Mar11202018

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El licenciado del Arrabal

Es imposible pasearse por Sigüenza sin tropezar con su larga historia. Y si uno se aficiona a recorrer sus rincones, hasta puede darse de bruces con verdaderos enigmas históricos. Algo así me pasó hace unos meses cuando, al curiosear la arquitectura popular de una de las antiguas casonas del Arrabal, me encontré con varias inscripciones talladas en su dintel, y entre ellas y en abreviatura: VÍCTOR. En mi ignorancia, lo primero que se me ocurrió fue que sería un recuerdo de “los años de la victoria” (la dictadura franquista), pues esos símbolos fueron bastante comunes, y yo los recordaba de cuando niño. Pero esa explicación no tenía mucho sentido y no quedé convencido. Así que acudí a la Wikipedia, recurso barato y rápido, y encontré que esa expresión, VÍCTOR, era el famoso grito de los estudiantes de la Universidad de Salamanca tras licenciarse… Grito comprensible en quien ha tenido que pasar por largos años de estudio; grito que iría acompañado del lanzamiento al aire del bonete, si no de los propios libros o mamotretos. Pero ¿qué sentido tenía esa inscripción en una casa de labradores?

Ahí quedó esa duda, testimonio de mi impotencia en descifrar el pasado… Pero hace unos pocos días me encontré con cierto texto sorprendente entre los documentos trascritos por mi hermana Pilar de los Archivos Catedralicios, allá por el tiempo de su tesis doctoral. Como esos documentos no han tenido la justa difusión que merecen, voy a transcribir el fragmento. La fecha es del 25 de junio de 1537, reinando en España el emperador Carlos I y administrando la prelacía seguntina el cardenal Loaysa.

Este mismo día sus mercedes [el Cabildo] cometieron [encomendaron] a los señores canónigos Antonio Gómez y Alonso de la Fuente vean el pedazo de solar que ha tomado y abierto cimientos el licenciado Salazar, catedrático de Gramática de esta ciudad; e visto, refieran a sus mercedes el perjuicio que puede hacer o hace a las huertas que sus mercedes tienen junto a [la ermita de] San Lázaro; y si hallaren no les procurar perjuicio, se concierten con el licenciado Salazar, e en nombre de sus mercedes le confirmen la licencia que para lo hacer ha pedido; entiéndase, con que el agua que viene a las huertas que sus mercedes allí tienen no se les quite ni les perjudique en cosa ninguna, e no de otra manera.

Si las cátedras de la Universidad Seguntina eran las de Artes, Teología, Cánones y Medicina, ¿qué era esto de catedrático de Gramática?... Es sabido que la lengua de la universidad de aquel tiempo era el latín, y antes de ingresar en ella había que tenerlo bien sabido.Esa era la ocupación de los catedráticos de Gramática: impartir una enseñanza preparatoria antes de la Universidad, en que junto al latín se enseñaban los rudimentos de la Lógica y la Retórica. Se sabe que en la Universidad de Salamanca esta preparación se extendía a seis cursos, de manera que estos catedráticos tenían que bregar con adolescentes y de hecho se les permitía el uso de la palmeta, aunque se recomendaba la reconvención de palabra. (Historia de la Universidad de Salamanca, Rodríguez-San Pedro, volumen II, página 571). En Sigüenza, la cátedra de Gramática había sido instituida por el obispo Gonzalo de Aguilar allá por 1343, (lo que no quita que no hubiese antes escuela de latinidad, como la que había en Atienza desde tiempos de don Lope de Haro, en 1269). Oigamos las razones de don Gonzalo (traducidas por Minguella; tomo 2, pág. 53): Por cuanto la Iglesia de Dios, cual piadosa Madre, debe proveer a que los deseosos de aprovechar en la ciencia no dejen de hacerlo por falta de maestros o enseñantes (…), determinamos y ordenamos, con el asentimiento de nuestro Cabildo, el siguiente estatuto duradero para siempre: que haya en nuestra Ciudad seguntina un maestro de Gramática y Lógica, que sepa y valga para instruir en esas artes a los que quieren aprenderlas. Y porque el trabajo en la enseñanza merece que quien a él se dedica perciba el fruto como recompensa, dotaba la cátedra con 600 morabetinos, que queremos imaginar como sueldo digno y razonable. 

¿Cómo no relacionar a este catedrático de Gramática, maestro de latines, con el que inscribió VÍCTOR en el dintel de su casa, grito que solo podía lanzar un licenciado? Y aunque así no fuese, el documento atestigua que en el arrabal no solo se asentaron labradores, sino que hubo quien quiso edificar casa propia, harto quizá de vivir de alquiler en una casa más miserable. Por otra parte, la sorpresa inicial del Cabildo, ante alguien que ya ha puesto cimientos en el Arrabal, nos habla de las luchas administrativas de aquel tiempo, no solo entre el Cabildo y el Concejo, sino entre el Cabildo y el Obispo, representado en la persona de su provisor (pues el cardenal Loaysa no pisó Sigüenza). El Cabildo no pretende expulsar del solar al licenciado sino “concertarse” con él, es decir, que le pague el censo anual a que tenía derecho, y defenderse de posibles abusos con el agua de riego.

Respecto a ese licenciado Salazar, hay ya que poner en marcha la imaginación para entrever la peripecia de aquel estudiante salamantino, el que lanzó el bonete al aire gritando “¡Víctor!” en el día más feliz de su vida, para acabar enseñando Gramática (latín) a los estudiantes y becarios seguntinos. ¡Cuántos días no llegaría a clase con las botas manchadas de barro!, pues las calles del Arrabal no estaban empedradas… Nuestro catedrático no pudo conocer al insigne fray Luis de León, que llegaría a Salamanca con posterioridad a esa fecha; pero ¿habría sido compañero de estudios de Fernando de Rojas, hacia 1499?... Es seguro que tendría unos pocos libros latinos en su biblioteca, si es que llegó a tener libros propios (pues casi estamos hablando de los incunables del siglo XV, del tiempo de primeros libros impresos); ¿pero habría algún ejemplar de La Celestina en la Sigüenza de aquel tiempo?

José María Martínez Taboada

Fundación Martínez Gómez-Gordo

 

La Pascualilla

Nos hemos preguntado en más de una ocasión cuál es la procedencia de algunas tradiciones que perviven hoy en día. Por poner un ejemplo, el cierre de los comercios la tarde del día siguiente a las Pascuas de Navidad, Resurrección y día mismo de San Juan.

La Ley del Descanso Dominical entró en vigor el 11 de noviembre de 1904. Hasta esa fecha, todos días del año eran laborables y los comercios, almacenes y fábricas guardaban fiesta en fechas muy señaladas. En Sigüenza, el comercio cerraba sus puertas a las 14 horas y una vez promulgada la Ley, los dependientes consiguieron adelantar a las 12 horas. No todos los propietarios aceptaron el acuerdo y un año más tarde, los dependientes fueron a la huelga con escaso éxito.

El 30 de julio de 1927 se firmó el Pacto Colectivo de Trabajo por el que tenía que regirse el Comercio de Ultramarinos y similares, en presencia del alcalde don Felipe Barrena, presidente de la Delegación Local del Consejo de Trabajo, de los comerciantes asistentes Marcelo Larriba, Fernando Sánchez, Agustín de Grandes, Victoriano Muela, Victoriano Martínez, Fulgencio Ortega, Juan Tobajas, Gregorio Bueno, Esteban Hernández, Evaristo Lapastora, Eulogio Coterón, Bernabé Torrentero, Cipriano Lezana y por el presidente y secretario de la Asociación de Dependientes de comercio y similares, que en la copia que he visto, facilitada por María del Carmen Martínez y Alfonso Arranz, no aparecen los nombres, pero bien pudiera ser uno de ellos Saturnino Martínez Gutiérrez . 

Los horarios quedaron establecidos de la siguiente manera:

Enero, febrero, noviembre, diciembre: apertura a las 8 horas y cierre a las 18 horas.

Marzo, abril, septiembre, octubre: apertura a las 8 horas y cierre a las 19 horas.

Mayo, junio, julio, agosto: apertura a las 7 horas y cierre a las 19 horas.

Ferias (mayo, octubre): apertura a las 7 horas y cierre a las 21 horas.

Festivos a efectos de cierre: 1,6,22 de enero; 2, de febrero; 19 y 25 de marzo; 24 y 29 de junio; 16 de agosto; 8 de septiembre; 12 de octubre; 1 de noviembre; 8, 25, 26 de diciembre.

Segundo y tercer día de Carnaval, Jueves Santo, lunes de Pascua de Resurrección, Pentecostés, Asunción, cierre a las 13 horas. 15 de agosto, cierre a las 17 horas, Domingo y siguiente al 8 de Septiembre, cierre a las 17 horas, 20 y 25 de julio, cierre a las 18, 1 de Mayo, a las 12, Día del Corpus, a las 10. El día de Viernes  Santo, “clausura total”.

También se contempla la absoluta prohibición de hacer ventas a puerta cerrada y el compromiso de los jefes a no obligar a la dependencia a permanecer más tiempo del necesario para ultimar las ventas comenzadas antes de cerrar. Los establecimientos que se dedicaban a servir comidas, frecuentes en aquella época, quedaban exceptuados en cuanto a las horas de apertura y cierre con la expresa condición de que no podían expender otros artículos que no fueran los que se consumieran en el local en las horas que el comercio de ultramarinos estuvieran cerrados, incluidos los domingos.

Los propietarios de los comercios formalizaron la Unión Patronal en el mes de mayo de 1933, a raíz de la convocatoria de una huelga general en enero de ese año, “por la desastrosa y fracasada actuación de la Corporación Municipal”, apoyada por la Sociedad de Profesiones y Oficios de la UGT, la Agrupación Socialista Republicana  federal  y el Consejo Obrero ferroviario afecto a la UGT. El seguimiento no fue masivo y las cifras de participación son contradictorias. Varios comerciantes fueron sancionados por el Gobierno Civil. Unos abonaron la sanción y los que recurrieron vieron suprimidas las multas.

Finalizada la guerra civil del 36, los horarios fueron más estrictos y regulados por Ley. De vez en cuando, la Corporación se ponía seria con el cierre pero sin mucho interés. En todas las corporaciones figuraba uno o dos propietarios de comercios o fábricas.

 

Más noticias sobre la capilla de los Vázquez de Arce y las famosas banderas colocadas en ella por Sancho Bravo de Arce

Frecuentar archivos y bibliotecas siempre trae novedades para la historia seguntina. Mis visitas regulares al Archivo Secreto Vaticano enriquecen nuestro patrimonio cultural y este pasado mes de marzo he encontrado una nueva curiosidad sobre el personaje que puso las banderas.

Se trata de una carta al cardenal Secretario de Estado, escrita en Lisboa el 27 de mayo de 1589, por un cierto mons. Biglia que era el colector de la Cámara en el reino portugués de Felipe II, o sea la persona que recogía los dineros portugueses que habían de viajar a Roma. De su carta nos interesa un solo párrafo que dice:

“/…/ Esta noche pasada don Sancho Bravo, capitán de arcabuceros a caballo, ha cogido a un espía, enseguida llevado al castillo y atormentado, pero no se sabe lo que hayan podido obtener . /…/”1

Podemos pues ver que el espionaje es tan viejo como el mundo pero que en este caso la noticia hubo de tener particular relieve pues salió del teatro de operaciones para llegar a Lisboa y también en la capital portuguesa circuló por lo menos en los ambientes oficiales dado que un enviado vaticano la considera suficientemente importante para informar al más alto nivel. De manera que tenemos otro dato sobre la actividad militar de quien nos dejó las banderas.

Pero regresando de Roma a Madrid, en la biblioteca de la Real Academia de la Historia he encontrado un curioso documento también sobre las banderas y la capilla del Doncel.

Dice sobre la capilla de San Juan y Santa Catalina que “ay una tabla con pergamino debajo de dos banderas que ay en la capilla y dize la tabla estas dos banderas se ganaron a los Yngleses a cinco días del mes de junio del año de 1589 estando sobre la ciudad de Lisbona su campo por D. Sancho Bravo Arce de Laguna, cavº de la orden de Alcantara, señor de Molin de la Torre y capn. de Cavallos por el Ymbictisimo Rey Don Phelipe Nuestro Señor, Segundo de este nombre, Patron desta Capilla del Glorioso y vienabenturado San Juº y santa Cathª y como tal Patron las mandó poner en ella. Pusieronse dia de Nª Señora de las Candelas año de 1590. Ase de decir una Missa Cantada en cada un año y Visperas”.

Luego habla de una lápida en el banco del retablo y de la inscripción y esculturas de la portada de la capilla, y prosigue: “y en la dicha capilla que confina con la torre del Santísimo ay un güeco y dentro una cruz pequeña de piedras de arena y su tapa de la misma piedra y dentro de ellos solo ay la choquezuela del huesso porque lo demás del, por el discurso del mucho tiempo está echo polvos los cuales reluzen mucho y se parece que fue de bolsa texida de oro y plata y en seda, por los fragmentos que se reconozen y aze dos años que por andar en una obra, viendo que sonava  güeco y por la curiosidad hize  quitar las piedras vivas que lo tapa y también por el verso siguiente que tiene dicha piedra viva Hic est inclussa Joszelini Presulis Ulnas. Mariana lo trahe no con estas letras por tercer obispo de Sigüenza”.2

Esta documentación de la Academia nos informa que el tercer patrono de la capilla, por muerte de don Juan de Mendoza, fue don Juan Antonio Bravo de Arce, natural de Berlanga, casado con doña Antonia Maldonado, natural de Ocaña. Tuvieron en Berlanga a doña Ana Bravo de Arce, natural de Berlanga y patrona de la capilla seguntina y a Sancho Bravo de Laguna y Acuña, del hábito de Alcántara. Fue su sucesor Luis Bravo de Arce y de Acuña, del hábito de Alcántara, e Isabel de Garoan Luxano tuvieron a María Bravo de Arce, natural de Cisneros de Campos, que con Fernando de Prado, natural de León y regidor perpetuo de la ciudad, tuvieron a Fernando de Prado Cisneros y Girón Bravo de Laguna y Arce, marqués de Prado y don Pedro su hermano. 

No son mucho estas dos breves noticias pero ya se sabe que la historia se hace pasito a pasito y por eso hoy los ofrezco al lector.

Pedro A. Olea Álvarez

1. ASV, Segreteria di Stato, Spagna, 36, f. 133-134.

2. R.A.H. 9/319, f. 51v y 52: Descendencia de Juan Antonio Bravo de Arce hasta su tercer nieto Fernando de Prado Cisneros y Bravo, II marqués de Prado.

Imagen:  La bandera de Drake antes de su restauración

 

Desaparecido y deportado. De las riberas del Tajuña al infierno de Hartheim

Fidel Ranz Martínez nació en 1921 en Cortes de Tajuña. Era el mayor de siete hermanos de una familia humilde que vivía de las labores del campo. Si la fortuna hubiese sido otra, en la actualidad hubiera cumplido los 97 años, pero las adversidades de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial le robaron el futuro y la vida. Como muchos españoles dejó de ser niño para enfrentarse con la dura realidad del contexto bélico.

Hace dos meses cuando se publicó el artículo sobre los seguntinos deportados a los campos nazis, quedaba en mi poder un aviso de deceso dirigido a una dirección de Sigüenza en la década de los cincuenta, que junto el resto, había permanecido más de medio siglo en los cajones de algún ministerio hasta ser desclasificados en fechas recientes. Sus apellidos me llamaban especialmente la atención, coincidían con las de una familia con la que he tenido gran relación y cariño desde hace muchos años; y aunque me parecía una posibilidad remota, les pregunté si era posible que un hermano de su padre hubiera desapareció durante la Guerra Civil siendo muy joven. Su respuesta fue inmediata y de sorpresa: “Sí, el hermano de mi padre, mi tío Fidel”. Junto con sus sobrinos he intentado reunir los escasos datos que su abuela y sus padres habían podido transmitirles, y de este modo, devolverle parte de la vida y de la historia que le fue robada. 

A Fidel le sacaron de su casa a la fuerza en 1937, no podemos precisar de qué bando eran, ni tampoco el porqué. Se había escondido en el pajar de su casa… pero lo encontraron. Tan sólo tenía 16 años, le pusieron un mosquetón en las manos y le dijeron: “¡Ahora a luchar y a matar!”. A su hermano no se lo llevaron porque tenía 14 años y les pareció muy joven. Nunca más tuvieron noticias sobre él. Podemos imaginar el dolor de su  madre y de sus hermanos esperando día tras día alguna información sobre él. Poco tiempo después la familia se trasladó a Sigüenza, donde se establecieron y han residido desde entonces. Cortes de Tajuña durante la Guerra Civil se encontraba de lleno en el frente bélico Sotodosos-Abánades, donde el río Tajuña era la línea de separación entre los bandos contendientes, en la ribera derecha los nacionales y en la izquierda los republicanos. Las luchas de trincheras se mantuvieron sobre el terreno hasta finalizar la guerra, con intentos constantes por ambos bandos por avanzar y reconquistar terreno al contrario, lo que hace muy arriesgado afirmar qué bando se encontraba en un lugar determinado en cada momento. Estos hechos dieron lugar a que gran parte de la población de los pueblos cercanos al frente fueran “evacuados” a zonas más seguras hasta finalizar la contienda, como fue el caso de la familia Ranz Martínez.

En los años cincuenta, su madre recibió una carta procedente de Alemania en la que se le notificaba que Fidel había fallecido en Austria en 1942. Recuerdan que la abuela siempre repetía: “¡Los alemanes se lo llevaron!”. Cruzando los escasos datos que conocemos gracias a las listas de deportados de la República Francesa, y a las historias de otros deportados que sobrevivieron al infierno nazi, hemos reconstruido de forma somera su historia. 

 Una foto guardada por Francesc Boix (fragmento)

Fidel debió cruzar a Francia en 1939 junto con el bando perdedor con tan sólo 18 años. Como la mayoría de los exiliados españoles tuvo que elegir entre incorporarse en alguna de las Compañías Militarizadas francesas o ser devuelto a la España franquista, de la que había huido unos meses antes. Fue hecho prisionero cuando los nazis invadieron Francia en el verano de 1940, siendo confinado en el Stalag XI B de Alemania, situado en la población de Fallingbostel (actual estado federal de la Baja Sajonia). El 25 de septiembre de 1940, tras una reunión con el representante español Serrano Suñer, el gobierno alemán firmó un decreto por el que se retiraba el tratamiento de prisioneros de guerra a los españoles cautivos. Fue el mismo Hitler quien firmó el documento por el que se ordenaba que los prisioneros españoles fueran enviados a los campos de concentración para su exterminio. 

El 27 de enero de 1941, Fidel Ranz junto con otros 1472 españoles, es enviado a Mauthausen. Conocemos los datos sobre este convoy gracias al relato de algunos supervivientes que fueron enviados en el mismo tren. Fueron introducidos en vagones  destinados al transporte de ganado, sin espacio para sentarse, sin aire para respirar, sin agua y sin comida, unas condiciones tan penosas que muchos no lograron sobrevivir a los cuatro días que duró el viaje. Y todavía quedaba lo peor: el recibimiento en el campo de exterminio, la desnudez, la deshumanización, la humillación, el desconcierto, los malos tratos, el hambre, el trabajo hasta la extenuación… y aun así, intentar sobrevivir un día más. En el mismo convoy también viajaba Francesc Boix, un joven fotógrafo catalán que se vería obligado a ejercer su oficio para los dirigentes nazis del campo de Mauthausen, y que junto a otros compañeros logró sustraer y esconder muchas copias de las fotografías realizadas, que serían  fundamentales en los juicios de Nuremberg contra los genocidas nazis. 

Fidel, como la mayoría del grupo de los españoles, fue enviado a Gusen, un subcampo en el que el régimen disciplinario era menos duro que el de Mauthausen, pero en el que las condiciones de vida eran tan malas que conseguir aguantar con vida tres o cuatro meses era una proeza. Era un campo de clase III, lo que significaba “retorno no deseado”, siendo su método de exterminio la muerte por trabajo, el hambre y la brutalidad. Un trabajo extenuante en la cantera, temperaturas de hasta 20ºC bajo cero en invierno, calor intenso en verano, hambre y más hambre, piojos, tifus, disentería y malos tratos…, un día…, una semana…, un mes…, un año… y seguir viviendo.

El 9 de febrero de 1942, ya fuera por estar enfermo, inválido o débil para seguir trabajando, Fidel fue seleccionado junto a otros compañeros para ser transferido al sanatorio cercano de Hartheim, un lugar en el que recobrar la salud y poder volver de nuevo al trabajo de la cantera. Hicieron el viaje  cómodamente en autobús, aunque no pudieron ver el paisaje pues las ventanillas estaban pintadas de negro. A su llegada a un imponente castillo, el personal sanitario les esperaba para acompañarles amablemente a la sala de duchas. Ya habían pasado por el mismo ritual a su llegada a Mauthausen hacía tan sólo un año, aunque parecía una eternidad. Entraron en la sala para la “desinfección”, eran unos sesenta hombres y casi no cabían. Una tubería comenzó a arrojar un olor desagradable, les faltaba el aire, no podían respirar, dolor, náuseas, gemidos,… y comprendieron que habían llegado al final del camino. Faltaban tan sólo dos meses para que Fidel cumpliera los 21 años, una vida corta e intensa desde que saliera de su pueblo natal cinco años atrás: los avatares de la guerra civil, el exilio en Francia, la prisión y el campo de concentración nazi. Pensó en su madre y en sus hermanos que estarían esperándole en las riberas del Tajuña y a los que  nunca pudo enviarles una carta para que supieran que vivía. Jamás podría volver para abrazarles. Su último pensamiento fue para ellos… después el silencio y la nada. 

El castillo de Hartheim fue uno de los centros de eutanasia donde los nazis llevaron a cabo el exterminio sistemático y medicalizado de más de 20.000 enfermos y discapacitados de nacionalidad alemana, dentro del programa estatal Aktion T4. Fue un lugar en el que se experimentaban métodos de exterminio en masa y en que se preparaba a los futuros verdugos de los campos de concentración. Entre los asesinados en este lugar con monóxido de carbono, hubo 436 españoles procedentes de Gusen y Mauthausen. Cuando los nazis veían perdida la guerra, intentaron hacer desaparecer las pruebas de sus atrocidades, siendo un grupo de españoles los encargados de hacer desaparecer el crematorio, las cámaras de gas, la trituradora de huesos y cualquier vestigio de lo que allí habían realizado durante años. Uno de los prisioneros dejó una nota en una botella que ocultó antes de tapiar una de las puertas, una prueba que serviría años más tarde para poder demostrar la verdad de lo ocurrido. 

De los 1472 españoles  que llegaron el 27 de enero de 1941, murieron en Gusen 932, otros 112 acabaron en la cámara de gas de Hartheim. Los que sobrevivieron nunca olvidaron a los compañeros que fueron quedando atrás. Sus historias y sus recuerdos nos han servido para conocer  el genocidio que sufrieron los españoles exiliados. 

Frente al olvido, siempre nos quedará la palabra.

 

 

La "gripe española" de 1918 en Guadalajara

Había decidido pasar la tarde en el desván de la casa de los abuelos, atraída por interés en encontrar, entre  los numerosos recuerdos que guardaba su familia, información  histórica de Sigüenza. Subió por la estrecha escalerilla y al abrir la trampilla para  acceder al interior, sus ojos tropezaron con una amplia tela. Al descubrirla apareció una silla baja de costura, de madera y enea. Recordó que la abuela le contaba que sentada en ella, pasaba las tardes cosiendo camisas de batista blanca y otras prendas del ajuar, que seguramente encontraría dentro de algún baúl, celosamente guardadas entre telas, papeles de seda y bolas de alcanfor. Ahora, sería ella quien pasaría la tarde sobre aquella silla, pero la utilizaría como silla de lectura. Su intención era localizar y husmear entre los periódicos antiguos que su abuelo guardaba en casa, para documentarse y estudiar el tema que habían propuesto sus compañeros en la última reunión: la gripe española de 1918. Tardó poco en cumplir su deseo porque, una rápida mirada le permitió descubrir, junto a unas cajas, amontonados y bien atados con cuerda, los ejemplares del semanario regional independiente La Defensa. Seleccionó los correspondientes a los meses de mayo a diciembre de 1918 y, sentada en la sillita de costura con las piernas estiradas, se dispuso a  ponerse al corriente de aquella epidemia que asoló el mundo cien años antes.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, un azote de gripe se propagó velozmente por toda Europa, encontrando su caldo de cultivo idóneo en una población  muy debilitada por la mala alimentación y la falta de higiene, soportados durante el conflicto bélico. Sus consecuencias fueron terribles, con un saldo de víctimas superior al que contabilizó la  guerra. Los países participantes en el conflicto no permitieron a los medios de comunicación dar cuenta de la noticia de la epidemia, para no descorazonar ni alarmar más aún a la población. La prensa española fue la única en publicar la gravedad de la plaga que sacudía a la humanidad y, una mala interpretación, hizo atribuir un origen español a la enfermedad. Sin embargo, fueron los soldados americanos que desembarcaban en Francia, los que trajeron el virus a Europa y su propagación fue realizada por una población mísera y sin recursos que viajaba hacinada en los vagones de los trenes europeos, de un país a otro en busca de un medio de vida.

La gripe española ha sido calificada como la peor catástrofe sanitaria de la historia. Una epidemia terrible que contagió a una de cada tres personas, causó verdaderos estragos entre la población y su saldo mortal fue superior al de la guerra, produciendo una  gran caída demográfica. En España, de los veinte millones de habitantes que había, se contagiaron ocho millones y produjo la muerte de 300.000 personas. Atacó sin distinción de edad, sexo o condición social, siendo uno de los afectados el rey Alfonso XIII, que  padeció la gripe en la primera etapa,  entre los meses de marzo y julio de 1918.

Durante la primavera de 1918 el virus actuó tan débilmente que, los médicos le restaron importancia, hablaban de “un grippe benigno”, tan leve que tan sólo producía una fiebre alta y somnolencia  durante un par de días. Tan grande fue la preocupación como la cantidad de medidas sanitarias que se adoptaron dirigidas a controlar la pandemia y evitar el contagio masivo de los ciudadanos. Junto a los consejos para practicar una correcta higiene y limpieza personal y de los espacios públicos y privados, la Real Academia de Medicina emitió un comunicado con la lista de sueros, medicamentos y desinfectantes más indispensables para el tratamiento de la gripe: aspirina, piramidón, quinina, arsénico, opio, yodo, aceite de ricino, azufre, alcanfor…  fueron preparados en envases y distribuidos por los representantes y almacenistas de toda España para ser aplicados por los médicos que luchaban contra el mal. Hubo quien prefirió recurrir a remedios caseros y naturales, heredados de la tradición familiar o de la cultura popular, con la esperanza de curarse. A pesar de todo, la gripe se propagó por todo el mapa nacional, dejando a su paso atemorizada a una población que veía ensancharse los muros de los cementerios para dar  cabida a todas las víctimas mortales.

Pero al llegar el otoño, la gripe se ensañó contra la población. Manifestándose los síntomas más alarmantes. Los primeros síntomas que se padecían era dolor de cabeza y fiebre. Después empezaban los mareos, náuseas, vómitos, visión nublada y la aparición de manchas cutáneas de tonos marrones que, desde las mejillas se extendían por todo el cuerpo. Durante dos días la temperatura corporal subía a 38-39º, después se complicaba con una neumonía que aumentaba la fiebre a 40º y provocaba un fatal desenlace.

 La provincia de Guadalajara fue declarada oficialmente zona afectada. Localidades como Saúca, Tordelrábano, Estriégana, Moratilla de Henares, Pelegrina y La Cabrera, padecieron la enfermedad, las cifras de damnificados se acercaban al centenar. Numerosos pueblos de la Diócesis, sufrieron los estragos de la cruel epidemia, familias enteras se contagiaron. Hasta ellos llegó la ayuda del Obispo D. Eustaquio Nieto, encabezando una subscripción popular destinada  a ayudar económicamente a viudas y huérfanos. Para atender a los enfermos y administrarles los sacramentos, envió sacerdotes y religiosos a los pueblos, aun sabiendo el grave riesgo que corrían de contagiarse y perder la vida, como llegó a suceder. Otra medida destinada a evitar un mayor contagio fue el cierre temporal del Seminario Conciliar, evitando así la llegada de seminaristas procedentes de distintos puntos de la Diócesis, que pudieran traer el virus a Sigüenza. Aunque aquí también aparecieron brotes de la epidemia de gripe. Sin embargo, hubo menos víctimas entre una población fortalecida por el clima sano y los aires aromáticos del pinar.

A finales de octubre, la Junta municipal de Sanidad se reunió para adoptar medidas de carácter profiláctico: ordenó a los directores de los colegios la desinfección y cierre de las  instalaciones; obligó a la limpieza y desinfección diaria en las fondas, casas de huéspedes y posadas y en los coches de la línea de transporte por carretera a Medinaceli y Atienza. Un bando de la alcaldía, colocado en todas las entradas a la ciudad, avisaba de la supresión temporal de la celebración de las ferias y la recomendación a los feriantes de no acercarse a la ciudad. Pero los carteles se colocaron tan bajos, casi a ras de suelo, que su lectura resultaba difícil e incluso se ignoraba. Los vendedores ambulantes entraron en la ciudad participando en la feria seguntina.

Se aconsejó el aislamiento de los enfermos, garantizando su atención médica en el lazareto del Rebollar y, por si fuera necesario, el obispo ofreció también las instalaciones del castillo-palacio. 

Las medidas dirigidas a evitar la propagación de la infección fueron tan duras que incluso llegaron a limitar el número de  personas autorizadas a asistir a los sepelios. Incluso se cerró el cementerio el día de Todos los Santos, impidiendo la visita a las tumbas de los familiares difuntos, por considerarlo como un posible foco de contagio.

Durante el último trimestre de 1918, el semanario La Defensa, dirigido por Eduardo Olmedillas, realizó un seguimiento crítico de la cuestión sanitaria. Artículos de opinión, crónicas y versos alusivos a la epidemia de gripe, llenaron sus páginas con críticas y reflexiones sobre el ambiente que se vivía y las medidas sanitarias que, con mayor o menor éxito, se estaban tomando para paliar la enfermedad. Incluso alguno propuso su remedio particular, muy eficaz a su parecer: “huir de los sitios donde se hablaba de la enfermedad y tomar de cuando en cuando una copita  de licor con Zotal”.

Empezaba a oscurecer y apenas había iluminación para seguir leyendo, cuando escuchó que la llamaban a voces. Cubrió con la tela la silla baja de costura y, mientras recogía los periódicos, decidió llevarse los ejemplares que había leído. Aquel papel centenario aparecía amarillento, frágil y quebradizo al tacto, necesitaba ser protegido para no romperse ni perder la información que contenía. Decidió digitalizar sus páginas para poder conservarlos en buenas condiciones, manejarlos sin temor y utilizarlos alguna vez más para recuperar la historia de la epidemia de la Gripe española de 1918 en Sigüenza.

Amparo Donderis Guastavino

Archivera de Sigüenza