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Mari Carmen Hernando y Javier Villaverde, artistas

Hemos tenido la oportunidad de asistir a dos conciertos, los pasados 18 y 24 de julio, en la Ermita de San Roque, organizados por la ‘Asociación de violería y organología instrumental Romanillos-Harris’, con tres protagonistas, los tres seguntinos: una cantante, un guitarrista y una guitarra. Mari y Javier forman desde hace pocos años el dúo “De a dos”, con un currículum que cada día crece, de actuaciones en Madrid, Sigüenza y otras localidades. Javier, profesor de guitarra en la seguntina escuela municipal de música, se encarga en el dúo de los arreglos y de poner melodía con su  guitarra a la voz de Mari. En el concierto del 18, ‘Canciones desnudas’, disfrutamos de una muestra del repertorio del dueto, canciones de las de ‘toda la vida’, elegidas cuidadosamente de la más bella tradición española e iberoamericana. Comienza Mari algo nerviosa, con esa voz que ha ido labrando tras muchos meses de estudio, ya años, a partir de una materia prima exquisita. No en vano está medio pueblo ahí, a alcance de la mano de un escenario que se come al público en la recoleta sala. Pronto calentamos, disfrutando de lo más granado de la obra de Chabuca Granda o de Violeta Parra, entre otros grandes hispanoamericanos. Landós, valses criollos, boleros, tonadas y sirillas, que están en la mente de todos, aunque de algunas hay pocas oportunidades para escucharlas hoy día. La interpretación cálida y sutil de Mari, ya plenamente afirmada, nos va conmoviendo por momentos, mientras Javier, en perfecto entendimiento con la voz, puntea y acompaña en un hacer profesional, delicadísimo. Con la ‘Negra presuntuosa’, Mari ya lo da todo en una canción a medida de su expresión, rica en matices, cada vez más madura. Cuando se atreven, que es atrevimiento, con un ‘Volver’ que eriza el vello, nos viene la imagen de Gardel, que cada vez canta mejor, igual que la que en ese momento lo interpreta. En la ‘Enramada’, popular castellana, Javier da el Do con un arreglo arpegiado, casi una bandurria, que hace sacar todo el brillo a la excelente guitarra que enarbola. Culminan en un bis con ‘Fina estampa’, con la que, entregados al público, que enseguida romperá en pie y aplausos, bordan un concierto lleno de sutilezas y de emoción.

El día 24 volvió Javier a la carga, en este caso él y su instrumento solos ante el respetable, con una selección de piezas clásicas para guitarra española. Introduce el evento José Luis Romanillos, como en el concierto anterior, en este caso extendiéndose en una magnífica “Introducción al desarrollo de la guitarra española”, del que nadie mejor que él puede hablar. La guitarra que tiene en sus manos Javier, en este y en el pasado 18, es construcción de José Luis, obra perfecta por tanto, como se encarga de resaltar el intérprete en varios de sus comentarios y como puede el público apreciar en cada pulsación y en cada arpegio. Empieza Javier con un breve recorrido por la historia de la guitarra clásica para, enseguida, abordar el repertorio propiamente dicho: un ‘Torija’ y un ‘Sigüenza’ de Moreno-Torroba, la hermosísima melodía de ‘El noi de la mare’ o el ‘Testament de Nuria’, populares catalanas, para entrar pronto en palabras mayores, con Tárrega: un ‘Capricho árabe’, prodigio de ligaduras, y un ‘Recuerdos de la Alhambra’ en el que, tras segundo arranque, Javier acaricia un trémolo suave y cabal, que a todos encandila. En ‘Granada’ y ‘Asturias’, de Albéniz, el profesor nos explica el origen para piano de estas piezas, mucho más conocidas en sus versiones para guitarra. Son piezas difíciles que Javier toca preciso, pero sobre todo expresivo y matizado: con alma, en definitiva. La última obra en programa, menos conocida, es ‘La Catedral’, de Barrios Magore, que empieza con un lamento y sigue con algunas partes muy técnicas y a la vez muy hermosas. Sale otra vez Javier a escenario, aplausos del público que atesta la sala lo reclaman, para rematar con Tárrega: una ‘Lágrima’, húmeda y escueta, con la que nos vamos, repitiéndola, en la memoria de su intensidad.

Javier y Mari son dos exponentes de la joven generación de artistas seguntinos que, a veces nos preguntamos, cómo es posible que exista y prolifere en esta nuestra bella ciudad, tan depauperada demográficamente pero que “tanto da de sí”. Con todos ellos, es indudable que el movimiento cultural seguntino está viviendo en los últimos años uno de sus momentos dulces. Ellos, junto a otros en el ámbito de las artes o de la cultura y el conocimiento en general, pero también en otros campos, sean profesionales o amateur, nos muestran el camino y son símbolo vivo de que la esperanza existe.