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1810: el verano que el General Hugo pasó en Sigüenza

En Sigüenza el año pasado, mi amigo Francisco Javier Franco me habló de su colección de botones antiguos encontrados por la zona de La Alameda. Este año le pedí verlos para catalogarlos y qué duda cabe que tiene algunos realmente interesantes de diferentes épocas: Guerra de la Independencia, carlistas e incluso uno de carabineros de nuestra última guerra civil.

Botón del 3º Regimiento de Prisioneros Españoles de Fortificaciones.

Históricamente uno tiene un valor relevante, es el de 3º de Prisonner spagnol de fortifications (3º Regimento de los Prisioneros Españoles de Fortificaciones). Posiblemente llegó aquí a Sigüenza con las fuerzas que el General Hugo trajo aquel verano de 1810.

Ya habían pasado veinte meses de los acontecimientos del 2 de Mayo en Madrid, donde un pueblo, armado con palos, navajas y tijeras, se había visto obligado a defenderse en principio nada menos que del Regimiento de Los Marinos de la Guardia Imperial, que se encontraban acuartelados en el Palacio Grimaldi a menos de cien metros de la puerta del Palacio de Oriente.

Los Marinos de la Guardia son los mismos que Francisco de Goya plasmó en su cuadro “Los fusilamientos del 3 de Mayo”.

General Hugo.

Aquel 29 de junio el general Hugo llega a Sigüenza con 3.000 soldados y tres cañones. Toma el castillo donde se encuentra con 30.000 fanegas de trigo. Yo al leerlo lo primero que hice fue preguntar a cuántos kilogramos equivale una fanega de trigo y me dicen que entre 40 y 42 Kg. Y que caben en un saco. Así que el general Hugo se encuentra el equivalente a 30.000 sacos de trigo. Muchas fanegas de trigo me parece a mí. Pero, yo ahí lo dejo.

A la llegada de los franceses Juan Martin el Empecinado, que tiene su cuartel general en Sigüenza desde el 11 de noviembre de 1810, se retira y monta un dispositivo de bloqueo por el cual nadie puede entrar ni salir de la ciudad.

Los caminos, las trochas, las veredas están controladas por los patriotas y cualquier correo francés o cualquier patrulla que quiera entrar o salir es obligada, si tiene suerte, a volver a Sigüenza o a su punto de procedencia.

En España el general Hugo es gobernador de Segovia, y José I no está dispuesto a consentir que un guerrillero español pueda campear por toda Guadalajara, Cuenca e incluso por parte de la provincia de Madrid y decide enviar para solucionar el problema a alguien que ya tiene experiencia en combatir guerrilleros.

Durante el tiempo que pasó en Italia, Hugo combatió contra un fraile guerrillero al que llamaban “Fra Diábolo” al que consiguió apresar. El rey José también le advierte que “El Empecinado” ya ha vencido a los lanceros polacos de la Legión del Vístula.

La situación en Sigüenza es insostenible, no llegan ni salen correos, no llega comida y la población llega a padecer las consecuencias del bloqueo a la ciudad.

Juan Martín El Empecinado.

 

La primera batalla de Guijosa

El 7 de julio de 1810 el general Hugo decide romper el bloqueo y envía tropas camino de Medinaceli y Alcolea del Pinar por el Camino Real de Herradura que sale de Sigüenza pasa por la parte de abajo del Cerro del Otero y sube por el Barrancazo hasta los Altos Eriales y Valdehierro, en el término de Guijosa.

Es un camino ondulante donde no se puede contemplar el horizonte ya que se van alternando los vallejos y los cerrillos hasta que de pronto los franceses se encuentran con la línea de fusileros españoles.

Juan Martín el Empecinado ha dispuesto a la salida de Guijosa una línea de combate con 1200 infantes a la derecha de la salida del pueblo y ha escondido 600 soldados de caballería en la lastra a la izquierda que no son vistos por los franceses.

El regimiento Irlanda carga contra nuestra infantería que aguanta el primer ataque. Vuelven a atacar esta vez con la caballería del regimiento Westfalia y el regimiento francés de Extranjeros que hace retroceder la línea española.

En ese momento aparece la caballería del Empecinado que carga desde la Lastra y sorprende a los franceses de costado, y el combate se generaliza. Pasado un tiempo, procedentes de la zona del rio Henares, siguiendo la curva que dibuja el arroyo Quinto llegan al combate la caballería del Cura Merino, de Mina y el Cura Tapia que se unen al combate y están a punto de pillar a los franceses por la retaguardia. El combate dura cinco horas y los contendientes se retiran reclamando la victoria para cada bando.

El general Hugo reclama la victoria a pesar de volverse a retirar a Sigüenza

Benito Pérez Galdós en su libro sobre Juan Martín el Empecinado también cita este pasaje haciendo mención a Guijosa.

El General Hugo abandonará Sigüenza el 29 de septiembre de 1810. Ya al final de sus andanzas por España, le toca organizar y proteger el gran convoy que acompaña al rey José camino de Francia en su retirada definitiva en 1813. En sus memorias escritas el General Hugo llegó a decir: “Al principio yo iba detrás del Empecinado, pero luego él iba detrás de mi”.

Al Brigadier D. Juan Martín el Empecinado aún le quedan más batallas por librar en Sigüenza contra los franceses. La de Barbatona en 1811, la batalla del Rebollar en 1812 y la segunda Batalla de Guijosa en 1813.
Pero esas son ya otras historias.

Manuel Sevilla
miembro del Foro para el Estudio
de la Historia Militar de España

Las brujas de Barahoma: entre el teatro y la historia

Si no la conocen busquen y lean una obra de teatro, entre lo mejor de la segunda mitad del siglo XX, titulada precisamente “Las brujas de Barahona”. Debemos esta magnífica obra dramática a Domingo Miras. Apréndanse este nombre, porque la Barahona del título es la misma localidad tan cercana a Sigüenza; suelo pasar por allí con una cierta frecuencia y siempre las recuerdo. Pero no piensen ustedes en monjas seguntinas, no eran de aquí.
Domingo Miras, para preparar su obra miró en el archivo de la Inquisición de Cuenca, viendo los procesos de algunas brujas de tiempos diversos, y sirviéndose literariamente para dar cuerpo a su obra.

Las voy a nombrar solamente: Quiteria de Morillas, la principal protagonista, era de Sacedón y Francisca la Ansarona era de Pareja, ambas procesadas en 1527; otra bruja de Pareja, procesada en 1528 fue absuelta; también se sirvió de María Parra, bruja de Sacedón, y de Ana la Roa, igualmente de Pareja, pero ya ambas procesadas en 1554. Naturalmente leyó los relativos procesos, que ayudaron a su inspiración.

El tema de la brujería ha dado mucho para la fantasía de la gente, pero demos una ojeada por fuera de los Pirineos.
Durante cuatrocientos años, desde el siglo XV hasta el XIX, cuando acabó la Inquisición, los que mejor hemos tratado a las brujas hemos sido los españoles, hemos matado a pocas, muy pocas en comparación con los países del centro y norte de Europa.

Voy a dar números porque nuestros inquisidores fueron unos benditos en comparación con los alemanes, italianos del norte, suizos, etc.

Sí, porque los alemanes y demás tenían una auténtica manía con eso de las brujas y en esto no había distinción, también creían en la brujas Lutero, Melanchton o Calvino quien hizo quemar en Ginebra, por brujería, en 1545, a treinta y una personas.

La cosa venía de la obsesión de los nórdicos con el diablo, que aparece por todas partes, y Lutero era uno que lo tenía frecuentemente en su pensamiento, formando parte de sus temores. Y como las brujas eran gente que pactaba con el diablo, de ahí los temores a las brujas, tan extendidos por los países de la Europa central que creían en las reuniones de brujas los sábados y especialmente el 1 de Mayo (Walpurgisnacht) cuando celebraban sus aquelarres con el demonio.

En el siglo XV la persecución de las brujas se hizo sistemática y en el cantón suizo de Wallis o Valais fueron quemadas más de doscientas en año y medio y grupos de mujeres fueron quemadas en Hamburgo, Heidelberg, Nassau, Hildesheim y la cosa perduró hasta el s. XVIII. En 1570 unas 60 mujeres acusadas de brujería perdieron la vida en Quedlimburgo; en Rostock fueron 16 la brujas ajusticiadas en 1584 y en Wolfenbüttel en 1590 hubo días en que quemaron a diez o doce brujas. Para qué seguir.

Vamos a pasar a casa. Han quedado famosas las brujas de Zugarramurdi, de 1610. Con ellas tuvo una relación indirecta un obispo seguntino, don Antonio Venegas y Figueroa, a quién tocó vivirlo indirectamente, siendo obispo de Pamplona antes de venir a Sigüenza. El obispo Venegas pensaba que todo era una gran tontería.

Y es que el tema de las brujas había surgido al otro lado de los Pirineos, en el Lapurdi en zona francesa, y ante semejante problema llegó un funcionario de Burdeos que acabó quemando ochenta brujas. La cosa pasó a este lado de los Pirineos y se comenzó a hablar de brujas. El obispo recorrió la zona en visita pastoral y acabó haciéndose la idea de que todo era una tontería, pero claro la cosa dependía de los inquisidores de Logroño, que acabaron personándose en la zona y quemando a cuatro mujeres y dos hombres. De los dos inquisidores de Logroño que habían intervenido, uno se arrepintió enseguida y lo puso por escrito, de manera que, llegado un jefe con buena cabeza, la Inquisición acabó pidiendo perdón a las familias de los ajusticiados. Lo que en el resto de Europa hubiera sido una leve sentencia, para la inquisición española fue un escándalo.

A finales del s. XV tenemos ejemplos de magia y superstición respeto a las brujas en la zona molinesa; de manera que Aldonza Fernández, de raíz judía, por miedo a las brujas ponía en la cama de sus hijos varones bragas, y trébedes cerca de la habitación y ruda (una planta medicinal) y un asador, porque eso impedía venir a las brujas.

Para su obra teatral, Domingo Miras se sirvió también del proceso de Juana de Ortega, mujer de Domingo Catalán, que en Molina fue acusada de brujería en 1553, y de haber dado por eso muerte a un niño .  

También por Sigüenza hubo brujas y encontramos acusadas de hechicería a Blanca de Cenadilla, mujer de Pedro Cenadilla, de Sigüenza, procesada en 1492-1494, y una de la pocas relajadas. María González, mujer de Hernán, platero, de Sigüenza, en 1494, relajada pero ya difunta.

De Cifuentes eran Romera Sánchez, mujer de Alonso González de Frías, que fue penitenciada en 1494. Elvira Núñez, mujer de Juan López, penitenciada en 1494, y Leonor López, mujer de Alonso López Gordillo, que, en 1494, fue reconciliada.
Por Molina de Aragón tenemos a Aldonza Ximénez, mujer de Pascual Dasy,  reconciliada en 1495, Juana Rodríguez, mujer de García Rodríguez, penitenciada en 1497, mientras María Fernández, mujer de Fernando de Burgos, se vio absuelta, también en 1497.

El nuevo siglo comienza en Caracena con los maleficios de Constanza de Quirós en 1526, pero luego vemos brujas y hechiceras también por tierras de Molina de Aragón, donde encontramos, en 1530, a Águeda de Luna que, siendo de Hinojosa, afirmó en el proceso que se reunían en la laguna de Gallocanta; siempre en Molina encontramos en 1567 a María Bernal.

En Rienda en 1562 vivía Juan de Jodra, acusado de ensalmos y hechicerías; en Durón, en 1571 residía la vieja bruja Francisca y en ese mismo año 1571 vivía en Ayllón Juana Martínez, también acusada de brujería.

De hechicerías resultó absuelta en 1540 Delfa Martínez, que era de Peralejos.

En fin que siempre ha habido brujas y brujos pero que la bonita pieza teatral, que vuelvo a recomendar, es eso literatura. El autor se ha inspirado, y nunca lo ha ocultado, en personajes históricos, pero de épocas diversas, no siempre fácil de coordinar para hacerlas coincidir en los campos de Barahona. La literatura es una bonita contribución a la cultura y la historia también.

Pedro A. Olea Álvarez

El blasón de la ciudad de Sigüenza

La inmensa mayoría de los seguntinos conocen sobradamente el blasón de su municipio. No en vano existen hasta ocho labras del mismo en sendos pórticos o fachadas de otros tantos edificios históricos de la ciudad que todo el mundo puede ver aunque no me consta si también pueden disfrutar o valorar.

Versión del autor.

Trae por armas la ciudad de Sigüenza escudo español partido en dos cuarteles:

A la derecha, de azur y sobre unas rocas en su color, un castillo donjonado de oro, aclarado de gules y mazonado de sable.

A la izquierda, de gules, un águila pasmada de sable, coronada de oro a la antigua, que sostiene en sus garras un hueso humano en su color.

Al timbre la Corona Real.

 

Pero ¿qué se debe entender exactamente por blasón?

El Diccionario Heráldico lo define como una representación gráfica, generalmente con forma de escudo, que contiene los emblemas que representan simbólicamente una nación, una ciudad, un linaje, etc.

Pero para tener una idea más completa conviene también tener en cuenta lo siguiente:

Que desde tiempo inmemorial el elemento defensivo por excelencia usado por los combatientes fue el escudo.

Que a partir del siglo XII —y por la necesidad de distinguirse los caballeros en el campo de batalla— creyeron oportuno pintar sobre los escudos los emblemas elegidos por los propios caballeros u otorgados a éstos por sus soberanos, razón por la que comenzaron a denominarse escudos de armas.

Que estos escudos de armas y lo que representaban se hicieron pronto hereditarios y los afectados decidieron organizarse mediante un sistema de reglas y de un lenguaje propio que permitiera describir con la mayor exactitud las armerías y, por otro lado, su concesión quedó restringida a una prerrogativa real que se ejercía a través de los llamados Heraldos, cuya cabeza visible recibía el título de Rey de Armas.

Que en el siglo XV, ese conjunto de reglas propias debidamente organizadas para la correcta interpretación y confección de los blasones o escudos de armas, constituyeron lo que hoy conocemos como Heráldica o Ciencia del blasón.

Que más tarde su uso se extendió a toda clase de soportes: cuadros, telas, joyas, fachadas de las viviendas, monumentos funerarios y otros.

Así pues, la Heráldica no sólo es un campo de expresión artística y un elemento del derecho medieval y de las dinastías reales que ha llegado hasta nuestros días con plena vigencia sino que, además, desde el siglo XVII, la Heráldica está considerada como una ciencia admitida dentro de las ciencias anexas de la Historia junto con la Paleografía, la Diplomática, la Epigrafía, la Sigilografía, la Vexilología, la Genealogía y la Falerística aunque no se conoce con precisión cuándo nació la Heráldica como ciencia en el sentido en que la definía el Marqués de Avilés: “El Blasón es el Arte que, con términos y voces propias de él, enseña en la inteligencia del escudo de Armas la de los esmaltes, figuras y ornamentos, el orden de componerles con reglas y preceptos ciertos, al modo que le tienen todas las demás Facultades y Ciencias” (Ciencia Heroyca, reducida a las leyes heráldicas del blasón (Barcelona, 1725)

Pero no queda aquí la cosa porque, en función de su aplicación, la Heráldica se clasifica en las siguientes ramas:

Heráldica gentilicia: que se ocupa de los individuos, familias o linajes.

Heráldica militar: de las personas, instituciones y cuerpos o entidades militares.

Heráldica eclesiástica: de las personas, instituciones o entidades eclesiásticas.

Heráldica civil: de las entidades territoriales que se subdivide a su vez en nacional, provincial y local y en el caso de España, de las Comunidades Autónomas.

Heráldica corporativa: de las entidades públicas o privadas, de carácter civil como Universidades, Colegios y Asociaciones profesionales, clubes deportivos, sindicatos y otros.

Heráldica industrial: de marcas o productos elaborados por las empresas.

Y por si fuera poco, todas estas ramas de la Heráldica están sujetas a unas determinadas Reglas y Leyes que conviene conocer aunque sea de forma somera:

Regla I.- Forma del escudo. Se refiere a la forma exterior del escudo sin adornos ni añadidos y se corresponde con la superficie del escudo que usaban los caballeros medievales donde primitivamente dibujaban sus armas. Los escudos más antiguos solían tener forma triangular y con el paso del tiempo fueron cambiando para adaptarse a la necesidad de incorporar nuevos elementos o modas.

Pueden establecerse una serie de tipos comunes que se han ido manteniendo a lo largo de la historia en los países europeos y que se denominan con el nombre del país al que pertenecen: español, francés, alemán, inglés, italiano, cada uno con su forma característica. Además, atendiendo a la condición del titular del escudo, se denominan: eclesiásticos, doncellas o viudas o armas matrimoniales, cada uno con su forma característica

Regla II.- Campo y Particiones. Se denomina campo del escudo al espacio comprendido dentro de las líneas que limitan el mismo y también se denomina campo al fondo de cada una de las particiones en que se divida el escudo. Éste puede ser simple o compuesto en función del número de divisiones o particiones que contenga. Los más comunes son: partido, cortado, tronchado, tajado, terciado, cuartelado, jironado, cortinado, mantelado, calzado, embrazado, contraembrazado, encajado, enclavado, adiestrado, siniestrado, flechado... y las combinaciones que de ellos se hagan.

Regla III.- Esmaltes. Se denomina esmaltes a los colores con que se pintan tanto el campo como las figuras del escudo y se dividen en metales y colores. Son metales el oro y la plata, que en la práctica pueden ser sustituidos por amarillo y por blanco. Colores son: gules (rojo), azur (azul), sinople (verde), púrpura (morado), y sable (negro). Además de éstos, que son los básicos, pueden usarse todos los colores naturales de animales, plantas, construcciones y el color de la piel humana para las personas (carnación).

Regla IV. Figuras

Se denominan Figuras o Piezas a todos los objetos que se colocan en el campo del escudo. Los heraldistas distinguen cuatro clases de figuras:

Heráldicas, como el jefe, el palo, la banda, la faja, la cruz, el aspa o sotuer y la bordura;

Naturales, como las figuras humanas, los animales, las plantas, los astros y meteoros;

Artificiales, como coronas, castillos, torres, cadenas, herramientas y

Quiméricas, como dragones, grifos, sirenas, etc.

Aunque en la actualidad las excepciones en la Heráldica van camino de convertirse en norma —especial y desgraciadamente en la Heráldica Municipal española— hay que dejar muy claro que existen ciertas Leyes fundamentales que deben tenerse muy en cuenta a la hora de disponer los elementos de un escudo.

Ley Primera.- Jamás debe ponerse metal sobre metal ni color sobre color.

Ley Segunda.- Las figuras propias de las Armerías deben estar siempre colocadas en el lugar que les corresponde.

Ley Tercera.- Los escudos en los que aparecen las figuras naturales, artificiales o quiméricas, si aparecen varias de estas figuras, pueden colocarse una sobre otra, pero cuando se trata solo de una, lo correcto es colocarla en el centro del escudo.

Ley Cuarta.- En los casos de las figuras que no son piezas honorables y existen en el escudo en número de tres, se ponen dos en jefe y una en punta.

Ley Quinta.- Los adornos exteriores del escudo reciben el nombre de timbres. Originariamente los timbres no formaban parte del blasón y podían variar a voluntad del titular. Los más usados son: coronas, yelmos, bureletes, cimeras, lambrequines, tenantes y soportes; mantos, banderas, cordones y palmas, encomiendas y collares de las Ordenes Militares, pabellones, divisas, y la voz de guerra. Las coronas se representaron a partir del siglo XVII. La posición y la decoración de coronas y yelmos indican los grados en la jerarquía de los títulos. Los timbres eclesiásticos son la tiara pontificia, capelos, mitras, báculos, cruces, sombreros, rosarios y borlas. Los soportes son las figuras que sostienen el escudo y pueden ser figuras humanas o semihumanas (tenantes) y animales u objetos inanimados (soportes propiamente dichos). Los lambrequines han de ser siempre de los esmaltes del campo y de las figuras del escudo.

Ley Sexta.- En armería debe usarse siempre de los términos propios del arte.

Ley Séptima.- Todas las cimeras que son humanas, de animales y de aves, deben ponerse de lado, mirando a la diestra.

Regla V. Forma de blasonar

Blasonar es disponer convenientemente el escudo de armas de una ciudad o familia según la regla del arte. Para interpretar correctamente un escudo hay que tener en cuenta que este se personifica, es decir que la derecha del escudo se corresponde con la izquierda del observador y viceversa y que, longitudinalmente, de arriba abajo, el escudo se divide en jefe, centro y punta

 

Esta disertación podría alargarse durante horas, pero como de lo que aquí se trata es de dejar constancia de que la Heráldica dista mucho de ser un pasatiempo banal, quiero dejar meridianamente claro que nadie debiera utilizarla sin rigor científico para alterar caprichosamente las piezas o los esmaltes de ningún escudo, especialmente si se trata del escudo municipal de Sigüenza que ha venido representando a esta ciudad secular y a sus gentes desde sus remotos orígenes, porque según la clasificación de Vicente de Cadenas y Vicent (Fundamentos de Heráldica, Ciencia del Blasón, Hidalguía, Madrid, 1975), el blasón de Sigüenza pertenece a las llamadas armas remotas cuyo origen se pierde en el tiempo. Es decir, que nadie sabe por qué ni cuándo empezaron a ser usadas. Pero sí se sabe que el primer testimonio documental de las armas de Sigüenza que ha llegado hasta nosotros es un sello de doble impronta del año 1252 que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional. Su anverso está irreconocible pero en su reverso se distingue claramente un castillo de tres torres, lo que hace deducir que parece poco probable que las figuras del blasón de Sigüenza sean las armas de los dos primeros obispos y señores de la ciudad porque cuando estos clérigos fallecieron (Don Bernardo de Agén en 1143 y Don Pedro de Leucata en 1156) todavía no se había extendido en Castilla el uso de los Escudos de Armas entre los más importantes guerreros, por lo tanto, con menos razón los iban a usar los clérigos.

Un segundo testimonio documental del blasón seguntino se encuentra en la Historia de la Diócesis de Sigüenza y de sus obispos, de Fr. Toribio Minguella y Arnedo, de donde lo toma Adrián Blázquez Garbajosa al narrar la pleitesía que rinde el Concejo al obispo D. Juan II, Abad de Salas, en su toma de posesión de la diócesis el 26 de diciembre de 1361, mediante un escrito firmado por todo el Concejo y legalizada por [...] su seello redondo de dicho concejo en cera blanca [...] en el cual seello avia figuras de castiello e de águila.

Los primeros escudos labrados en piedra aparecen en Sigüenza a finales del siglo XV o comienzos del XVI, época en la que Castilla gozaba de gran prosperidad. Fue por aquel entonces cuando ocuparon la sede episcopal seguntina de forma sucesiva Don Pedro González de Mendoza (el Cardenal Mendoza, desde 1467 a 1495) y el Cardenal Bernardino López de Carvajal y Sande (desde 1495 a 1519). Durante el pontificado de este último fue construida la Casa del Concejo (el Ayuntamiento Viejo), edificio en cuya fachada se encuentra el mayor y mejor conjunto de escudos en piedra de Sigüenza.

Figura 1

En uno de ellos, español y partido, situado a la izquierda del escudo de los Reyes Católicos (f1) y que, a mi entender, es el más hermoso de todos ellos, aparecen las armas de la ciudad. Y recalco “ciudad" porque en su cuartel derecho, sobre unas rocas, aparecen tres torres cercadas por una muralla símbolo heráldico de ciudad y, a la izquierda, el águila más bellamente esculpida del conjunto. Es esta la única representación de la ciudad amurallada que encontraremos porque, en los restantes escudos, aparece un castillo y, más tarde, sin duda por ignorancia del cantero o del mecenas, el castillo aparece convertido en una simple torre, inexplicable degradación heráldica y arquitectónica que llega hasta nuestros días, fenómeno que debió ser contagioso porque otro tanto sucedió con la figura del águila ya que, con el paso del tiempo, aparece convertida en ave indefinida y escuálida.

Figura 2

Otro de estos escudos se encuentra en la fachada del edificio que fue utilizado como archivo (La Torrecilla) (f2). Sus características escultóricas hacen pensar a los eruditos que este escudo, español y partido, fue esculpido por Martín de Vandoma en la segunda mitad del siglo XVI. En él se aprecian los mismos elementos y con similar disposición que en el resto de los escudos sin que quede vestigio alguno de sus esmaltes originales: a la derecha un robusto castillo calado (puerta y ventanas abiertas) asentado sobre rocas. A la izquierda una magnífica águila pasmada (a punto de levantar el vuelo) y coronada de oro a la antigua.

Quiero hacer notar que en otros escudos municipales seguntinos labrados en piedra —portada de El Pósito, fuente de la Plaza de Don Bernardo, arquería superior de la antigua Sede de los Deanes Capitulares, (actual ayuntamiento)— aparecen algunas figuras novedosas, concretamente la de un hueso humano o un bastón sujetos por el águila y la de una cartela más o menos barroca, de las que se desconoce su razón de ser.

Como dije antes, en las calles de la Sigüenza medieval se pueden encontrar hasta ocho representaciones en piedra del blasón seguntino claramente visibles que constituyen una verdadera exposición escultórica al aire libre y que, a mi entender, son documentos insuficientemente protegidos de la intemperie seguntina y de otras inclemencias, corriendo grave riesgo de resultar dañadas o, incluso, de desaparecer. De ellas se puede obtener información suficiente para conocer las figuras pero no sus esmaltes que ya se han perdido.

Las reproducciones del blasón seguntino en las que, además de sus figuras, aparecen sus esmaltes, se hallan en soportes más delicados y mejor custodiados que los anteriores, como son:

En el libro “Rasgo Heróico. Declaración de las empresas, Armas y Blasones con que se ilustran muchas ciudades y villas de España” (Antonio Moya, 1756) en el que el autor lo describe así:

en primero, de Azur, Castillo de Oro; en segundo, de Gules, Águila de Sable, con las alas baxadas, coronada a la antigua, y un Hueso principal del cuerpo humano en las garras.

Figura 3

En la Biblioteca Nacional de España (publicación de Francisco Piferrer, 1860), cuyo autor lo describe como sigue: (f3)

Escudo partido; en el primero un castillo sobre peñas, y en el segundo un águila de sable esplayada y coronada, con un hueso asido en el pié derecho.

En la publicación “VIII Centenario de la Reconquista de Sigüenza” (Julián Moreno, 1924), cuya descripción es más detallada que las anteriores:

Trae por armas la ciudad de Sigüenza escudo partido en dos cuarteles: en el de la derecha, [...] castillo de oro en campo azur; y en el de la izquierda, águila pasmada en sable, con corona y sosteniendo con sus garras un hueso humano (el fémur) todo en campo de gules.

Figura 4

En los archivos municipales seguntinos, donde se custodia la correspondencia oficial mantenida entre el Excmo. Ayuntamiento y el Ministerio de Gobernación por la que este requirió al ayuntamiento la remisión de un diseño del escudo municipal y la documentación de índole histórico-tradicional que lo avalara, correspondencia que culminó con la aprobación de dicho escudo por parte del ministerio con fecha 19-julio-1965. Este es el diseño del escudo que hasta la actualidad viene utilizándose oficialmente y en el que se puede comprobar que el castillo roqueño aparece transformado en una humilde torre de oro en campo de azur y el águila real en una famélica avecilla de sable en campo de gules, arropados ambos por una innecesaria cartela decorativa y en el que aparece al timbre una corona ducal cuando debiera ser una Corona Real cerrada (f4).

Yo estoy convencido de que el blasón municipal seguntino ha tenido mala suerte y que el paso del tiempo le ha sentado fatal porque sus figuras han venido perdiendo entidad y sufriendo variaciones inexplicables. Basta con subir a la Plazuela de la Cárcel —que para los efectos es como remontarse a los siglos XV-XVI— para comprobar que, en aquel remoto entonces, el blasón seguntino era un blasón en toda regla, y nunca mejor dicho.

Figura 5

Finalmente, y aun resultándome penoso, me siento obligado a dedicar unas palabras al diseño más reciente (f5) del blasón municipal con el que estoy en total desacuerdo. En mi opinión no es más que un pésimo remedo sin sentido del aprobado en el año 1965 en el que, además de cometer los mismos errores que el primero, esquematiza y simplifica sus elementos heráldicos sin pudor introduciendo como novedad la falta de respeto a sus esmaltes —a excepción del campo izquierdo de gules— y jugando, eso sí, con los colores del escudo oficial de la JCC Castilla La Mancha (D.132/1983, 5-jul y D.115/1983, 12-nov) situándolos en cuarteles cambiados, es decir, utilizando un lenguaje heráldico desconocido que conduce a la confusión y que despierta no pocas susceptibilidades. La mayoría de las veces lo he visto publicado en documentos municipales digitales acompañado de las palabras “Ayuntamiento de Sigüenza” cuando la realidad es que, heráldicamente, su imagen no es representativa de nada ni de nadie. En definitiva, creo que se ha perpetrado una modificación del blasón municipal al margen de lo legislado para tales menesteres y sin consultarlo con los seguntinos a quienes, desde luego, tampoco representa.

Y por si sirviera de utilidad, quiero terminar citando a la Real Academia Española cuando define la palabra diseño como “Concepción original de un objeto u obra destinados a la producción en serie”, definición que me induce a reflexionar y a concluir lo siguiente: si la concepción del objeto ha de ser original, no hay mejor originalidad que la de volver al ORIGEN.

Ernesto A. Alcolea Jiménez

 

El abuelo que se acostó en Soria pero se despertó en Guadalajara

Si a mi abuelo le hubiera dicho que su abuelo —es decir, mi tatarabuelo— experimentó en sus propias carnes el fenómeno de la bilocación cuando era solo un niño, no se lo hubiera creído. Aunque, en realidad, tampoco había manera de convencerlo de que la Tierra no es plana; cosas de aquella época… y, bueno, también de esta.

 

Límites de la provincia de Guadalajara por el noreste, según un mapa de 1781. A pesar de sus imprecisiones geográficas, ayuda a comprender hasta que punto se adentraba la provincia de Soria en el territorio guadalajareño. Sigüenza aparece a la izquierda, justo en el límite, y a su derecha se abre un gran espacio que se prolinga hasta el Tajo.

Pero el caso es que el abuelo de mi abuelo un día del año 1833 se despertó y de repente pensó que o estaba muerto o se encontraba ubicado en dos lugares al mismo tiempo. Como cada noche desde su nacimiento se había ido a dormir en un pueblo de la provincia de Soria, y, sin moverse de la cama, a la mañana siguiente estaba en el mismo pueblo pero en la provincia de Guadalajara. ¿Era aquella una experiencia extracorporal, fruto de un viaje astral? Ni por asomo. El abuelo de mi abuelo se enteró de que a sus vecinos y vecinas, y también a las gentes de otros pueblos, les había sucedido lo mismo.

El país había estado bastante revuelto antes de llegar a esa situación. Cuando los franceses fueron expulsados definitivamente del territorio peninsular, y finalizada así la guerra de la Independencia, regresó el rey Fernando VII después de estar retenido en el país galo y reimplantó el régimen absolutista que había quedado aparcado. “¡Vivan las cadenas! ¡Muera la libertad y vivan las cadenas!”, gritaban sus partidarios y los enemigos de establecer un régimen basado en la Constitución de Cádiz de 1812. Esta era la primera Constitución de la historia de España y nunca había sido aplicada porque la redactaron los liberales durante la guerra, y, entre otras cosas, establecía que el rey debía compartir el poder legislativo con las Cortes. Entonces, para reivindicar eso, se produjeron varias conjuraciones de los liberales, pero todas acabaron ahogadas de inmediato —y casi siempre, en sangre—. Todas menos una, la encabezada por el coronel Rafael del Riego en 1820, que obligó a la aceptación de la Constitución por parte del rey, porque a este no le quedaba más remedio. Hay que decir que fue el segundo país europeo donde se dio un paso semejante, después de hacerlo bastante antes Luis XVI en Francia. Con aquel acontecimiento se inició el llamado Trienio Liberal, que se prolongaría hasta 1823 y supondría un pequeño y breve rayo de luz en medio de la penumbra del conservadurismo monárquico-clerical en que estaba sumido el país —aunque al final todo acabaría en humo y con una represión a la española, con el ahorcamiento de Riego como primera medida. ¡Qué bestias!

En este abanico se estampó una alegoría de las libertades constitucionales logradas en 1820:  España (simbolizada por la figura femenina coronada y sentada) es liberada por los militares liberales desterrados (simbolizados por el guerrero ataviado con los emblemas del león y la bandera) porque traen la Constitución de Cádiz (representada por la mujer de pie que señala una bandera que lleva en la otra mano).

Entonces, en 1820, se procedió a la convocatoria de las Cortes y, con anterioridad, a celebrar elecciones; se aceptaron las dos libertades fundamentales de reunión y expresión, se abolió el tormento y la confiscación de bienes, y se suprimió la Inquisición… pero las mujeres siguieron sin el derecho a participar en la vida política, a pesar del importante papel que desempeñaron en la guerra. En medio de esos aires con ciertos tintes revolucionarios, los elegidos para representar al pueblo en las Cortes empezaron a desarrollar en reglamentos y leyes el contenido de la Constitución de Cádiz. Precisamente en uno de sus artículos se decía: “Se hará una división más conveniente del territorio español por una ley constitucional, luego que las circunstancias políticas de la Nación lo permitan”. Y ahí comenzó la que luego sería la pesadilla del abuelo de mi abuelo pero que representó un paso de gigante en la ordenación administrativa y política del país.

A partir de ese momento, se recogieron propuestas anteriores y se hicieron otras nuevas para ordenar el territorio, porque era tal el caos que había provocado la desidia de una Administración anticuada y corrupta que estaba todo muy abierto. Tan abierto que, por ejemplo, el Ayuntamiento de Sigüenza, ni corto ni perezoso, el 27 de agosto de 1820 pidió convertirse en la capital de la provincia, compitiendo así con la ciudad de Guadalajara y alegando que se hallaba más céntrica, que «estaba en ella establecida la Silla episcopal» o que era, con 4.868 habitantes, la segunda ciudad más poblada de la provincia. Pero Guadalajara no se amilanó y respondió de inmediato, según se recoge en el Diario de sesiones de las Cortes: “A la comisión que entiende en la división del territorio español se mandó pasar una solicitud del Ayuntamiento de Guadalajara pidiendo que las Cortes desestimen la que ha hecho la ciudad de Sigüenza y manden permanezca en aquella la capital de provincia”.

Descripción de los límites de la provincia de Guadalajara según aparecían en la publicación del texto de la Ley de Javier de Burgos de 1833. Los pueblos que debían agregarse, o los que se perdían, no estaban especificados, sino que debían deducirse por la definición de los nuevos límites provinciales.

¡Menudo cabreo pillaron todos! En aquel caso, los arriacenses se habrían acostado en una capital pero se habrían levantado en una ciudad de segunda más; mientras que los seguntinos… Pero es que al año siguiente fue Brihuega la que le plantó cara a la ciudad de Guadalajara para robarle la capitalidad provincial porque decían que allí tenían un mercado semanal muy importante y un establecimiento nacional de paños. Y luego cogió el testigo Cifuentes, ¡que también intentó desbancar a Guadalajara!

En esos años y los siguientes hubo propuestas que aún nos sorprenden, acostumbrados como estamos a no mirar demasiado hacia el pasado. Por ejemplo, ante la queja del Ayuntamiento de Molina de Aragón (que hasta 1804 había sido de Cuenca) por la desmembración de su partido, las Cortes se mostraron dispuestas a que la provincia se llamara “Guadalajara con Molina”. También dijo alguien que la ciudad de Guadalajara debía pasar a la provincia de Madrid; mientras que un diputado valenciano, contra todo pronóstico, defendió la idea de que “por ciudad no debía ser Madrid la corte, porque no lo es, debería serlo Guadalajara”. ¿Quién da más? Por otros lares, Chinchilla estuvo a punto de ser capital de la provincia frente a Albacete; Manzanares le disputó la capitalidad provincial a Ciudad Real… y parecidos forcejeos se repitieron en diferentes territorios provinciales.

Así, entre disputa y disputa, llegamos a 1833, que fue cuando el abuelo de mi abuelo… porque a un político llamado Javier de Burgos, recién elegido Secretario de Estado y del Fomento General del Reino, le encargó el presidente del Gobierno que, antes de nada, propusiera una “división civil del territorio como base de la administración interior”. Acababa de morir Fernando VII y comenzaba el reinado de Isabel II bajo la regencia de su madre, María Cristina. 

Dado que previamente se habían realizado numerosas propuestas y discusiones al respecto en diferentes comisiones, en tan solo un mes tuvo Javier de Burgos preparada una ley que determinaba cuáles debían ser los límites de las 49 provincias españolas en que iba a quedar dividido el territorio. De ese modo se modificaron los límites de muchas de ellas, pues agregaban o perdían pueblos teniendo en cuenta la posición de centralidad en el territorio, permitiendo así que la capital provincial fuera accesible por igual desde los puntos más alejados; pero también considerando aspectos históricos, demográficos, urbanísticos, ambientales…

Detalle de un mapa de Castilla La Nueva (París, 1845) con la división provincial establecida por la Ley de Javier de Burgos. Aquí puede apreciarse parte del territorio que le fue restado a la provincia de Soria para añadírselo a la de Guadalajara por el noroeste. Como puede observarse, la accidentalidad del terreno fue determinante en esta zona a la hora de deslindar.

Por todo ello, como consecuencia de la Ley de Javier de Burgos, las buenas gentes de Aguilar de Anguita, Alcolea del Pinar, Alcuneza, Anguita, Barbatona, Bochones, Bujarrabal, Cortes, Cubillas del Pinar, Esplegares, Estriégana, Garbajosa, Guijosa, Horna, Imón, Jodra, La Hortezuela de Océn, Las Olmedillas del Ducado, Luzaga, Maranchón, Matas del Ducado, Mojares, Padilla, Riba de Saelices, Sacecorbo, Saelices de la Sal, Saúca, Sotodosos, Tortonda, Villacorza, Villarejo o Villaverde, entre otros muchos pueblos, se acostaron el 30 de noviembre de 1833 en la provincia de Soria y amanecieron el 1 de diciembre en la provincia de Guadalajara. “¡¡¡Que somos sorianos!!!”, debieron exclamar, como poco, a voz en grito. Pero así estaban las cosas y así iban a quedarse… hasta hoy.

Antonio Gil Ambrona

Apuntes de la historia de la miel (V y último)

Desde América llegan a España cantidades importantes de azúcar producidas en las Indias, lo que hizo caer un tercio el precio de la miel, y en los países del norte de Europa la cerveza hizo que desapareciera la hidromiel como bebida preferente. La reforma protestante redujo de forma importante la demanda de cera para la iluminación y culto en las iglesias. Lo que más llamó la atención de los descubridores de América fue que las abejas americanas carecían de aguijón, pertenecen a la subfamilia Meliponinae, con cinco géneros, siendo Melipona y Trigona los más abundantes, también les sorprendió el sabor agridulce de la miel, muy diferente de la española.

Representación de una colmena y una abeja en un código maya.

En las largas travesías marítimas, la miel era un producto fundamental para nutrir a los marineros, aparte de servir de obsequio a los nativos, nos cuenta Cristobal Colón que a los indios: “les mandé dar de comer pan y miel”. No hubo mucho interés en llevar hasta América las abejas españolas, por la dificultad del traslado de las colmenas que no garantizaba su supervivencia. No se sabe con certeza cuando llegó la abeja española a América, posiblemente fue sobre el año 1525, los mayas, más cercanos a los conquistadores, fueron los primeros que adoptaron a la abeja española, que formaba colonias más populosas que las meliponas y producía más cantidad de miel, por ello los mayas las consideraban las diosas de sus meliponas o Xuna’an Ka’ab. La miel era usada por los nativos de forma muy parecida a como hacían los médicos españoles, los conquistadores les enseñaron a fabricar velas, uso que desconocían de la cera. Los mayas daban a la apicultura una gran importancia, la tenían dedicado el mes de Zodz, septiembre, donde se aparejaban los señores de los colmenares para celebrar su fiesta en Tzec, octubre. Una leyenda del Amazonas nos dice que al principio de los tiempos los hombres se alimentaban de forma única con miel de abeja y, en América del Norte, los indios Cheyennes decían que en el inicio de la humanidad esta se alimentaba de miel y frutos silvestres, desconociendo lo que era el hambre.

Existen muchas historias entre los mayas afirmando que el inicio de la civilización tiene lugar con el descubrimiento de las abejas y la pérdida de este insecto nos llevará de nuevo a la barbarie, les llamaba la atención la armonía de los enjambres, su vida en paz, orden y justicia. La miel es el mayor don gratuito que la Madre Tierra da al hombre, signo de la fecundidad del sol, es un producto divino creado por los dioses para disfrute de la humanidad, por ello no hay que abusar en su empleo, y tomar de la colmena, como decían los mayas, sólo la cantidad de miel estrictamente necesaria. A los dioses nada les es más agradable que las ofrendas con miel, la usaban en los sacrificios propiciatorios, de modo que cuando Hernán Cortés llegó a Tayasal dejó su caballo al soberano de la ciudad, fue alojado en el templo y adorado como un dios, agasajado con miel y flores.

Terminamos citando a fray Diego de Landa, nació en 1524, Cifuentes (Guadalajara), franciscano, en 1547 llegó a Yucatán como misionero. Atendió con esmero y dedicación a los jóvenes nativos, lo que no era bien visto por los encomenderos, en estas discrepancias Landa siempre apoyó a sus indios, aunque destruyó toda la documentación maya que tuviera relación con la idolatría. Publicó un libro extraordinario sobre la cultura maya, quizás para compensar esta destrucción, “Relación de las cosas de Yucatán”, donde destaca la descripción del calendario precolombino, comentarios sobre la escritura jeroglífica maya, así como la sección titulada “De las abejas y su miel y su cera”.

Antonio Nicolás Ochaíta

Asociación de Amigos del Centro y Museo Apícola de Sigüenza