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De Cuenca a Sigüenza a través de la Alcarria

Seguntinos en el Camino de la Lana. Caminar es bueno, saludable y en primavera… ¡una gozada! Con el propósito de promover la salud y disfrutar, Seguntinos en camino preparó sus segundas jornadas por la Ruta de Lana con la intención de llegar a Sigüenza partiendo desde Cuenca. Ya el año pasado, también por el mes de mayo, salimos de nuestras casas  hacia Burgos hasta confluir con el Camino Francés que va a Santiago de Compostela. Este año hemos querido recorrer nuestra provincia siguiendo el trecho de  la Ruta de Lana que atraviesa la Alcarria.

Preparar el recorrido de unos 170 kilómetros, andando durante siete días, a una media de veinticinco, requiere tiempo  y dedicación. Luis Fraile ha sido el encargado de identificar el trayecto de cada jornada y de localizar los alojamientos consultando, entre otras fuentes, los libros de Ángel de Juan (1). Y, ¡cómo no!, hemos de agradecer la ayuda y consejos de José Luis Bartolomé, presidente de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Guadalajara. Recorrer estos caminos tiene el sentido que cada uno le quiere dar, más o menos trascendente, pero todos nos esforzarnos igualmente para superar las etapas que nos llevan al destino fijado; ya veis, tal y como sucede en la vida…

El momento elegido ha sido ideal para caminar; el mes de mayo  nos ha brindado colores, paisajes y un buen clima que, en alguna ocasión, nos ha traído chaparrones molestos; fueron bienvenidos  porque en algo aliviaban la sed que tienen los campos.

En martes, día 20, partimos desde Cuenca por la hermosa ribera del río Júcar. Al salir de la capital miramos atrás buscando el adiós de la torre Mangana y una última bendición, rogando para que todo vaya bien en el largo camino que tenemos por delante. Durante dos jornadas transitamos por zonas de la Serranía Baja en las que abundan los campos de cereales; cebadas tan perjudicadas por la sequía que se podrían ver las liebres corriendo por los surcos. Las nogueras y  guindos, de imponente tamaño, destacan en los barbechos de unos  secanos con ribazos millonarios en cardos y flores. De vez en cuando nos encontramos con una huerta y su hortelano, allá abajo... en un manantial a los pies del pueblo.

Por las sierras de Tondos alcanzamos una de las cotas más altas del recorrido, 1154 metros. Poco a poco descendemos desde la Serranía Baja a la Alcarria Alta conquense, por pistas forestales en cuyas orillas abundan espinos y majuelos florecidos, tomillos y sobre todo encinas cargadas con flores de un amarillo melífero, propio de la tierra, que dan idea de cómo  progresa la primavera en estos parajes, en los que algunas nogueras muestran las heridas causadas por los hielos. Ninguna señal de corzos ni de jabalíes. Bastantes torcaces, alguna rapaz y, cuando asomaba el sol por entre las nubes, cantos de codornices y alondras.

Torralba tiene una plaza vistosa con una enorme olma seca en el centro, “la olma del concejo”, plantada en los años de mil setecientos y asesinada vilmente por una grafiosis que le provocó una muerte lenta e inevitable. Los hortelanos, igual que los de Sigüenza, se quejan de que el clima es muy frio y de que tienen muy pocas oportunidades para mostrar su pericia en cuidar la tierra, aún así nos muestran orgullosos las primeras  habas del año y las matas de calabacines que van a “replantar”.

Las jornadas discurren de forma agradable, en ocasiones con silencio  y, otras veces, con una buena conversación para olvidar ampollas y el peso de la mochila. Pasamos por Albalate de las Nogueras y luego por Villaconejos de Trabaque donde comemos. Aun llevando bocadillos procuramos hacerlo en los bares de los pueblos; buscando el dialogo y hablando con la gente para enterarnos  de las cosas propias del lugar que no nos dejan indiferentes. Así conocimos al veterinario que atribuía a las enseñanzas de los pastores todo su conocimiento sobre las ovejas y que hablaba, con cierta añoranza, de cuando estuvo trabajando por Gárgoles y Campisábalos, donde las vacas vuelven solas, cada una a su cuadra, después de pastar en los campos comunales.

En esta ruta los peregrinos no están desamparados. Para llegar a Priego,  desviándonos unos cuantos kilómetros de la Ruta de la Lana, recibimos la ayuda y orientación de Pepe, “auxiliador de caminantes” en Villaconejos. Avanzamos entre unos cerros en cuyas laderas hay  olivos de aceituna verdeja, avena y, en las zonas de riego, mimbreras típicas de esta tierra ubicada entre serranías y alcarrias. Y así, sin problemas, accedemos a la histórica ciudad, no se les ocurra decir pueblo, por el puente de  Liende sobre el rio

Escabas, uno de los tres que aquí confluyen (los otros son el Guadiela y el Trabaque), y por los que los gancheros, hace muchos años, bajaban las maderadas o almadías hasta el Tajo. Somos bien acogidos en el hostal los Claveles, recomendados por Carmen Martínez, nuestra compañera de Seguntinos en camino, que es oriunda de aquí.

Pasado el punto de encuentro del Escabas y el Guadiela, llegamos totalmente “chipiados” a Albendea y después a Valdeolivas, donde, bajo la elegante torre de la iglesia, nos ha recibido Esteban, atento, ejerciendo en esta zona su labor de “hospitalero itinerante” en nombre de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago en Guadalajara. Gracias a sus indicaciones llegamos a Salmerón, una vez superada la linde entre las provincias. Terminamos con sol y en manga corta... Ya se sabe... ¡cosas de la primavera!

Estos pueblos de la Alcarria Alta pertenecen a la llamada Hoya del Infantado, ligados a un pasado que nos hace recordar historia y literatura... Don Juan Manuel y el Conde  Lucanor, Diego Hurtado de Mendoza el Marqués de Santillana, y los Duques del Infantado… Pueblos que vistos de lejos lucen un espléndido caserío, testimonio de tiempos mejores y que ahora, según los que aquí moran, quedan cuatro de familia que en invierno ni se ven...

Para el descanso diario solemos pernoctar en hostales y casas rurales en las que, generalmente, recibimos atenciones y cuidados como los que nos proporcionó  la Sra. Marciana: menuda, ojos azules pequeños  y vivos, de un aspecto aparentemente frágil como para suponer que ha criado cinco hijos, gemelas incluidas. Salimos de su casa con unos  buenos bocadillos y unas naranjas, todo envuelto en unos hatillos que nos son entregados  junto con el pronóstico de que…  el sol entre nubes negras podría traer granizo... lo  que faltaba para unas cebadas que están arrebatándose, secándose sin granar..., dice.

Hacemos el tránsito de la Alcarria serrana a la ribereña del Tajo por unos  parajes en los se ven alambradas y cercas que circundan cotos y latifundios “echagentes”. Carteles que advierten al caminante de que no se debe salir de la vereda. Es como si los amos nos dejaran pasar por sus tierras pero a condición de que no espantemos los corzos. Entre Salmerón y Viana de Modéjar, separados entre sí 22 kilómetros, prácticamente  solo hemos pasado por dos o tres fincas como la de Villaescusa de Palositos, un pueblo comprado a golpe de talonario y cuya iglesia románica y cementerio, bienes no enajenables, solo podemos ver desde lejos.

A  Viana de Mondejar llegamos tras precipitarnos por una bajada sin fin y cruzar el arroyo de la Solana a la altura del molino; allí tenemos a la vista las tetas, adorno del pueblo del que toman su nombre y que encontramos casi vacío. Con más pena que otra cosa, salimos de allí, con el rabo entre las piernas... Dejamos atrás la  teta redonda y la larga y, después de tanto subir y bajar cuestas durante todo el día, entramos  muy cansados en Trillo, pasando el puente sobre el Tajo.

De Cifuentes partimos dando la vuelta a la iglesia de San Salvador, después de fijarnos detenidamente en la puerta de Santiago, en cuyas arquivoltas se muestran figuras de diablos cornudos enfrentadas con otras de personajes piadosos representando, según nos explica un cartel, la lucha entre el pecado y la virtud... Una diablesa horrenda está pariendo a un rey con corona y cetro, lo contrario a lo que se representa al otro lado del arco: personajes rezando y peregrinando al tiempo que aplastan a animales muy feos. Nos vamos tan contentos porque entendemos que nosotros  estamos entre los virtuosos. No es para menos, ya llevamos mucho más de cien kilómetros  sin protestar.

Según nos alejamos, atrás quedan las tetas naturales de Viana y las artificiales de la central nuclear de Trillo. Allí, en medio de la Alcarria del Tajuña, verdean cereales, veza, olivos, viñas  y algún que otro almendro, con remiendos pardos de barbechos esperando la siembra de las pipas de girasol. Hemos recuperado  ribazos, mojones, lindes y un paisaje hecho como con retales de diferentes colores. Nos gustan más que los monótonos latifundios que atravesamos ayer.

En una mañana soleada llegamos a Moranchel, un pueblo en el que las fachadas de las casas están pintadas con murales que simulan puertas con gateras, tiendas y niños que proporcionan a sus pocos habitantes la sensación de estar en el lugar ideal que la realidad les niega. Y luego a Las Inviernas, cuando era mediodía y las campanas llamaban a misa. Comimos en la plaza, de lo que llevábamos y algo del bar. Lo hicimos al sol y, hablando con los paisanos, pasamos un buen rato en un buen pueblo. Por la tarde subimos a la zona alta, desde donde fijamos por última vez nuestra mirada en la Alcarria ribereña de los grandes ríos de nuestra provincia y atravesamos, con dirección a Mirabueno, la extensa y pedregosa zona que va desde Algora a Torija. Por aquí,  hace algo más de dos siglos, andaba Juan Martín “El Empecinado” y sufrieron derrotas los que un siglo antes, en la Guerra de Sucesión, estaban a favor del Archiduque Carlos de Austria y en contra de Felipe de Anjou (luego Felipe V de Borbón). También fue sonado el descalabro infligido, en el año 1937, a los fascistas italianos que apoyaban a Franco.

Mirabueno es un  pueblo aseado del que se sale, descendiendo hacia Agarosa o a Mandayona, por unas empinadas cuestas hasta llegar al valle del río Dulce. Cruzamos el puente y, bordeando la finca del Cerrillar, nos metemos en Aragosa buscando el descanso tras haber hecho una larga etapa.

Recorrer el cañón del río hasta Peregrina nunca defrauda; por La Cabrera, siguiendo las indicaciones de un paisano, vamos aguas arriba entre chopos y  matorrales hasta plantarnos debajo del castillo. Localizadas las balizas de los tres caminos que coinciden en el trazado - la ruta del Quijote, la del Cid y la de la Lana. comenzamos una subida costosa, hasta llegar a más de mil cien metros de altitud, por una senda de caballerías que nos mete de lleno en El Rebollar. Atravesamos el mítico bosque de quejigos o “rebollos” con cierta ansiedad y prisa para presentarnos ante el castillo de Sigüenza.

Con la vista de nuestra ciudad en frente, algo emocionados, brindamos con un trago de agua. Luego, siguiendo el camino que pasa por debajo de la Fuente Picardas, llegamos al final de estas jornadas. La entrada la hicimos por la “Puerta del Hierro” llegando a la Plazuela de la Cárcel, donde Alberto nos invitó a pasar a la taberna del “Gurugú” y a tomar una cerveza que nos supo a gloria...

Bajando por la calle Mayor, una parada en la Iglesia de Santiago y en El Atrio para que  Mariano Canfran hiciese unas fotos con las que recordar esta “hazaña” y, para celebrarlo, a comer judías con liebre en “El Sánchez”. Al año que viene procuraremos repetirla si nuestra salud y buena forma física lo permiten, recorriendo la parte de la Ruta de la Lana que desconocemos, es decir caminaremos desde Alicante hasta Cuenca.

Miguel Carrasco Asenjo, Luis Fraile Guillén y José Luis Nájera
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(1) Ángel de Juan y Manuel Martín. De Guadalajara a Santiago; un camino por conocer. Volumen 8 de la colección Caminos de Guadalajara. Diputación de Guadalajara. 2010