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Un caso de herejía para la inquisición seguntina

Hace 450 años, a finales de agosto de 1565, un joven francés, conocido en España como Antonio de La Bastida, languidecía en la prisión seguntina bajo la acusación de herejía.

En enero de ese mismo año, tras la jornada de trabajo, él y más de una docena de compañeros habían estado sentados alrededor del fuego en casa de su jefe, el tipógrafo e impresor Sebastián Martínez, que se había instalado en Sigüenza cinco años antes para imprimir una serie de libros por encargo del obispo Don Pedro Pacheco.

La conversación entre los trabajadores derivó en la religión. Conviene recordar que estábamos en la época de extensión de las ideas luteranas por toda Europa, que la iglesia española condenaba como herejías (recomiendo la lectura de “El hereje”, estupenda novela de Miguel Delibes donde describe magistralmente el sentir de la época). La Iglesia, la Inquisición y las autoridades seculares desarrollaban una vigorosa campaña propagandística para desterrar cualquier resto de la herejía protestante de España. La década de 1560 fue clave en aquella campaña, y la mayoría de españoles, de cualquier clase social, veía la herejía acechando tras cualquier comentario trivial. El descubrimiento de pequeños grupos luteranos en ciudades como Valladolid  y Sevilla al final de la década de 1550 incrementó la percepción general de que el país era el último bastión del catolicismo ortodoxo, acosado por agentes dispuestos a infiltrar ideas y libros protestantes en España para sembrar la herejía, la discordia y la revuelta social.

A pesar de que La Bastida era normalmente cuidadoso con lo que decía en público, ese carácter reservado  lo completaba con una reputación de bebedor y glotón, y el vino debió aflojar su lengua aquella noche. Lo pagaría caro. Tras la cena se puso a charlar con sus colegas y decidió compartir con ellos algunas de sus opiniones sobre religión: escepticismo sobre la santidad de algunos beatos venerados en España y dudas sobre el excesivo poder que tenía el Papa de Roma. Tres meses más tarde, dos compañeros denunciaban a la Bastida ante las autoridades eclesiásticas de Sigüenza. Además de los comentarios que había realizado aquella noche invernal, se sumaron dos acusaciones más: por un lado sus colegas habían notado su simpatía por las ideas luteranas cuando habían estado lamentando el asesinato del Duque de Guisa, líder de la facción católica en Francia, en febrero de 1563; y por otro, La Bastida había evitado celebrar cierta victoria católica sobre los hugonotes (nombre dado a los protestantes en Francia).

El tribunal seguntino puso el mecanismo inquisitorial en marcha: el 28 de agosto se expidió una orden para detener al francés, al día siguiente fue sometido al primer interrogatorio y se confiscaron sus posesiones de la casa de su patrón, donde estaba alojado. La Bastida se encontró de repente no sólo privado de libertad y de todos sus bienes, sino también robado de la buena reputación que se había ganado en Sigüenza desde que llegó a trabajar en la ciudad hacía casi un año.

Como es comprensible, temía el proceso inquisitorial en el que se vio envuelto, y su terror aumentó el 30 de agosto cuando, de manera inusual, los cargos con los que le acusaban le fueron comunicados. Contaba además con un agravante del que difícilmente podía escapar: su nacionalidad. Como dijo el Dr. Daza, abogado de la acusación en el juicio seguido contra La Bastida en Sigüenza: “la herejía está de nuevo extendida en el reino de Francia, donde el acusado nació y se crio, por lo que es profundamente sospechoso”. El licenciado Santos, fiscal en el proceso una vez fue transferido a Cuenca, compartía el punto de vista de su colega: “siendo este hombre francés, lo más probable es que sea culpable”. El propio La Bastida trató de zafarse de esta desventaja con una peregrina declaración: “si el que sea francés es lo que está haciendo a la acusación sospechar de mí, déjenme decir que he vivido en España durante 11 años y ya no hablo ni mi lengua nativa (…) me considero ahora más español que francés”.

Ante el estado de las cosas, tomó la determinación de huir en cuanto tuviera una oportunidad (son frecuentes en los papeles de la Inquisición de la época las quejas por el deplorable estado de las cárceles, la corrupción de sus empleados y la frecuencia con que se producían fugas). Aquella misma noche limó sus grilletes, escapando de la celda y partiendo hacia Alcalá.

Llegó hasta Baides, pero cuando el sol y el calor apretaron, la sed le forzó a bajar al río Henares, donde fue visto por unos jinetes que viajaban a Madrid desde Sigüenza. Lo reconocieron inmediatamente, pues se había montado un gran alboroto cuando se supo de su fuga de la prisión seguntina, y todo el mundo en el área estaba alerta. Tan pronto como le vieron en la distancia gritaron: “¡ahí va el luterano!”, un grito que explica muy bien el ambiente de España en aquellos años. La Bastida trató de escaparse por un cerro rocoso, y en un acto de desesperación se escondió en un árbol, pero estaba rodeado y se tuvo que rendir tras unas pocas horas de libertad.

De vuelta en la ciudad, su juicio comenzó en serio. La acusación interpretó su intento de fuga como una prueba de su culpabilidad. La Bastida confesó que la lima con la que se había librado de los grilletes había sido introducida en su celda escondida en comida, el viejo truco, por un aprendiz llamado Cebrianillo que, como el propio La Bastida, trabajaba para Sebastián Martínez. La Bastida comenzó negando los cargos de haber pronunciado “proposiciones heréticas”. Reclamó que, si había dicho algo que tuviera aspecto de herejía, se debía a que era un “muchacho joven e ignorante (tenía 25 o 26 años cuando fue detenido) y no era consciente de que hubiera algún error o herejía en lo que dije, pues nunca he recibido formación en tales asuntos”.

Compañeros de trabajo que habían conocido a La Bastida mucho tiempo antes de que llegara a Sigüenza fueron citados para dar testimonio en su juicio, testificando que tenía buen carácter y un comportamiento devoto.

Durante este periodo, la jurisdicción de Sigüenza fue trasladada al Tribunal de la Inquisición de Cuenca y, dada la seriedad de las denuncias hechas contra el prisionero, todos los papeles relacionados con el proceso fueron enviados a Francisco de Ayanz, inquisidor de Cuenca, quien ordenó que el prisionero fuera trasladado a la capital conquense.

Llegado a Cuenca, el francés fue llevado a una celda junto a un cura de pueblo llamado Juan García, al que le acusaban de seducir a sus feligresas durante las confesiones. Los dos inmediatamente se pusieron de acuerdo para planear su fuga, pero justo antes de que pudieran llevar a cabo su plan, La Bastida fue trasladado a una celda más segura. García, sin embargo, logró escaparse (en diciembre de 1565) y estuvo fugado por varias semanas. Cuando fue finalmente capturado, confesó los planes que tenían, sin duda con la intención de obtener la clemencia de la Inquisición. También ofreció una detallada descripción del comportamiento de su compañero de celda en prisión. La Bastida, dijo, estaba hundido en la desesperación: “no hizo otras cosa que llorar y sacar su cabeza a la luz del sol que entraba por el ventanuco, y probar los barrotes por ver si había alguna manera de escapar a través de ellos (…) dijo que si no podía escapar, terminaría ahorcándose”.

La Bastida estaba aterrorizado, asumiendo que iba a ser quemado vivo por la Inquisición conquense. Confesó a su compañero de celda que “aceptaría vestir un sambenito, recibir doscientos latigazos o servir en galeras por tres o cuatro años, con tal de librarse de la pena de muerte”. El inquisidor Ayanz trató, como era normal en estos casos, de descubrir si había opiniones firmemente heréticas tras lo que La Bastida había dicho en Sigüenza, pero también era consciente de que el francés estaba aterrorizado cada vez que lo interrogaba. Así, permitió que le dieran papel y pluma para que pudiera escribir su defensa en su celda.

Afortunadamente, este documento se conserva. Por él, podemos deducir que los comentarios que La Bastida hizo en Sigüenza aquella noche fatal no eran el resultado de una concienzuda posición teológica ni el producto de un cuidadoso estudio de la literatura protestante. Más bien, La Bastida reprodujo lo que había oído decir a dos compatriotas. Uno era un marinero de Ruan con el que se había encontrado en los muelles de Sevilla, y el otro un joven hugonote con el que había trabajado durante bastante tiempo en Sevilla y Toledo, y que había tratado de convertirlo al protestantismo. Ayanz ordenó que se torturara al acusado, pero no se obtuvo la confesión de haber sido un secreto luterano. La Bastida mostró el requisito de arrepentimiento, y Ayanz aceptó su argumento de que era un joven ignorante. En marzo de 1566, acompañado en la catedral de Cuenca por un grupo variopinto (el cura Juan García, un herborista flamenco y un molinero de Cuenca) renegó de sus errores y fue desterrado a perpetuidad de aquel distrito, salvándose así de la temida hoguera.

Nota: Este artículo se basa principalmente  en las investigaciones de Clive Griffin, publicadas en la revista The Library, Vol. 1 (1), en el año 2000, bajo el título Inquisitional Trials and Printing-Workers in Sixteenth-Century Spain.