Abejas: genios de las matemáticas

El panal que fabrican las abejas ha sido admirado por los matemáticos desde la antigüedad por su liviano peso, su fortaleza y su gran capacidad de almacenamiento.

El corzo (III)

Dejamos atrás el difícil 2020 con la esperanza de que el 2021 nos permita volver a socializarnos sin mascarilla y sin distancias de seguridad. Y mientras esto ocurre continuamos conociendo mejor a nuestro vecino el corzo.

El corzo (I)

Estamos en pleno otoño, mucha gente sale a disfrutar de los colores de la naturaleza y en búsqueda de setas. En estos días varias son las personas que me preguntan por las distintas especies de setas que van encontrando en sus paseos, pero también muchos de ellos se sorprenden por la gran cantidad de corzos que observan y me preguntan muchas cosas sobre este precioso animal. Entre las muchas preguntas que me hacen están algunas como ¿Por qué hay tantos corzos si cuando yo era niño no había?, ¿Es verdad que las corzas interrumpen el embarazo?, ¿Por qué te encuentras cuernos de corzo por el campo tirados? o ¿Un corzo te puede atacar?

Por ese motivo y como el espacio que cada colaborador tenemos en la revista es limitado para un tema tan amplio, he pensado escribir una serie de artículos sobre el pequeño corzo donde espero dar respuesta a todas las curiosidades que puedan tener aquellos que disfrutan en la naturaleza y les gusta saber más sobre la flora y fauna que les rodea y que supongo que disfrutan observando a estos bellos animales en sus paseos por el campo.

En primer lugar, situaremos al corzo como especie. El corzo es un ungulado, es decir, un mamífero que tiene las patas terminadas en pezuña, de la familia de los cérvidos y del género capreolus. La teoría más aceptada en la actualidad sobre la evolución del corzo como especie nos propone que el corzo actual desciende de un género de mamíferos artiodáctilos, ungulados cuyas extremidades terminan en un número par de dedos de los cuales apoyan en el suelo por lo menos dos, extinto conocidos como Procapeolus que habitó el planeta hace unos 6 millones de años según los fósiles encontrados en distintos lugares de Asia y Europa. La evolución de este mamífero nos ha llevado a que actualmente en el mundo existen dos especies de corzo distintas, el corzo siberiano (Capreolus pygargus) y el corzo europeo (Capreolus capreolus).

Corzo macho

Históricamente fue Linneo el primero que describió al corzo desde el punto de vista taxonómico en el año 1758 y lo denomino Cervus capreolus y no fue hasta el año 1821 cuando paso a denominarse Capreolus capreolus.

Estos artículos se centrarán en el corzo europeo que es la especie que se encuentra en nuestra comarca. Pero antes de seguir veamos de donde proviene etimológicamente nuestro amigo el corzo. Capreolus en latín significa “cabritillo de monte” y proviene de la palabra Caprea que es la denominación latina de la cabra montés. ¿Y por qué el nombre de corzo? Pues esto es debido al aspecto de su cola y proviene del verbo corzar o acorzar que significa cercenar, dejar sin cola que proviene del latín curtiare que a su vez proviene de curtus que significa truncado, mutilado, incompleto.

Aunque creo que todos los lectores habrán visto en alguna ocasión a un corzo no está demás describirlo para apreciar mejor algunos detalles de su morfología. El corzo es el cérvido más pequeño de la Península Ibérica, su tamaño es similar al de una oveja. Su pelaje es de color marrón leonado en verano y de pardo grisáceo a gris oscuro en invierno, y lo muda todos los años en dos ocasiones (primavera y otoño). Las crías al nacer tienen un pelaje pardo rojizo y con tres filas de motas blancas a lo largo de su dorso, que cuando pasan dos meses pierden y ya solo si te fijas muy detenidamente se pueden apreciar vagamente los restos de esas motas blancas; en su primera muda ya adquieren la coloración de los ejemplares adultos. Aparentemente parecen carecer de cola, de ahí su nombre común como hemos visto anteriormente, pero en la parte trasera es muy característico y llamativo, especialmente en las hembras en invierno, su escudo anal de color blanco puro. En las hembras el escudo anal tiene forma de corazón invertido culminado con un mechón de pelos que rodea el orificio urinario, mientras que en los machos el escudo anal tiene forma de riñón y carece del mechón de pelos.

En su cabeza se pueden distinguir dos grandes orejas y un hocico negro que contrasta mucho con el blanco de los labios y barbilla, además su pequeña boca le confiera la cualidad de poder ramonear de forma muy selectiva. Los machos poseen una pequeña cuerna, que se desarrolla por completo en mayo, poco ramificada de tres puntas que mudan en la época invernal; se compone de una asta central con una punta que crece hacia adelante y arriba ubicada generalmente en la mitad inferior, y otra trasera que se proyecta hacia la parte posterior de su cabeza y situada en el tercio superior de la asta central. También es muy específico el abundante perlado que se acumula sobre todo en la base de la cuerna, pero que puede llegar a cubrirla casi por completo. La primera cuerna comienza a desarrollarse a partir de los tres meses de vida y no es más que un primario apéndice craneal con forma de estaca menuda. Una vez que se caiga esta primera cuerna comenzará el desarrollo de la primera cuerna adulta y se formará completamente alrededor del primer año, su aspecto puede variar desde una forma similar a la de un ejemplar adulto, aunque más pequeña hasta dos astas rectas y raquíticas que asoman con dificultad en su cráneo. A partir de esta primera cuerna cada año desmogará alrededor del mes de noviembre y creará una nueva cuerna cuya longitud, perlado y grosor estarán relacionados con el estado de salud del individuo, la relación con otros individuos y las condiciones medioambientales de su territorio. Cabe destacar la tremenda variación de forma y volumen que presenta en los diferentes individuos de una misma comarca.

La cuerna del corzo al igual que la de los demás cérvidos es una formación ósea que crece a partir de unos pivotes situados en la parte superior del cráneo mediante irrigación sanguínea y que adquiere su consistencia de cornamenta dura cuando degenera ese aporte sanguíneo. Presente únicamente en machos, aunque con extrañas excepciones, no suelen superar en su asta central los 25 cm de longitud.

Corzo hembra.

Si nos paramos a observarlos con detenimiento podremos comprobar que los cuartos traseros están más levantados que los delanteros y de ahí su peculiar forma de andar, esta característica le otorga una gran facilidad para saltar que es una adaptación a los espacios abiertos, ya que le permite franquear de forma cómoda los obstáculos que pueda encontrar en el terreno y de este modo facilitar la huida en caso de peligro. Esta característica nos permite intuir que la estrategia defensiva de los corzos ante enemigos potenciales no es la confrontación sino la huida y el permanecer oculto ayudado por el color de su pelaje. Sus patas son delgadas y estilizadas y sus huellas pequeñas, estrechas y alargadas, marcan las dos pezuñas y si el terreno está blando puede llegar a marcar las pezuñas secundarias.

Escudo anal del corzo.

El pequeño tamaño del corzo nos indica que puede adaptarse a muchos tipos de hábitat distintos entre los que se encuentran los bosques, terrenos pantanosos y los espacios abiertos. Los machos son un poco más grandes que las hembras. La longitud de los corzos en la Península Ibérica varía entre los 100 y los 120 cm, la altura hasta la cruz entre 66 y 75 cm y su peso entre los 17 y los 26 kg, aunque el peso más común en los machos suele ser 25 kg.
Dentro del corzo europeo existen gran variedad de subespecies y razas dependiendo de su localización geográfica y de los diferentes autores, aunque de manera oficial la Unión Internacional para la conservación de la Naturaleza (IUCN) solo reconoce 5 subespecies de corzo europeo. En la Península tenemos tres de ellas Capreolus capreolus canus (Centro de España), Capreolus capreolus decorus (Norte de España) y Capreolus capreolus garganta (Sur de España).
Con esto llegamos al final de la primera entrega sobre nuestro pequeño amigo el corzo, el mes que viene veremos muchas mas cosas sorprendentes de este pequeño ungulado.


Texto y fotos:  Javier Munilla

El corzo (II)

En el artículo anterior describimos al corzo desde un punto de vista morfológico y este mes vamos a conocer mejor sus hábitos para sobrevivir como especie.

Corzo en campo cerealista.

En la naturaleza todos los hábitats que ocupan cualquier especie deben de cumplir una serie de condicionantes que permitan a la especie sobrevivir en ese entorno. Por lo general, cualquier especie para asentarse en un medio físico necesita fundamentalmente dos cosas, alimento y refugio. En el caso del corzo los estudios evolutivos realizados nos indican que en las primeras etapas de su existencia estos cérvidos habitaban en zonas húmedas abiertas con especies vegetales ricas en nutrientes. Por este motivo al corzo siempre se le ha asociado a hábitats donde la presencia de agua y de una amplia variedad de especies vegetales que le proporcionaran brotes tiernos ricos en nutrientes era casi esencial. Pero eso es algo que por lo menos en nuestra comarca resulta difícil de creer ya que vivimos en una zona con grandes extensiones de cultivos de secano, bosques adaptados a condiciones de escasa pluviometría y con pocos humedales y ocupada por una importante población de corzos. Entonces nos debemos preguntar qué ha ocurrido para que los corzos abandonaran los ecosistemas a los que estaban adaptados y estén ocupando otros ecosistemas que en principio no les son tan favorables.

 

La explicación es relativamente sencilla y lógica, en la actualidad los grandes depredadores naturales del corzo, sobre todo el lobo, han desaparecido de la mayoría de los territorios de la Península Ibérica permitiendo a la especie una expansión a otros territorios donde no son tan necesarias sus adaptaciones físicas para ocultarse o huir; y si además le añadimos que la actividad humana está transformando de forma rápida los ecosistemas donde antes habitaba, esto ha obligado al corzo a adaptarse a nuevos entornos o desaparecer como especie.

Corcino oculto en la maleza

Entones debemos preguntarnos cómo es posible que el corzo se halla adaptado tan rápidamente a los nuevos entornos creados por el hombre cuando a otras muchas especies les ha resultado muy difícil o imposible adaptarse llegando a desaparecer de esos territorios o extinguirse. La respuesta a esta cuestión la tenemos que buscar en la facilidad del corzo para adaptarse a la búsqueda de alimento de la que es responsable la fisiología de su aparato digestivo. El volumen estomacal del corzo no supera el 6% de su peso corporal y esta pequeña capacidad acumulativa de alimento en su estómago obliga al corzo a buscar brotes tiernos con la menor cantidad de fibra posible pero ricos en nutrientes y a realizar varias ingestas de alimento al día, entre 6 y 12 comidas al día, lo cual además de condicionar su actividad a lo largo del día le ha concedido una ventaja para ocupar distintos nichos alimentarios. Esta característica que no parece muy importante en realidad es la que ha conseguido que el corzo se adapte perfectamente a los ciclos naturales de la vegetación de los lugares que ocupa y al consumo de los elementos vegetales con mayores aportes energéticos. Es por ello que posee una gran capacidad de resistencia a periodos de escasez nutricional tanto en los duros periodos invernales fríos o en los momentos de sequía estival. Estudios realizados en distintas poblaciones de todo el continente estiman que normalmente las necesidades de alimento de un corzo, aunque puede variar de unas zonas a otras, son entre 57 y 80 gramos de alimento por kilo corporal al día en verano y entre 21 y 55 gramos en invierno.

Los muchos estudios realizados sobre los distintos espacios ocupados por este pequeño cérvido han demostrado no solo la gran adaptabilidad a los distintos hábitats, sino que también existe un autocontrol de la densidad de población dependiendo de la cantidad de alimento disponible en cada momento. Como además en muchos lugares debe compartir nicho alimentario con otros herbívoros, tanto silvestres como domésticos, que compiten por el alimento disponible, el corzo ha adaptado su alimentación a distintas especies de plantas y a ser capaz de tolerar compuestos químicos de esas plantas que otros herbívoros rechazan.  
El corzo como hemos comentado anteriormente elige para alimentarse las especies con más contenido proteico. Además de seleccionar las distintas especies de las que se alimenta, también selecciona las partes de las plantas que quiere ingerir y esto es posible gracias al tamaño del bocado que realiza cuando se alimenta, que es mucho menor que el de otros herbívoros, con lo cual puede seleccionar mejor las partes de la planta que quiere digerir.

Corzos pastando al anochecer.

El corzo consume hojas y brotes tiernos durante todo el año, de ellas sus preferidas son las hojas de las zarzas. Aunque con ciertas variaciones dependiendo de la época del año en la que nos encontremos, en general podemos afirmar que en primavera y verano además de hojas y brotes tiernos también aumenta el consumo de herbáceas, gramíneas y brotes florales; mientras que en otoño e invierno consume preferentemente hojas y frutos de Quercus y leguminosas de la familia Cytisus, conocidas vulgarmente como escobas o genistas. De forma puntual también pueden consumir helechos y setas.

Una vez conocida la adaptación de nuestro protagonista a los distintos nichos alimentarios que le proporcionan los distintos ecosistemas que ocupa, veamos cómo es adaptación diaria a un medio natural cada día más cambiante por la acción de los seres humanos. Todos los biólogos y naturalistas están de acuerdo en que el éxito de una especie viene dado por su capacidad de adaptación a los cambios que se producen a su alrededor, como dijo Charles Darwin: “No es el más fuerte de las especies el que sobrevive, tampoco es el más inteligente el que sobrevive. Es aquel que es más adaptable al cambio”.

Varios son los factores que permiten esa adaptabilidad a los cambios en el corzo, entre los más relevantes el primero de ellos seria su poco peso, que le serviría para adaptarse a condiciones de escasez alimentaria, bajas temperaturas y distintos nichos ecológicos. Otro factor a tener en cuenta es la viabilidad de las poblaciones basada en la relación entre nacimientos y mortalidad. En la naturaleza podemos decir que existen dos modelos para asegurarse la viabilidad de una especie; uno es tener muchos descendientes a los que no se les presta mucha atención y cuidados por parte de los padres, es decir no necesitan mucho gasto de energía por parte de los progenitores, y por ello las crías tienen poca probabilidad de supervivencia durante los primeros momentos de vida (ejemplo peces, anfibios, aracnidos...) pero se compensa con la gran cantidad de nacimientos por parto y el otro modelo seria pocos descendientes a los que se les dedica mucho tiempo a su cuidado y protección, con un gran gasto de energía por parte de los progenitores, pero obteniendo una alta tasa de supervivencia durante su etapa juvenil y con alta probabilidad de llegar a edad adulta para poder dar continuidad a la especie (ejemplo elefante, ballena azul, ser humano…).

En el caso del corzo su opción es la de pocos descendientes con muchos cuidados y protección de la madre hacia sus crías. Aun así la mortalidad de las crías durante el primer año es elevada debido a varias causas: la depredación por otros animales, en nuestra comarca el mayor depredador de las crías es el zorro aunque también puede ser depredado por perros y gato montés; la caza, que puede matar a la madre de la cual depende para su supervivencia o al mismo corcino; las bajas temperaturas y fuertes nevadas que pueden causar la muerte de las crías durante el primer invierno por hipotermia; las actividades agrícolas, debido a que muchas veces la madre oculta a las crías entre los campos cerealistas y pueden resultar atropellados por tractores o cosechadoras; y por último los atropellos por vehículos en las carreteras y caminos.

Para evitar grandes bajas debidas a las circunstancias antes descritas, las poblaciones de corzo, al igual que otras especies, han adoptado una particularidad que es la llamada “sincronía de los partos”. La sincronía de los partos consiste en conseguir que los partos de todas las hembras se produzcan en un corto periodo de tiempo en que las condiciones climáticas y alimenticias sean las más favorables. Estudios realizados en el norte de Europa han comprobado que el tiempo que pasa desde el primer alumbramiento al último en una población es de menos de un mes. En nuestra comarca el momento idóneo para el comienzo de los partos, donde las temperaturas y la cantidad de alimento a disposición de la madre es mayor, es desde finales de abril a finales de mayo, ya que es ese periodo las temperaturas empiezan a suavizarse y la cantidad de alimentos es máxima para los herbívoros. Aunque dependiendo de las condiciones climáticas podría adelantarse o retrasarse varios días. El número de crías nacidas de cada hembra varía entre una y tres siendo lo más habitual que sean dos. Las crías al nacer pesan entre 1 y 2 kg, los primeros días la madre los amamanta entre 5 y 10 veces al día consiguiendo de esta forma un rápido aumento del peso de las crías, esta frecuencia de lactancia va disminuyendo según los corcinos ganan peso. La lactancia suele terminar en otoño coincidiendo con el periodo de celo de la especie. La sincronía de partos ayuda a la supervivencia de la especie ofreciendo un gran número de individuos jóvenes e indefensos a la vez en el posible territorio de un potencial depredador por lo que las posibilidades de supervivencia de la mayor cantidad de crías aumentan.

Cabe reseñar que el ciclo natural de la vida del corzo está condicionado por tres singularidades evolutivas de la especie que veremos con mayor detenimiento el próximo mes. Estas tres peculiaridades son un único ciclo estral, el comportamiento territorial de los machos y la diapausa embrionaria.

Os deseo Feliz Navidad a todos los lectores de “La Plazuela”, que el año 2021 sea próspero y sobre todo que no se parezca en nada a este aciago 2020.

Texto y fotos: Javier Munilla

Ver El Corzo (I)

Uvas de oso

El pasado 22 de septiembre a las 15 horas y 31 minutos, hora peninsular, comenzó oficialmente el otoño en el hemisferio norte. Al otoño se le suele representar como una estación melancólica y romántica, probablemente esto sea debido a que la luz del otoño es especial, suele ser una luz tamizada por el aire húmedo de las lluvias y las nieblas matutinas. Además, si esa luz está acompañada de cielos llenos de nubes, bosques teñidos de tonos amarillos, rojos y ocres, suelos tapizados de hojas caídas de los árboles pues la imagen es muy reconfortante. Si a todo esto le añadimos el descenso progresivo de las temperaturas y los días cada vez más fugaces, todo invita al recogimiento físico y mental. Cualquier aficionado a la fotografía estará de acuerdo conmigo en que el otoño es probablemente la estación más fotográfica del año y un gran momento para disfrutar de esta afición en la naturaleza.

No debemos olvidar que el otoño es una explosión de colores y vida, como ejemplo podemos poner los miles de hongos que comienzan a brotar llenando los bosques y campos de variadas formas y múltiples colores, las bayas y frutos que también añaden colorido y riqueza a esta época del año, muchos animales entran en celo en esta época del año y otros deciden venir a pasar el invierno con nosotros alejándose de las bajas temperaturas del norte de Europa.

Pero el artículo de este mes se lo quiero dedicar a una planta que para muchos pasa totalmente desapercibida, la podemos observar en los paseos que damos por los pinares de nuestra comarca, aunque realizan una gran función para evitar la erosión de la tierra y en el funcionamiento del ecosistema. Es la popularmente conocida como gayuba (Arctostaphylos uva-ursi), aunque en otros lugares de España también se la conoce como manzanera, manzanilla de pastor o uva de oso. La primera curiosidad de esta planta es que su nombre científico esta repetido de dos formas distintas, ya que el género Arctostaphylos deriva del griego árktos que significa “oso” y de staphylé que es “racimo de uvas” y podríamos traducirlo como “uvas de oso”, y el epíteto uva-ursi en latín significa “uva de oso”.

Para los que nunca se hallan parado a observar a esta planta comentarles que la gayuba es un pequeño arbusto rastrero que encontramos tapizando el suelo y que siempre está verde, sus tallos son rastreros y muy ramificados por lo que solemos verlos siempre acostados por el suelo, aunque también pueden ser colgantes cuando la planta en su crecimiento encuentra un desnivel en el terreno. Las ramas son tortuosas, de color pardo-rojizo y con la corteza fácil de desprender. Las hojas alternas, coriáceas, con forma de espátula que se estrechan en forma de cuña hacia la base, de margen entero y ápice obtuso, con un corto peciolo; son de color verde oscuro, algo lustrosas por el haz y más pálidas por la cara con los nervios marcados; al nacer son algo pelosas. Las flores, que son hermafroditas, nacen en racimos cortos de 2 a 7 flores en el extremo de las ramas, entre los meses de abril y julio, son blancas o blanco rosáceas con la base translúcida. El fruto es una drupa carnosa, de color rojo vivo que madura en el otoño, es comestible, pero de sabor insípido, áspera y poco jugosa; y aun así existen referencias de que este fruto era comido por los pastores en las provincias de Guadalajara y Huesca.

La gayuba es una planta muy poco exigente en cuanto a las condiciones que necesita para asentarse en un terreno, puede encontrarse desde casi el nivel del mar hasta rozar los 3000 m y crece lo mismo en terrenos silíceos que calizos. Nos la podemos encontrar tapizando los claros y desmontes de encinares, quejigares, pinares e incluso melojares. La variedad que se cría en España, salvo en poblaciones pirenaicas que crece la variedad conocida como “gayuba alpina”, suele tener las hojas algo más gruesas y correosas que el resto de las europeas. Como una de sus particularidades es que se propaga activamente tapizando por completo los suelo, y como enraíza de trecho en trecho llega a cubrir grandes extensiones del terreno y por esa razón es muy necesaria para evitar la erosión de terrenos áridos o con poca vegetación; por eso mismo también es difícil controlarla como cultivo, aunque a veces se ha utilizado de forma ornamental para crear tapices. Estudios realizados últimamente indican que sus raíces poseen nódulos fijadores del nitrógeno del aire.

La gayuba posee muchas propiedades que la hacen muy importante en los ecosistemas. Además de evitar la erosión de terrenos, sus frutos son comidos por distintos animales silvestres y además es una planta melífera. Los humanos la han utilizado desde tiempos remotos, ya que las hojas de esta planta, de sabor muy amargo, tienen un alto contenido en taninos, lo que les confiere propiedades astringentes. Además, contienen también otras sustancias activas que le otorgan una reconocida e importante acción antiséptica y diurética, actuando contra las bacterias existentes en el sistema urinario y, por tanto, resultando un remedio excelente contra todo tipo de infecciones de las vías urinarias, cálculos, arenillas, etc...

Su alto contenido en taninos ha hecho que los extractos de hojas se utilicen en las tenerías para el curtido de pieles, porque ayuda a restituir la textura natural de estas, junto con la corteza de pinos, abetos o coníferas en general y otros vegetales de alto contenido en taninos. Además, dado que la gayuba posee un alto contenido en compuestos fenólicos, se ha utilizado como agente blanqueante en cosmética.

Aunque la gayuba es una especie relativamente abundante en Europa, su recolección para usos medicinales, cosméticos y en moda ha hecho necesario que varios países como son España, Francia, Alemania, Finlandia o Bulgaria hayan tenido que tomar medidas legales para controlar la recolección de esta planta. Por ese motivo el comercio internacional de esta especie está sometido a medidas de control dentro de la Unión Europea, requiriéndose permisos para su importación y exportación.

En nuestra comarca todavía hoy se recolecta en grandes cantidades para su comercialización en algunos pinares de la Sierra Norte y del Señorío de Molina.

Para finalizar algunas últimas curiosidades: Antiguamente también se usaban las hojas de la gayuba como alimento para los animales, combustible, aromatizante para el tabaco de pipa e infusiones; con los frutos frescos se hacía mermelada y dejando los frutos secar al sol se elaboraban, juntándolos con harina, papillas o tortas.

Espero estas líneas nos ayuden a apreciar el gran valor ecológico y etnográfico de esta planta, que alfombra gran parte de nuestro pinar y que es tan necesaria para su conservación, en nuestra comarca.

Texto y fotos:  Javier Munilla

Back to Top
We use cookies

Usamos cookies en nuestro sitio web. Algunas de ellas son esenciales para el funcionamiento del sitio, mientras que otras nos ayudan a mejorar el sitio web y también la experiencia del usuario (cookies de rastreo). Puedes decidir por ti mismo si quieres permitir el uso de las cookies. Ten en cuenta que si las rechazas, puede que no puedas usar todas las funcionalidades del sitio web.