Sáb11282020

Last updateVie, 27 Nov 2020 10am

Back Está aquí: Home dcultura

Un viaje musical en el confinamiento

Son unos cuantos conciertos los que nos hemos perdido en estos meses y no os voy a contar nada que no he escuchado, incluso puede que ya no se programen hasta dentro de bastante tiempo. Este encierro cada uno lo habrá pasado como buenamente haya podido, yo, como otros, he aprovechado para ponerme como tarea hacer cosas pendientes, de esas que siempre te acusan y parece que te dicen: ¡a ver cuándo te pones con…! pues llegó el momento y las he hecho (no todas, claro). Luego, para entretenimiento y compañía, los libros y la música han sido con diferencia la puerta de escape. La ausencia de ruidos ha resultado maravillosa. También ha sido tiempo de reflexión, creo que hemos dado su importancia a los profesionales que realmente la tienen. Me refiero a los trabajadores de la sanidad, la enseñanza, la limpieza, el transporte, la UME, la seguridad y vigilancia, las organizaciones no gubernamentales, y alguno que me dejo; toda esa gente que se ha reinventado para hacer frente a la pandemia aportando soluciones, para todos ellos mi aplauso; también, como no, para las iniciativas particulares como la de la Peña Seguntina del Atlético de Madrid con su colecta y logro de elementos protectores cuando no había nada de ello en residencias, ambulatorio y policía (¡ole y ole!). En cuanto a las cosas importantes, en lo personal, las que han mitigado mis miedos durante el autosecuestro responsable, han sido tocar un instrumento, escuchar música y leer, esto, junto con los sueños nocturnos, me ha servido para digerir la bomba informativa diaria sin quedar tocado (creo). ¡Qué importante ha sido la cultura e internet en estos días! Gracias a ello, a mí que siempre me ha gustado la radio con todas sus variantes, Nacional, Clásica, 3, etc, ahora con el invento de “a la carta” de RTVE, hasta he visto televisión: series, documentales, informativos, cine, clases de inglés, etc. Y una grata sorpresa: rebuscando en sus archivos me he topado con una serie radiofónica que escuché antes de los 90 del pasado siglo en “Los clásicos de radio clásica”. Y es que cuando algo está bien hecho perdura. El título de la serie era “Memorias de Charles Burney” y fue preparada por Luis Carlos Gago en traducción que el mismo realizó del inglés, eligiendo muy bien la música para acompañar los relatos de Burney en primera persona. Le puso voz el magnífico doblador José María del Rio. Vamos, una joya todavía a disposición del que quiera:
https://www.rtve.es/alacarta/audios/los-clasicos-de-radio-clasica/

La única pena es que no están los 52 capítulos, faltan algunos. Se los reclamé al Defensor del espectador y radioescucha de RTVE D. Ángel Nodal, quien muy amablemente me contestó, pero deduzco que no lo harán. Enredando por ver si estaban traducidas y publicadas las memorias o el libro en que se basan, encontré una edición del 2014 preparada por Ramón Andrés (no por Gago) y me faltó tiempo para pedírselo a nuestra librería Rayuela; ya lo tengo, lo voy devorando y me gusta tanto como la serie. La música y la literatura se fusionan maravillosamente en este curioso libro de viajes. Viaje musical por Francia e Italia en el siglo XVIII.

Vale, os digo quien era Charles Burney: este señor, nacido en 1726 en Inglaterra, fue un músico que se ganó la vida enseñando música y tocando el órgano en la iglesia, era historiador y musicólogo; cambiando de residencia por motivos de trabajo o salud también estuvo un tiempo en Paris. Siempre tuvo alumnos de música y compuso diversas obras; por las noches se entregaba a la literatura, siendo muy apreciados sus escritos y siendo más conocido por ellos que por sus composiciones. Tenía en su cabeza la idea de que faltaban libros sobre la música, su procedencia, las corrientes, los compositores, los instrumentos y escribió La Historia General de la Música gracias a su gran biblioteca musical. También le preocupaba la música que se hacía en Europa y decidió llevar a cabo dos viajes, uno por Francia e Italia y otro por los países alemanes y países bajos. Se lo pagó de su bolsillo. Obtuvo cartas de presentación por medio de sus amistades, gracias a las cuales accedió a los sitios más importantes y contactó con personajes relevantes. Conciertos, representaciones teatrales, museos, academias, conservatorios y editoriales de libros y música; todo o casi todo fue recorrido, escuchado, contactado y anotado por este inquieto viajero. Esa recopilación le convirtió en un magnífico escritor de viajes bien documentados haciendo una impresionante radiografía musical de aquella época (1770). Para sufragar los gastos de la publicación de sus libros recurría a eso que hoy conocemos como micromecenazgo o crowfunding (no era el único), consiguiendo suficientes suscriptores con el compromiso de que si no alcanzaba la cantidad total el proyecto se cancelaba y se devolvía el dinero a cada uno. Impresiona ver lo que le dio de sí la vida sin luz eléctrica. Acabo y digo que esta sorpresa me la ha deparado el encierro, que aun la disfruto y que ya salgo al campo, que este año se ha engalanado tras las lluvias para recibirnos en nuestras salidas.

Es la primera vez en nuestras vidas que nos hemos recluido a petición del gobierno para evitar la propagación de un virus desconocido. Los medios y redes, al no saber realmente nada de nada, han fantaseado y mentido a placer, hasta el hartazgo. Ahora que vamos saliendo de los escondrijos que han sido nuestras casas, nos reencontramos a distancia enmascarados y nos alegra ver que amigos y conocidos están bien; sin embargo, más que el bicho, que también, me preocupa la polarización política que se ha producido de forma exponencial en estos dos meses, auténticos excesos verbales y de todo tipo que están contagiando más que el virus, relajémonos por favor, la vida sigue aunque no para todos. Salud y música.

El Centro de la Vihuela de mano y la guitarra española "José Luis Romanillos"

Patrimonio musical en España: el guitarrero José Luis Romanillos y el Centro de la vihuela de mano y la guitarra española

¡De milagro!

Quiso la suerte que me pillara escuchando la emisora cuando Ángel Sánchez Manglano, locutor de Radio Clásica de RNE, pinchó tres piezas interpretadas por el guitarrista Jorge Orozco, todas ellas pertenecientes a Estanislao Marco Valls (discípulo de Francisco Tárrega); como hago muchas veces, escribí en un papel los títulos con el fin de ampliar más tarde la información; hago esto cuando lo que escucho me ha gustado y, como aficionado a la guitarra, luego busco partituras para ver si son asequibles a mi nivel. Así comenzó el encuentro con una bonita historia, de las que me gustan.

Jorge Orozco es concertista, psicólogo y profesor de guitarra en el conservatorio, sabía de la existencia de Estanislao Marco (1.873-1.954) y alguna de sus obras, por ejemplo “Guajiras” dedicada a su alumno Narciso Yepes cuando este tenía 14 años y que este, posteriormente incluyó en un CD. Un domingo del año 2000, Jorge acudió al rastro de Valencia y paseando entre los puestos se topó con la palabra guitarra en un papel tirado en el suelo, era papel pautado, un cuaderno de partituras (más de 100) manuscritas, originales firmados por el autor Estanislao Marco entre los años 1.901 y 1.954; consultó el precio con el dueño del puesto, a 20 duros las escritas, las editadas más caras, las compró y según le contó procedían de un contenedor de basura donde las había encontrado. Ese hallazgo supuso cuarenta obras originales y más de ciento veinte arreglos y transcripciones de otros autores, y fue el pistoletazo de salida para la búsqueda de familiares del autor (nietos); estos, tras mucho insistir Jorge, acabaron encontrando en casa de su padre (Manuel, hijo de Estanislao) una recóndita caja de cartón cerrada con una cinta, las memorias, recortes de prensa y todo el material aun perdido estaba allí.

Bueno pues gracias a todo ello hoy disponemos de cuatro CD y cuatro libros con las obras de este estupendo autor. Quien tenga interés en saber más puede encontrar interpretaciones de Jorge Orozco en YouTube, adquirir sus CD o los libros con los antecedentes, la biografía y las obras del autor.

No es la primera vez que se pierde el trabajo de un compositor una vez fallecido y resulta muy grato que resucite para quedarse. Muchas gracias Jorge Orozco.

La Gioconda de Bujarrabal

Reggio Emilia, septiembre de 2017. De regreso a casa desde la Puglia, nos detenemos en esta tranquila y preciosa ciudad del norte de Italia para ir tras los pasos de la Gioconda de Bujarrabal. Y es que, en todo el mundo, solo en ese otro lugar se tiene memoria de su existencia. El primer destino, la biblioteca; sección “Historia local”. Dos libros nos dan la clave de por dónde empezar a buscar. Pero no va a ser fácil.

Lo poco y más antiguo que se ha escrito de Gioconda es que nació en Alcalá de Henares, que sus padres se desplazaron a Reggio Emilia, que allí se convirtió en discípula virtuosa de un tal Próspero y que murió virgen (no mártir). Todo eso se dice que sucedió, aun sin contar con fuentes documentales que lo justifiquen, en el siglo V.

Tampoco se sabe mucho del tal Próspero. Por descarte con respecto a otros dos del mismo nombre, uno de Aquitania y otro de Tarragona, se concluyó que había sido un buen obispo de Reggio Emilia. Hasta aquí lo no documentado. Lo histórico viene ahora.

En aquella época, los pueblos que habitaban las regiones fronterizas del Imperio romano se hallaban en plena emigración masiva hacia Europa y les estaban plantando cara a los propios romanos. Una vez que esos pueblos “bárbaros” provocaron la caída definitiva del Imperio, en ese momento de descontrol y a las puertas de la Edad Media, los poderosos, que nunca desaparecen, intentaron ejercer una fuerte influencia ideológica en las ciudades. Precisamente la ciudad era el principal factor de cohesión e identificación de la gente y se buscaron allí referentes morales para darle sentido a todo aquello. Así que, en el caso de la ciudad de Reggio Emilia, ¡quién mejor que alguien de la tierra, y más si había sido “obispo” (un cargo que incluía algunas de las funciones de los magistrados romanos), para obnubilar a los habitantes y mostrarlo como ejemplo de que aquel era el mejor sitio del mundo para vivir (bajo su yugo, claro)! Y así fue como comenzó la leyenda de Próspero, que fue elevado a la categoría de defensor civitatis o protector de la ciudad, y, por sinergia, también la leyenda de su ayudante aventajada Gioconda.

Quienes se encargaron de mantener viva la llama del “recuerdo” de Próspero y Gioconda desde el siglo XI fueron unos monjes benedictinos que vivían extramuros de la ciudad y que afirmaban haber conservado sus restos mortales hasta ¡seiscientos años después! Pero, si eso era cierto o no, poco importaba ya, pues en la mente de las gentes reggianas, Próspero y Gioconda habían sido tan reales como la vida misma. La tradición manda.

Cuando el monasterio benedictino se trasladó puertas adentro de la ciudad, los monjes se llevaron también con ellos las urnas que, supuestamente, contenían los restos de Próspero y Gioconda, aunque más adelante aquellos recipientes siguieron caminos distintos. Eso explica por qué la urna funeraria de Gioconda está hoy en la iglesia de San Pietro, mientras que la urna con los restos de Próspero se encuentra en la basílica de San Próspero, ambas visibles debajo de sus respectivos altares mayores. Otro tema es lo que había dentro, pero antes vamos a ocuparnos de cómo se imaginaron a Gioconda los antiguos.

Virgen del Lirio, con san Pedro, santa Gioconda y ángeles (detalle, 1639), de Giovanni Andrea Donducci. Iglesia de San Pietro, Reggio Emilia.

En San Pietro hay un gigantesco cuadro donde Gioconda aparece nada menos que al lado de Pedro el Pescador, hasta ese punto la apreciaban los reggianos en el siglo XVII, cuando la pintaron con esas compañías. Por suerte, nos habíamos documentado antes de entrar allí, porque un buen hombre, voluntario encargado entre otras tareas de alinear los bancos al milímetro, desconocía que tuvieran una imagen de Gioconda.

Santa Gioconda, escultura atribuida a Nicola Sampolo (siglo XVII), sobre la puerta lateral del coro de la basílica de San Próspero (“¡¡Niente di Gioconda, qui‼”), en Reggio Emilia.

Pero aquello no fue nada comparado con la reacción de un personaje con aire siniestro que se había parapetado en la bancada del coro de la basílica de San Próspero. Después de rogarle que se acercara porque una valla nos impedía aproximarnos a él, y una vez le preguntamos por Gioconda, soltó: “¡¡Niente di Gioconda, qui‼”. ¡Vaya susto! Un poco más y se nos cae encima una escultura de la susodicha que había allí mismo, en una entrada lateral del coro. Por no hablar de dos cuadros que se conservan en la sacristía y que, por supuesto, no nos dejó ver.

En 2010 los restos de Gioconda fueron exhumados para que una arqueóloga y antropóloga forense los estudiara y determinara si eran auténticos. Los resultados de ese análisis científico, diez años después, no han sido revelados, a pesar de que la operación se anunció a bombo y platillo. ¿Será que sus huesos no eran del siglo V?

Restos óseos de Gioconda, exhumados en 2010 en Reggio Emilia para su análisis y datación científico-forense.

Lo que ignoraban en Reggio Emilia es que Gioconda no estaba entera en su urna: le faltaba, como mínimo, un huesecillo que llegó como reliquia a la iglesia de Santa María de Bujarrabal en 1671 y que fue el detonante para que a Gioconda, castellanizada como Yocunda, Yucunda o Iucunda (que de las tres formas se ha escrito tradicionalmente), se la erigiera en patrona del pueblo. Al año siguiente, una pareja de Bujarrabal llamó “Iucunda” a una hija, pero el nombre no debió tener mucha aceptación —y con razón, por su rareza— porque hasta 1702 no volvió a aparecer en el libro de bautismos.

E incluso, según contaban los mayores de Bujarrabal, era tan desconocida Yocunda hasta hace bien poco que los curas se pensaban que se trataba de Catalina, la santa que tiene adjudicado también el día 25 de noviembre, ya que la otra no aparece en ningún calendario.

Santa Yocunda (siglo XVIII), imagen conservada en la iglesia de Bujarrabal.

En fin, el viaje a Reggio Emilia no fue definitivo para averiguar algo inédito de Gioconda, pero pudimos añadir a su historial unas cuantas anécdotas y algunas de sus otras “caras”. Todo eso no nos sirvió para certificar nada sino más bien para acentuar su confusa y popular leyenda, que en definitiva era lo que más nos interesaba.

 

Félix Badillo y Rodrigo. Un artista seguntino en la cuneta del anonimato

La memoria, por esencia y sin ser manipulada, es la que hace permanecer en el recuerdo individual o colectivo lo relevante de lo ocurrido. La memoria no puede ser tratado de nada ni ser sometida a interpretación alguna, es la que es. La memoria, al ser de algo, es inmanipulable, como ese “algo”, al fin de cuentas una realidad incontestable vetada a cualquier interpretación que distorsionaría esa realidad. Sigüenza goza de un glorioso pasado por su esplendor histórico, hoy aprovechado en una desenfrenada apuesta turística. En esa velocidad de vértigo se nos quedan legajos entre las tinieblas del pasado. Sombras que silencian hechos, acontecimientos, personajes y figuras que por sí mismas deberían tener la luz propia del reconocimiento y, desde luego, del recuerdo. A dónde vamos, Sancho, sin saber destino ni recordar el punto de partida.

Tienda de asilo del distrito de Palacio. Madrid (La ilustración Española y Americana, 1889).

Por un chivatazo de un buen amigo, docente él y hombre conciliador, Felipe Sanz, llegó a mis manos información sobre un pintor seguntino de primera línea, Félix Badillo y Rodrigo (Sigüenza, 1848 – Madrid, 1895), uno de esos artistas que en nuestra ciudad hubieran tenido una calle si no fuera porque nos sumergimos sin respirar en los Agén, los Mendoza, Cisneros, Vázquez de Arce, Santillana o Figueroa y que por su alta alcurnia propiciaron abundancia a este enclave de piedra rojiza y marchamo romano. Y de agradecer.

Me llama la atención que con tanta cultura archivada en los pliegos de las grandes familias nadie rescatara a ilustres artistas nacidos o vinculados estrechamente a Sigüenza. Hace años, María Antonia Velasco, Alicia Davara y Lorenzo de Grandes, se empeñaron en recuperar el talento de unos de los mejores artistas nacidos en nuestra ciudad durante el siglo XX, Francisco Santa Cruz; un inexplicable vacío era rellenado. El Arte, amigo Sancho, no es valorado en estas tierras. Acaso admirado pero sin advertir el esfuerzo y creatividad del autor. Somos testigos hieráticos sin inquietarnos el guión.

El hecho es que comencé a indagar sobre nuestro anónimo artista, como digo, nacido en Sigüenza en 1848. Cual fue mi sorpresa cuando comprobé que fue retratista real, de Alfonso XII, la reina Regente María Cristina y de su hijo el rey Alfonso XIII.

He de aclarar que desde Velázquez, la monarquía sufragó el arte español más cualificado hasta la primera República. El museo del Prado, del que ahora celebramos su bicentenario, es lo que es gracias al mecenazgo de la Corona española, con especial relevancia de María Isabel de Braganza, reina consorte de Fernando VII, quien, por su especial sensibilidad artística, compró y adquirió lo mejor del mercado europeo de su época, además de potenciar y proteger a lo más granado de los artistas nacionales. Siempre he dicho que España es una magnífica fábrica de artistas pero los españoles unos pésimos consumidores. Cosas veredes, amigo Sancho, que non crederes. 

Nuestro protagonista no sobrevivió al siglo XIX pues falleció en 1895 en Madrid. Joven, porque no cumplió los cincuenta. Sin embargo, y tras estudiar en Molina de Aragón y en el Instituto de Guadalajara, dejó su impronta artística siendo premiado en ese centro en 1868.

Por su talento marchó a Madrid y estudió en la Escuela Especial de Pintura siendo también copista en el Museo del Prado. Descubrió por entonces su inquietud por la litografía y los grabados en sus diferentes técnicas, muchos de una calidad sublime. También los compaginó con el dibujo, colaborando en distintas revistas de la época, especialmente en la de La Ilustración, fundada por Abelardo de Carlos –no confundir con el medio coetáneo del mismo nombre creado por Fernández de los Ríos-. Hizo sus pinitos, igualmente, con otras publicaciones de la provincia y otras de ámbito nacional. En 1877 la Diputación de Guadalajara le encargó un retrato del rey Alfonso XII. Entenderás mi complicidad con el artista, amigo Sancho.

He de advertir que la revista La Ilustración Española y Americana, nombre completo, nació al albur de otras publicaciones europeas, de las más vanguardistas en la órbita cultural y de ensayo, principalmente de la británica Illustrated London News o de sus versiones alemana, francesa o italiana, Die Illustrierte Zeitung, L’Illustration o Le Monde Ilustré y la Illustrazione Italiana, respectivamente. Sus temáticas eran costumbristas, lejos del fragor político de la época, e incluían secciones literarias, moda, críticas teatrales, ciencia o gastronomía, en definitiva, lo que pueden encontrar en el periódico que sujetan ahora sus manos. La sub leyenda de la revista rezaba “Periódico de ciencias, artes, literatura, industria y conocimientos útiles” y sorprende el elenco de ilustres escritores colaboradores, entre otros, Valle-Inclán, Unamuno, José Zorrilla, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán o Leopoldo Alas “Clarín”, además de relevantes políticos como Emilio Castelar, Fernández de los Ríos o José Velarde. No iba a la zaga el lujoso ramillete de ilustradores y pintores como José Luis Pellicer, Alejandro Ferrant, Simonet, Juan Comba, Alfredo Perea o Domingo Muñoz Cuesta, ilustre cantera que avala la categoría del propio Badillo.

Retrato de Andrés Mellado y Fernández.

Por más que he indagado, no he encontrado dibujo o fotografía que nos plasmara el rostro de nuestro protagonista al que, por ende, no se le conoce autorretrato alguno. Y eso que lo practicó, el retrato, en múltiples versiones, destacando, además de la del óleo, las que hizo para xilografías o en acuarela y guache sobre oblea de hueso de vaca. Y en dimensiones especialmente reducidas, en torno a 5 x 4 centímetros, más propicias para coleccionistas o remates para relojes, polveras o colgantes de la época. Circulan en las casas de subastas numerosos “mini retratos” firmados por “F. Badillo” codiciados por caprichosos coleccionistas. Erróneamente, en ocasiones, adjudican su autoría a otro pintor sevillano, Francisco Badillo, cuando ni por estilo ni especialidad coinciden con la obra.

Quien nos ocupa pintó y dibujó retratos a múltiples personalidades de la época, especialmente mediante la técnica xilográfica. Sus periódicas colaboraciones en La Ilustración Española y Americana, extendió su obra figurativa a una buena parte del panorama público del momento. Caben destacar los que realizó al periodista, político y académico Andrés Mellado, Gaspar Núñez de Arce, poeta y político español y presidente de la Sociedad de escritores y artistas, Manuel Tamayo y Baus, dramaturgo, al ministro Ramón María Calatrava Peinado, al almirante Joaquín Gutiérrez de Rubalcava o al presidente de la I República, Nicolás Salmerón.

También realizó litografías de tamaño muy superior como las de los hermanos Carlos y Alfonso de Borbón o los líderes carlistas Castells, Dorregaray, Savalls y Velasco.

Sin menospreciar los encargos para obras de mayores dimensiones, principalmente de óleo sobre lienzo, como el ya comentado de Alfonso XII, un busto de la reina María de las Mercedes o el de Antonio Alcalá-Galiano, por entonces gobernador de nuestra provincia. Por ello le concedieron una medalla de plata en reconocimiento a su trayectoria. Que para mi quisiera los parabienes de los demás si en verdad me los merezco, querido Sancho, porque premiar y no premiar por los mismos méritos, agravio se me antoja.

De estilo claramente costumbrista y romántico, impregnado de la corriente histórica del momento y probablemente influido por pintores de la época y en ese estilo, como Madrazo, Pérez Villamil o Eduardo Rosales, la especialización depurada en otras técnicas de reproducción catapultan a Félix Badillo y Rodrigo a un nivel artístico singular y sin duda meritorio, y desde luego motivo de reconocimiento. Vale.

Emilio Fernández-Galiano