El jesuita Diego Laínez

DiegoLaínez

Recordemos su apasionante andadura. Diego Laínez nace en Almazán, en el año 1512, en el seno de una familia, de origen judío, de acomodados agricultores. Tras estudiar las primeras letras en la villa adnamantina, un joven Laínez se matricula en el colegio de Sigüenza, ciudad natal de su madre, y cursa estudios de gramática y de lógica. Como es sabido, a dicho colegio podían asistir los muchachos de las comarcas sorianas, entonces pertenecientes a la diócesis seguntina, de Almazán, Medinaceli o Berlanga de Duero.

Al cabo de dos años, Diego Laínez se traslada a la universidad de Alcalá de Henares donde obtiene el grado de Maestro en Artes. En los nobles claustros alcalaínos se respira el recuerdo amable de Ignacio de Loyola. Diego Laínez, intrigado por la notoriedad del personaje, acompañado por el tambien estudiante Alfonso de Salmerón, emprende viaje a París al fin de proseguir sus estudios y conocer al futuro fundador de la Compañía de Jesús. Su destino estaba trazado.

La condición de cristiano nuevo, descendiente de judíos conversos, de Diego Laínez no admite, hoy día, ninguna duda. Su abuelo materno, de nombre Ibrahim, de creencia hebraica, ganadero y propietario, reside en Sigüenza con su esposa María Gómez. Al conocer el decreto de expulsión de los judíos, promulgado por los Reyes Católicos en el mes de mayo de 1492, abandona la ciudad mitrada camino de Portugal. Un emisario del cardenal Mendoza, a la sazón obispo seguntino, sale en su búsqueda, le alcanza en la localidad vallisoletana de Peñafiel, y le promete un beneficio de hidalguía si se convierte al cristianismo. Ibrahim, resignado, acepta el ofrecimiento y es inmediatamente bautizado con el nombre de Hernán López de León. Regresa a Sigüenza y consigue el prometido privilegio. Asentado en la urbe episcopal, Ibrahim compromete en matrimonio a su hija Isabel, seguntina de nacimiento, con Juan Laínez, natural de Almazán, tambien de origen judío y bautizado. Los jóvenes esposos tienen siete hijos, entre ellos Diego Laínez, nuestro insigne protagonista. Al morir Ibrahim, flamante nuevo cristiano, es enterrado en el claustro de la catedral de Sigüenza. Tiempo después, en un clima de ardorosa intolerancia, los antepasados de Diego Laínez son perseguidos entre sollozos y lágrimas. No les perdonan su pasado judaico. Ibrahim, pese a haber muerto, es procesado y condenado por la Inquisición. Sus restos son desenterrados y quemados públicamente. Uno de sus hermanos, Diego Maldonado, vecino de Atienza, es igualmente ejecutado. La mayoría de los hijos de Ibrahim, pese a envidias y venganzas, se establecen en estas altas tierras de Sigüenza, Atienza y Almazán, y en ellas viven sus descendientes. En la primavera de 1535, Ignacio de Loyola, tenaz fundador de los jesuitas, de viaje por España, visita, tanto en Sigüenza como en Almazán, a los familiares de Diego Laínez. Pasa con ellos algunos días, les agradece su hospitalidad, y les ofrece los cariñosos recuerdos de su sobrino Diego. Ignacio de Loyola no volverá por estos rudos y hermosos parajes.  

Diez años después, el prestigio de Diego Laínez se acrecienta vertiginosamente. El papa Paulo III, una vez aprobadas las constituciones de la Compañía de Jesús, le nombra legado pontificio. El jesuita adnamantino participa en diversas sesiones del Concilio de Trento y destaca como uno de los más lúcidos teólogos de la reforma católica. El día treinta y uno de julio de 1556, en la ciudad de Roma, fallece Ignacio de Loyola. La Compañía de Jesús pierde a su fundador y a su figura más visible. Todo es llanto y consternación. Los jesuitas residentes en la ciudad eterna, ante tan triste circunstancia, eligen a Diego Laínez como nuevo vicario general, según establecen sus constituciones. Un hecho insólito. Un cristiano nuevo, descendiente de judíos, quedaba al frente de la ya relevante orden jesuita. La conmoción en los ambientes religiosos y cortesanos es desmesurada y se desata una gran tempestad contra los conversos hispanos. El arzobispo de Toledo, cardenal Silíceo, el rey Felipe II, y el mismo pontífice Paulo IV, el napolitano Juan Pedro Caraffa, fundador de los teatinos y enemigo declarado de todo lo español, son presos de una gran indignación. Felizmente los padres jesuitas no tienen la misma opinión. Dos años más tarde, en el mes de julio de 1558, tiene lugar en Roma la ansiada Congregación General. Diego Laínez, como era de suponer, es elegido, por mayoría absoluta, trece votos de los veinte emitidos, nuevo general de la Compañía de Jesús, primer sucesor de Ignacio de Loyola. Pese a este nombramiento, la animadversión contra Laínez no termina. Es delatado ante la Inquisición como sospechoso de iluminado y luterano. Nunca se probó nada. Diego Laínez muere en Roma, el diecinueve de enero de 1565, a la edad de cincuenta y tres años. Sus restos, tras innumerables vicisitudes, reposan en la iglesia de San Francisco de Borja, en la madrileña calle de Serrano. Las gentes de Sigüenza, Atienza y Almazán, guardan su recuerdo en el quinto centenario de su nacimiento.