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Los dueños de la casa

Correteos por los desvanes en las horas nocturnas perturban el sueño plácido del morador de la casa. Se dice que juegan con los frutos almacenados en el sobrao, que hacen rodar las nueces de la noguera del abuelo sobre los techos y bajo los envigados de madera. Si hay trigo o cebada en los trojes, dicen que se entretienen contando los granos y que, como pierden la cuenta, siempre, irremisiblemente, al llegar a cien, tienen que empezar de nuevo, así una y otra vez, que de ese modo se les pasa la noche sin tener tiempo para sus travesuras. Otras veces bajan de las estancias altas y sus correrías suceden en la cocina, donde aparece, sin explicación, el salero caído —y estos seres huyen de la sal, ¡de todos es sabido!—, o desaparecen algunas cucharillas, que luego estarán en otro sitio de la casa, o se desmorona el montón de leña, causando gran estrépito y despertando a todos los habitantes humanos de la vivienda. Cuando amanece, su actividad cesa inmediatamente, se ocultan o se vuelven invisibles y nadie los podrá ver ni oír durante las horas diurnas.

Por lo general son seres estacionales que aumentan su presencia doméstica según el tempero, especialmente con los fríos invernales. Quienes han tenido la valentía de espiarlos de noche los describen como menudos y numerosos, aunque también se han dado ejemplares solitarios y más grandes. Estos casos llamativos se hacen pronto vox populi en la comarca afectada y suelen quedar recogidos por los folcloristas, como ocurre, en nuestra provincia, con el martinico de Mondéjar, el de Yebra o los de Berninches (que fueron varios en varias casas). Si de los pequeños y menudos nadie razonable duda —todos los hemos oído—, a estos más grandes tampoco les deberíamos poner mucho reparo ya que hasta la Inquisición dejó constancia de algunos, como rezan distintas actas:

“En 1760 delató una señora de Madrid a una moza que había tenido de criada, bastante espigada, de medianas carnes, carirredonda, blanca, algo roma y de pelo castaño, la cual, según había contado a su ama, con otras muchachas del lugar se había holgado y divertido, en el palacio del marqués de Palacios, en Mondéjar, con un muchacho llamado Martinico, de pocos años y muy feo, que se les aparecía en forma de capichino o de culebrón, quien las reprendía alguna vez por su demasiada curiosidad. Añadía la criada que, si hubiera querido, hubiera sido rica, y Martinico le haría las cosas de la casa, pero temía a la Inquisición y a que dijeran las gentes: ¡Qué muchacha es, y ya va con la mitra por las calles!” (Papeles de la Inquisición de Toledo, 92:189) [1]

Parece que el de Móndejar estaba en posesión de la facultad de transformarse en culebrón, fíjense ustedes que prueba más impresionante de que estamos ante seres sobrenaturales (aunque las malas lenguas dicen que se trataría del “tonto del pueblo”, que de tonto debía de tener poco a juzgar por la «holgura y diversión» —insisten las viperinas— que otorgaría a criada y amigas). En Berninches ocurrió, en uno de varios casos, que, asustados por las correrías nocturnas que duraban ya muchos días, la familia humana de cierta casa tomó la decisión de irse y que, al estar recogiendo sus enseres, se oyó: “con cambiar de casa no solucionas nada porque donde vayas yo también voy a ir” [1]. Por último —último caso de duen solitario documentado en la provincia, hasta donde he podido averiguar— el de Yebra se apareció en el campo, no en una casa, a un pastor que oyó tras de sí un «¡detente Cirilo!» que lo «dejó helao», sobre todo cuando vió un ser menudo envuelto en un manto y flotando a centímetros del suelo [2].

Muchas veces, sobre todo en tierras más septentrionales donde hay muchos más ejemplos, los pintarán con capucha o manto rojos o ávidos por las cosas de este color, y, cuando de la variedad pequeña y numerosa se trata, se habla a veces de una larga y delgada cola y se los describe temerosos de los rapaces gatos domésticos. Del campo a la casa, suelen acabar por vivir en estas, casi siempre en zonas rurales, donde naturaleza y vivienda son partes conexas de la realidad. Los romanos hablaban de lares para estos espíritus de familia o de lemures o larvas cuando eran malignos. Son los dueños, los duen de la casa, de amplia tradición indoeuropea, que admiten una variedad fascinante en su extensa geografía, desde Andalucía hasta el círculo polar y desde las Islas Británicas hasta el lejano oriente siberiano (ver magnífica revisión para nuestro país en [3]).

Hay quien pone reparos sobre su naturaleza o aún sobre su veracidad, sobre todo la gente de la urbe, que vive en casas acolmenadas, ajenas al campo, con ventanas herméticas de persianas de plástico, pero que luego vienen a las fiestas del pueblo y terminan cantando a altas horas de la madrugada, en estado excedido en cuanto a embriaguez se refiere —¡bendita ignorancia!—, aquello de “si te han pillao los ratones coloraos...”

Referencias:

[1] López Mozos, J.R. 1997. El “duende martinico” de Mondéjar y los duendes de Berninches. Revista de Folklore, 200:71-72.


[2] Callejo, J. 1996. Gnomos y otros seres masculinos de la naturaleza. Guía de los seres mágicos de España, vol. 3. EDAF, Madrid, 169 p.


[3] Canales, C y Callejo, J. 1994. Duendes. Guía de los seres mágicos de España, vol. 1. EDAF, Madrid, 150 p.


Figura: “Martinico” castellano (ilustración de Ricardo Sánchez en [3])