Albendiego y Campisábalos, un románico de ensueño

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En los suaves días de otoño, más allá de los altos predios de Atienza, plaza fuerte y rocosa, el sol se despereza lentamente tiñendo valles y páramos de placidez y quietud. Las silenciosas villas de la serranía de Guadalajara, como Albendiego o Campisábalos, ubicadas en terruños de indefinible belleza, muestran, como nunca, el austero ensueño de sus prodigiosas iglesias románicas. Una pulcra geografía, recóndito camino de Santiago, hecha de incertidumbres y certezas, y poblada de viejas leyendas que perviven en la memoria de las gentes.

En un recodo del camino, en el gustoso valle del río Manadero, luego Bornova, Albendiego, nombre de murmullos árabes, el Aven Diego de los cristianos, alberga, al final de un sereno y arbolado paseo, la exquisita ermita de Santa Coloma, de dibujo románico y regusto cisterciense. Una preciosa iglesia, de sillares de arenisca rojiza, levantada en despertar del siglo XIII. La cabecera exterior de la ermita, orientada a la salida del sol, atrapa de gozo a viajeros y visitantes. El elegante ábside central, de traza semicircular, revela orgulloso tres esbeltos y delicados ventanales abocinados, ceñidos por haces de columnas y ornados por espléndidas celosías caladas, para el paso de la luz, en donde la fantasía de los canteros medievales, cristianos y mudéjares, se desborda en una exuberante filigrana de motivos geométricos. Entre otros, círculos y tangentes, enigmáticas cruces apuntadas, interpuestos triángulos equiláteros, y profusas estrellas de distintos vértices. Un delicioso mosaico de armonía y proporción. Los dos absidiolos laterales de la ermita, de testero plano, son igualmente hermosos. Hacen gala de sendas ventanas, bajo arcos ajimezados, en cuyo muñón campea audaz una estrella de seis puntas, el sello del rey Salomón. Además, en el vano de cada ventana, un excepcional óculo, abrazado por tracerías curvadas, luce una cruz de ocho puntas, divisa de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, los celebrados monjes hospitalarios. De igual forma, una cruz ensanchada de brazos curvados, la llamada cruz patada, tallada en una ménsula del interior de la ermita, evoca a la Orden del Temple, los no menos famosos caballeros templarios. Inesperados y sorprendentes detalles que hablan de un pasado escondido en los pliegues de la historia.

La ermita de Santa Coloma tiene remotos orígenes. En los años finales del siglo XII, tiempo de fuertes resonancias espirituales, llega a Albendiego un reducido grupo de monjes, sin pertenencia a orden monástica alguna, con el propósito de establecer una comunidad conventual guiada por la regla de San Agustín, norma usada por cabildos de catedrales, colegiatas y conventos. Prendados por la serenidad del lugar levantan un monasterio y sus dependencias, de los que nada queda. Poco después, inician la construcción de la ermita de Santa Coloma, fundada, según el decir popular, sobre una encomienda, castillo, casa y huerta, de la Orden de Temple. En los crudos meses de invierno, los freires templarios se asentaban en el valle de Albendiego, en la ribera del río, resguardados del frío y la nieve, y en verano, ascendían a la cercana montaña del  Alto Rey de la Majestad, a más de mil ochocientos metros de altitud, donde habían erigido casa y santuario, arruinados después. Un ascético y portentoso paraje de meditación, centinela de sendas y caminos.

La presencia de los templarios, vestidos con blancas capas y cruces rojas, y de los frailes hospitalarios, de negros ropajes y cruces de Malta, en las altas tierras serranas de Guadalajara, en Albendiego y Campisábalos, es más que evidente. Los templarios vierten sus afanes en la defensa y custodia de los peregrinos; los hospitalarios se ocupan del cuidado de pobres y enfermos. En muchas ocasiones, como posiblemente pudo suceder en Albendiego, comparten vivienda y esfuerzos con los monjes regulares de observancia agustiniana. Cuando la Orden del Temple es suprimida, en la primera década del siglo XIV, tras un trágico y equívoco proceso, sus bienes y propiedades, por decisión papal, quedan en manos de los frailes hospitalarios.

En nuestros días, la cumbre del Alto Rey conserva su permanente carácter espiritual. El primer sábado de cada mes de septiembre, como quiere una secular tradición, se congregan en la elevada cumbre, en  popular y alegre romería, portando sus cruces parroquiales, banderas y estandartes, los vecinos de siete pueblos serranos: Albendiego, Aldeanueva de Atienza, Bustares, El Ordial, Gascueña de Bornova, Las Navas de Jadraque, Prádena de Atienza y Gascueña de Bornova. Tras larga ascensión, alcanzan la ermita allí situada, orientada al norte, edificada en el siglo XVII y restaurada en el año 1993, un permanente lugar de acogida y refugio, siempre abierto a los que a ella llegan. La senda del románico, tras reposar en Albendiego, se encamina hacia la sierra de Pela; Campisábalos espera.

Javier Davara
Periodista
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid