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Los nombres de las calles de Sigüenza

Calles que ya no son, no porque no lo sean, sino porque el tiempo y la pátina ha mudado su nombre, que es decir su significado. Calles que en la calle son otra cosa, porque el pueblo, y qué demonios será “el pueblo”, es sabio, o más ocurrente o más práctico. Nombres olvidados y, en el otro extremo, calles-vestigio cuya denominación se remonta al día en que se crearon, otras de las que ya no se sabe ni de dónde viene el nombre, y otras al vaivén de los tiempos, como un péndulo que casi siempre regresa aunque algunas veces se salga del eje. Calles y plazas con sus nombres, palabras asociadas a lugares y a hechos y a gentes, ¿qué nos dicen?

Desde la Plaza de la Iglesia, actual Mayor, hasta la calle del Chantre, actual Villegas, lo normal es toparnos con aquélla, querido Sancho, a cada paso que damos por el callejero seguntino. Como en la calle del Seminario, que fue de la Santa Cruz, aunque también Calle Nueva durante mucho más tiempo. O en la de la Cruz Dorada, que en algún momento fue llamada de la Cruz Verde, quien sabe si tuvo una de cobre, verdinosa y oxidada. Chantres y también Arcedianos, como la de este nombre, aunque a principios del XIV era de la Carnicería. Las múltiples de santos, como Santa Bárbara y San Jerónimo, con sus iglesias homónimas, o las de San Roque y San Lázaro. O la Plaza de San Juan, que se llamó del Mercadil o del Mercadillo y también de la Picota, la de las torturas y ajusticiamientos, cosa que también fue la de la Cárcel, bautizada Nueva porque al construirla se hizo Vieja la de San Vicente o del Doncel, llamada antes del Concejo. En los nombres de las calles de Sigüenza hay pedazos de su historia, que es en monto elevado la de la Diócesis. Y en la que se incluye, cómo no, la de las otras religiones: la calle y bajada de la Sinagoga, o la del Almají, o el camino del Osario de las eras del Castillo, que sitúan espacialmente colectivos religiosos históricos o sus lugares sagrados. O la misma calle de Serrano Sanz, es decir, la de Medina, que es como decir la de la Ciudad, por más que la de entonces fuera mucho más contenida en sí misma, mucho más mora y orgánica.

Qué decir de los oficios desaparecidos de los que tenemos huella en los nombres actuales o históricos: la Plazuela del Hierro, las Alfarerías, llamada en un tiempo calle de los Cantareros, los arrabales de oficios insalubres, convenientemente a extramuros, con sus tenerías y sus Tintes, la calle de la Zapatería, que fue la primera Travesaña Alta, la antigua y ganadera calle del Enciso, en el Portal Mayor, el callejón de los Hortelanos, que también fue del Hierro y ahora es de la Torrecilla, y tantas otras calles y plazuelas de ocupaciones que ya no son: ¿cuántas almas han trajinado y vivido en las puertas viejas de las calles de Sigüenza?, ¿alguien, alguna vez, las ha contado?

En cada cambio de nombre se afina un golpe con el cincel de la historia, sea la pequeña o la grande, que ambas importan. El primitivo paseo de las Nogueras fue después el de la Fuente Nueva o de los “Chiflaos”, que había que estarlo un poco para ir a merendar a un sitio tan lejos del pueblo, ¡estos veraneantes!; y fue la calle de Antonio Bravo, en honor al médico que publicitó el aire pinariego y la Alameda como remedios para todos los males del pulmón y al que tanto debe nuestro sector turístico; y antes de eso fue, y por fin es hoy, el paseo de los Arcos: los que formaron aquel acueducto tristemente desaparecido. Así es como se recibe en el callejero oficial en el que, huella de la historia, se ha conservado en su último tramo uno de los antiguos nombres, quizá “un poco” engrandecido: Avenida (nada menos) de la Fuente Nueva. Aunque al final siempre está aquel pueblo sabio, y con sentido económico y común todos nombramos a tal paseo de chalets —afrancesada palabra— o de viviendas de veraneo —demasiado largo— como el de los Hoteles.

Luego están los ilustres. Desde el primero y merecido, es decir, Don Bernardo —y qué bonito era el nombre antiguo: Plaza o Calle del Mentidero—, hasta aquel importante personaje que mandó al alcalde arreglar una calle o camino para facilitarse el refrigerio de fin de semana en el pinar con su coche nuevo, vía pronto bautizada popularmente como Carreterilla del Conde. El tal ilustre ya tenía calle, la Avenida del Conde de Romanones, hoy Paseo de la Alameda, que “mola” más que antes, dicho en aras de la sencillez, por más que el conde sí fuera personaje importante para la ciudad. En ese sentido, contamos en el callejero con ampulosos nombres olvidados en el sentir seguntino, felizmente diríamos, como la arquitectónicamente singular, una de las joyas de Sigüenza, Plaza del Capitán General Agustín Muñoz de Grandes, nada menos, que faltó añadir “comandante en el Marruecos español e hijo adoptivo” para bordarlo, pero imaginamos que más rótulo ya no cabe en el mapa, con lo fácil y descriptivo que es decir de las Ocho Esquinas…

Están los nombres tomados de apellidos, referidos a familias, no todas de alcurnia: la de los Mojares, hoy del Padre Sigüenza, las de Gil Guarderas y de Rosillo, el batán de Cienfuegos, o las todavía existentes calles Villlegas y Vigiles, aunque sobre la última hay opiniones: ¿un apellido o los “vigiles”, vigilantes del Castillo? En el segundo caso podría tratarse de un nombre antiquísimo, herencia directa, al menos etimológica, de Roma.

Los nombres populares, de los que tenemos un buen muestrario, ya hemos dicho varios, son parte del patrimonio oral seguntino, algunos con la contundencia plástica, digámoslo así, del de la entrañable “Rompeculos”, quizá el topónimo más famoso de nuestro callejero a pesar de no estar escrito en él. La Cuesta de Lapastora (Juan Pardo Galloso) o barrios nuevos como Las Malvinas (Fuente Nueva) y Los Labradores (Virgen del Pilar) son otros tantos ejemplos. Y no digamos esa maravillosa “Esquina de los vagos”. Nos imaginamos una conversación en algún momento del pasado:  —¿A dónde vas? —le pregunta uno por la calle de Guadalajara en característico tono seguntino. —Nada, que vengo de los Vagos y voy al Mentidero.

Los caminos que partían de la Ciudad para conectarse con el resto del mundo recibían nombres lógicos: la calle de San Roque, antes de construirse el barrio, fue el camino de Aragón; el camino de Molina partía de la desaparecida (en un incendio) puerta de Molina, hoy inexis tente puerta Nueva que se abre en el recinto de la ciudad hacia las eras del Castillo; el camino viejo de Madrid o camino viejo de las Huelgas hoy es simplemente el Camino Viejo; el camino de Guadalajara enfilaba al viajero a través de la puerta de Guadalajara, en la muralla renacentista, saliendo de la calle del mismo nombre, que hoy es Cardenal Mendoza en los planos callejeros (amigo Sancho). Añadiremos que hace algo más de cien años, cuando se produjo este último cambio, está registrado que los habitantes de Guadalajara se alarmaron; los seguntinos, siempre tan diplomáticos, la seguimos nombrando en la conversación cotidiana respetando el honor “al pueblo más grande de la provincia de Sigüenza”.

Están, por supuesto, los cambios políticos, modas efímeras que nunca han llegado a ningún sitio y con los que se cuentan los nombres menos duraderos. Todos tenemos en mente varios, pero el caso más llamativo quizá sea la calle del Humilladero: fue de la Reina María Cristina a su muerte, de Pablo Iglesias en la República y, después, de Calvo Sotelo. Permanente mancilla política, parloteo intrascendente desconectado del terreno, a ese bello Humilladero cargado de expresividad y, visto así, humillado. No es el único caso, como sabemos, y la mayoría comparten el hecho de que no han soportado el paso del tiempo: ¿deberíamos tomar nota?

La moda actual es bautizar las calles nuevas con nombres de listín telefónico, ristras de pintores, de montañas, de ríos que nada tienen que ver con la ciudad, con su pasado, su presente o su futuro, y que se repiten, como en mercadillo, allá por donde nos movemos en la triste geografía ibérica de barrios nuevos dibujados con el mismo cartón. Como si no hubiera parajes locales merecedores de ser considerados, o nombres de calles perdidos y expresivos, hoy muchas veces ilocalizables, que podrían ser recuperados, como la calle Polvorienta, o la de los Excesos, o la del Pozo, o la citada del Enciso, o pequeños hechos y entrañables personajes del terruño en los que fijarse sin que medie política, o historiadores a los que quizá hacer una consulta, conocedores de los hilos fecundos del devenir local. Como si la imaginación se distribuyera por catálogo, como en el Ikea, es decir.

Pero de todas las calles de Sigüenza de las que tenemos registro de su cambio de nombre, nos quedamos con una: la calle del Andrajo. Fue de San Vicente porque del Santo Patrón lo fue toda, desde el Castillo hasta el Hospital, es decir, incluyendo Comedias y aquella a la que nos referimos, actual de Jesús. Pero, ¿no es sonoro, hasta elegante en su sutil ironía, y no digamos apropiado, el nombre antiguo para ese callejón oscuro, de empedrado aún viejo y bello con sus pintorescos retazos de hierba y todo, quizá el más estrecho de toda la Ciudad Mitrada? Preguntémonos, seguntinos: ¿cómo luciría en los folletos turísticos, junto a un “Rompeculos” y una “Esquina de los vagos”, una “Calle del Andrajo”?

Diego Moreno y Julio Álvarez