La cuestión de las víctimas

En HBO, una de las plataformas que nos invaden para sacar a la gente de las salas de cine, con o sin pandemia, pasaron una serie de 7 capítulos basada en el libro PATRIA, de Fernando Aramburu.

Dado cómo se gestó el libro, del que luego partió la serie, aunque sean formatos de ficción, se puede entender como un ensayo y un documental respectivamente. Aramburu, nacido en el 59, lo vivió en su juventud, y escribe una crónica de la época. Permaneció en el País Vasco, hasta su marcha a Alemania en el 85, y vivió en primera mano los llamados años de sangre y plomo de ETA. La mayoría de los atentados y de víctimas mortales fueron entre 1977 y 2000. PATRIA se edita en 2016, pero el drama que se vivió,  lo venía tratando desde 2006 en su libro de relatos “Los peces de la amargura”.

Creo que una cualidad del libro es, que no toma partido por ninguna de las dos familias, describe el drama de cada una. Lo que no quiere decir que Aramburu sea neutral respecto a la violencia etarra. Se reprocha a Patria la cuestión de no entrar en el origen, en la represión franquista que, además de matar perseguía hasta la práctica de la lengua propia.

Hubiera sido otro enfoque que parece no pretendía. Creo que el acierto está en centrarse en la tragedia, la soledad y el miedo de las dos familias, y en lo singular de la posición de cada uno de sus miembros. Los personajes de las madres, que son tal cual. Si uno viaja a pueblos pequeños del interior se encuentra con Bitoris y Miren, que abandonan el euskera y se ponen a hablar contigo, a contarte cosas del pueblo. Los personajes de  cada uno de los hijos, o el de Julen, dividido entre el duelo por el amigo perdido, y el desgarro de haber sido asesinado por su propio hijo. ¿Es también una víctima? ¿será posible el duelo por ese amigo tan querido?

¿Y qué decir de Miren? Esa relación de sobreprotección al hijo etarra le impide poner la más mínima distancia para cuestionar nada. En momentos se le ve más radical que el hijo, su Joxe Mari. Está descrito como un tipo simple, que entra en ETA porque encuentra en la organización una identidad, como en el caso de la kale borroka. Los ideólogos eran otros, y la mayoría de ellos estaban en la dirección. Muchos de los encargados de asesinar, cuya tarea era apretar el gatillo, el tiro en la nuca, se corresponden con el personaje. Los amenazados de muerte que pudieron salvarse, sostienen que,  aunque parezca simple, no había reflexión, se mataba y  ya está, y que el ideario de ETA  se resumía en una línea. Son palabras de algunos que sufrieron amenazas y tuvieron que marcharse.
¿Podemos ver similitudes entre organizaciones criminales, donde está la vida en juego, la propia y la de los otros, con los que se postulan para atentar en el radicalismo islámico? ¿Al posicionarse y entrar en ellas? Es para discutirlo, porque en el caso de ETA, su origen y la finalidad son de otra índole. Pero sí puede haber jóvenes que entren en ellas por encontrar un lugar del que carecen.

Interesante también la posición del cura, no olvidemos que como se dice “ETA nació en los Seminarios del País Vasco”, concretamente, en las Juventudes Católicas del PNV. De ahí la  relación tan ambigua de la iglesia vasca.

Cómo sabéis hubo una polémica con el cartel de la serie, y que tuvieron que cambiar, porque la foto doble (el atentado bajo la lluvia y al otro lado la tortura de un preso de ETA) planteaba una equidistancia entre las víctimas. Y más allá de la polémica, el cartel plantea la cuestión de las víctimas de los dos lados.

No pude ver la serie, pero creo que es bastante fiel al libro por lo que dicen los que la vieron. Al final de la serie los encuentros con las víctimas. Y el capítulo final del libro, el abrazo entre las dos mujeres, que es una especie de alivio para con las víctimas. Tuvo dudas, y lo cambió como él cuenta. Ese cambio tuvo sus cuestionamientos, porque solo en algunos casos responde a la realidad.

Las Navas de Jadraque, la Serranía en estado puro

Cuando se pregunta por el nombre de algunas localidades de la Sierra Norte de Guadalajara, muchos responderán Sigüenza. Otros, Atienza. Incluso, los más avezados, recordarán topónimos como Campillo de Ranas, Valverde de los Arroyos, Galve de Sorbe o Hiendelaencina. Sin embargo, existen otras muchas poblaciones que –aunque menos afamadas– resguardan grandes tesoros patrimoniales, arquitectónicos, históricos y naturales…

Casa de Las Naves

Un ejemplo es Las Navas de Jadraque, un municipio de 27 habitantes ubicado a escasos kilómetros del Alto Rey. “En el fondo del valle que forma el arroyo Cristóbal –que baja por la ladera meridional de la referida montaña– se asienta esta población”, aseguran José Antonio Alonso Ramos, Antonio Herrera Casado y Luis Monje Arenas en «La sierra norte de Guadalajara, paso a paso».

La tipología constructiva del pueblo es la propia de la «Arquitectura Dorada», tan habitual en la zona. Entre las características de la misma se encuentra el empleo de materiales existentes en los alrededores, como el gneis. La utilización de esta roca confiere a las edificaciones su habitual coloración destellante. “Las Navas, además, se constituye como un conjunto homogéneo en su configuración y en perfecta armonía con el entorno”, confirman Eulalia Castellote Herrero y Marina Alba Pardo en «Arquitectura Negra de Guadalajara».

De hecho, en la localidad se conserva una gran cantidad de edificaciones originarias, lo que permite disfrutar de la «Arquitectura Dorada» en todo su esplendor. “Las son de una o dos plantas, con espacio bajo cubierta o sobrado para almacenar el grano. Son más numerosas las viviendas de un solo piso con cámara superior. Normalmente, la cubierta es a dos aguas, aunque –a veces– se achaflana uno de los muros, dando lugar a un tercer faldón”. Además, y para respetar la fisionomía arquitectónica local, todas las calles están enlosadas con gneis…

Calle de Las Navas.

Un pueblo ordenado urbanísticamente

Pero si el caminante se interna en Las Navas de Jadraque no sólo se deleitará con el tipo constructivo de las casas. También observará un urbanismo sencillo y ordenado. “Existen dos núcleos importantes de edificaciones. Uno corresponde a las construcciones destinadas a las viviendas y sus anejos. Y otro, un poco más alejado, está compuesto por los casillos o tainas para el ganado”, indican Castellote Herrero y Alba Pardo.

Asimismo, la planificación urbanística de la población articula los diferentes espacios existentes en su seno. “En el pueblo encontramos dos plazas, unidas por una amplia calle. En el primero de estos lugares [situado en la parte alta de la población] surge la iglesia, con la espadaña al Oeste. Sobre el muro sur del templo está la puerta de acceso al mismo, protegida por un tejadillo y atrio de madera. Frente a ella, se divisa el antiguo horno de pan comunal”, relatan Alonso Ramos, Herrera Casado y Monje Arenas.

Pilón.

En la segunda de las plazas, que se abre en la parte baja del pueblo, se domicilia el Ayuntamiento, cuya construcción respeta lo marcado por la «Arquitectura Dorada». Y a pocos metros de este complejo, recorriendo una angosta calle, se llega a “un precioso lavadero, cubierto, desde el que se contemplan espectaculares vistas del valle”.

Una sugestiva estampa que se ha conseguido gracias a una perfecta imbricación de las construcciones con el entorno. “Las viviendas aparecen conformando pequeñas manzanas irregulares, siguiendo la pendiente natural del terreno y adaptándose a él, apoyándose unas en otras. Esta disposición configura, en algunos casos, el escalonamiento de los tejados”, confirman Eulalia Castellote Herrero y Marina Alba Pardo.

Iglesia.

Una luenga historia…

Este patrimonio muestra la larga historia de Las Navas de Jadraque. Sus orígenes se remontan, al menos, a la época medieval. Algunos investigadores los ubican hacia el siglo XII, cuando la zona cayó en manos castellanas. Sin embargo, la existencia de este municipio no finalizó aquí. Todo lo contrario. Se fue afianzando con el paso de las centurias hasta llegar a la actualidad.

“En el siglo XIV pasó a pertenecer a la «Tierra de Jadraque», incluyéndose en su «Sesmo del Bornova». De esta manera, quedó –con el paso de los años– dentro de los límites de los sucesivos Señoríos de los Carrillos y de los Mendoza, a cuyos dominios perteneció hasta el XIX”, explican Antonio Herrera Casado, Ángel Luis Toledano Ibarra y Luis Antonio González Espliego en una de sus obras de investigación.

Este devenir histórico se ve reflejado en las tradiciones del lugar. Una de las más conocidas es la romería del Alto Rey, en la que participa Las Navas junto a otros seis pueblos de la comarca. Lo hacen cada primer sábado de septiembre. Durante esta jornada se asciende hasta lo más elevado de la sierra, donde se disfruta de eventos culturales, lúdicos y religiosos.

Sin embargo, la romería conjunta de las siete localidades es muy reciente. Se comenzó a hacer la década de 1940. Anteriormente, cada uno de los pueblos ascendía en una fecha diferente. Los vecinos de Las Navas lo hacían el 13 de junio, junto a las gentes de Bustares. “Se salía en procesión desde el pueblo, con el pendón y la cruz parroquial. Se avanzaba hasta alcanzar la localidad bustareña”, rememoran Herrera Casado, Toledano Ibarra y González Espliego.

Una vez juntos los habitantes de los dos municipios, se iniciaba la «escalada» hacia la sierra, “que se hacía más llevadera gracias a un breve reposo que se realizaba en el «Descansadero», donde se echaba un trago del botillo y se seguía adelante”. Y cuando se arribaba a la cima, se disfrutaba de una comida de hermandad. “Los de Las Navas solían llevar una comida típica, consistente en tortilla de patata, carne de cordero, cabrito, pollo o caza, que podía ser del día o escabechada”. Además, “era costumbre que, si algún ciudadano estaba enfermo o no podía subir, se le entregaba un litro de vino en compensación por no haber gozado de la fiesta”.

En consecuencia, Las Navas de Jadraque ofrece muchísimas posibilidades turísticas, tanto desde el punto de vista patrimonial como tradicional y natural. No en vano, se encuentra encuadrada en la «Ruta de la Arquitectura Dorada» y en pleno Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara. Por ello, “son imprescindibles los paseos por el pueblo y por su entorno inmediato”, confirman los especialistas. ¡No pierdas esta oportunidad!

Bibliografía.

Alonso Ramos, José Antonio; Herrera Casado, Antonio; y Monje Arenas, Luis. «La sierra norte de Guadalajara, paso a paso». Guadalajara: Ediciones AACHE, 2012.

CASTELLOTE HERRERO, Eulalia; y ALBA PARDO, Marina. «Arquitectura Negra de Guadalajara». Toledo: Consejería de Educación y Cultura. Junta de Comunidades de Castilla–La Mancha, 2001.

Herrera Casado, Antonio; Toledano Ibarra, Ángel Luis; y González Espliego, Luis Antonio. «La romería del Santo Alto Rey». Guadalajara: Ediciones AACHE, 2019.

Actuación de Javier Recio (barítono) y Laurence Verna (piano) en Musigüenza

La voz de un barítono siempre impresiona, los registros agudos y graves reunidos en una sola voz es algo maravilloso. Javier Recio, al que escuchamos la última vez hace tres años, acompañado también por Laurence Verna en el mismo auditorio, se ha consolidado maravillosamente y en la actualidad se mueve en ese difícil mundo de la lírica con clara resolución y éxitos. Nos comentó que era el primer concierto que daba desde que empezó la pandemia y le hacía mucha ilusión volver a sentir al público ahí, aunque fuéramos pocos y embozados por las restricciones. Dos piezas de óperas, de Bellini y de Gounod, fueron el arranque para mandarnos su torrente sonoro modulado por su gran técnica. Un buen calentamiento. Seguimos con obras de músicos españoles nacidos todos en el S. XIX; canciones, es decir lo que equivale a los “lied”, “chanson”, “canzone”, “cançó”, “song”, etc de otros países, escritas para canto y acompañadas al piano. En ellas las letras son muy importantes y la forma de encajar la música pone a prueba al compositor.

Javier Recio y Laurence Verna. Foto Brenno Ambrosini.

Dos piezas de F. Mompou, fantásticas melodías, muy serias, seguidas de dos de Rodolfo Halfter de una selección de “Marinero en Tierra” de R. Alberti, preciosas y descriptivas piezas, nos dejaron encantados. Luego vinieron otras dos de E. Toldrá, que según el propio Javier Recio es probablemente el que mejor encajaba las melodías con las letras (poemas de Lope de Vega) y los ejemplos fueron también deliciosos. Un fuerte aplauso y alcanzamos el descanso, donde la presidenta de Bell’Arte Bernadeta Raatz aprovechó para subir a escena y dar las gracias a los patrocinadores, recordando que en estos 15 años se han realizado 200 conciertos en distintos auditorios de nuestra ciudad de la mano de Bell’Arte, algo verdaderamente estimable y de una valía incalculable para Sigüenza; vamos, un auténtico patrimonio.

Javier Recio y Laurence Verna.

La segunda parte siguió con más música española. Dos piezas clásicas de zarzuelas intercalando “Cuatro Villancicos” de Joaquín Nin, tan distintos entre ellos, el último “Jesús de Nazaret” era casi una preciosa “saeta”, cantados todos con gran gusto, recibieron aplausos con ímpetu y ganas. A mí, junto con las de Toldrá, las que más me gustaron, sin dudarlo. La ovación al final consiguió la propina anhelada y nos ofrecieron “Cantarcillo”, también de Toldrá sobre poema de Lope de Vega, deliciosa despedida. La labor de acompañante al piano es una especialidad que Laurence domina y que al servicio del cantante hace que se obre la maravilla de la interpretación pasando desapercibida, perfecta. Javier en perfecta conjunción con Laurence nos hizo disfrutar con su voz esas hermosas melodías.

Para este segundo concierto del festival se permitió hasta un 30% del aforo, aunque también se ofreció por la página de Facebook del ayuntamiento: https://www.facebook.com/AytoSiguenza/videos/263078795147840

Muchas gracias a Javier Recio y Laurence Verna, a Bell’Arte y al ayuntamiento por mantener Musigüenza a pesar de la pandemia y ver que la música en directo puede seguir adelante.

Aprovecho para solicitar para el Pósito, tras haber cumplido con creces más de diez años de exhaustiva utilización, una reparación del suelo de su escenario, un telón que funcione, una ampliación de la escena, unas luces que no martiricen al público y un repaso general de butacas. Es buen momento para obras.

Javier Recio (barítono) y Laurence Verna (piano). XV Festival de Música de Cámara. MUSIGÜENZA. Bell’Arte Europa ICS

5 de diciembre de 2020. El Pósito. Concierto virtual y presencial reducido

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En la muerte de Sean Connery

Escondida dentro del aluvión de informaciones, en gran parte terribles, de estos últimos meses, el pasado 31 de octubre saltó la noticia del fallecimiento del actor escocés Sean Connery. Su muerte, por causas naturales, a la edad de 90 años, se produjo en Nassau (Bahamas), donde vivía retirado hacía años. Aunque su nombre acaso no diga mucho hoy a una parte de la población joven, para los espectadores de más edad Connery fue uno de los iconos cinematográficos del siglo XX. Si en la primera mitad del siglo Gary Cooper fue, para muchos espectadores, la encarnación prototípica del “héroe americano” y Clark Gable fue calificado por espectadores y críticos como “el rey”, en la segunda mitad, Sean Connery fue modelo de agente secreto y espía  - muchos otros actores imitaron ese papel pero ninguno dejó una huella estética tan marcada y profunda en el público con su interpretación del agente secreto James Bond, conocido por su nombre en clave, 007, creado por el escritor inglés Ian Fleming - pero además, supo abandonar al personaje 007 y convertirse después en un gran actor.

Connery/Bond fue espía carismático, a la vez bueno y canalla, atractivo y temible, simpático y justiciero; altamente representativo, en suma, del cine de acción del período de enfrentamiento entre Occidente y la Unión Soviética, la  “guerra fría”  que concluyó con la caída del Muro de Berlín. Tras la primera entrega de la serie, “Agente 007 contra el Dr. No”, en 1962, la rápida conquista del favor del público hizo al actor enormemente popular y su caché subió como la espuma; ello, en contrapartida, amenazó con reducir y esclavizar su imagen a la de su popular personaje, como había sucedido a otros actores, pues sus éxitos posteriores (“Desde Rusia con amor”, “Goldfinger”, “Operación Trueno”) parecieron cristalizar en el público la identificación estética entre Connery y Bond. Sin embargo, Connery, fue rápidamente consciente del peligro para su carrera, y a mitad de los años sesenta provocó su salida (solo traicionada una vez en años posteriores) de la piel cinematográfica del famoso agente. Intuyó sin duda que de esta forma podía esperar acceder a personajes más interesantes y posibilidades estéticamente más ricas. De modo que dio un giro radical a su carrera y se aprestó a mejorar de modo continuo la calidad de su trabajo.

Sus creaciones posteriores se orientaron, en  consonancia sin duda con su personalidad, en su mayor parte dentro del género de cine de acción, pero cada vez más sus interpretaciones incorporaron una notable mejoría en su calidad. De este modo, en una brillantísima carrera de más de tres décadas, Connery supo ser, entre otros, un inteligente y enamorado Mark Rutland (“Marnie, la ladrona”), un generoso y noble Robin Hood (“Robin y Marian”), un temible y valiente jeque Al Raisuli (“El viento y el león”), un inteligente fraile-policía Guillermo de Baskerville (“El nombre de la Rosa”), un fantasioso rey Dravot en tierras afganas (“El hombre que pudo reinar”), o un espléndido y ejemplar policía Jim Malone (“Los intocables”). Papeles todos ellos que han quedado grabados para siempre en la memoria del público y que, en conjunto, mostraron la ubicación definitiva del actor en la esfera de la gran interpretación cinematográfica.

Ha muerto Sean Connery, un gran actor. Descanse en paz.    

Santiago Cardenal

La Alameda de Sigüenza como canon renacentista

La alameda ibérica, pronto también hispanoamericana, se inspira en modelos italianos, en su mayor parte teóricos, que el rey Felipe II maneja en sus colecciones bibliográficas y de planos y grabados y que conoce en la práctica por ejemplo en Flandes, donde se implantan con fines a menudo ingenieriles (consolidación de los polders). Son modelos geométricos, neoplatónicos, de raíz clásica (Vitrubio, Plinio), recogidos y desarrollados por los arquitectos tratadistas del Renacimiento, como Alberti (De re aedificatoria, 1485) y Serlio (Los siete libros de la arquitectura, 1537-1551), que traen un nuevo espíritu planificador opuesto al crecimiento orgánico del burgo medieval. La de Hércules de Sevilla (1574) está entre las primeras alamedas de la era moderna en el sentido tradicional del término: paseo urbano formado por varias alineaciones de árboles (álamos, olmos, tilos, etc.) dedicado esencialmente al recreo. La de Sevilla se enmarca en una de esas reformas renacentistas que cambiarían la faz de las ciudades sacándolas del medievo, como la acometida por el Cardenal Mendoza en la Plaza Mayor de Sigüenza y su entorno.

Alameda de Sigüenza

Álamo es una designación alternativa para el chopo (especies del género Populus), pero es también el olmo (en latín Ulmus): la raíz alms o almr significa "olmo" en el idioma gótico, siendo palabra introducida en el español a través de los visigodos. La confusión seguramente tenga que ver con ser ambos árboles de ribera que suelen crecer juntos en condiciones naturales. Es por ello difícil saber en fuentes históricas si una determinada alameda se ideó inicialmente con uno u otro árbol, aunque en la de Sigüenza lo tenemos perfectamente claro: fueron viejos olmos los que persistieron hasta la década de 1980, cuando la grafiosis, tras distintos episodios de poda abusiva, acabaron llevándose la monumental arboleda, cuyo origen coetáneo con la fundación del parque de Vejarano pudimos constatar en su día contando los anillos de crecimiento del último olmo viejo que permaneció en pie: el que estaba, ya muerto, junto a la pista de baile.

Alameda de Hércules. Sevilla.

Las arboledas urbanas son arquitectura y son urbanismo estructurados por un esqueleto de elementos vivos. Las alineaciones de árboles de la polis griega seguramente se inspiran en las columnatas espectaculares de sus templos, que a menudo se prolongan en paseos arbolados dentro de los espacios de reunión exterior alrededor del ágora, tan importantes en el Mediterráneo. El modelo se implanta también en el Liceo ateniense y en Roma, con sus pórticos (como el Pórtico de Pompeyo, primer parque público romano) o junto a palestras y gimnasios, donde recibir entrenamiento tanto físico como intelectual en ambientes preferentemente abiertos. De la recuperación de lo clásico surge el canon renacentista de Alberti y Serlio, posteriormente actualizado con las ideas y estética, primero del Barroco, y enseguida de la Ilustración, que nos llevan ya al siglo XVIII y a los jardines de Versalles, de la Granja o los de Aranjuez en la remodelación de Sabatini, tan del gusto de los borbones de uno y otro lado de los Pirineos.

Alameda de Santiago de Compostela.

La Alameda de Sigüenza es una de las primeras del XIX, todavía en el espíritu reurbanizador del XVIII. Al igual que la de Sevilla, es consecuencia de uno de los grandes hitos urbanísticos de la ciudad: la creación del Barrio de San Roque por los obispos ilustrados Juan Díaz de la Guerra y Pedro Inocencio Vejarano: este último lo remata con la plantación de nuestra arboleda esencial en 1804, ampliada en 1818 con la "plaza de las pirámides". Sin embargo, a pesar de haber pasado ya por los siglos XVII y XVIII, poco tiene que ver nuestra alameda con Versalles o con la Granja. Tampoco se parece a los arbolados a lo largo de avenidas y bulevares predominantes en los siglos XVIII y XIX (Rambla de Barcelona, Espolón de Burgos, Rambla de Palma, Alameda de Oviedo, Alameda de Málaga, etc.) Una simple comparación de la planta o de la vista aérea en una fotografía de satélite permite emparentar la traza de nuestro parque mucho más con el canon clásico, ejemplarizado en la Alameda de Hércules de Sevilla, en la del Parral de Segovia, o en el plano original de la de los Descalzos de Lima, de la del Prado de Valladolid o incluso de la del Prado de los Jerónimos de Madrid, estas tres últimas desvirtuadas y constreñidas o incluso totalmente replanteads (caso de Madrid) por el desarrollo urbano y viario posterior. A falta de una comparación más extensa y pormenorizada, las dimensiones tanto longitudinales (más de 400 metros) como sobre todo en anchura, muy superior a la de un simple bulevar coincidente con una calle, la organización en dos ejes perpendiculares libremente planificados, dirigidos a puntos monumentales externos significativos, o la existencia de varias alineaciones de árboles que separan hasta cuatro calles principales, extensión e intención propias de una obra realizada sin constricciones en un barrio nuevo y no dependiente de vías de comunicación previas, permiten emparentar nuestra alameda más con el canon original, libre de ser tomado en su momento más literalmente en ciudades aún por reordenar, que con las que se hacen en su propia época en poblaciones ya crecidas y de difícil reurbanización.

Sería por tanto muy valiosa nuestra Alameda, no solo por ser parte de un hito urbanístico de magnitud histórica, sino, quizá, como uno de los últimos vestigios conservados íntegramente de la aplicación neoclásica de las ideas de los tratadistas italianos. Con salvedad de lo realizado en los años 80, su remodelación extensiva nunca se ha acometido, habiendo heredado nuestra generación una estructura muy cercana a la original. Cosa que no ha pasado en otras alamedas con remodelaciones recientes, como la de Sevilla en 2007, donde a mi modesto parecer se puso antes el carro que los bueyes: sobra pavimento ornamentado con motivos posmodernos y faltan árboles. Lejos quedan en la de Hércules los 1600 álamos originales, o su reposición en idéntico número dos siglos más tarde. Lo esencial de una alameda y lo que da sentido a su existencia son aquellas columnas vivas que generan la estructura alrededor de la que se dispone lo demás, y no al revés.

Alameda de Sigüenza.

La Alameda de Sigüenza tiene el raro valor de haber mantenido su autenticidad casi primigenia entre otras cosas por esa falta de reformas importantes. Entre los elementos de ese espíritu original que nos llega está la ornamentación sencilla y la austeridad en los ajardinamientos, reflejo de aquel canon antiguo, incluida la falta de pavimento, tradicionalmente de albero (especialmente en el sur) o de arena lavada en no pocas alamedas ibéricas, situación cada vez más rara y, por tanto, valiosa (Alameda de Santiago, parque Genovés en Cádiz, Alameda de Valencia, Alameda de Cervantes en Soria, el Parral de Segovia). Un cambio que ha sido muy reciente en muchas de nuestras alamedas históricas, consecuencia del empeño de los consistorios en hacerse valer por medio de obra pública, es decir, motivado por causas ajenas y a veces opuestas a la conservación de lo heredado. Va también contra todo sentido patrimonial, especialmente en lugares que tienen una impronta del pasado de la calidad de nuestra Alameda, cambiar elementos de sitio, incorporar nuevos que resulten estridentes a la estética histórica recibida o rellenar espacios arbitrariamente: los que existen son parte del diseño, que es por sí mismo patrimonio. Habría que evitar, en definitiva, confundir un jardín histórico, más si su inspiración es tan antigua y seguramente canónica como la del nuestro, con un simple parque urbano, donde según y cómo casi todo puede caber. Remodelar es cambiar, y conservar el patrimonio es precisamente lo contrario, es decir, mantener lo heredado sin afectar a su esencia o restituirlo en caso de haberse deteriorado. En realidad, si queremos salvaguardar o reponer la herencia patrimonial de nuestra Alameda, que es parte intrínseca de la belleza de la ciudad y por tanto fuente de riqueza en todos los sentidos, la principal actuación importante y necesaria sería, a partir de la planimetría perfectamente conservada, reponer el alzado perdido en los ochenta. Que no es otra cosa que su razón de ser: la espesa sombra de árboles añosos, verdadero fundamento histórico y funcional de una alameda digna de ese nombre. Labor que exige un acto de generosidad ya que solo se ha de poder manifestar con plenitud en las siguientes generaciones, con mucho menos rédito institucional inmediato que otro tipo de actuaciones. Generosidad como la que tuvo la generación de aquel, ya remoto, Vejarano, a la que debemos lo recibido, como así se le reconoce con profunda gratitud más de dos siglos después.

Julio Álvarez Jiménez

Bibliografía consultada

Albardonedo Freire, A. 2015. La alameda, un jardín público de árboles y agua. Origen y evolución del concepto. Anuario de estudios americanos, 72(2), 421-452.

Albardonedo Freire, A. 1998. Las trazas y construcción de la Alameda de Hércules. Laboratorio de Arte: Revista del Departamento de Historia del Arte, Univ. de Sevilla, (11), 135-166.

Durán Montero, M. A. 1985. La Alameda de los Descalzos de Lima y su Relación con las de Hércules en Sevilla y la del Prado en Valladolid. Actas de las III Jornadas de América y Andalucía: 171-182.

Luque Azcona, E. J. 2015. Conformación y características de las alamedas y paseos en ciudades de Hispanoamérica. Anuario de estudios americanos, 72(2), 487-513.

 

 

 

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