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El obispo Víctor Damián Sáez

El obispo Victor DamianEl obispo Víctor Damián Sáez
Una vida de novela

En el verano de 1834 el obispo de Tortosa, Víctor Damián Sáez, nacido en la localidad alcarreña de Budia, se encuentra en Sigüenza, un excelente y discreto refugio, lejos de su diócesis y de la corte madrileña. Al fin y al cabo, en el seminario seguntino había cursado sus estudios eclesiásticos, además de ser después canónigo y catedrático de Teología. El prelado, de sesenta y ocho años de edad, se siente temeroso y desazonado. Su pasado ultra absolutista, antes de alcanzar la dignidad episcopal, como efímero presidente del gobierno de Fernando VII y tenaz perseguidor de los sospechosos de liberalismo, no le augura un futuro apacible. Corren tiempos convulsos. Su añorado monarca había fallecido en el otoño anterior y una niña de tres años, Isabel II, heredaba el trono español bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón, la reina gobernadora. Las insurrecciones carlistas del norte de España incendiaban el país con una larga y cruenta guerra civil, la guerra de los siete años.
Víctor Damián Sáez, a mediados del mes de agosto, recibe un escrito de la reina reclamando su inmediata presencia en la corte. El obispo, preso de una gran angustia, se teme lo peor. En connivencia con unos pocos amigos y correligionarios urde una increíble patraña. Aparenta cumplir lo mandado y hace traer su carruaje episcopal desde Madrid. De buena mañana, unos días después, acompañado por su secretario, emprende viaje hacia Mandayona y allí, para resguardarse del calor del verano, descansa hasta bien entrada la noche. Al proseguir su viaje, ordena al cochero que transite despacio. Aprovechando la lenta marcha, en un determinado tramo del camino, el obispo y su acompañante se bajan silenciosamente del coche sin que el conductor, sentado en el pescante, advierta la bien tramada fuga. Los dos clérigos montan en unos caballos allí situados y se dirigen velozmente hacia Sigüenza. Al pasar por la Cabrera son detenidos por unos vecinos que vigilaban la ruta. No dejaban pasar a ningún forastero por temor a ser contagiados por una epidemia de cólera que asolaba los campos de Castilla. Una buena gratificación hace posible la continuación del viaje.
Al llegar a Sigüenza encuentran cerradas las puertas de las murallas. Los dos fugitivos acceden a la ciudad a través de un resquicio de los muros y se esconden en la casa del yerno de Joaquín Gaitán, médico del cabildo, situada en la calle Mayor por debajo de la iglesia de san Francisco. Víctor Damián, tras casi cinco años de ocultación y sigilo, con continuos cambios de domicilio para no ser descubierto, enferma de gravedad y fallece en el mes de febrero de 1839. Se cuenta que el general Ramón Cabrera, jefe carlista del frente de Levante, antiguo seminarista de Tortosa, al saber que su obispo estaba escondido en la ciudad, pone cerco a Sigüenza. Al conocer la muerte del prelado desiste de su empeño.
La muerte de Víctor Damián atemoriza a sus encubridores. No deben entregar el cadáver del obispo hasta estar seguros de no ser castigados. En una audaz y novelesca artimaña, ideada por el médico Gaitán, introducen los restos del obispo en una bañera llena de aguardiente, para evitar su descomposición, y juran solemnemente guardar tan macabro secreto. Siete meses más tarde, en septiembre de 1839, Joaquín Gaitán decide comunicar a la reina gobernadora la muerte del prelado. El ministro de Gracia y Justicia, el molinés Lorenzo Arrazola, ordena al juez de primera instancia de Sigüenza el levantamiento del cadáver y su entrega a las autoridades diocesanas. Con las debidas precauciones y un gran sigilo, en la madrugada del día doce de septiembre cuatro hombres conducen al difunto obispo, en oscuro y fúnebre cortejo, “sentado en una silla de manos y vestido con un alba”, hasta el dintel de la puerta del Mercado de la catedral seguntina. Allí, tres empleados del templo llevan el cadáver hasta una de las salas capitulares, en el claustro del templo, donde es entregado por el juez al gobernador eclesiástico, el canónigo doctoral Gregorio García Barba. Toda una sombría ceremonia digna de la mejor novela romántica.
Al día siguiente se comunica la muerte del prelado al cabildo seguntino. Los capitulares, reunidos en un sesión extraordinaria, acuerdan que “se abriese al público la sala capitular donde estaba depositado el cadáver, ya revestido con los ornamentos pontificales”, para después celebrar un solemne funeral, en el altar Mayor de la catedral y que, aquella misma tarde, se le “diese sepultura eclesiástica” en la capilla del Cristo, como así se hizo.
Pasados más de diez años, el cinco de julio de 1850, el nuevo obispo de Tortosa, Damián Gordo Sáez, sobrino de nuestro protagonista, solicita la traslación de los restos de su tío. En el siguiente mes de octubre, “un coche enlutado”, dispuesto frente al atrio catedralicio, traslada a Tortosa los despojos del combativo obispo que son enterrados, una vez más, en uno de los muros de la capilla del Santísimo de su catedral. Así termina la singular historia, poco conocida, de un controvertido personaje alcarreño.
Javier Davara
 Periodista. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid