José Jiménez Lozano, Premio Cervantes, por tierras del antiguo obispado de Sigüenza

San-Baudelio

 

José Jiménez Lozano, periodista, poeta y ensayista, galardonado con el Premio Cervantes en el año 2002, antiguo director de El Norte de Castilla, decano de la prensa española, es una de las grandes figuras de la literatura actual. Eminente pensador, narrador de espacios y lugares, apartado felizmente de modas y vaivenes, es dueño de una prosa, sagaz y diamantina, que lleva al lector fuera y lejos de los vulgares senderos trillados.

En la pasada primavera, en el marco de un grato encuentro universitario, tuve el inmenso placer de conversar, larga y profundamente, con el insigne escritor. Nos acompañaba, muy gentilmente, nuestra común amiga Guadalupe Arbona, profesora de Literatura Española y Literatura Comparada de la Universidad Complutense de Madrid, directora de éxito de la página Web de nuestro personaje. Las altas tierras de Sigüenza, de verdes valles y páramos ocres, además de las comarcas sorianas de Berlanga y Almazán, antes incluidas en la mitra seguntina, sin olvidar la mágica ermita mozárabe de San Baudelio o la placentera iglesia románica de Carabias, ocuparon nuestros afanes. Tierras fronterizas, de fascinante belleza y arraigada impronta medieval, donde se siente y se respira la historia. Viejos terruños, de recio perfil y castellano acento, cantados por juglares y literatos, como Sánchez Mazas o Baroja, Unamuno o Galdós, Ortega o Emilia Pardo Bazán, a los que se suma, por méritos propios, nuestro laureado escritor.

Estos plácidos parajes seguntinos y sorianos, “un mapa hendido por veredas abiertas al mundo”, en el decir de Guadalupe Arbona, son el prodigioso escenario de dos sugerentes novelas de José Jiménez Lozano: “Maestro Huidobro” y “Un pintor de Alejandría”. Él mismo nos lo cuenta: “La geografía de estas dos novelas o fábulas, pese a los nombres bien concretos y reales que van desde Berlanga hasta Medinaceli, Rello o Sigüenza, y bastantes otros pueblos comarcanos, no son alusión a una geografía real, sino que se trata de una geografía literaria, superpuesta”. Las ciudades y villas, los pueblos y aldeas recordados en sus novelas “están aludidos como resonancias y vividuras de quien escribe”. Son lugares, “literarios e imaginativos que desde luego he conocido, he estado en ellos y en bastantes de ellos, más de una vez. En algunos, en busca del especialmente interesante románico rural, de algún palacete, o de su hábitat general, que alguien me señaló o encontré en algún libro reseñado como de verdadero interés. Y todo esto, que podría llamarse una experiencia viajera más o menos turística, que incluía incluso pequeñas conversaciones con algunos habitantes de esos sitios, fue una experiencia gratificante y ha dejado un grato recuerdo”.

La cálida mirada de Jiménez Lozano, al peregrinar por estos lugares del antiguo obispado seguntino, henchidos de arte y misterio, ha forjado un tentador relato digno de ser leído y releído. Fábulas y sucedidos, claridades y leyendas de la convulsa sociedad de finales del siglo XV, un tiempo remoto cuando se quiebra la tolerancia, “plural, libre y espontánea, de las tres etnias, de las tres religiones, de las tres culturas”. Una nueva era, “monolíticamente cristiana”, se vislumbra en el horizonte de la historia. Un volver a descubrir la existencia de otras gentes imaginarias, “viviendo o discurriendo en sitios de nombres reales”, pero transmutados en la imaginación del autor. Un singular texto retórico centrado en una “bella geografía literaria levantada con decenas de antiguas historias, reales o fantaseadas, y la casi totalidad de ellas sucedidas, de hecho o por decisión imaginaria, en este territorio de Guadalajara y Soria”.

En la creación imaginativa ha consistido siempre el apasionante oficio de escribir. El escritor, como dice Jiménez Lozano, no redacta informes y documentos, sino cimenta “narraciones y quienes en ellas habitan hacen su historia y su geografía, y, así las cosas, quienes escriben y quienes leen viven ese imaginario y con él y con él transfiguran la realidad, hasta convertirla en querencia de su ánima, en los lugares y las historias que nos importan”. Bellas y verdaderas afirmaciones.

José Jiménez Lozano, sin duda alguna, siente como suyos los nobles rincones seguntinos y sorianos y en ellos permanecen gran parte de sus emociones y fantasías, de sus vivencias y anhelos literarios y humanos. Al terminar nuestra agradable plática, enriquecida con tan doctas y eruditas reflexiones, manifiesta con orgullo y sinceridad: “Esta tierra de Rello a Sigüenza es la mía, y donde tengo una buena parte de mi patria adoptiva, de mi “homeland”. Aquí, he entrevisto y como olido el mundo del medioevo, y por eso la geografía y los personajes de dos de mis fábulas son de esta tierra, y me siento muy contento y agradecido por ello”. El agradecimiento es nuestro, querido maestro. Muchas gracias, querido amigo.