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A ese género corresponde el artículo que, hoy, rescatamos del olvido.

En el verano de 1916, Unamuno volvía del alto Aragón, de la ciudad de   Monzón de Río Cinca, el pueblo natal de Joaquín Costa,  el último gran ibero. 

Desde Aragón, el viajero fue “a la vieja ciudad de Sigüenza a alimentar de piedras y de barro cocido o reseco mi alma, a hacer alma esas piedras animándolas en el espíritu. Y a resecar y renacer a la vez un poco el alma que empezaba  a derretírseme”.

“¡Es un paisaje planetario!”, le había dicho cierta vez uno de los conservadores del Museo del Louvre que desde París fue a caer en tren sobre Medinaceli en busca de Grecos.

El sorprendente artículo vivió desde entonces el sueño del olvido, en las viejas páginas de “El Imparcial”, o en alguna de sus también perdidas colecciones de artículos. Hasta que, tras una persecución digna de una novela de Simenon, cayó en mis manos.

Se trata, creo, de una auténtica primicia, enriquecida con la presencia de don Quijote en nuestra tierra.

 

Con Don Quijote en Sigüenza

Miguel de Unamuno

Ahí, a mil metros sobre el nivel azul del mar latino, en la adusta meseta que enlaza Aragón a la Mancha —¡dos tierras tan tierras!— sentí invadir mi alma ansiosa un cacho de tradición empedernida. Tradición y no historia, y tradición hecha piedra. Piedra y ladrillos y adobe.

La tradición es la escurraja, el sedimento, a menudo las heces no más de la historia. La historia vive y pasa, la tradición queda y dura. Pero vuelve a hacerse con la tradición historia cuando se la vivifica y se la vive.

Y así fui a la vieja ciudad de Sigüenza a alimentar de piedras y de barro cocido o reseco mi alma, a hacer alma esas piedras animándolas en el espíritu. Y a resecar y renacer a la vez un poco el alma que empezaba a derretírseme.

Venía de la ciudad de Monzón de Río Cinca, el pueblo natal de Joaquín Costa, el último gran ibero, el que por trágica contradicción predicó el europeísmo, el de corazón fervoroso de gran cacique espiritual. Predicó el europeísmo por haberse sentido tan arraigadamente ibérico  y combatió el caciquismo porque allá, en su fuero interno, se conocía grandísimo cacique.

Desde el castillo de Monzón había restregado mi vista en el verdor de las huertas que se ufanan lozanas a su pie y la había enjuagado luego de esa verdura de visión oteando las lontananzas ceñudas que se pierden en el regazo del Pirineo. El Maladeta se alzaba en el confín como una barrera entre Iberia y Europa. Más allá de él los campos grasos y muelles de los pueblos que guerreando o jugando —todo es guerra y  todo es juego, y juego y guerra lo mismo— se dejan llevar sin resistir, vida abajo, por el vasto río de la historia hacia el mar del infinito olvido.

C’est un paysage planetaire! ¡Es un paisaje planetario! Así me había dicho una vez uno de los conservadores del Museo del Louvre que desde París fue a caer en tren sobre Medinaceli en busca de Grecos. Y así, como el de Medinaceli, deben de ser los paisajes de la Luna, de este nuestro dulce satélite limpio de humanidad. Es un paisaje ascético, pero no exento de cierta recia y picante voluptuosidad. La ascesis no excluye cierto epicurismo, más bien lo encarece y lo refina y esmera. El anacoreta sazona alguna vez con guindilla su pobre colación de yerbas y se regodea en el picante.

Se me apareció Sigüenza, tendida desde el castillo en lo alto hasta la catedral, en bajo. En derredor, y como ciñéndola unos tesos calvos, pero con calvicie como de tiña y no de ancianidad, en los que se perdía la triste  faja de polvo de la carretera. Carretera de traficantes abrumados, de buhoneros, de quincalleros, de arrieros, de gitanos, de vagabundos de toda laya. Ahora a las veces percude y arremolina el polvo de esas carreteras algún automóvil. ¿Y si don Quijote se encontrase con uno de estos artefactos? Empecé a ver a don Quijote en Sigüenza.  

La fonda en que paré —hotel, si queréis; me es lo mismo— no dejaba de recordar las viejas hosterías castizas, y aun las ventas quijotescas. Y ello a pesar del viajante que allí, entre los huéspedes todos a la espera de la cena, tomaba sus apuntaciones. Había mesa redonda y conversación casi general, en que tomaban parte los niños. Uno de los comensales había estado, antes de llegar la sopa, cantando. Se respiraba la castiza llaneza del castellano viejo de Larra. Una sirvienta, ya entrada en años, delgaducha y ágil —paréceme que le llamaban Valentina—, iba y venía atendiendo a todos. Parecía el alma de la casa. Y el ama de ella, una señora moza todavía y guapetona, miraba servir. Y yo acordándome de la cena famosa de la venta de don Quijote, donde tantas historias domésticas se entrecruzaron y aún entretejieron, pensaba en que sí nos habrían traído allá a todas aquella gentes. El fondista se nos apreció en traje de cazador.

El chiribitil en que dormí no es para descrito. Cabía muy poco más que el catre y éste crujía quejumbroso cada vez que yo daba una vuelta sobre el colchón buscando atrapar a un sueño que me esquivaba. La jofaina para lavarse, de esas de peltre montadas en un modestísimo soporte de hierro, era todo un poema quevedesco. No había donde poner el jabón. Verdad es que el jabón es algo demasiado europeo. Estábamos en la calva meseta, a mil metros sobre el nivel azul del mar latino y bajo un cielo azul que se lava sin jabón.   

Salí a recorrer la ciudad solo, sin tener junto a mí un alma hermana a la que poder transmitir mis emociones e impresiones para acrecentármelas. ¡Pero no!: no iba solo. Junto a mí marchaba invisible, llevándome de bracete, don Quijote. Y junto a él, invisible también, iba Sancho. Y yo soñaba en qué sería enterrarse uno en esta ciudad de Sigüenza a leer y releer y rumiar nuestra vieja y acre literatura picaresca y nuestros dramas; pero para no hablar de ello ni producir nada a su conjuro, sino para matar la vida, y con la vida la muerte. ¡Matar la vida en Sigüenza, reviviendo en imaginación las aventuras de Guzmán de Alfarache o las del gran Buscón! 

Arrimada a la catedral, una plaza con soportales y en ellos una mula atada por el ramal a uno de los soportes, y no más alma viviente. De la plaza subía hacia el castillo una larga calle y ancha. Don Quijote, invisible y silencioso a mi lado, me empujó hacia arriba, hacia el castillo. De una casa salían a perderse los sones de un piano.

El castillo adonde me llevó don Quijote debe de ser ahora hospicio o cosa por el estilo. Por lo menos a sus puertas aguardaban algunos menesterosos, acostados en el suelo y tomando el sol a que se espulga la canalla el reparto de no sé qué bonos o qué limosna. Me la pidieron dos mocetones, diciéndome ser marineros de paso. ¿Marineros y en Sigüenza? Al pie de los muros del que fue castillo, unas gallinas picoteaban en la yerba que crece entre piedras y unos chicuelos jugaban entre escombros. En la puerta de una casuca asomaba un gallo.

Don Quijote, siempre invisible y silencioso, me hizo bajar por otra calle. Crucé con una mujer que iba diciendo a otras, que debían de oírla desde detrás de la puertas: “A las cuatro el entierro, y mañana,  a las ocho, la misa”.     

Cruzamos una calle transversal, terminada en puerta de arco. Los tejados recortaban el cielo en una faja toda de zigzagueos. Casas ventrudas, más salientes por arriba que a ras del suelo. Criadas de servicio barrían la calle empolvando el ámbito. Alguna desgarraba el aire con una tonadilla de moda. Y su canto era agrio y pelado; pelado como lo tesos tiñosos que ciñen la ciudad. Al verme pasar con aire del que no sabe adónde va se callaban. Pero no veían a mi don Quijote.

Fui a dar a la catedral, con fachada de fortaleza. Cuando entré salían del coro los canónigos para una procesión dentro de las naves del templo. Precedíalos el pertiguero, un hombrecillo con una peluca gris, que parecía de estopa vieja, y una dalmática raída, que debió de haber sido verde en un tiempo. Diríase que allí dentro se había estancado el río de la Historia y que era un sueño estadizo. Todo era piedra dentro de la catedral de Sigüenza. Don Quijote, junto a mí, invisible y silencioso, doblaba la frente y rezaba, escapándosele de vez en vez algún blando suspiro del pecho. ¿Quién sabe si allí, entre las mujeres que soñaban de hinojos, no estaba alguna nieta de Aldonza Lorenzo?

¿Y la Historia? —pregunté a don Quijote—. Y me llevó a la capilla de Santa Catalina donde duerme para siempre el doncel del libro de quien nos ha hablado hace poco José Ortega y Gasset (véase El Espectador). Recostado sobre su tumba lee un libro que sostiene con ambas manos y se sonríe. ¿Qué libro es? ¿Lee de veras o más bien no sueña mirando al libro, pero sin ver nada en él? Reza el epitafio: “Aquí yaze Martín Vázquez de Arze, cavallero de la Orden de Santiago, que mataron los moros socorriendo al muy ilustre señor duque del Infantado su señor a cierta gente de Jahen a la Acequia Gorda en la vega de Granada. Cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arze, su padre, y sepultólo en esta su capilla año MCCCCXXXVI. En este año se tomaron las villas de Mora, Moelín y Montefrío por cerco en que padre i hijo se allaron”. 

“Y en este año de gracia de 1916, ¿qué vamos a tomar? —le pregunté a mi don Quijote. Le oí suspirar y y me pareció que me hablaba al oído de emigrar. Sentí que se me derrumba el ánimo. ¡Emigrar Don Quijote! ¡Emigrar el alma de Don Quijote!

Emigrará, si, el alma de don Quijote y nos quedaremos como Martín Vázquez de Arce después de muerto, recostados sobre nuestra tumba, sin quitar los ojos sonrientes del libro de la historia del caballero de la Triste Figura y hechos piedra. Piedra como la catedral de Sigüenza, piedra como los cerros tiñosos que la rodean.

Al despedirme, en aquellas alameda frondosa que parece el jardín de un balneario, me enseñaron una modesta casita de alquiler, donde el político descansa cuando va a cazar codornices en los cerros calvos de la adusta meseta. Don Quijote, a mi lado, sonreía tristemente, acordándose cuando hizo añicos el tablado de Maese Pedro. ¡Trabajo perdido!

(El Imparcial, 16- septiembre-1916)

 

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