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Vivir en un ex-monasterio

José Antonio Gallego Gredilla vive en la finca de la calle Mayor anexa a la Iglesia de Santiago, donde estuvo el Convento o Monasterio de Santiago El Zebedeo, un monasterio construido en el primer cuarto del siglo XVI y destruido en la guerra civil española del 36 del siglo pasado. José Antonio ha veraneado en Sigüenza desde la infancia, ahora jubilado pero dedicado a la investigación histórica de la ciudad, tiene un amplio y envidiable curriculum vital. Economista del Estado y doctor en Ciencias Sociales. En el sector público ha sido Secretario de la Comisión Interministerial del Medio Ambiente, Secretario General Técnico del Ministerio de Industria (a los 32 años) y Jefe de varias Oficinas Económico y Comerciales en distintas Embajadas, y, en el sector privado, Director Gerente del Forum Atómico Español y Miembro del Directorio (compuesto de 5 miembros) y Director Financiero de la empresa multinacional Eurodif.

José Antonio Gallego nos franquea la entrada a su casa, y nos encontramos en el lugar donde estuvo el monasterio, ahora ocupado por un amplio jardín en el que podemos contemplar dos majestuosos cedros y numerosos cipreses. El jardín se encuentra decorado con capiteles antiguos y con ruedas de molino que hacen las veces de mesa, una de ellas procedente de un molino de La Cabrera y otra de un molino de Santamera. Todavía existen en su jardín dos pozos que eran utilizadas por las monjas en el huerto anexo al convento. La casa y el jardín de José Antonio lindan con una de las paredes de la iglesia de Santiago, en las que se pueden contemplar todavía, aunque ajadas por el tiempo, antiguas marcas de cantero de las piedras del templo. Desde el jardín podemos entrar en un espacio subterráneo debajo de la iglesia de Santiago que algunos han considerado como la cripta del lugar, aunque José Antonio nos indica que su verdadera función fue la de ser un camaranchón del paso de ronda lindante con la muralla (para que la ronda o las tropas no tuvieran que dar toda la vuelta a la iglesia) –como en el caso de Ávila donde por cierto vivió mucho tiempo el obispo Cerebruno antes de venir a Sigüenza y construir las iglesias de Santiago y San Vicente. Su opinión es autorizada ya que, además de vivir actualmente en el terreno que perteneció a dicho cenobio, es autor de un libro sobre la historia del convento de las “religiosas de Santiago”.

“El Monasterio de Santiago El Zebedeo, intramuros de la ciudad de Sigüenza”. Este es el título del libro que recoge el nombre que las propias monjas daban a su convento. De reciente publicación (2013), en él se estudia la vida de esta institución desde su fundación en el siglo XVI hasta su destrucción en el siglo XX. Además de la investigación histórica sobre el monasterio en el libro se narran las vicisitudes de la propia investigación del autor en busca de las escasas fuentes que se han conservado.

A José Antonio le movió emprender esta obra, además de vivir en lo que fue el antiguo convento de Santiago, el hecho de que una de sus familiares estuvo de monja en el convento. “Cuando compré la finca pensé en investigar sobre el antiguo monasterio y la vida de las monjas. En el Archivo Histórico Provincial encontré notas de los notarios sobre las monjas que al hacer sus votos tenían que hacer una renuncia a su herencia escribiéndolo ante un escribano o notario”, señala. Otra de sus fuentes, de la que sacó mucho partido, es un libro de cuentas de sucesivos mayordomos del monasterio de Santiago que se encontraba en el Archivo Diocesano de Sigüenza. El antiguo propietario de la mayor parte del antiguo convento, el gran arqueólogo Bernardo Sáez Martín, que puso el nombre de Santa Clara a la finca, estudió a fondo el lugar, encontró el libro limpiando el fondo de uno de los pozos del jardín –supuestamente había estado dentro del agua desde la guerra civil– entregándolo al obispado.

Para José Antonio existe una gran confusión tanto acerca del mismo nombre del convento (de Santiago, Clarisas, pero casi nunca llamado de Santa Clara) como acerca de sus fundadores.

En su libro establece el nacimiento del convento en la decisión de un canónigo seguntino judeoconverso cuando marchó al obispado de Osma para ser Arcediano de Soria, Francisco de Villanuño, y sus dos hermanas, María y Catalina. Estas últimas, al quedarse huérfanas y solas, decidieron rechazar el mundo exterior y fundar una casa de religión para retirarse. Tras mandar una carta de petición, el papa Adriano VI remitió un Breve al obispo seguntino Fabrique de Portugal en 1523, para que se erigiera, en la finca de estas dos señoras –la primera como abadesa y la segunda como priora– una casa de beatas religiosas de la tercera regla y orden de San Francisco con votos de castidad, pobreza y obediencia. Este obispo financió gran parte de la reconstrucción de la iglesia de Santiago y de parte del nuevo monasterio. Posteriormente las beatas adoptaron los votos solemnes de clausura, el Cabildo les cedió el uso de la iglesia y dentro de ella se enterró, en bello mausoleo, el citado Arcediano en 1535 (conservado hoy en la iglesia de los Huertos).

En el siglo XVII el monasterio está plenamente consolidado y con prestigio y riqueza indudable. En el siglo XVIII, cuenta el libro, surge un conflicto del obispo Díaz de la Guerra con el cabildo al intentar el obispo disciplinar a las religiosas del convento, lo que le valió una denuncia ante de la Inquisición. En esta época se acomete la construcción de un gran edificio de forma de “L” con una parte adosada a la muralla y la otra perpendicular y lindante a la calle Mayor (todavía se ve la puerta, hoy tapiada, del mismo con su fecha de terminación).

En el siglo XX se abandonan las reglas más permisivas de la tercera orden regular de San Francisco y se adoptan las de Santa Clara. En julio del 1936 el convento es ocupado por el batallón Pasionaria, siendo destruido por un bombardeo de la aviación nacional. En 1937 la aviación republicana acaba con un intento de reconstrucción. Después de la guerra civil las monjas clarisas se trasladan a la iglesia de Santa María de los Huertos, donde permanecen en la actualidad.

José Antonio es también autor de una biografía de Serrano y Sanz, “Serrano y Sanz en la Historia”, donde se narra la obra y vida de este ilustre polígrafo alcarreño (también familiar suyo), y actualmente prosigue sus investigaciones históricas visitando incansable día tras día los ricos archivos de Sigüenza, “cuando están abiertos”, añade.

Desde La Plazuela le damos las gracias por permitirnos visitar su casa de la calle Mayor, un lugar de tanta raigambre seguntina y por su empeño en sacar a la luz un pequeño pero importante capítulo de la historia de Sigüenza.
Redacción