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La aviadora Hanna Reitsch y su breve paso por Sigüenza en 1952

Hanna Reitsch nació en 1912 en la baja Silesia. Su padre, siguiendo la tradición familiar, quiso que estudiase medicina. Ella, que desde niña soñaba con volar, puso como condición ser doctora aviadora en las colonias alemanas de África. Parecía que lo iba a conseguir cuando, a los veinte años, obtuvo el título en la escuela de vuelo sin motor de Grunen. Allí mismo batió su primer récord: permaneciendo más de cinco horas en vuelo con un planeador. Era la única mujer, y, quizás por ser la mejor de su promoción, decidió entonces dar un giro a su vida, abandonar sus estudios de medicina para dedicarse por entero a volar, su gran pasión.

Y en aquellos años 30 fue contratada como maestra en la escuela de planeadores. Participó en una expedición de investigación en Brasil y Argentina y fue pionera en volar en helicóptero. Después realizaría la travesía de los Alpes en planeador, consiguiendo uno de sus mayores logros, el récord mundial de vuelo dirigido. Su carrera aérea iba en alza, siempre en aparatos sin motor. Llegó a ser uno de los más audaces pilotos de pruebas de Alemania, país que no contaba con ningún otro tipo de aviones, debido a que entre las duras condiciones impuestas a Alemania por los vencedores de la Primera Guerra Mundial, estaba la prohibición de desarrollar una industria aeronáutica.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial se impulsó esta industria en todos los países. Alemania, dejó de ser una excepción y alcanzó tal desarrollo que incluso llegó a crear los primeros aviones-cohete de la historia y las bombas volantes. Hanna Reitsch no dudó en pilotar aquellas bombas, durante su periodo de experimentación.

Con sus proezas no sólo logró alcanzar espacios impensables para las mujeres de su generación, que vivían relegadas exclusivamente a las tareas domésticas, sino que llegó a convertirse en un icono social. Fue la única mujer premiada con la Cruz de Hierro de primera clase y recibió el Distintivo Aéreo Militar de Oro con Diamantes.

Pero todo no fueron recompensas y alabanzas, Hanna Reischt también vivió peripecias asombrosas y sufrió aparatosos accidentes, poniendo en peligro su vida en numerosas ocasiones. Debido a su audacia, fue el último aviador que aterrizó junto a la Puerta de Brandemburgo en Berlín, en una misión que la llevó hasta el búnker donde se refugiaba Hitler, antes de la toma de la ciudad por los aliados el 28 de abril de 1945. Días después Hanna cayó en manos de los americanos. Estuvo presa quince meses, sometida a juicio en los Procesos de Núremberg, al no haber crímenes que imputarle, fue liberada.
Con el final de la guerra, se produjo el retorno de la sociedad a la vida cotidiana anterior y ella decidió reinventar su vida. Como otros compañeros se convirtió en piloto deportivo. Escribió varios libros, entre ellos, su autobiografía, “El cielo es mi vida”. Su atrayente personalidad no dejó indiferente a quienes la conocieron: en 1961 el presidente Kennedy la invitó a visitar la Casa Blanca, causando malestar entre la sociedad norteamericana por el pasado nazi de la piloto. Fue amiga de Indira Gandhi y huésped del presidente Pandit Nehru en La India, donde fundó y dirigió escuelas de vuelo en planeador. Participó en la construcción de una escuela de vuelo en Ghana.

Camiones de apoyo de campeonato del mundo de vuelo a vela de 1952 a su paso por Torija.

Hanna Reitsch y Sigüenza

En el año 1952 la Federación Aeronáutica Internacional convocó en el Aero Club de Madrid los 2º Campeonatos del Mundo de vuelo a vela. Esta cita significó el regreso de los pilotos europeos a la navegación aérea con fines deportivos. El 30 de junio la Hoja del Lunes publicaba la noticia de la inauguración del evento con asistencia de las principales autoridades junto a un centenar de pilotos procedentes de 19 países diferentes. Entre los alemanes sobresalía la única mujer participante en el campeonato: Hanna Reitsch. Durante dos jornadas los participantes tuvieron la oportunidad de realizar entrenamientos antes del concurso, que se realizaría entre los días 2 al 13 de julio con rutas dirigidas hacia Zaragoza, Huesca, Barcelona… La competición estuvo muy reñida por el elevado nivel tanto de las pruebas como de los pilotos.

Uno de los itinerarios establecidos para el Campeonato fue Cuatro Vientos–Torresaviñán, donde había un campo de aviación. Hasta allí llegaron por el aire los aeroplanos concursantes y por carretera, los vehículos oficiales con personal técnico. Al conocerse la noticia en Sigüenza, un grupo de chicos, entre los que se encontraba Antonio López Negredo, acompañados por su tía Ascensión, montaron en la camioneta del Tori, para acercarse al lugar. No fueron los únicos, los vecinos de la zona, en bicicleta o a lomos de una mula, se acercaron hasta el aeródromo. Otros interrumpían sus tareas agrícolas, para mirar al cielo al paso de los aviones.

A borde de una aeronave aterrizó la famosa aviadora en Torresaviñán, en medio del campo ante un numeroso grupo de público: ellos con sombreros de paja y ellas con la cabeza cubierta por un pañuelo para protegerse del sol, todos ansiosos por verla de cerca, se agolpaban al tiempo que la vitoreaban entusiasmados.Miembros de su equipo, llegados hasta el lugar en camionetas por carretera, la esperaban para ayudarla a salir del aparato. Hanna alzó su mirada para saludar con un gesto al público y se percató de la presencia a pocos metros de un grupo de niños que, puestos en hilera, la contemplaban absortos y maravillados. Ella, con la amabilidad que le caracterizaba, dejó a los adultos para acercarse y ofrecer su mano, que uno a uno estrecharon los chicos de Sigüenza, entre sorprendidos y orgullosos. No había fotógrafos, ninguno de ellos llevaba una cámara para inmortalizar aquel momento único. Oficialmente si se conserva un reportaje gráfico del campeonato en el noticiero del NO-DO.

Esta etapa del campeonato quedó marcada por el desafortunado accidente de un piloto inglés que, gravemente herido, fue trasladado hasta Sigüenza, acompañado por algunos compañeros entre los que se encontraba Hanna Reitsch, para ser atendido en el Hospital de San Mateo. Apenas estuvieron unas horas, hasta que los médicos aconsejaron su evacuación a otro centro sanitario. Por ese motivo, no pudieron visitar la ciudad y poco vieron desde el vehículo donde viajaban. El piloto falleció durante el viaje.

La competición continuó y el día de la clausura, Hanna Reitsch subió al podio del Aeroclub para recibir la medalla de bronce de manos del Comité de honor, uno de cuyos miembros era Agustín de Figueroa, Marqués de Santo Floro, hijo del Conde de Romanones.

Como muestra de agradecimiento por la organización del campeonato, el gobierno alemán obsequió al de España el aeroplano que había volado la premiada piloto femenina, actualmente conservado en la colección del Museo del Ejército del Aire en Cuatro Vientos.

Hanna Reitsch, voló por última vez en 1979, poco antes de fallecer a la edad de 67 años en Francfurt, enferma del corazón.

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza

El obispo de Sigüenza saca la artillería en Roma

El Cardenal Bernardino López de Carvajal, obispo de Sigüenza en 1495-1511, nunca estvo en Sigüenza pero no salía de Roma...

El 13 de enero de 1517 el embajador de Venecia en Roma informaba de que algunos días antes había habido gran jaleo porque dos romanos habían resultado heridos, por algunos españoles, lo que puso a los romanos y a los Orsini en armas, yendo a casa del cardenal de Santa Cruz, Don Bernardino López de Carvajal, en Tor Millina (una verdadera torre que aún existe detrás de la plaza Navona), donde estaban los españoles. Menos mal que el cardenal estaba en el palacio apostólico y no en casa, pues hubo que entregar a los que habían hecho el daño y tuvieron que ir el cardenal de Médicis y el duque de Urbino a calmar el tumulto. Dos días después Carvajal pudo volver a casa. El 14 de enero algunos cardenales hablaron al Papa excusando al cardenal Carvajal por el tumulto ocurrido.

Una carta de Roma de 14 de enero, escrita a Girolamo Lippomano, da una relación más pormenorizada de los hechos: parece que un joven romano iba cabalgando un caballo muy bravo y, cuando pasaba delante de la casa de Carvajal, ante la cual había bastantes españoles, el caballo comenzó a cocear y un español dijo: “Échese atrás con ese caballo, que si no se va, le daré de esta espada” a lo que el romano le dijo: “Este caballo mío no quiere estar en paz” y los españoles empezaron a mofarse. El romano sacó la espada y cargó contra los españoles que entraron en el patio del palacio y comenzaron a combatir; pero viendo la situación salió del palacio sin ser herido. El cardenal de Santa Cruz, oyendo el rumor, salió y dijo: “¿Qué hay?” y cuando le narraron los hechos dijo: “Ho tanti in casa que manzan il pan indarno” (tengo a muchos en casa que comen el pan en vano) y comenzó a insultar a los suyos. El romano era amigo del cardenal Corner y le rogó que viese al cardenal Carvajal para hacer la paz. Corner lo invitó a comer a su casa al día siguiente porque después de comer vería al cardenal Carvajal en el palacio apostólico. Al día siguiente, después de comer fueron juntos a caballo al palacio apostólico; pero al llegar a la plaza de San Pedro se cruzaron con la familia del cardenal Carvajal que volvía a casa después de haber dejado a su amo en palacio. El maestro de casa de Carvajal reconoció al joven y los palafraneros los atacaron, quizá veinte personas. Los romanos no quisieron huir, se defendieron, pero los españoles les propinaron muchas heridas y les mataron los caballos, de forma que creyeron que habían muerto y se fueron. Los guardias suizos del papa no se quisieron mover. Se corrió la voz por Roma de que los españoles habían matado a dos romanos, los parientes se levantaron y el hermano de uno de ellos corrió al Borgo y a uno de los españoles, al que reconoció, lo atravesó con una pica, con lo cual toda Roma se vio envuelta en el tumulto. A los dos jóvenes los llevaron a casa del cardenal Corner, a uno de ellos le habían cortado una mano y al otro las piernas. Los Orsini, con sesenta hombres de armas fueron a casa del cardenal de Santa Cruz; salieron diez españoles con picas que hicieron recular a los romanos hasta la casa de Cavalizense; ninguna de las partes contendientes llevaba arcabuces ni ballestas y los españoles no se quisieron alejar para que no les sorprendieran por la espalda, y se volvieron a casa.

Regresaron todos a sus casas pensando que se habían enfrentado los Colonna y los Orsini. El cardenal de Santa Cruz, volviendo a su casa y subiendo el puente de S. Angelo vió a muchos romanos en orden de combate y el condestable del castillo le dijo: “Monseñor no prosiga, porque le matarán”. La familia del cardenal los contuvo, Carvajal y todos los suyos entraron en el castillo, que fue cerrado. Luego el castillo comenzó a preparar la artillería. Vino el duque de Urbino con los caballos y los suizos y estuvieron en el puente veinticuatro horas. Luego, viendo a las familias de los cardenales Remolino y Arborense, más de 200 españoles fueron a casa del cardenal Carvajal y prepararon la artillería (literalmente, no es exageración) y todo lo necesario. Todo el partido de los Orsini estuvo ante la casa de Carvajal hasta las tres de la noche y llevaron artillería; llegó el cardenal de Médicis con el duque de Urbino queriendo saquear la casa de Santa Cruz, lo cual hubiera supuesto la muerte de más de 400 personas ya que había 300 españoles dentro. El cardenal de Médicis fue personalmente a hablar con los españoles para que se rindieran dándoles su palabra de que no querían más que a los que habían hecho el daño. Los españoles hicieron consejo y se rindieron a pacto de que no se hiciera daño más que a los que habían perpetrado el ataque. Entró el duque con algunos y fue detenido el maestro de casa del cardenal con otros siete, los cuales dijeron que no tenían la culpa. Carvajal, aquella noche durmió en casa del cardenal Cibo; el 17 de enero fue a alojar en Santa Maria in Porticu, mientras los jefes romanos fueron a hablar con el Papa, aunque no se sabía lo que se habían dicho. Todo esto lo encontraran ustedes en el volumen 23 del diario de Marin Sanudo, un veneciano que nos dejó abundante documentación y eso quiere decir que la noticia corrió por muchos sitios.

 

La historia del soldado Botija. De Imón a Filipinas

“Año bisiesto, ni aquello, ni esto” dice el refrán y así  sucedió en el año 1896, el último año bisiesto del siglo XIX, en Imón. Sus habitantes, conocidos como jaquetones o imonenses, vivían de la explotación de sus recursos naturales: las salinas, la agricultura de cereales y leguminosas, la ganadería ovina y, en temporada, la caza de liebres, perdices, codornices y conejos. Al final del verano, la cosecha agraria coincidía con la saca de la sal, convirtiéndose en una oportunidad laboral tanto para los vecinos como para los braceros de los pueblos aledaños, que hasta los almacenes salineros se acercaban en demanda de trabajo. Pero a finales de aquel siglo empezaron las dificultades para comercializar la sal. El oro blanco, que tantos beneficios concedió en el pasado, sufría la falta de apoyo del gobierno central. El freno a su desarrollo limitaba tanto los beneficios que sentían estar asistiendo a los últimos años de recogida del blanco producto.

Por si fuera poco, en medio de esta situación, estallaba la crisis colonial que desembocaría en una guerra de consecuencias negativas para España. Las insurrecciones de la población indígena frente al gobierno español, tienen como consecuencia el reclutamiento de jóvenes españoles. En el del año 1896, fue alistado Baldomero Botija Martínez. El joven de 19 años, que en su vida había ido más allá de Sigüenza, ni había conocido otro ambiente que el de su pueblo y el del mercado seguntino al que acudía semanalmente con su padre, tuvo que responder a la llamada del Ejército. Como no disponía de las 1.500 pesetas para pagarse la redención a metálico que permitía librarse del servicio militar, no le quedó más remedio que incorporarse a filas, asumiendo su destino en un conflicto surgido a miles de kilómetros de distancia de Imón, con la incertidumbre de no saber si volvería a ver aquel paisaje salinero cuyas aguas tintaban los rayos del sol con suaves tonos entre añiles y rosados.

En la estación de Sigüenza, tomó el tren a Barcelona, viajando en un vagón de tercera clase. En el puerto barcelonés  aguardaban autoridades y público para despedir a los 5.000 soldados de reemplazo que se embarcaban en un carguero de la Compañía Trasatlántica Española, concesionaria de las expediciones marítimas de tropa. Les esperaba una larga travesía, entre 20 a 30 días, dependiendo de las condiciones meteorológicas que tuvieran. Tenían previsto llegar a puerto en el mes de octubre. Atravesaron el Canal de Suez, para poner rumbo al otro lado del mundo donde estaba el último retazo del imperio español en Ultramar: las islas Filipinas, un destino tan lejano como desconocido para Baldomero. Era la primera vez que veía el mar y le impresionó su inmensidad superior a las balsas de agua de las salinas.

Los primeros días fueron angustiosos, sufrió mareos, náuseas y vómitos, igual que muchos de los reclutas que viajaban en la bodega del barco a vapor y que subían a cubierta  para recibir una improvisada instrucción militar, ya que la inmensa mayoría era la primera vez que participaban en  operaciones militares y no sabían usar un fusil.

Cuando por fin, divisaron la bahía de Manila, sintió un enorme alivio. Pronto abandonaría el carguero para pisar tierra firme y, en ese mismo momento, sentiría también un cierto temor ante lo que se le avecinaba en aquellas tierras: un levantamiento armado del movimiento independentista filipino contra las autoridades españolas que había  estallado en el mes de agosto, en tres focos: Imús, Silang y San Francisco de Malabón.

Bajo un calor asfixiante y húmedo, al que no conseguirían aclimatarse, los soldados del ejército español al mando del General Polavieja, cruzaron ríos y barrancos, atravesaron caminos difíciles, largos y empinados, se adentraron en la jungla, destrozaron trincheras enemigas y pelearon cuerpo a cuerpo, a pecho descubierto, contra los tagalos. Fue tal el arrojo y valentía que demostró Botija durante su participación, que fue recompensado con la Cruz sencilla del Ejército.

Pero su acción más relevante, por la que resultó aún más laureado, fue la que emprendió como voluntario acompañando al sargento y a 18 soldados de la compañía a capturar un caballo que estaba suelto, antes que lo apresaran los enemigos y se hicieran con el substancioso cargamento que portaba: billetes de banco, paquetes de la Compañía General de Tabacos de Filipinas y armas de fuego. Un botín sin duda muy ansiado por los sublevados tagalos, no sólo por el valor económico de la mercancía, sino también por el armamento que podían obtener para mejorar su defensa, porque apenas contaban con armas y eran muy rudimentarias:  sencillos machetes, frente a los fusiles europeos. La acción de rescate resultó desastrosa para los españoles. Por recuperar un caballo, perdieron la mitad de la fuerza. Sólo sobrevivieron diez soldados, entre ellos Baldomero, que fueron condecorados con la Cruz del Mérito Militar pensionada y gratificados con cinco duros de Alfonso XIII.

Botija no duró mucho en tierras orientales porque apenas tres meses después de su llegada al puerto filipino, fue atacado por un enemigo vital: la enfermedad, que estaba haciendo estragos entre la población militar española, más que la propia guerra, pues el número de heridos y fallecidos por arma era inferior al de los enfermos. Las malas condiciones de vida que tenían los soldados, la  escasez de alimentos en buen  estado de conservación, la carencia de vitaminas en algunos alimentos frescos, la falta de agua potable, la ausencia de higiene y el hacinamiento en las instalaciones, favorecieron la propagación de epidemias de disentería, fiebre amarilla y beriberi que causaban debilidad en los organismos y la muerte sino recibían tratamiento inmediato. La sal, principal ingrediente conservante y desinfectante, tan abundante en  Imón y de la que se acordaría más de un día, escaseaba en Filipinas. También faltaba carne, y si al principio parecían tener reparos, llegó un momento en que no dudaron en sacrificar a sus caballos para alimentarse, e incluso para sobrevivir, llegaron a comer lagartijas, cuervos y cualquier animal que pudiera echarse al puchero, sin ningún asco, porque el hambre apretaba. En más de una ocasión añoró las judías con perdiz que guisaba su madre en época de caza.

Baldomero ingresó en el hospital de campaña, con síntomas de disentería.  Su estado de salud era tan delicado, que tardaría en volver a estar en forma para guerrear. Decidieron evacuarlo a España. Le fallaban las piernas y tenía dificultades para andar. Necesitó contar con la asistencia de tres soldados para llegar al embarcadero, donde lo montaron en una falúa hasta la base naval de Cavite para ser reembarcado junto con otros heridos y enfermos con destino a España. Al llegar al puerto de Barcelona, fue atendido por miembros de la Cruz Roja, que tras  un examen le permitieron viajar en tren. Por su condición de enfermo procedente de Ultramar, pudo  ocupar segunda clase con un billete de tercera, sin ningún coste adicional.

Durante su convalecencia en casa, Baldomero diariamente paseaba aprovechando los beneficios que el aire saludable de Imón ejercía sobre su maltrecha salud. Le gustaba caminar hasta los almacenes salineros o acercarse al Llano de las Simas, para contemplar desde el bosque de encinas la estampa de un bello atardecer sobre las salinas.

En el mes de septiembre de 1897, tras finalizar la cosecha en el campo y el entroje de la sal en los almacenes, empezaron las fiestas patronales en honor a Ntra. Sra. de la Asunción. Durante tres días los jaquetones dejaron de lado su vida cotidiana para participar en un programa festivo para todos los públicos, en el que además de la solemne función religiosa, se oficiaron dos más para pedir por la terminación de la guerra. Los taurinos tuvieron tres corridas de novillos a cargo de Antonio Gadea, novillero y vecino de la localidad; los pequeños se divirtieron con las cucañas y carreras de sacas. A la luz de la luna y de los farolillos, jóvenes y menos jóvenes disfrutaron bailando al son de la música en la plaza y en el casino. Un ramillete de fuegos artificiales, iluminando el cielo  puso el broche final a las fiestas patronales.

Al llegar el invierno, el 23 de diciembre el General Primo de Rivera y los líderes  rebeldes tagalos firmaban el Pacto de Biak-na-Bato, finalizando  la guerra con España. Baldomero Botija Martínez, se convirtió en un héroe de Filipinas para sus vecinos. Su hazaña militar,  breve pero intensa, fue recogida en las páginas del periódico La Crónica por el corresponsal de la localidad. El joven soldado, sentado en el porche del almacén de San José, disfrutaba relatando a sus amigos su anecdotario filipino plagado de enfrentamientos con los insurrectos tagalos, de valerosas acciones de combates y de su lucha por la supervivencia  en medio de tantas dificultades, mientras les mostraba con gran satisfacción sus condecoraciones, que brillaban como metales preciosos, bajo el sol salinero de la villa de Imón.

Amparo Donderis Guastavino
ilustraciones:  La Ilustración española y americana, 1897

Santa Teresa de Jesús: referente de las mujeres rurales. Su huella en el Archivo de Sigüenza

El 15 de octubre se celebra el Día Internacional de la Mujer Rural con el objetivo de visibilizar la importancia de la contribución femenina al desarrollo del medio rural. La fecha coincide con el aniversario de Santa Teresa de Jesús, una de las mujeres más célebres de nuestra historia: gran maestra de la vida espiritual, representante de la literatura mística del Siglo de Oro y una de las tres doctoras de la Iglesia junto con Santa Catalina de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús.

Santa Teresa de Jesús es un referente histórico de indudable valor en nuestros días. Ejemplo de mujer emprendedora y empoderada, con su arrolladora personalidad afrontó desafíos, salvó obstáculos y dificultades hasta lograr desarrollar un gran proyecto vital, que contrastaba con la realidad social del siglo XVI. En un ambiente donde la mujer tenía menos recursos que el hombre para desenvolverse en la sociedad y apenas tenía visibilidad fuera del ámbito doméstico —“Ni espada rota, ni mujer que trota”, decían sus contemporáneos—, uno de sus retos fue reivindicar el derecho de las mujeres a tener su propia personalidad, dándoles la oportunidad de realizarse y contribuir al desarrollo social de su época.

Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, nació en el año 1515 en el seno de una familia de hidalgos de ascendencia judeo conversa por parte paterna. Como cualquier otra niña de su generación recibió escasa formación cultural aunque fue adiestrada en el arte de hilar la rueca. En los brazos de su madre, aprendió a leer y con ella compartió confidencias, devociones y afición a las novelas de caballería, que leían ambas a escondidas de su padre, quién temía que aquella afición desviara a la niña de su educación piadosa. No es de extrañar, pues con siete años intentó fugarse de casa con uno de sus once hermanos, para ir a tierras infieles a ser martirizados. Por eso, cuando fallece su madre, su padre la entrega a un convento para que reciba formación con otras jóvenes, pero una grave enfermedad la obliga a volver a casa. A los veinte años decide tomar los hábitos, con la oposición de su padre, que no consigue frenar su vocación.

La vida en el Monasterio de la Encarnación de Ávila, pronto disgustó a Teresa. Tras unas fuertes experiencias místicas, decidió iniciar la reforma, convertirlas en descalzas, con el compromiso de vivir en clausura, pobreza y austeridad. A pesar de su frágil y quebrada salud, acompañada por doce jóvenes, inició un largo viaje llevando su proyecto fundacional a ciudades y villas. Montada sobre un asno recorrió caminos pedregosos, soportando el sol, el frio, la lluvia y el barro “…  Hay que caminar con los pies cubiertos de polvo, antes que no caminar por tenerlos limpios…” —decía Teresa de Ávila. En los veinte años que transcurren entre 1562 y 1582, fecha de su fallecimiento, funda 17 conventos: Ávila, Medina del Campo, Pastrana, Beas del Segura, Caravaca de la Cruz, Alba de Tormes… y conoce a personajes ilustres, eclesiásticos, monarcas, nobles y santos entre los que hizo amigos y enemigos, a los que escuchó, transmitió su entusiasmo y pidió ayuda para sus fines fundacionales. Con San Juan de la Cruz coincidió en Medina del Campo convenciéndole para unirse a la reforma; en Pastrana con la princesa de Éboli, tuvo algún enfrentamiento y fue duramente criticada por el nuncio del Papa que la calificó como “…fémina inquieta, andariega y desobediente, andando fuera de clausura, enseña a las mujeres...”.

Escribió sus experiencias interiores, no sabía bien latín y utilizó el lenguaje coloquial y sencillo que hablaba ella, aprendido de las gentes de Ávila y lo hizo “…casi hurtando el tiempo y con pena porque me estorbo de hilar...”, no por deseo propio sino por obediencia a sus superiores, aunque alguno tras leerlos los quemó. Nunca se atrevió a publicar sus obras, sintiéndose vigilada por la Inquisición, ante la que fue denunciada en varias ocasiones, incluso por la princesa de Éboli. Fue tras su muerte cuando empezó a valorarse, elogiarse y divulgarse su producción literaria: cartas, poesías, villancicos y ocho libros, entre ellos destacan: Castillo interior, Camino de perfección, El Libro de la vida (su historia personal), Las Constituciones, Las fundaciones que escribe a medida que funda los conventos y es una crónica fidedigna de la España del siglo XVI.

Teresa de Jesús falleció en el Monasterio de Alba de Tormes la noche del 4 al 5 de octubre de 1582, el mismo día que entraba en vigor la reforma gregoriana del calendario que al suprimir diez días convertía aquel año el 15 de octubre en la fecha de su entierro.

“Vivo sin vivir en mi y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”.

Edición de las cartas de Santa Teresa. Siglo XVII.

La huella de Santa Teresa de Jesús en el Archivo municipal de Sigüenza

La fama de la reformadora del Carmelo se extendió rápidamente tras su fallecimiento. En un ambiente fuertemente marcado por la religiosidad impuesta por la Contrarreforma, la presencia de los santos en la vida cotidiana tenía una función ejemplarizante para la sociedad. Por ello, la actitud hacia Teresa de Jesús deja de ser crítica para ser elogiosa. Junto a Ignacio de Loyola, Francisco Javier e Isidro de Madrid fue elevada a los altares en muy poco tiempo.
El 24 abril de 1614 el Papa Paulo V publica el Breve de beatificación: “Nos, examinada con atención esta causa, …  concedemos que… se pueda celebrar en todos los monasterios e iglesias de dicha Orden de Carmelitas Descalzos y por todos los religiosos de ambos sexos el oficio y la misa de la Bienaventurada Teresa…, el día de su glorioso tránsito, el día  5  del mes de Octubre…”. Rápidamente se producen llamamientos de apoyo al mensaje de exaltación de las virtudes de Teresa y la institución religiosa carmelita impulsa la celebración de las fiestas de beatificación.

En aquellos años el padrón de habitantes de Sigüenza recogía alrededor de 3.800 habitantes dedicados al comercio, industria y artesanado, viudas y pobres. Tenía rango de ciudad episcopal y de señorío eclesiástico. La vida local estaba regida por el concejo, cuyos miembros eran nombrados anualmente por el Obispo, señor de la ciudad. La vida religiosa se articulaba en torno a la catedral, la universidad, iglesias, parroquias, conventos y monasterios. El prior del convento de carmelitas descalzos de Sigüenza, Fray Jerónimo del Águila, se dirigió al concejo municipal para explicarles cómo celebrarían la fiesta de la beatificación de su fundadora y, al mismo tiempo, solicitar su colaboración: “…El dicho convento tiene previsto celebrar la fiesta el 5 de octubre y así pide a sus mercedes que por parte de esta ciudad ordene algunas fiestas y regocijos...”. El concejo municipal convocó una sesión el 6 de septiembre de 1614 con un único punto en el orden del día, que fue aprobado con su decisión de implicarse en la organización del evento y solicitar la colaboración del Deán y Cabildo de la Catedral.

Durante los ocho días que duraron los festejos (del 5 al 12 de octubre) la apacible vida cotidiana de Sigüenza se interrumpió para acoger unos festejos donde el mensaje religioso contrarreformista y el espectáculo se mezclaron para enseñar, entretener y, al mismo tiempo, exaltar las virtudes de la venerable. Pero la austeridad y la pobreza que abanderó en vida Teresa de Ávila, chocaron con el lujo, la suntuosidad y solemnidad del ceremonial que solicitó el rey Felipe III “el piadoso”, siguiendo las costumbres y el ceremonial de la época. Calles y plazas se adornaron con arcos y ramilletes vegetales; de las ventanas y balcones de las casas y principales edificios, colgaban tapices y reposteros; al anochecer se encendieron velas y hachones, los vecinos se juntaron alrededor de hogueras y luminarias y disfrutaron asistiendo a espectáculos profanos: justas, cañas, danzas e incluso se lidió un toro en la Plaza Mayor convertida en coso taurino. En el interior de iglesias y conventos, se cubrieron altares y retablos con las mejores colgaduras, tapices y cuadros de temática religiosa, para acoger los sermones de los predicadores carmelitas y conciertos de música sacra; un disparo de cohetes y un volteo de campanas anunciaron el inicio de los actos religiosos: misas, solemnes oficios y la salida de las procesiones acompañadas de una amplia representación social.

Aunque la crónica de estos actos festivos no se guardó entre la documentación del archivo municipal, si fue recopilada y enviada, al igual que lo hicieron numerosas ciudades y villas, a Fray Diego de San José, quien en 1615 las publicó en su Compendio de las solemnes fiestas que en toda España se hicieron en la beatificaciones de N.M. Santa Teresa de Jesús, fundadora de la reformación de descalzos y descalzas de N.S. del Carmen… con el fin de preparar el terreno para la promulgación de la santidad de la madre Teresa, que tendría lugar en el año 1622 y también sería motivo de celebraciones y fiestas en Sigüenza.
Amparo Donderis Guastavino

Un verano de los años 60 en la Travesaña baja

En los años 60 en la Travesaña Baja de Sigüenza, se vivía un ambiente muy cercano y familiar. Todos los vecinos se conocían, las puertas de las casas estaban siempre abiertas y se sabía quién vivía en cada una de ellas. Apenas transitaban vehículos por las calles, a las fachadas se adosaban poyos de piedra a modo de bancos, que décadas más tarde sucumbirían ante la modernidad, cediendo el espacio a las aceras. En las noches de verano, después de cenar, los vecinos de la salían a la calle a tomar el fresco. Sentados en los poyos de piedra, se entretenían hablando y sacaban sillas bajas de sus casas para ofrecer a unos, otros, los veraneantes del barrio, se acercaban con hamacas de madera y loneta verde. Entre ellos había un peluquero que tenía casa en Sigüenza y una barbería en Madrid y disfrutaba contando anécdotas de sus clientes y chismorreos de la Villa y Corte. Se llamaba Hilario, venía acompañado por una criada de toda la vida, llamada Práxedes. Ella era mayor y con tantos achaques, que prácticamente los papeles se invertían y era él quien la cuidaba. Como le gustaban tanto aquellas tertulias al fresco, se las organizaba para dejarla atendida pronto y no perderse la cita vecinal, donde destacaba por su mundología y su amplia conversación. Allí se hablaba de todo y, especialmente de la guerra. Sólo habían pasado veinte años, estaban muy recientes las heridas que habían marcado sus vidas con dureza. El recuerdo de los bombardeos, que destruyeron el paisaje urbano y rompieron las familias, los que murieron, desaparecieron o fueron enviados a campos de trabajo, el hambre y el miedo, afloraban con frecuencia en sus conversaciones. El mismo miedo que sentían los niños que, junto a los mayores, escuchaban inquietos las historias que contaban y, más de uno se iba a la cama angustiado.

Por las mañanas la calle recuperaba su ritmo, el camión de la basura, anunciaba a los vecinos su llegada con un toque de campanilla, era la señal para sacar los cubos de las cocinas y dárselos al operario que, tras vaciarlos en el camión y se los devolvía. Después la calle era tomada por la chiquillería del barrio, dispuestos a pasar el día al aire libre. No había columpios, pero conocían muchos juegos divertidos donde participaban cuantos querían. Jugaban al Teje, que dibujaban con una tiza en la calle de los Herreros, al “pase misí, pase misá, por la Puerta de Alcalá…” y a los chandarmes, el más entretenido de todos. Cuando se cansaban, abandonaban el juego, marchándose a la calle Herreros, a la de la Torrecilla, e incluso al Oasis, a buscar otros amigos y otro entretenimiento. A veces, los juegos se convertían en travesuras. Una de las más atrevidas era la de los botes llenos de agua que colgaban en las ventanas, sujetos con una cuerda que llegaba hasta el suelo y nivelados con una piedra de contrapeso. Una vez colocada la trampa, se escondían cerca para observar. Cuando pasaba alguien y pisaba la cuerda, el bote de agua caía sobre su cabeza y ropa y, eran tales los gritos y exclamaciones, que las madres se asomaban desde las ventanas y, disgustadas, llamaban a los chicos a voces para que entraran en casa y dejaran de hacer fechorías. Para mantenerlos ocupados y evitar trastadas, algunas les encargaban tareas domésticas, les mandaban al Pinar a por pinocha para encender las estufas en invierno o a las tiendecillas del barrio: a los ultramarinos de Domingo o al de Eusebia y Julián, en los que se compraba desde velas para San Vicente hasta lechugas recién cogidas de la huerta, aceitunas, bonito en escabeche y unos tomates enteros y pelados envasados en grandes latas que abrían para vender a peso y el aceite que se vendía por litros y unas bolillas y chiles que eran las delicias de los pequeños.

También les mandaban bajar hasta el atrio para comprar un melón en el puesto que una melonera montaba todos los veranos delante de la imprenta de los Carpintero, junto a la fuente de la catedral. El acceso de entrada al local le servía de guarida nocturna, allí pasaba la noche, echada en el suelo, a duermevela, vigilando su mercancía, que previamente había cubierto con una gran lona para proteger los melones del frio nocturno. La melonera era una mujer de cabello canoso y rizado, de hueso ancho y curvas redondeadas, que cubría con una falda larga, sobre la que colgaba un delantal de cuadros anudado a su cintura, con un gran bolsillo delantero para guardar el dinero. Ella venía sola, después llegaba un camión lleno de sandías y melones, que llevaban rodando hasta el puesto donde cuidadosamente los colocaba para la venta. Sus melones eran apreciados por su frescor, dulzor y sabor. Olían a melón recién cogido, siempre salían buenos. Pero un día le llegó un cargamento de melones tan verdes y duros que, para poderlos vender, se le ocurrió ir en busca de unos cuantos maduros, trocearlos y ofrecerlos al público haciéndoles creer que aquello que probaban era lo que compraban, al llegar a casa, los melones no sabían igual…más de uno fue a la melonera a protestarle por el engaño.

Uno de los locales más frecuentados por los vecinos de la Travesaña baja, era la Taberna de la Marina, sobre todo al final de la jornada, los hombres se juntaban a tomar un chato de vino y, los domingos el vermú que servían en botellitas, Marina y su hermano Juan. También acudían a la taberna los chicos a ver la televisión, especialmente las corridas de toros. Eran los años en que aún no había televisores en las casas y en las plazas de toros triunfaba el Cordobés, con el salto de la rana, que tanto asombro y admiración causaba, dejando boquiabierto a más de uno. Había bastante afición taurina entre la chiquillería del barrio y, a falta de corridas, se improvisaban encierros callejeros. Timoteo, el marido de Marina, tenía un establo con vacas muy cerca de la taberna, junto al arquillo. Cuando sacaba las vacas al campo, a la vuelta, para encerrarlas soltaba algún torillo. Los chicos disfrutaban mucho corriendo por la calle, aunque más de uno, al presentir el peligro, se encaramaba a alguna ventana, al paso del ganado. Esta misma situación se repetía en las ferias de marzo y octubre cuando los ganaderos y feriantes, al anochecer, llevaban a sus reses desde el Paseo de los Hoteles hasta las cuadras de la Travesaña baja a pasar la noche.

Durante las fiestas de San Roque, los chicos esperaban ansiosos la llegada de la comparsa de gigantes y cabezudos, que sólo se sacaban un día, como anunciaban los programas de fiestas. Al llegar el mediodía, un repique general de campanas y un disparo de cohetes y morteros anunciaba su salida, acompañados por la banda de música y el público infantil que s eles iba uniendo, los gigantes y cabezudos, recorrían la calle mayor, Travesaña baja, calle de los Herreros, cruzar el Portal Mayor para bajar por la calle de Valencia. Bailar junto a ellos y acompañarlos en su recorrido era una de las actividades más deseadas por los pequeños.

Entre los acontecimientos que los vecinos de la Travesaña baja disfrutaban con alegría, estaba la celebración de los bautizos en San Vicente. No se invitaba pero todos sabían cuando era la fiesta y se acercaban a la casa, a la espera del regreso de la familia desde la iglesia a casa, donde se obsequiaba con una merienda o un chocolate a los más allegados. Al ver al padrino, los chicos a viva voz cantaban a coro:

" Bautizo cagao, que a mi no me has dao,

si cojo al chiquillo lo tiro al tejao. 

Eche, eche, eche, no se lo gaste en leche,

eche usted padrino, no se lo gaste en vino,”

El padrino se hacía un poco de rogar delante de los chicos, como si sus peticiones no tuvieran que ver con él, hasta que entraba en casa, cogía una bolsa y, desde la puerta o la ventana, lanzaba una lluvia de caramelos y algunas perrillas, grandes y chicas. Al caer al suelo, los chicos, alborozados, corrían a pisar la moneda con el pie, para hacerla suya y al tiempo coger los caramelos y echarlos al bolsillo. Más tarde, se juntaban en algún rincón a hacer recuento del botín y pensar donde guardarlo o, tal vez esperar a terminar las golosinas y comprarse aquellas bolillas de chicle que vendían en los ultramarinos.

Empezaba así a caer la tarde en la Travesaña baja, una tarde de verano de uno cualquiera de aquellos años 60. Pronto resonarían en la calle las voces de las madres, desde las ventanas, llamando a cenar y habría que apresurarse, porque luego, como cada noche, los mayores saldrían a la puerta de casa “a la fresca” y a comentar con los vecinos las novedades del día.

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza