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Un país muy puñetero

En una de sus últimas entrevistas, cuando comenzaban a flaquearle las fuerzas, Don Antonio Buero Vallejo le hacía una confesión al periodista de “La Vanguardia”, Víctor Amela, que resume con realismo su existencia. “Este es un país muy puñetero”, proclamaba el dramaturgo español más importante de la segunda mitad del siglo XX. 

Don Antonio había nacido en Guadalajara, el 29 de septiembre de 1916, y falleció en su domicilio de la calle General Díaz Porlier en Madrid el 29 de abril del año 2000. Los recuerdos de la infancia y adolescencia se detienen en las lecturas recomendadas por algún profesor del Instituto y en los paseos con su mejor amigo, Miguel Alonso Calvo (Ramón de Garciasol), por la calle Mayor. Pero la tranquilidad y la rutina de la vida provinciana se romperían en mil pedazos algunos años después.

A su padre, militar, lo fusilaron en la Guerra Civil por simpatizar, supuestamente, con el levantamiento y a Don Antonio a punto estuvieron de fusilarlo también, pero los del otro bando, al finalizar la contienda. Le fue conmutada la pena de muerte por una condena que le obligó a pasar siete años en la cárcel.

Tuve la suerte de conocer personalmente a Don Antonio en 1978, durante una larga entrevista —algo que en un principio se me antojaba casi imposible, pero que él aceptó de buen grado—; un encuentro difícil de olvidar, pues me sirvió de carta de presentación para el periódico “Guadalajara. Diario de la Mañana” que acababa de aparecer en los kioscos.

El gran dramaturgo de la posguerra, el hombre aparentemente serio y distante, con aquel rostro pálido, afilado, curtido por los infortunios personales y familiares, me invitaba amablemente a tomar asiento en el tresillo del pequeño salón de su domicilio.

Aunque intenté disimular la emoción que me producía escuchar al autor de “Historia de una escalera” reconozco que tardé algunos minutos en recuperarme del primer impacto.

Las respuestas pausadas del académico y Premio Nacional de Teatro al cuestionario que yo había preparado unos días antes acabaron convenciéndome de que Don Antonio Buero Vallejo era bastante más simpático de lo que había imaginado.

Una de las conclusiones que saqué de aquella entrevista, junto al convencimiento de que toda guerra es una derrota colectiva, fue que los grandes hombres —salvo raras excepciones— son mucho más humildes que los mediocres. Grandes escritores a los que luego conocí —José Saramago, Mario Vargas Llosa, Miguel Delibes, Carlos Fuentes, Gonzalo Torrente Ballester, José Luis Sampedro o Javier Marías—, se revelaban más afables, cercanos y sencillos que esos nuevos valores de nuestra literatura a los que acababan de concederles un premio.

Pero volvamos a Don Antonio y a sus circunstancias, al escritor que después de haber sufrido en propias carnes las dramáticas consecuencias del enfrentamiento de las dos Españas consiguió trasladar a su teatro las preocupaciones sociales y las injusticias que le rodeaban. “Hasta donde uno podía”, puntualizaba. Su viuda, la actriz Alicia Rodríguez, apuntaba después del fallecimiento del compañero, lo mucho que “le preocupaban y entristecían a Antonio las injusticias y desigualdades sociales”. Aunque no pudo haber mayor sufrimiento, en este caso para ambos, que la muerte del menor de sus hijos, Enrique, en accidente de tráfico en 1986. Justo el mismo año que Don Antonio recibía el Premio Cervantes.

El mejor homenaje que se le puede tributar a Don Antonio Buero Vallejo es el rescate y la recuperación de sus obras. Es muy probable que ya se esté trabajando en ello, pero —por si las moscas— no estará de más recordarlo.

Don Antonio, cuya privación de libertad influyó decisivamente a la hora de dudar entre la pintura y la escritura, decantándose finalmente por la creación dramática, nos dejó 32 obras de teatro, de las que solo una de ellas no ha sido estrenada. Sin embargo, la más importante y también la más determinante en su trayectoria posterior fue, sin lugar a dudas, la primera: “Historia de una escalera”, escrita entre 1947 y 1948, y por la que consiguió el Premio Lope de Vega, quedando también finalista en esa misma edición otra obra suya, “En la ardiente oscuridad”.

“Historia de una escalera” se representó por primera vez en el Teatro Español el 14 de octubre de 1949, con evidente retraso y porque no quedaba más remedio, pues así se contemplaba en las bases del premio. Quienes entonces gestionaban la programación teatral y al mismo tiempo “cuidaban las esencias del régimen” decidieron cumplir de mala gana con ese requisito, creyendo que aquello no tendría ningún éxito y que se caería del cartel unas semanas después para dejar paso a la vieja tradición: las representaciones de “Don Juan Tenorio”.

El problema es que los llenos se sucedían y lo que pretendía ser un pequeño y obligado paréntesis se convirtió en un gran acontecimiento social, en un éxito abrumador, que obligaba a salir a saludar al escenario al autor de la polémica “escalera” y a prorrogar las representaciones. Ese drama, en el que se retrata la frustración social, ambientado en una casa de vecindad de la posguerra, suponía un punto de inflexión en la monótona cartelera teatral madrileña.

Don Antonio había ganado la primera batalla, después de haber perdido la guerra. Y aún tuvo que aguantar en plena transición las críticas de aquellos que le cuestionaban porque “contra Franco se escribía mejor”.

Un país muy puñetero, este, como se lamentaba Don Antonio Buero Vallejo, sin el más mínimo asomo de odio ni de rencor.