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La dificultad de aprender idiomas

Llevo bastante tiempo aprendiendo idiomas y relacionándome con el lenguaje en general. Es algo que me resulta fascinante: cómo la cultura de un país se construye y se refleja en su lenguaje; cómo, por ejemplo, la lengua portuguesa tiene algo del carácter portugués, o la lengua francesa tiene algo indiscutiblemente francés. Y con tanto curso, tanto libro y tanta estancia, he terminado por concluir que la dificultad de aprender un idioma no está en saber cómo se dice tal o cual palabra. Eso no es más que un ejercicio de memoria y de repetición.

La dificultad está (clarines y timbales) en si en ese idioma existe una palabra determinada; o aún mejor, si existe siquiera un concepto lingüístico específico. A mí me gusta definirlo como «las cajas o divisiones en las que una cultura concreta organiza la realidad». Es decir, que la dificultad no es tanto que una palabra masculina en castellano sea femenina en alemán, sino que en alemán existen tres géneros distintos (masculino, femenino y neutro), y que en el plural se utiliza siempre el artículo femenino. Eso va a cambiar necesariamente nuestra idea del lenguaje.

Si, por ejemplo, estamos aprendiendo portugués (y aquí retomo el artículo de febrero), una de nuestras grandes dificultades será comprender el uso del futuro de subjuntivo, un uso que en castellano se cubre con el presente de subjuntivo. Dicho de otro modo, tenemos un tiempo verbal que se divide en dos: ahí está la verdadera dificultad, en «abrir un surco» nuevo en el cerebro para dejar espacio a esa nueva realidad.

La versión más gráfica y evidente de este proceso que se me ocurre es el aprendizaje de un sonido que no existe en nuestro idioma, como la s sonora en portugués, a medio camino entre nuestra s sorda y nuestra z sonora, desconocida para el castellano pero habitual en el valenciano y el catalán. Tenemos que acostumbrar a nuestro aparato fonador a que haga algo que jamás ha hecho; con la mente sucede lo mismo.

Y por eso estoy convencido de que aprender nuevos idiomas y familiarizarte con culturas distintas es enriquecedor: porque te amplía la mente en un sentido muy físico; te expone a cosas que te eran desconocidas, ya sea un baile regional o un paradigma verbal con dieciséis declinaciones distintas.