"Il mio bel Cristo", fray José de Sigüenza y "nuestro Mudo"

Nueva visita al Escorial para admirar el Cristo de Cellini. Destino del Cristo: su propia tumba, idea que obsesiona a Cellini. Desde el año 1557 el Cristo es su refugio. Más no pudo ser, el 15 de febrero de 1571 Cellini es enterrado en la Basilica della Santissima Annunziata (Florencia), sin su Bel Cristo, un epitafio: “A pesar de la muerte, el artista vivirá”. Muere Cellini y el Cristo sigue en el Palacio Pitti desde 1565, allí lo ve Vasari y canta su belleza.

Francesco de Médicis busca para el Cristo un lugar distinto al elegido por su padre, regalo de Francesco a Felipe II, preciado presente del Gran Ducado de Toscana a San Lorenzo el Real, regalo político. Llega a Madrid: 15 de octubre de 1576, lo llevan al Pardo, el Rey quiere ver el Cristo, lo desembalan, sano y salvo se encuentra, mudos quedan ante tanta belleza. Llevarlo a San Lorenzo por estos caminos es peligroso, puede dañarse, a hombros lo portan:

“...y desde que desembarcó vino aquí en hombros, a lo menos en los pasos todos difíciles y en otros muchos que no lo eran, porque no padeciese algún encuentro”, lo dice Sigüenza, cincuenta hombres lo llevan, como costaleros.

Y, ¿dónde colocarlo?, en el mejor sitio del Monasterio, hay que esperar hasta su construcción, 2 de agosto de 1586, habla Sigüenza:

“Había de ponerse en el primero y más público espectáculo y vista de este templo, como si del Cielo viniera a tratarse el concierto”.

“A las espaldas de la silla del prior y por todo aquel testero se hace un tránsito en la misma pared para las tres ventanas que caen al patio del pórtico y dan luz a las sillas bajas, en la de en medio está un altar en que se dice misa, y la oyen muchas veces desde el mismo pórtico, particularmente en verano, la gente seglar.

En este altar está un crucifijo de mármol blanco, del tamaño del natural, de nuestro Salvador, según se echa de ver por el retrato de la sábana de Saboya que aquí tenemos en el relicario, muy medido y tocado con ella. El mármol se escogió aposta, porque tiene unas vetas que le sirvieron al maestro para declarar las venas, figura tan devota, tan bien entendida y acabada”.

El mejor lugar, allí podían oír misa y ver al Cristo 2000 personas, nada dice Sigüenza de que el Cristo está desnudo, nadie se fija en su desnudez, su belleza sobrepasa todo lo corpóreo, así murió, alma y cuerpo desnudos ante los hombres y ante Dios, nada que ocultar. Hoy lleva un paño de pureza, incomprensible. La Cabeza, indiscutible que es la mejor cabeza nunca esculpida, a ella dirige el espectador su mirada, los párpados entrecerrados, esos ojos, nos miran, puertas del Cielo, la muerte representada con la máxima dignidad y belleza.

Sigüenza lo explica: “Aunque todo él es divinísimo, hace la cabeza conocida ventaja a lo demás, y vísela yo alabar a nuestro Mudo, que tenía singular voto en esto”.

Si lo dice nuestro Mudo, Juan Fernández de Navarrete, no hay más que añadir. La Cruz es de mármol negro, muy difícil de trabajar, contraste blanco-negro.

“Il nostro bel Cristo” nos invita a la reflexión por su actitud sobrehumana ante tan horrible muerte, puro y bello se presenta al Padre, desnudo, con la carga de nuestros pecados, como dijo Sigüenza en uno de sus más bellos poemas:

“…es su ejecutor tan crudo
que, aunque alzado sin malicia,
le ejecuta por justicia,
hasta dejalle desnudo…”

Fray José de Sigüenza, así lo confirmó don Federico Carlos Sainz de Robles, paniaguado de los Agustinos en el Monasterio, sale todas las noches de la Biblioteca, del cuadro que le representa, un pequeño salto, no es mucha la altura, pero ¡cuidado!, no pase como aquella vez que saltaste del carruaje en marcha, asustáronse las mulas y caíste cuan largo, o corto, eras, una rueda pasó por tu garganta, mucho peso, lleno iba el carruaje, por muerto te dieron todos, presto bajaron y allí estabas, de rodillas, rezando a la Santísima Trinidad, gritaste al caer “Válgame la Santísima Trinidad y la Virgen María”, y no una rueda sino un papel pasó por tu garganta, unos días quedó la señal en tu cuello.

Don Federico, y algún padre agustino más, te ven pasear por San Lorenzo, rezas tus oficios ante el Cristo Blanco, y mudo quedas ante tanta belleza, como nuestro Mudo, que tenía singular voto en esto.

Cerca de la Capilla donde hoy se encuentra el Cristo de Cellini, una de las parejas de santos que pintó Navarrete requiere nuestra atención, San Marcos y San Lucas, pregunto: ¿es San Lucas un autorretrato de nuestro Mudo? en el silencio está la respuesta.

Antonio Nicolás Ochaíta

Para saber más:
Juan López Gajate. El Cristo Blanco de Cellini;
Fray José de Sigüenza. La Fundación del Monasterio de El Escorial;
Benvenuto Cellini. Vida.