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La que se lió en Sigüenza con los funerales de Felipe II

A veces ocurre que, cuando el autor decide que ese libro está hecho, le aparecen nuevos documentos o, si es un literato, nuevos versos y nuevas ideas. Y eso es lo que ha pasado con mi último volumen de Sigüenza entre las dos Castillas y Aragón que se ocupa de los obispos del siglo XVI. El postrero, que falleció ya en el siglo siguiente, me trajo la sorpresa de nuevos documentos en el Vaticano.

El señor en cuestión se llamaba fray Lorenzo de Figueroa y Córdoba y se había hecho dominico. Era hijo del conde de Feria y de la marquesa de Priego y lo reseño para que el lector se haga cargo de la mentalidad del obispo.  Fue muy buen religioso y un santa persona, pero acostumbrado a mandar y a mandar como si también los demás fueran religiosos.

Pero no, el clero diocesano no era religioso, el cabildo no era religioso y en aquellos tiempos los canónigos tenían sus derechos —que eran bastantes más que ahora— y los defendían frente quien fuera con los relativos procesos, que costaban mucho dinero, como ahora, pero lo que importaba era que el obispo los respetase.

He puesto estas líneas para que quien lea pueda darse cuenta del tema y considere que una persona puede ser un santo varón o una santa mujer pero, como leí siendo adolescente, en las vidas de los santos falta siempre un capitulo: De los defectos del santo.

El documento revelador se lo debo al nuncio en España que era Camilo Caetani, patriarca de Alejandría, quien escribió al Secretario de Estado, Aldobrandini, desde Valencia el 14 de Febrero de 1599 para ponerle al corriente. Y esto es lo que decía:

En Sigüenza el obispo y el cabildo habían anunciado que se habrían hecho las honras fúnebres del rey Felipe II el domingo 24 y al día siguiente, 25 de Octubre, y que el obispo personalmente habría hecho la celebración y pronunciado la oración fúnebre. El sábado fray Lorenzo mandó decir al cabildo que se retrasase todo al miércoles, fiesta de los Santos Simón y Judas; y, hay que saber, que el gasto del túmulo, de la cera y de otras cosas necesarias lo hacían el obispo y la ciudad. El cabildo por medio de dos capitulares hizo saber al obispo que no pensaban retrasar el funeral, —porque en la catedral mandaba el cabildo—. Enseguida el obispo mandó presentar a los capitulares un monitorio con censuras —un aviso con amenaza de castigos— para que hasta el miércoles no celebraran el funeral. Pero el cabildo también se puso farruco y, no obstante las censuras, estableció que no se obedeciera, y los capitulares comenzaron el funeral sin luces y otras cosas necesarias para las exequias de tan gran personaje y, después de haber sido declarados descomulgados por el provisor del obispo a causa de su desobediencia, prosiguieron con el oficio con grandísimo escándalo del pueblo y, al día siguiente, los mismos públicamente descomulgados cantaron la misa de la misma manera y rezaron el oficio con escándalo grande, pues no faltaron mujeres y personas sencillas que se preguntaran si esos consagraban estando descomulgados, o sea si valía la misa.

El obispo no se salió con la suya porque los canónigos pretendían estar exentos de su jurisdicción en casos semejantes, y lo estaban realmente en virtud de una concordia confirmada por la Sede Apostólica, sobre la cual tenían una sentencia y ejecutoria de la Rota. Por eso consideraban no estar obligados a obedecerle y habían apelado a tal exención no dando peso alguno a la excomunión; después de la misa, para que el obispo no pudiese volver a celebrar el funeral querían romper el túmulo, pero el obispo había puesto en el coro un alguacil para que lo custodiara, aunque seis capitulares cerrando las puertas del coro para que nadie pudiera entrar a prestar auxilio al alguacil lo cogieron y lo sacaron del coro a la fuerza y aunque él gritó ¡Ah del Rey! —o sea apeló a su autoridad— y se lamentó de tal manera que un hermano del alguacil mismo estando fuera del coro echó mano a la espada y trató de entrar a la fuerza, aunque lo empujaron fuera a patadas y con palabras insolentes contra la autoridad real, creando no poco escándalo. El alcalde seguntino fue enseguida a lamentarse con el nuncio, junto al agente del obispo, diciendo que el prelado no quería acudir al Consejo Real para que no se entrometiese en este asunto, pero que teniendo las manos atadas con eso de la exención y no pudiendo castigar a los capitulares, que convocase a estos Caetani, como juez de los exentos, y pusiese remedio a tal desobediencia, diciendo que, de otra manera, el obispo no podía medirse con loro.

Razonó el nuncio que, como el mismo obispo lo pedía dando como razón no solo la exención sino que, además, se trataba de una injuria a su misma persona, por lo que no parecía bien la juzgase él mismo y, considerando que no era justo que por el hecho de haber sido declarados exentos por la Sede Apostólica, quedaran sin castigo semejantes delitos y que el cabildo a quien tocaba hacer el proceso era el mismo que había delinquido y dudando también de que el Consejo Real no metiese la mano como ya había hecho en otra ocasión en un caso semejante, decidió el nuncio mandar a un doctor en leyes, español y protonotario, con orden de tratar, sobre todo, de aquietar a los capitulares con el obispo y que se volviese a hacer el funeral. Pero encontró a los capitulares tan ajenos a la concordia y tan rebeldes que juzgó no ser posible volver a hacer el funeral sin encerrar a una parte de ellos en tres distintas casas y así fue repetido el funeral por el obispo con mucha solemnidad, e hizo también la oración fúnebre con gran aceptación.

Pero claro el enviado del nuncio, fue otro bruto en este tema y del hecho de haberlos encarcelado y del modo de proceder de dicho juez, “bastante más áspero de lo que yo hubiera querido y de lo por mi ordenado” —informaba Caetani a Roma—, hizo que los capitulares se disgustaran y rechazaran la jurisdicción de ese juez enviado y, sin avisar al nuncio, recurrieron al Consejo Real por la vía de fuerza tomando, como pretexto haber apelado del primer mandato hecho por el obispo de Sigüenza, apelación que se veía claramente nula y frívola según el nuncio.

Y de esa manera un problema eclesiástico se convirtió en un problema político y el nuncio entreviendo lo que podía pasar ordenó que el juez enviado volviera a Madrid después de haberse retirado oficialmente de la causa. Fue tratado el negocio en el Consejo y como estaban llenos de desdén por haber hecho Caetani tanta oposición en el negocio de los Inquisidores de Sevilla y en otras cosas en las que se pasaban, sobre las cuales había dado un memorial al rey, establecieron que el juez había hecho fuerza en la gestión, mandando que otorgase y repusiera lo que había hecho —o sea dejase todo como antes— y cuando presentaron dicho mandato al juez, respondió éste que por orden del nuncio, ocho días antes se había retirado del proceso y por tanto no tenía nada que ver con el negocio.
Y por eso comienza la negociación política pues, viendo el mal camino que tomaba el asunto, el nuncio habló con el Presidente proponiéndole, para resolver el tema y conservar la autoridad del tribunal de la nunciatura, que el nuncio Caetani  convocase a tres o cuatro de los más culpables entre los capitulares y una vez hecha una buena fraterna corrección los remitiese con los demás a su obispo para que acabase el negocio con benevolencia, sobre todo porque los canónigos habían mostrado poco respeto tanto al obispo como a él haciendo tocar las campanas en Sigüenza, y otras cosas impertinentes cuando les llegó la noticia del decreto del Consejo.

El nuncio pensó que el presidente del Consejo Real, o sea el presidente del Gobierno de la época, estaba de acuerdo con lo que le había dicho y llamó a tres del cabildo, haciéndoles una buena amonestación y un decreto de remisión al obispo, encomendando la causa al prelado en lo que fuera necesario. O sea que la cosa volvía al obispo, pero a los llamados les pareció que quedaban señalados como aquellos que habrían querido que todo el negocio se resolviese bajo cuerda y cayese en el olvido, y pretendieron que, como establecía el derecho, entonces el juicio lo hicieran el juez designado por el obispo junto con el juez designado por el cabildo como establecido en el concilio de Trento, algo que no se podía hacer por dos razones: La primera porque estando ambas partes implicadas en el asunto, solo podía resolverlo la Sede Apostólica y la otra porque en este caso el mismo cabildo era el delincuente, de manera que no podían los jueces adjuntos entrometerse en conocer su propio proceso; pero, no considerando estas razones, los del cabildo apelaron a Su Santidad de dicha remisión y comisión y presentaron recurso de fuerza. Ya ve el lector que ni el nuncio logró achantar a los del cabildo de Sigüenza y al nuncio no le pareció verdad que apelaran, porque así se quitaba el problema de encima y enseguida admitió la apelación, pues así el Consejo Real no podría entrometerse, o eso creía Caetani, pues aún así los capitulares siguieron por el mal camino de llevar la cosa al Consejo y el Consejo de llevar adelante su decisión, porque declararon que el nuncio, al mandar venir a los capitulares y al remitir y dar en comisión la causa, como se ha dicho, había hecho fuerza y no pasaron adelante en ello decidiendo que se otorgase y repusiese, porque no había qué otorgar ni reponer, pero como el perro que, no pudiendo morder la mano que tira, muerde la piedra, se dirigieron al juez anteriormente enviado por Caetani mandándole bajo pena de las temporalidades (los sueldos) que, no obstante se hubiese retirado del proceso, como se ha dicho, y no tuviese jurisdicción alguna otorgase y repusiese y además restituyese los salarios tomados en el plazo de tres días.

O eso o un choque de trenes, como se dice ahora, y por esta razón informaba a Roma de que no había podido impedir esa ceremonia de simples palabras, pues en caso contrario dicho juez habría tenido que marchar desterrado y arruinado; además en tal ceremonia se descubriría tanto más la impertinencia de tal decreto que no podía razonablemente producir efecto alguno, pero en el otro tema, el de los salarios, e incluso sobre el entero negocio se quejó el nuncio con Felipe III por medio de un billete, dándole a conocer cuán necesario era que pusiese remedio, y antes de que el nuncio abandonase Madrid para ir a Valencia había tenido palabra firme del Presidente de que no permitiría se procediese ulteriormente contra dicho juez.

Los tres del cabildo que había llamado Caetani se volvieron a Sigüenza sin que les hubiera dado licencia el nuncio, y eso que les había mandado, bajo pena de excomunión, que tuviesen la residencia en Madrid como cárcel, y aunque le habían pedido dicha licencia se la había negado, pues habían apelado al Papa y la había aceptado, de manera que la licencia fueran a pedírsela a Su Santidad. Sin cuidarse del nuncio llegaron a la ciudad siendo recibidos por los demás capitulares de modo complacido, como si hubiesen obtenido alguna victoria e hicieron fiesta oyéndose públicamente por Sigüenza.

De manera que pluri descomulgados y sin absolución fueron a la catedral y no pensaban obedecer al obispo, diciendo que no podía proceder contra ellos sin los jueces adjuntos del cabildo, de manera que nuevamente habían apelado y recurrido al Consejo Real sobre ciertos decretos interlocutorios del obispo para que declarasen —los del Consejo Real claro— si el obispo hacía fuerza —o sea se pasaba en su autoridad— procediendo sin los adjuntos. Las causas de la contumacia y rebelión de dicho cabildo eran dos, según el nuncio Caetani: Una la exención que tienen de la Sede Apostólica con la cual no estiman a su obispo. La otra la osadía que les da el Consejo Real por la vía de fuerza, con la cual osaban también, como podía ver el cardenal Aldobrandini, oponerse al nuncio mismo, en lo que tanta menos excusa merecen habiendo prometido en los años pasados con sus cartas a mons. de Grassi, -nuncio anterior-, que en el futuro no habrían apelado y ahora lo hacían tan familiarmente como si esos fueran los verdaderos y propios jueces de las apelaciones. Eso era lo que ha sucedido con motivo del funeral de Felipe II y eso era lo que contaba al Secretario de Estado con tan largo escrito, que nos revela como fray Lorenzo de Figueroa no tenía la mínima mano izquierda al tratar con el cabildo y como estos tenía ya quejas almacenadas respondieron como quien estaba harto de aguantar. Y otro que fue de político por la vida fue el nuncio, como si la política resolviera todo. ¡Cosas que pasaban y que pasan!

Por si algún lector está interesado, el documento está en el Archivo Secreto Vaticano, Segreteria di Stato Spagna, vol. 50, f. 75-80.

Sigüenza 19 de Julio de 2019
Pedro A. Olea Álvarez