos. Mucho más lejos. El charrán ártico, delicadeza emplumada de ahorquillada cola, se ha reproducido en la tundra boreal y se encuentra de camino al otro lado del mundo, a veinte mil kilómetros. Aquella pardela que crió en las Aleutianas empieza a bajar la costa entera de América pretendiendo cruzar el sur del Pacífico e invernar en Australia. El ganso asiático ya estará sobrevolando el Himalaya, a cinco o seis mil metros de altitud, buscando las templadas llanuras del Ganges. Y el más pequeño y débil, cierto colibrí de cuatro gramos de fragilidad alada, cruzará el Golfo de México, 800 kilómetros, en un solo día. En proporción, el cisne cantor, el más gárrulo de los cisnes, se nos antoja cobarde: recorre el continente euroasiático desde las tundras hasta el sur, pero porque lo hace sobre tierra: la población de Islandia no osará cruzar el proceloso Atlántico y se quedará en el helado país, en grupos que ya se ven a final de agosto (los guardo en mi memoria) y que poblarán los fiordos de hielo, mimetizados con los ventisqueros blancos.

Se están yendo en estos días las cigüeñas, y vemos grupos de ellas posadas en las torres de los castillos centenarios, recortando su silueta antigua, de reptil jurásico, contra el atardecer de acuarela —amarillo de Nápoles, carmín, ultramarino francés—. Los aviones comunes se arremolinan en los cables de la luz, adultos con jóvenes mezclados que toman apuntes al vuelo, una sola oportunidad de aprender la geografía del camino hasta el otro lado del Sahara. Se arremolinan los aviones y alguna golondrina y cae la tarde mientras en la vega del pueblo se oye el runrún inconfundible del grupo de abejarucos en paso que hará noche en las ramas de la chopera.

Se han ido los ruiseñores, silenciosos, sin alharacas, ya callaron hace tiempo, mientras criaban, después de anunciar la primavera, allá por marzo, con sus rondas nocturnas que cantaron los poetas. Con ellos llegó el autillo, el búho pequeño y misterioso, que adornó el concierto de ruiseñores con su melancólico silbido en las noches húmedas de abril, de mayo; todavía se oye alguno en los últimos días del estío, esperando el relevo para irse, cuando lleguen las grullas ruidosas y los zorzales a pasar el invierno entre nosotros.

Se han ido muchos, demasiados, alguno vendrá nuevo, ese relevo, los grupos de jilgueros, los pinzones, las avefrías anunciando el frío, pero el invierno es áspero y pocos se atreven. Es Castilla: sufridlo (Claudio Rodríguez: ‘Canto del caminar’). Y nos queda la duda de si el oscuro pájaro volverá al alero —no al balcón, Gustavo Adolfo—, cuando, después de los fríos, quizá se despierte aquel impulso vital irreprimible en los dormideros invernales y estridentes, allá por Nigeria, por Uganda, por Angola, por Guinea. Ya sabemos por el poeta que no volverán todos: los menos desmemoriados con los nombres (el tuyo, el mío) dicen que jamás.

Ha pasado la noche. Ha cantado el último de los autillos tres, cuatro veces. Amanece el murmullo de abejarucos al otro lado de la ventana. Ya se van.

Se dice que los hijos de la gran madre Rusia, que abarca el helado océano glacial a la vez que las suaves orillas del mar Negro, lo primero que aprenden en sus vidas es la despedida. Quiere sonar ahora la tonada algo triste, porque toda partida lo es, del hermoso documental sobre la migración ‘Nómadas del viento’, de Jacques Pierrin.

Y me vienen los versos de Oliveiro Girondo, que a menudo rememoro ante la belleza simple y profunda de la naturaleza: “Se niegan al coloquio del agua con las piedras. / Ignoran el misterio del gusano, / del aire. / Ven las nubes, / la arena, / y no caen de rodillas. / No quedan deslumbrados por vivir entre venas.” No sé por qué será.


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