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El nuevo libro de "Océano Atlántico" analiza la historia de género

La COVID–19 copa la vida social y mediática de España. Sin embargo, la pandemia –aunque grave– no lo es todo. La cultura se sigue moviendo. Y más concretamente, la literatura. Desde «Océano Atlántico Editores» han querido ser un ejemplo en ello y han sacado un nuevo libro. Se trata de «Historiando con perspectiva: de la teoría a la práctica», que se encuentra coordinado por los jóvenes historiadores Maite Ávila Martínez y Fernando Herranz Velázquez.

Este compendio se alza como una obra colectiva en la que intervienen diferentes expertos  sobre perspectiva de género, con el fin de ofrecer un enfoque plural  y analítico en torno a la mencionada realidad. A través de cinco capítulos se repasa el devenir de la mencionada perspectiva. “Nos hallamos ante un libro de divulgación histórica feminista dirigido a la sociedad en su conjunto. En su interior se encontrarán pinceladas sobre temas tan diversos como las tonalidades de un arcoíris. En realidad, es un arma destinada a eliminar las cadenas opresoras del patriarcado”, aseveran Ávila y Herranz.

Un trabajo en el que ninguno de los autores ha escatimado esfuerzos. “Nos hemos servido del conocimiento, emoción, profesionalidad, esfuerzo, sororidad y deseo por la consecución de una sociedad más justa e igualitaria. En definitiva, del feminismo definido como lo entendía Simone de Beauvoir: una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”, explican los coordinadores de «Historiando con perspectiva: de la teoría a la práctica».

Este libro se extiende a lo largo de 134 páginas, que se dividen en una «introducción» –realizada por Fernando Herranz y Maite Ávila– y cuatro capítulos. Los mismos se suceden de la siguiente manera: 1) «Cuerpo, alma y palabra: la relación heredada del Todo en la mística de Hildegard von Binguen», por Francisco de Asís Maura García; 2) «Certezas e incertidumbres sobre la presencia de viajeras extranjeras en la España Moderna», por María Teresa Ávila Martínez; 3) «Las bases científicas de la diferenciación sexual y de género en la época moderna», por Laura Díaz Mejías; y concluye Fernando Herranz Velázquez con su trabajo «Hacia una definición del concepto masculinidad/es» (4). Ya se están realizando las primeras presentaciones del estudio.

La editorial

«Historiando con perspectiva: de la teoría a la práctica» se encuentra publicado por «Océano Atlántico Editores» y se inserta en la colección «Sapientia / La aventura del conocimiento». “Los títulos incluidos en la misma versan sobre diferentes asuntos e investigaciones científicas. Eso sí, sin olvidar la perspectiva divulgativa”, explica Esteban Vera Vigil, uno de los responsables de la editorial. De hecho, en los referidos  compendios siempre se respeta una redacción ágil y comprensible.
«Océano Atlántico Editores» es un sello independiente domiciliado a medio camino entre Guadalajara (España) y Puebla de Zaragoza (México). De hecho, uno de sus principales objetivos es “tender puentes entre ambos países y generar un espacio de intercambio cultural y enriquecimiento mutuos”, explica Vera Vigil. Una finalidad que se conseguiría a través del fomento de la literatura y de la lectura. En definitiva, se pretende tender puentes entre las dos orillas del  «charco»  a través del libro…

Julio Martínez

"Il mio bel Cristo", fray José de Sigüenza y "nuestro Mudo"

Nueva visita al Escorial para admirar el Cristo de Cellini. Destino del Cristo: su propia tumba, idea que obsesiona a Cellini. Desde el año 1557 el Cristo es su refugio. Más no pudo ser, el 15 de febrero de 1571 Cellini es enterrado en la Basilica della Santissima Annunziata (Florencia), sin su Bel Cristo, un epitafio: “A pesar de la muerte, el artista vivirá”. Muere Cellini y el Cristo sigue en el Palacio Pitti desde 1565, allí lo ve Vasari y canta su belleza.

Francesco de Médicis busca para el Cristo un lugar distinto al elegido por su padre, regalo de Francesco a Felipe II, preciado presente del Gran Ducado de Toscana a San Lorenzo el Real, regalo político. Llega a Madrid: 15 de octubre de 1576, lo llevan al Pardo, el Rey quiere ver el Cristo, lo desembalan, sano y salvo se encuentra, mudos quedan ante tanta belleza. Llevarlo a San Lorenzo por estos caminos es peligroso, puede dañarse, a hombros lo portan:

“...y desde que desembarcó vino aquí en hombros, a lo menos en los pasos todos difíciles y en otros muchos que no lo eran, porque no padeciese algún encuentro”, lo dice Sigüenza, cincuenta hombres lo llevan, como costaleros.

Y, ¿dónde colocarlo?, en el mejor sitio del Monasterio, hay que esperar hasta su construcción, 2 de agosto de 1586, habla Sigüenza:

“Había de ponerse en el primero y más público espectáculo y vista de este templo, como si del Cielo viniera a tratarse el concierto”.

“A las espaldas de la silla del prior y por todo aquel testero se hace un tránsito en la misma pared para las tres ventanas que caen al patio del pórtico y dan luz a las sillas bajas, en la de en medio está un altar en que se dice misa, y la oyen muchas veces desde el mismo pórtico, particularmente en verano, la gente seglar.

En este altar está un crucifijo de mármol blanco, del tamaño del natural, de nuestro Salvador, según se echa de ver por el retrato de la sábana de Saboya que aquí tenemos en el relicario, muy medido y tocado con ella. El mármol se escogió aposta, porque tiene unas vetas que le sirvieron al maestro para declarar las venas, figura tan devota, tan bien entendida y acabada”.

El mejor lugar, allí podían oír misa y ver al Cristo 2000 personas, nada dice Sigüenza de que el Cristo está desnudo, nadie se fija en su desnudez, su belleza sobrepasa todo lo corpóreo, así murió, alma y cuerpo desnudos ante los hombres y ante Dios, nada que ocultar. Hoy lleva un paño de pureza, incomprensible. La Cabeza, indiscutible que es la mejor cabeza nunca esculpida, a ella dirige el espectador su mirada, los párpados entrecerrados, esos ojos, nos miran, puertas del Cielo, la muerte representada con la máxima dignidad y belleza.

Sigüenza lo explica: “Aunque todo él es divinísimo, hace la cabeza conocida ventaja a lo demás, y vísela yo alabar a nuestro Mudo, que tenía singular voto en esto”.

Si lo dice nuestro Mudo, Juan Fernández de Navarrete, no hay más que añadir. La Cruz es de mármol negro, muy difícil de trabajar, contraste blanco-negro.

“Il nostro bel Cristo” nos invita a la reflexión por su actitud sobrehumana ante tan horrible muerte, puro y bello se presenta al Padre, desnudo, con la carga de nuestros pecados, como dijo Sigüenza en uno de sus más bellos poemas:

“…es su ejecutor tan crudo
que, aunque alzado sin malicia,
le ejecuta por justicia,
hasta dejalle desnudo…”

Fray José de Sigüenza, así lo confirmó don Federico Carlos Sainz de Robles, paniaguado de los Agustinos en el Monasterio, sale todas las noches de la Biblioteca, del cuadro que le representa, un pequeño salto, no es mucha la altura, pero ¡cuidado!, no pase como aquella vez que saltaste del carruaje en marcha, asustáronse las mulas y caíste cuan largo, o corto, eras, una rueda pasó por tu garganta, mucho peso, lleno iba el carruaje, por muerto te dieron todos, presto bajaron y allí estabas, de rodillas, rezando a la Santísima Trinidad, gritaste al caer “Válgame la Santísima Trinidad y la Virgen María”, y no una rueda sino un papel pasó por tu garganta, unos días quedó la señal en tu cuello.

Don Federico, y algún padre agustino más, te ven pasear por San Lorenzo, rezas tus oficios ante el Cristo Blanco, y mudo quedas ante tanta belleza, como nuestro Mudo, que tenía singular voto en esto.

Cerca de la Capilla donde hoy se encuentra el Cristo de Cellini, una de las parejas de santos que pintó Navarrete requiere nuestra atención, San Marcos y San Lucas, pregunto: ¿es San Lucas un autorretrato de nuestro Mudo? en el silencio está la respuesta.

Antonio Nicolás Ochaíta

Para saber más:
Juan López Gajate. El Cristo Blanco de Cellini;
Fray José de Sigüenza. La Fundación del Monasterio de El Escorial;
Benvenuto Cellini. Vida.

Máximo Robisco, un homenaje necesario

Es de agradecer la iniciativa de la asociación cultural Sigüenz(A)rte que nos ha concedido la oportunidad de gozar este verano de cuatro muestras pictóricas en la ermita de San Roque muy diferentes entre sí. Teresa García y Máximo Robisco han recibido sendos homenajes con la exposición de una serie de su obra y que se antojan merecidos tras su fallecimiento.

Máximo Robisco. Foto de juventud.

Máximo Robisco, que vino al mundo en Luzón un 31 de julio a mediados de los años treinta del pasado siglo, se trasladó de niño a Sigüenza junto con la familia unos diez años después. En esta ciudad residió hasta su fallecimiento, a finales de julio de 2011. En el medio, estancias en Madrid y Paris, y entre las tres ciudades nace y se consagra una pasión creativa cuyo despertar arranca en la niñez, se da a conocer a partir de la adolescencia y se consagra en la juventud y la madurez. Robisco pronto se sintió cercano al grupo de artistas “El Paso”, cuyo manifiesto en el año 1957 concebía un arte vinculado a los signos de la época,  renovador y moderno, que permitiera el libre desenvolvimiento del arte y del artista. Este grupo lo integraban entre otros Antonio Saura, Rafael Canogar, Manuel Millares y Martín Chirino, o críticos como Manuel Conde. Máximo no formó parte del grupo, aunque su influencia ideológica y artística es evidente, y él mismo se consideraba vinculado al movimiento. Pintor de base, tal vez lo que menos le importaba era vender cuadros, puesto que tal y como afirmó en una entrevista a El Afilador, “nunca me ha faltado para almorzar, pero no he tenido lujos de ningún tipo”. Su vida era la pintura, una aventura que conformó su existencia y que sentó sus bases en los contactos con artistas de la época en Madrid y Paris, junto con su amigo Antonio Pérez, también seguntino y artista. Autodidacta de libro, su pasión por la pintura la compartió con la de la literatura, que finalmente ha servido para dar a luz una biblioteca pública (“Biblioteca Máximo Robisco”) en su localidad natal.

Cuadros de la exposición homenaje en la Ermita de San Roque en el mes de agosto de 2020.

De su pintura oscura, distorsionada y expresiva destaca la gran colección de caras (“no son retratos, son caras”) que llenaban su domicilio, algunas de las cuales se han podido apreciar en la exposición. Reflejan, según explicaba él mismo, la realidad de la posguerra, época en que nació y se desarrolló su concepto artístico. Esos cuadros son “el fruto de una época”, que fue la que dio lugar, como queda dicho, al famoso grupo El Paso, que tanto influyó en su obra. En esas caras manifestaba el autor su libertad e independencia, desarrollando su imaginación en el rostro dibujado, lejos de cualquier identificación con el modelo. La viveza y fuerza de sus colores impregnan también sus creaciones más localistas, como los Donceles y la imagen de la Catedral seguntina reflejada al final de la calle Guadalajara.

Comprometido e implicado con las vanguardias, no le es ajena la influencia picassiana que arreció tras su estancia en París, perceptible sobre todo en esos rostros distorsionados e imaginativos y en el concepto que informa el cuadro

Máximo Robisco junto a su hermana Paula.

El resultado de la exposición es un viaje a través de su universo creador, tan poco expuesto hasta la fecha por su rechazo casi absoluto a las exposiciones públicas y al comercio de arte en general. De talante individualista y algo solitario, la pintura le proporcionaba la alegría y compañía necesarias al tiempo que le permitía hacer lo que siempre quiso y disfrutar del arte, las tertulias artísticas o las exposiciones de los autores que admiraba. Sigüenza rinde homenaje a uno de sus ciudadanos más meritorios y saca del anonimato a uno de los artistas más notables que han dado sus calles. Bienvenido sea.

Ignacio Jiménez

Fotos: Máximo con su hermana Paula; una foto del joven Máximo (centro); cuadros de su exposición de agosto en Sigüenza.

Paseos por los alrededores de Sigüenza: Alcolea de las Peñas

Llegamos a Alcolea de las Peñas, un municipio localizado al norte de la provincia de Guadalajara, junto al límite con la vecina provincia de Soria. Nos sorprendió gratamente a los que no habíamos estado nunca, aparcamos en la amplia plaza con emblemáticos símbolos que conforman su arquitectura popular. Al lado de la fuente, hay una picota.

Casas colgantes en Alcolea.

Una gran casa levantada surge aprovechando el terreno rocoso del lugar, empezamos a comprender el porqué del nombre.  La iglesia parroquial de San Martín Obispo destaca por su aspecto medieval con perfil fortificado, fue construida en el siglo XIII. Solo pudimos verla por fuera, pero deslumbra también por su altura la torre de espadaña o torre de campanario, compuesto por un muro vertical con dos vanos para las campanas.

La iglesia de San Martín al fondo y en primer plano la picota.

Como es habitual en mí, me puse a hablar con las personas que salían de paseo en ese momento. Raquel y su sobrino, que viven habitualmente en Zaragoza, nos amenizaron la tarde haciendo de anfitriones turísticos.

Empezaron contándonos la primera leyenda del pueblo: nos preguntaron si habíamos visto antes de entrar al pueblo unos restos de iglesia y le comentamos que sí, pero que la dejábamos para visitar posteriormente, a la vuelta a casa. Resulta que esos restos correspondían a una población denominada Morenglos que desapareció por ser devorada por unas hormigas, y el ultimo habitante pudo rescatar una campana, que pusieron posteriormente en Alcolea, como recuerdo de los que se cobijaron aquí huyendo de las hormigas.

Casa construida sobre la roca.

Nos encaminamos por la calle principal hacia la roca donde estuvo emplazado el antiguo castillo, que servía para vigilar el valle del rio Alcolea. Del castillo no queda gran cosa, pero sí tuvimos oportunidad de entrar en las dos estancias irregulares cavadas en el interior a pico, como nos cuentan. La estancia superior es la que se conoce como “la cárcel”, y la inferior como “el calabozo”. Ambas presentan un aspecto de terrible mazmorra, y se comunican mediante un pasadizo estrecho.

La estancia superior tiene poca altura y es de forma circular con dos ventanucos, con barrotes de hierro en uno de ellos, si te asomas compruebas que dan al barranco y su panorámica es espectacular. Este espacio es uno de los más concurridos y admirados por los visitantes y de los que están más orgullosos sus habitantes. Para acceder al calabozo, hay que descender por un pasadizo que dispone de una pequeña entrada de luz en la roca que facilita el descenso a los más valientes. También nos ayudó la linterna del móvil, claro.

Vista del valle desde la cárcel.

Al acabar, nuestros nuevos amigos nos acompañaron por unas escaleritas a la parte superior, que es un mirador de lujo. Se ve todo el barranco, nos señalaron un antiguo molino hoy convertido en casa y nos apuntaron que es una bonita ruta a pie, que puede recorrerse a lo largo del arroyo Alcolea, hasta llegar a Santamera.

Tienen además un banco para disfrutar de las vistas a cualquier hora del día, en ese momento estaba colonizada por una pandilla de chavales.  

Raquel aprovechó para contarnos la segunda leyenda del pueblo, la de la cárcel: se desconoce su veracidad, pero relató que hace muchos años, uno de los presos consiguió escapar de la cárcel tirándose al vacío por el barranco y salvó su vida al quedarle enganchado el cuerpo entre las ramas de los árboles, que todavía suelen crecer en el fondo del precipicio.

De esta olvidada y maltrecha cueva no hay casi noticia escrita. De antiguo origen e inexactas referencias cronológicas, solamente se sabe que sirvió de cárcel en tiempos históricos.

De vuelta a la plaza, el crío de mi amiga disfrutó un rato del miniparque infantil, la mar de apañado, que han instalado en un pequeño hueco al lado de la iglesia.

Yo aproveché para callejear y subirme a alguna roca pdisfrutando de las vistas y fotografiar lo que alcanzaba a ver, más casas sobre las rocas, ruinas de palomares.

Una de nuestras amigas preguntó por el cementerio del pueblo, iba en busca de sus antepasados ya que trata de ampliar el árbol genealógico de la familia. Hay que subir unas calles y está situado en una pequeña loma con unas cruces que pertenecerán a un viacrucis. Encontró la tumba y lápida que pudo fotografiar.

Antes de irnos, nos quisieron acompañar a ver otro de los tesoros que conserva Alcolea de las Peñas y es que también tiene casas colgantes, como en Cuenca. La verdad es que resultan muy peculiares. Para verlas, bajamos en dirección al barranco, por un camino entre la maraña de hierba y zarzas y efectivamente pudimos admirar sus casas colgadas sobre las rocas rojizas.

Como se nos hizo un poco tarde, salimos pitando y no nos detuvimos en las ruinas de la entrada al pueblo que nos habían mencionado.

Restos de la igles¡a de Morenglos, en primer plano tumba excavada en la roca.

Aproveché para volver en septiembre y descubrir en esta ocasión las ruinas que dejamos sin ver la primera vez. Sorprende al acercarse, por una pista de tierra hacia los campos de labor, la torre campanario del despoblado de Morenglos, es muy visible desde lo lejos. También llama la atención la cantidad de sepulturas visibles que hay sobre la peña rocosa cercanas al templo, formando toda una necrópolis medieval de tumbas excavadas en la roca.

Brujuleando en internet descubres que no solo hay tumbas, si no que el yacimiento esta divido en dos zonas, a ambos lados de un camino vecinal y la parte que no vimos, probablemente por la abundante vegetación existente, tiene una cueva artificial con varias estancias. Habrá que volver para visitarla, ya que además existe al sur de Alcolea de las Peñas, a 1 km de distancia aproximadamente, la necrópolis celtíbera de Valdenovillos, que fue también excavada por el marqués de Cerralbo entre 1914 y 1930. Los materiales encontrados fueron depositados en el Museo Arqueológico Nacional en 1940, y corresponden al periodo de transición entre la primera y segunda Edad de Hierro.

María

Paseos por los alrededores de Sigüenza: Aguilar de Anguita

Salimos una tarde más de paseo por los pueblos cercanos a Sigüenza. En esta ocasión fuimos a una localidad que no conocíamos ninguno y que nos sorprendió gratamente: Aguilar de Anguita.

El valle visto desde el pueblo.

Para llegar hasta aquí desde Sigüenza, fuimos hasta Alcolea del Pinar, pasamos Garbajosa y nos encontramos con Aguilar que parece erguirse sobre una pequeña colina de dientes de piedra, de manera que en la parte alta conviven las casas con las rocas. El pueblo es pequeño, pero me encantaron las estupendas vistas del valle con sus cultivos de secano. Había restos de una muralla, que resultan ser de origen celtibero. Destaca la iglesia parroquial de San Esteban, con una estupenda espadaña y una base probablemente de época romana. No pude rodearla fácilmente al encontrarse llena de hierbajos, que parecen haberse adueñado de zonas poco transitadas en estos tiempos que corren.

Restos de muralla de origen celtibérico.

El pueblo conserva buena parte de su arquitectura tradicional de casas, pero apenas nos detuvimos por las calles, queriendo descubrir donde se hallaba un famoso dolmen que se encontraba por allí. Preguntamos a unos chavales, que desgraciadamente no sabían de qué les hablábamos.

Espadaña de la iglesia de San Esteban.

Al final supimos que estaba a las afueras del pueblo, siguiendo una pista todo hacia delante, llegamos a un cartel, en medio de una finca de labor, que nos indicaba la ubicación y las explicaciones del Dolmen del Portillo de las Cortes. Por cierto, fue descubierto por el Marqués de Cerralbo y es de tipo corredor con cámara, de la Edad del Bronce, se encuentra en bastante buen estado y lo fotografiamos.

Dolmen del Portillo de las Cortes.

Leyendo con posterioridad un documento del estudio de la documentación que el Museo Cerralbo conserva sobre el dolmen del Portillo de las Cortes, se puede reconocer el interés del Marqués por este conjunto megalítico tan excepcional, llegando incluso a sopesar un posible traslado a las salas del Museo Arqueológico Nacional en Madrid. Para ello, “los carreteros se comprometen a arreglar el camino para el arrastre, sacar las piedras y ponerlas en el vagón por la cantidad de 150 ptas. a la estación de Salinas de Medinaceli; y a la de Sigüenza que está 6 kilómetros más de distancia [por] 175 ptas. […] pues según los cálculos que echan los carreteros emplean 15 días en toda la operación hasta colocarlas en el vagón”.

La verdad es que impresiona estar en sitios con historias tan interesantes y tanta cultura acumulada.

Antes de llegar, dejamos a un lado la ermita de la Virgen del Robusto, que paramos a visitar más tarde, volviendo al pueblo. El interior de la ermita no puede verse, pero el paraje donde está ubicada es espectacular. Tiene una cueva en lo alto con una cruz, donde cuentan que le apareció la virgen a un pastor, que echó una piedra a rodar y allí donde cayó se levantó la ermita. Rodeando el edificio descubrí una puerta con un dintel con una bonita inscripción y dibujo “Al abad sea el santísimo sacramento del altar”. Como salimos tarde por culpa del calor, empezó a cubrirse el cielo más de la cuenta,  de manera que pensamos en volvernos.

Dintel con inscripción en la Ermita de la Virgen del Robusto.

En el camino de vuelta pudimos disfrutar de un bello atardecer, con apoteósicos colores, que intentamos captar con nuestras cámaras para poder retenerlo en nuestras retinas el mayor tiempo posible. ¡Disfrutar de la belleza de la naturaleza es un privilegio y un placer!

Ya de vuelta a Sigüenza, te cuentan los que saben, que no solo el pueblo tiene lo que vimos, sino que hay núcleos de población celtibéricos, con sus correspondientes necrópolis, restos de unas antiguas salinas, un puente romano y un trozo de calzada romana, además de una antigua mina romana en ruinas.

Total, que tendremos que volver a explorar todos esos secretos que se nos escaparon la primera vez. Además, habrá que pasearse por el Museo Arqueológico Nacional en Madrid para descubrir los importantes materiales encontrados en las excavaciones llevadas a cabo desde principios del siglo XX en la zona de Aguilar de Anguita, reconociendo el paisaje guardado previamente en nuestras neuronas.

María