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Varias tragedias romanas de 1635 y 1636

Cuando uno se pone a estudiar los personajes que le interesan no le queda más remedio que interesarse por la cultura de la época y del lugar.

En el siglo XVII, tanto en España como en Italia se escribían diarios, más o menos locales, recogiendo sucesos curiosos. Son los precursores del periodismo, lo mismo que a los astrólogos se les puede considerar precursores de la astronomía y a los alquimistas de la química.

Estos diarios contaban generalmente eventos locales o también externos que llegaban a las ciudades por el interés que despertaban. Si los hechos además tenían morbo, pues éxito seguro. Ofrezco estas tragedias a los lectores por si alguno se anima a escribir una novela negra de seguro agrado de los lectores.

Piazza Navona. Roma. Hacia 1600.

Una de las muchachas de la familia Alaleona, que alcanzó prosperidad en la Roma papal del siglo, acabó en el convento de Santa Cruz en Montecitorio, cerca de ese lugar donde hoy se reúnen los diputados italianos, y hoy casi completamente desaparecido.

¿Se pueda una enamorar estando en un convento? ¡Pues claro! Lo difícil es encontrar de quién. Pero no es imposible. ¿Se puede uno enamorar de una jovencita monja, que no sabe muy bien por qué está allí? Sí, pero lo malo es cómo sacar adelante la relación, aunque los jóvenes tienen cabeza para todo.

Y eso fue lo que ocurrió; en mayo de 1635 un joven se enamoró de esta chica de los Alaleona, y la cosa fue adelante hasta que se estableció que debían juntarse, lo hablaron y de común acuerdo el joven al volver a casa dijo al siervo que pensaba irse unos días fuera de Roma, pero que llevase a la monja de Monte Citorio ese mismo día una caja, pidiéndola que la custodiase hasta su regreso, pues contenía algunas cosas de gran valor. Después de todo esto él joven se encerró en la caja pero, cómo pasa siempre, el siervo, no sabiendo que dentro estuviera el señor, no se apresuró a llevarla, de manera que cuando la llevó el dueño de casa había muerto dentro sofocado; el chico tan enamorado, ni siquiera había pensado en cómo iba a respirar. La monja, que tenía la llave, una vez entregada la caja se la llevó a la celda, la abrió y encontró a su joven enamorado muerto o, como dicen otros, que expiraba en ese momento —hay que echarle siempre morbo romántico a las cosas en toda época—, y después de haber estado sobremanera afligida la monja se vio obligada a contar todo a la abadesa, la cual avisó al vicario del Papa y finalmente decidieron que la monja fue emparedada (probablemente en el sentido de que el resto de sus días viviese en una habitación sin posibilidad de salida) en el mismo monasterio; era una monja muy bella que tenía dieciocho años.

Pasemos ahora a otro notición romano.

En mayo de 1635 monseñor Amodei, un veneciano que vivía cerca de San Andrea de la Valle mandó llamar a un mercader del que era acreedor, diciendo que quería echar cuentas con él; pero cuando llegó el mercader el monseñor en cuestión mandó cerrar las puertas y seguidamente él mismo, con un criado, lo mató. El criado huyó enseguida, pero el prelado salió de casa y se refugió en la basílica de San Andrés, aunque se logró que saliera de la iglesia a través de un chivato que entró en el templo disfrazado, le habló y le aconsejó que era mejor que volviese a casa y no albergase temor alguno, de manera que nada más salir de la iglesia le detuvo el juzgado y fue trasladado a Tor di Nona, la cárcel romana para la gente normal, pues los cardenales y los grandes de la curia acababan en el castillo de S. Angelo.

El siguiente 14 de julio le fue cortada la cabeza en la cárcel a monseñor Amodei por el homicidio que había llevado a cabo y por otros delitos, sobre todo por los pasquines que se le habían encontrado, lógicamente criticando al gobierno. Lo del acreedor no es de extrañar, se ve que no tenía con qué pagarle, y en esto del dinero los venecianos eran como eran, no perdonaban.

Como Tor di Nona se puede ver todavía cerca de Tiber, el cuerpo de Amodei estuvo expuesto durante una hora en el puente —ya estaba asegurado el murmullo cotidiano— y luego llevado a la iglesia de San Salvatore in Lauro, donde estuvo todo el día hasta que al anochecer fue llevado a enterrar a San Marcos porque era veneciano y para ellos era como su iglesia nacional. Por cierto en ella se empeñaron los miembros de la familia Barbo, a la que pertenecía Paulo II y el escudo de uno de sus cardenales se puede ver en la portada de la capilla de San Marcos y Santa Catalina en nuestra catedral seguntina.

Hubo ciertamente un mayo movido en 1635, pero al acabar el año siguiente, el 1 de diciembre de 1636, le fue cortada la cabeza, durante la noche, en la cárcel del Capitolio, al marqués Manzoli Bentivoglio, boloñés, por un libro de pasquines que habían encontrado en su casa, sin que él confesara nada, sino por la declaración de dos testigos los cuales la misma mañana fueron ahorcados en la plaza Judía. El cuerpo degollado del marqués estuvo expuesto durante toda la jornada a los pies del Capitolio y se dice que uno de los testigos antes de morir había confesado que en realidad lo habían acusado falsamente y era inocente. Pero sea lo que fuere, posteriormente se notó que todos los que habían tomado parte en su condena murieron a su vez de mala muerte y especialmente un notario que murió furioso, el cardenal Verospi murió de repente y Pietro Colangelo, que entonces era fiscal del Capitolio, murió de noche vomitando mucha sangre. No me digan que no hay para una buena novela, menos mal que los de USA no conocen estas cosas si no tendríamos película segura.

Cuando intervino en la condena a muerte del marqués, Jerónimo Verospi, era solamente auditor de la Rota, y luego Urbano VIII le hizo cardenal, cuando no era ni siquiera cura. Nuestro informador sabía de su muerte porque había fallecido en 1652.

Como siempre, para quien tenga más curiosidad, lo encontrará en Diario Romano (1608-1670), de Giacinto Gigli, Roma 1958, p. 155-156, 164.