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El blasón de la ciudad de Sigüenza

La inmensa mayoría de los seguntinos conocen sobradamente el blasón de su municipio. No en vano existen hasta ocho labras del mismo en sendos pórticos o fachadas de otros tantos edificios históricos de la ciudad que todo el mundo puede ver aunque no me consta si también pueden disfrutar o valorar.

Versión del autor.

Trae por armas la ciudad de Sigüenza escudo español partido en dos cuarteles:

A la derecha, de azur y sobre unas rocas en su color, un castillo donjonado de oro, aclarado de gules y mazonado de sable.

A la izquierda, de gules, un águila pasmada de sable, coronada de oro a la antigua, que sostiene en sus garras un hueso humano en su color.

Al timbre la Corona Real.

 

Pero ¿qué se debe entender exactamente por blasón?

El Diccionario Heráldico lo define como una representación gráfica, generalmente con forma de escudo, que contiene los emblemas que representan simbólicamente una nación, una ciudad, un linaje, etc.

Pero para tener una idea más completa conviene también tener en cuenta lo siguiente:

Que desde tiempo inmemorial el elemento defensivo por excelencia usado por los combatientes fue el escudo.

Que a partir del siglo XII —y por la necesidad de distinguirse los caballeros en el campo de batalla— creyeron oportuno pintar sobre los escudos los emblemas elegidos por los propios caballeros u otorgados a éstos por sus soberanos, razón por la que comenzaron a denominarse escudos de armas.

Que estos escudos de armas y lo que representaban se hicieron pronto hereditarios y los afectados decidieron organizarse mediante un sistema de reglas y de un lenguaje propio que permitiera describir con la mayor exactitud las armerías y, por otro lado, su concesión quedó restringida a una prerrogativa real que se ejercía a través de los llamados Heraldos, cuya cabeza visible recibía el título de Rey de Armas.

Que en el siglo XV, ese conjunto de reglas propias debidamente organizadas para la correcta interpretación y confección de los blasones o escudos de armas, constituyeron lo que hoy conocemos como Heráldica o Ciencia del blasón.

Que más tarde su uso se extendió a toda clase de soportes: cuadros, telas, joyas, fachadas de las viviendas, monumentos funerarios y otros.

Así pues, la Heráldica no sólo es un campo de expresión artística y un elemento del derecho medieval y de las dinastías reales que ha llegado hasta nuestros días con plena vigencia sino que, además, desde el siglo XVII, la Heráldica está considerada como una ciencia admitida dentro de las ciencias anexas de la Historia junto con la Paleografía, la Diplomática, la Epigrafía, la Sigilografía, la Vexilología, la Genealogía y la Falerística aunque no se conoce con precisión cuándo nació la Heráldica como ciencia en el sentido en que la definía el Marqués de Avilés: “El Blasón es el Arte que, con términos y voces propias de él, enseña en la inteligencia del escudo de Armas la de los esmaltes, figuras y ornamentos, el orden de componerles con reglas y preceptos ciertos, al modo que le tienen todas las demás Facultades y Ciencias” (Ciencia Heroyca, reducida a las leyes heráldicas del blasón (Barcelona, 1725)

Pero no queda aquí la cosa porque, en función de su aplicación, la Heráldica se clasifica en las siguientes ramas:

Heráldica gentilicia: que se ocupa de los individuos, familias o linajes.

Heráldica militar: de las personas, instituciones y cuerpos o entidades militares.

Heráldica eclesiástica: de las personas, instituciones o entidades eclesiásticas.

Heráldica civil: de las entidades territoriales que se subdivide a su vez en nacional, provincial y local y en el caso de España, de las Comunidades Autónomas.

Heráldica corporativa: de las entidades públicas o privadas, de carácter civil como Universidades, Colegios y Asociaciones profesionales, clubes deportivos, sindicatos y otros.

Heráldica industrial: de marcas o productos elaborados por las empresas.

Y por si fuera poco, todas estas ramas de la Heráldica están sujetas a unas determinadas Reglas y Leyes que conviene conocer aunque sea de forma somera:

Regla I.- Forma del escudo. Se refiere a la forma exterior del escudo sin adornos ni añadidos y se corresponde con la superficie del escudo que usaban los caballeros medievales donde primitivamente dibujaban sus armas. Los escudos más antiguos solían tener forma triangular y con el paso del tiempo fueron cambiando para adaptarse a la necesidad de incorporar nuevos elementos o modas.

Pueden establecerse una serie de tipos comunes que se han ido manteniendo a lo largo de la historia en los países europeos y que se denominan con el nombre del país al que pertenecen: español, francés, alemán, inglés, italiano, cada uno con su forma característica. Además, atendiendo a la condición del titular del escudo, se denominan: eclesiásticos, doncellas o viudas o armas matrimoniales, cada uno con su forma característica

Regla II.- Campo y Particiones. Se denomina campo del escudo al espacio comprendido dentro de las líneas que limitan el mismo y también se denomina campo al fondo de cada una de las particiones en que se divida el escudo. Éste puede ser simple o compuesto en función del número de divisiones o particiones que contenga. Los más comunes son: partido, cortado, tronchado, tajado, terciado, cuartelado, jironado, cortinado, mantelado, calzado, embrazado, contraembrazado, encajado, enclavado, adiestrado, siniestrado, flechado... y las combinaciones que de ellos se hagan.

Regla III.- Esmaltes. Se denomina esmaltes a los colores con que se pintan tanto el campo como las figuras del escudo y se dividen en metales y colores. Son metales el oro y la plata, que en la práctica pueden ser sustituidos por amarillo y por blanco. Colores son: gules (rojo), azur (azul), sinople (verde), púrpura (morado), y sable (negro). Además de éstos, que son los básicos, pueden usarse todos los colores naturales de animales, plantas, construcciones y el color de la piel humana para las personas (carnación).

Regla IV. Figuras

Se denominan Figuras o Piezas a todos los objetos que se colocan en el campo del escudo. Los heraldistas distinguen cuatro clases de figuras:

Heráldicas, como el jefe, el palo, la banda, la faja, la cruz, el aspa o sotuer y la bordura;

Naturales, como las figuras humanas, los animales, las plantas, los astros y meteoros;

Artificiales, como coronas, castillos, torres, cadenas, herramientas y

Quiméricas, como dragones, grifos, sirenas, etc.

Aunque en la actualidad las excepciones en la Heráldica van camino de convertirse en norma —especial y desgraciadamente en la Heráldica Municipal española— hay que dejar muy claro que existen ciertas Leyes fundamentales que deben tenerse muy en cuenta a la hora de disponer los elementos de un escudo.

Ley Primera.- Jamás debe ponerse metal sobre metal ni color sobre color.

Ley Segunda.- Las figuras propias de las Armerías deben estar siempre colocadas en el lugar que les corresponde.

Ley Tercera.- Los escudos en los que aparecen las figuras naturales, artificiales o quiméricas, si aparecen varias de estas figuras, pueden colocarse una sobre otra, pero cuando se trata solo de una, lo correcto es colocarla en el centro del escudo.

Ley Cuarta.- En los casos de las figuras que no son piezas honorables y existen en el escudo en número de tres, se ponen dos en jefe y una en punta.

Ley Quinta.- Los adornos exteriores del escudo reciben el nombre de timbres. Originariamente los timbres no formaban parte del blasón y podían variar a voluntad del titular. Los más usados son: coronas, yelmos, bureletes, cimeras, lambrequines, tenantes y soportes; mantos, banderas, cordones y palmas, encomiendas y collares de las Ordenes Militares, pabellones, divisas, y la voz de guerra. Las coronas se representaron a partir del siglo XVII. La posición y la decoración de coronas y yelmos indican los grados en la jerarquía de los títulos. Los timbres eclesiásticos son la tiara pontificia, capelos, mitras, báculos, cruces, sombreros, rosarios y borlas. Los soportes son las figuras que sostienen el escudo y pueden ser figuras humanas o semihumanas (tenantes) y animales u objetos inanimados (soportes propiamente dichos). Los lambrequines han de ser siempre de los esmaltes del campo y de las figuras del escudo.

Ley Sexta.- En armería debe usarse siempre de los términos propios del arte.

Ley Séptima.- Todas las cimeras que son humanas, de animales y de aves, deben ponerse de lado, mirando a la diestra.

Regla V. Forma de blasonar

Blasonar es disponer convenientemente el escudo de armas de una ciudad o familia según la regla del arte. Para interpretar correctamente un escudo hay que tener en cuenta que este se personifica, es decir que la derecha del escudo se corresponde con la izquierda del observador y viceversa y que, longitudinalmente, de arriba abajo, el escudo se divide en jefe, centro y punta

 

Esta disertación podría alargarse durante horas, pero como de lo que aquí se trata es de dejar constancia de que la Heráldica dista mucho de ser un pasatiempo banal, quiero dejar meridianamente claro que nadie debiera utilizarla sin rigor científico para alterar caprichosamente las piezas o los esmaltes de ningún escudo, especialmente si se trata del escudo municipal de Sigüenza que ha venido representando a esta ciudad secular y a sus gentes desde sus remotos orígenes, porque según la clasificación de Vicente de Cadenas y Vicent (Fundamentos de Heráldica, Ciencia del Blasón, Hidalguía, Madrid, 1975), el blasón de Sigüenza pertenece a las llamadas armas remotas cuyo origen se pierde en el tiempo. Es decir, que nadie sabe por qué ni cuándo empezaron a ser usadas. Pero sí se sabe que el primer testimonio documental de las armas de Sigüenza que ha llegado hasta nosotros es un sello de doble impronta del año 1252 que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional. Su anverso está irreconocible pero en su reverso se distingue claramente un castillo de tres torres, lo que hace deducir que parece poco probable que las figuras del blasón de Sigüenza sean las armas de los dos primeros obispos y señores de la ciudad porque cuando estos clérigos fallecieron (Don Bernardo de Agén en 1143 y Don Pedro de Leucata en 1156) todavía no se había extendido en Castilla el uso de los Escudos de Armas entre los más importantes guerreros, por lo tanto, con menos razón los iban a usar los clérigos.

Un segundo testimonio documental del blasón seguntino se encuentra en la Historia de la Diócesis de Sigüenza y de sus obispos, de Fr. Toribio Minguella y Arnedo, de donde lo toma Adrián Blázquez Garbajosa al narrar la pleitesía que rinde el Concejo al obispo D. Juan II, Abad de Salas, en su toma de posesión de la diócesis el 26 de diciembre de 1361, mediante un escrito firmado por todo el Concejo y legalizada por [...] su seello redondo de dicho concejo en cera blanca [...] en el cual seello avia figuras de castiello e de águila.

Los primeros escudos labrados en piedra aparecen en Sigüenza a finales del siglo XV o comienzos del XVI, época en la que Castilla gozaba de gran prosperidad. Fue por aquel entonces cuando ocuparon la sede episcopal seguntina de forma sucesiva Don Pedro González de Mendoza (el Cardenal Mendoza, desde 1467 a 1495) y el Cardenal Bernardino López de Carvajal y Sande (desde 1495 a 1519). Durante el pontificado de este último fue construida la Casa del Concejo (el Ayuntamiento Viejo), edificio en cuya fachada se encuentra el mayor y mejor conjunto de escudos en piedra de Sigüenza.

Figura 1

En uno de ellos, español y partido, situado a la izquierda del escudo de los Reyes Católicos (f1) y que, a mi entender, es el más hermoso de todos ellos, aparecen las armas de la ciudad. Y recalco “ciudad" porque en su cuartel derecho, sobre unas rocas, aparecen tres torres cercadas por una muralla símbolo heráldico de ciudad y, a la izquierda, el águila más bellamente esculpida del conjunto. Es esta la única representación de la ciudad amurallada que encontraremos porque, en los restantes escudos, aparece un castillo y, más tarde, sin duda por ignorancia del cantero o del mecenas, el castillo aparece convertido en una simple torre, inexplicable degradación heráldica y arquitectónica que llega hasta nuestros días, fenómeno que debió ser contagioso porque otro tanto sucedió con la figura del águila ya que, con el paso del tiempo, aparece convertida en ave indefinida y escuálida.

Figura 2

Otro de estos escudos se encuentra en la fachada del edificio que fue utilizado como archivo (La Torrecilla) (f2). Sus características escultóricas hacen pensar a los eruditos que este escudo, español y partido, fue esculpido por Martín de Vandoma en la segunda mitad del siglo XVI. En él se aprecian los mismos elementos y con similar disposición que en el resto de los escudos sin que quede vestigio alguno de sus esmaltes originales: a la derecha un robusto castillo calado (puerta y ventanas abiertas) asentado sobre rocas. A la izquierda una magnífica águila pasmada (a punto de levantar el vuelo) y coronada de oro a la antigua.

Quiero hacer notar que en otros escudos municipales seguntinos labrados en piedra —portada de El Pósito, fuente de la Plaza de Don Bernardo, arquería superior de la antigua Sede de los Deanes Capitulares, (actual ayuntamiento)— aparecen algunas figuras novedosas, concretamente la de un hueso humano o un bastón sujetos por el águila y la de una cartela más o menos barroca, de las que se desconoce su razón de ser.

Como dije antes, en las calles de la Sigüenza medieval se pueden encontrar hasta ocho representaciones en piedra del blasón seguntino claramente visibles que constituyen una verdadera exposición escultórica al aire libre y que, a mi entender, son documentos insuficientemente protegidos de la intemperie seguntina y de otras inclemencias, corriendo grave riesgo de resultar dañadas o, incluso, de desaparecer. De ellas se puede obtener información suficiente para conocer las figuras pero no sus esmaltes que ya se han perdido.

Las reproducciones del blasón seguntino en las que, además de sus figuras, aparecen sus esmaltes, se hallan en soportes más delicados y mejor custodiados que los anteriores, como son:

En el libro “Rasgo Heróico. Declaración de las empresas, Armas y Blasones con que se ilustran muchas ciudades y villas de España” (Antonio Moya, 1756) en el que el autor lo describe así:

en primero, de Azur, Castillo de Oro; en segundo, de Gules, Águila de Sable, con las alas baxadas, coronada a la antigua, y un Hueso principal del cuerpo humano en las garras.

Figura 3

En la Biblioteca Nacional de España (publicación de Francisco Piferrer, 1860), cuyo autor lo describe como sigue: (f3)

Escudo partido; en el primero un castillo sobre peñas, y en el segundo un águila de sable esplayada y coronada, con un hueso asido en el pié derecho.

En la publicación “VIII Centenario de la Reconquista de Sigüenza” (Julián Moreno, 1924), cuya descripción es más detallada que las anteriores:

Trae por armas la ciudad de Sigüenza escudo partido en dos cuarteles: en el de la derecha, [...] castillo de oro en campo azur; y en el de la izquierda, águila pasmada en sable, con corona y sosteniendo con sus garras un hueso humano (el fémur) todo en campo de gules.

Figura 4

En los archivos municipales seguntinos, donde se custodia la correspondencia oficial mantenida entre el Excmo. Ayuntamiento y el Ministerio de Gobernación por la que este requirió al ayuntamiento la remisión de un diseño del escudo municipal y la documentación de índole histórico-tradicional que lo avalara, correspondencia que culminó con la aprobación de dicho escudo por parte del ministerio con fecha 19-julio-1965. Este es el diseño del escudo que hasta la actualidad viene utilizándose oficialmente y en el que se puede comprobar que el castillo roqueño aparece transformado en una humilde torre de oro en campo de azur y el águila real en una famélica avecilla de sable en campo de gules, arropados ambos por una innecesaria cartela decorativa y en el que aparece al timbre una corona ducal cuando debiera ser una Corona Real cerrada (f4).

Yo estoy convencido de que el blasón municipal seguntino ha tenido mala suerte y que el paso del tiempo le ha sentado fatal porque sus figuras han venido perdiendo entidad y sufriendo variaciones inexplicables. Basta con subir a la Plazuela de la Cárcel —que para los efectos es como remontarse a los siglos XV-XVI— para comprobar que, en aquel remoto entonces, el blasón seguntino era un blasón en toda regla, y nunca mejor dicho.

Figura 5

Finalmente, y aun resultándome penoso, me siento obligado a dedicar unas palabras al diseño más reciente (f5) del blasón municipal con el que estoy en total desacuerdo. En mi opinión no es más que un pésimo remedo sin sentido del aprobado en el año 1965 en el que, además de cometer los mismos errores que el primero, esquematiza y simplifica sus elementos heráldicos sin pudor introduciendo como novedad la falta de respeto a sus esmaltes —a excepción del campo izquierdo de gules— y jugando, eso sí, con los colores del escudo oficial de la JCC Castilla La Mancha (D.132/1983, 5-jul y D.115/1983, 12-nov) situándolos en cuarteles cambiados, es decir, utilizando un lenguaje heráldico desconocido que conduce a la confusión y que despierta no pocas susceptibilidades. La mayoría de las veces lo he visto publicado en documentos municipales digitales acompañado de las palabras “Ayuntamiento de Sigüenza” cuando la realidad es que, heráldicamente, su imagen no es representativa de nada ni de nadie. En definitiva, creo que se ha perpetrado una modificación del blasón municipal al margen de lo legislado para tales menesteres y sin consultarlo con los seguntinos a quienes, desde luego, tampoco representa.

Y por si sirviera de utilidad, quiero terminar citando a la Real Academia Española cuando define la palabra diseño como “Concepción original de un objeto u obra destinados a la producción en serie”, definición que me induce a reflexionar y a concluir lo siguiente: si la concepción del objeto ha de ser original, no hay mejor originalidad que la de volver al ORIGEN.

Ernesto A. Alcolea Jiménez