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José Manuel Caballero Bonald

“Detrás de la memoria hay una gran habitación vacía, donde se alojan cada noche las cosas olvidadas”. Hermosas palabras de José Caballero Bonald, jerezano de noventa y dos años, deslumbrante poeta y novelista, premio Cervantes 2012, sin duda un eminente emblema de la literatura española contemporánea. Un escritor rebelde y barroco, dueño de un lenguaje esmerado, a la par moderno y tradicional, considerado por muchos cómo el Luis de Góngora de nuestro tiempo.

Corren los días primaverales del año 1974. Caballero Bonald se refugia en su domicilio madrileño y se embebe en la redacción de su poética novela, Ágata ojo de gato, una sorprendente y trágica fábula, henchida de invenciones y ensueños, galardonada luego con los premios Barral y de la Crítica. Le esperan cinco largos meses de aislamiento, casi absoluto, dedicados a escribir febrilmente, de día y de noche, llegando a confundir “lo fidedigno con lo ilusorio”, como si en ello fuese a perder la vida. En algunos momentos — confiesa— “no sabía si estaba escribiendo un poema, más o menos descriptivo, o estaba narrando un hecho intercalado en la acción de una novela”.

Al final del verano, en el suave mes de septiembre de ese año, José Manuel Caballero Bonald decide acomodarse en Sigüenza, residir allí durante algunos meses en diligente descanso y, más aún, ultimar los capítulos de su inconclusa novela. En la apacible quietud de la ciudad mitrada, alejado de la gran metrópoli y de ciertas “espesuras intelectuales”, anhela encontrar el sosiego necesario para adentrase en los mil afanes de su escritura. La depurada prosa del escritor, siempre bella y comprometida, esculpe en uno de sus libros de memorias, por nombre La costumbre de vivir, el silencioso entorno del caserío seguntino.

Espiguemos entre sus recuerdos:

“Me agradó aquella ciudad adusta, poblada de hidalgos pobres, curas huraños y castellanos viejos, con una parda fortaleza cisterciense y un molino árabe como discoteca. Alquilamos una casa al pie de los pinares que casi llegan hasta Medinaceli, –en el popular paseo de los Arcos– un lugar discretamente bucólico donde las últimas noches de verano tenían el sabor y el olor de las de principios del invierno”.

Tras este preámbulo, Bonald recupera dos detalles que aletean al trasluz de sus evocaciones:

“En Sigüenza tenía muchos amigos –Pepe Esteban, Antonio Pérez, Máximo Robisco– pero solo coincidí, muy de pasada, con este último que era pintor. Mi casa era emparedada con la del juez Gómez Chaparro, titular entonces del Tribunal de Orden Público”.

Nada menos que el responsable de la severa instancia judicial, temida y poderosa, de aquellos meses finales del franquismo.

Muchas mañanas, Caballero Bonald, impenitente andariego, deambula al albur de sus pasos por calles y plazuelas. Así lo cuenta:

“Me gustaba callejear por el reducto antiguo de Sigüenza, esas costanillas que suben hacia el castillo, y en las que se aprecia, más que en otras zonas urbanas, el prestigio de las piedras devastadas por siglos de intemperie”.

En su caminar departe con algunos vecinos, y comenta, con guiño irónico, que aquellos “que no eran cazadores o canónigos, eran contadores de historias del conde de Romanones, seguntino honorario, o guías espontáneos para los santuarios de la gastronomía local”.

En este vagar paciente, el novelista coincide con otro afamado literato, igualmente afincado en Sigüenza:

“Por estos andurriales me encontré un día a Rafael Sánchez Ferlosio, quien me explicó que llevaba algún tiempo dedicado al estudio de la captura por parte del Henares de los afluentes de esta comarca y de la vecina raya de Soria. En principio, no me pareció que hubiese ninguna relación ecuánime entre un oficio tan especializado y literario, o gramatical, que ejercía a rachas Ferlosio. Además, me habló de esa ocupación con un sigilo por lo menos incongruente, rogándome, con las cautelas del correo del zar, no le dijese a nadie donde se alojaba, ya que quería hacer su trabajo sin ninguna clase de interferencias”.

Sabido es que Ferlosio siempre se mostró devoto de las más diversas cuestiones geográficas, en particular de las relacionadas con los ríos: el discurrir de las aguas, su caudal, el régimen de lluvias, las riadas habidas, las inundaciones y los desbordamientos. El Jarama es el título de su más conocida novela, premiada con el Nadal de 1955, y el curso del Henares, que ciñe al norte el centro histórico de Sigüenza, constituye uno de los ejes narrativos de su mágico ensayo novelístico Industrias y andanzas de Alfanhuí. En sus páginas, Ferlosio advierte al lector que el Henares “es un río terroso que baja por las tierras oscuras y viene de oscuras montañas; y está hecho con las sombras olvidadas por los vericuetos de la serranía”.

Sánchez Ferlosio, en sus visitas a Sigüenza, se alojaba en el antiguo Hotel Venancio, hoy cerrado, situado a la entrada de la calle de san Roque. “Una pensión medianamente decorosa”, –en el decir de Bonald– donde este había pernoctado, en compañía del poeta canario Luis Feria, “algún que otro fin de semana pasado por aquellos parajes, –Jadraque, Atienza o Palazuelos”– sin que les “moviera formalmente otro placer que el del esparcimiento”.

Los sosegados días seguntinos de Caballero Bonald terminan. Las tareas literarias previstas a su llegada –según manifiesta– han sido cumplidas satisfactoriamente:

“Un ambiente como el de Sigüenza, bien nutrido de hábitos provincianos, a más de los naturales atributos cinegéticos, levíticos, pastoriles, con su seminario diocesano y sus modestas infracciones tabernarias, me resultó especialmente idóneo para mi trabajo, hasta el punto que allí di por terminada la versión completa de Ágata ojo de gato, que fue la que publicó Barral, aunque tampoco sería la definitiva”.

El aura legendaria del Doncel de Sigüenza, eterno símbolo de la vieja ciudad, hilvana las ultimas reflexiones del esclarecido poeta:

“Con Pepe Esteban –el antidoncel de Sigüenza, ya lo dije– no coincidí en su pueblo durante aquella temporada, pero sí me acerqué a menudo a dialogar con el Doncel, imaginándome siempre qué libro estaría leyendo aquél apuesto muchacho muerto cuando peleaba contra los moros en la guerra de Granada”.

Vicente Aleixandre hacia 1932 en la pose del Doncel.

Al hilo de tan místicos diálogos, Caballero Bonald, siempre erudito, rememora:

“Hay una foto de Vicente Aleixandre –la que figura en la antología de Gerardo Diego de 1932– en que aparece recostado muy pulcramente en un pradillo y cuya postura reproduce con una curiosa precisión la del Doncel. A lo mejor –dice con humor– incluso leerían el mismo libro”.

Indudablemente, los mitos y los poetas viven eternamente en el reverberar de sus recuerdos.

Javier Davara
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid