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Matías Lagúnez, el seguntino justiciero

Biografiar a un seguntino siempre es motivo de satisfacción, pero ésta se dispara cuando encuentras que, tras la imagen aparentemente anodina de un hombre de leyes, se esconde una trayectoria vital realmente apasionante. Matías Lagúnez nació el 24 de febrero de 1619 en Sigüenza. Provenía de una de las familias más influyentes de la ciudad. Entre los siglos XVII y XIX encontramos abundante representación de los Lagúnez en las dos instituciones de gobierno municipal: el cabildo eclesiástico y el gobierno municipal. En el siglo XVIII figuran como hidalgos, poseedores de un mayorazgo, dueños de hasta diez casas en Sigüenza y de una importante cabaña ganadera. Todo ello nos da idea de lo acomodado de la familia.

En Sigüenza Matías recibió su formación primaria, completándola posteriormente en la Universidad de Salamanca, donde estudió la carrera de leyes. Por aquel entonces la situación de las universidades, especialmente la de los estudios jurídicos, era delicada: la crisis económica general y el aumento de las tasas académicas, unidas a la continua merma de las perspectivas profesionales debido a la masificación de los estudios, hacía difícil culminar la carrera con la incorporación a la jerarquía de los letrados.

Partida de bautismo del libro de nacimientos de la parroquia de San Pedro.

Sin embargo, Lagúnez desarrolló una brillante carrera jurídica, convirtiéndose en un activo y reputado letrado dentro de los círculos jurídicos madrileños. Su entrada en un prestigioso bufete madrileño y el posterior ejercicio de la abogacía en la corte presuponen tanto una notable capacidad profesional como una buena red de relaciones. Uno de sus condiscípulos en Salamanca, el Licenciado Gregorio Fontecha y Mendoza, escribió sobre él que “en opinión y concepto de muchos, el joven Lagúnez parecía haber nacido el hombre más apto, a propósito y singular para ser el mayor ornato de la ciencia jurídica”.

Obtuvo cierta fama entre los círculos jurídicos con su obra más destacada: Tractatus de Fructibus, un compendio de Derecho Civil escrito en latín que consiguió una notable difusión, llegando a alcanzar siete ediciones: Madrid (1686), Venecia (1701), Lyon (1702, 1703, 1727) y Ginebra (1727, 1757). En la primera edición se incluía un curioso grabado en el que aparecía el propio Matías, vestido de Magistrado y de rodillas, ofreciendo su libro a la Virgen de la Mayor seguntina.

Según comentaba D. Román de la Pastora, este libro había sido escrito por Matías mucho tiempo atrás “en sus juveniles años, aún sin haber salido de los de la adolescencia”. Posiblemente esto sea exagerado, pero sí tenemos certeza de que había sido escrito tiempo atrás, pues cuando fue entregado a imprenta Matías ya llevaba años inmerso en su aventura americana: en 1679 había obtenido una plaza de oidor en la Audiencia de Quito, comenzando la parte más apasionante de su vida laboral.

Portada del libro. Edición de 1702.

Si en la península había destacado por su brillantez en temas jurídicos, en las Américas se distinguió por un tenaz empeño en asegurar el estricto cumplimiento de la legislación indiana, tanto en la lucha contra las abundantes corruptelas que fue encontrando como en lo referente a los problemas que afectaban a las comunidades indígenas. Esta actitud le generaría no pocos problemas con los poderes públicos. Al poco de su llegada, inició una campaña contra el absentismo de los doctrineros (párrocos que tenían a su cargo enseñar la doctrina cristiana a los indios) en los pueblos indígenas, pues consideraba que tenía repercusiones muy negativas para la formación religiosa de esa comunidad. Esto provocó un enfrentamiento entre el obispado quiteño y la Audiencia (el más alto tribunal de la Corona española en Quito, dentro del Virreinato del Perú), cuyo presidente, Ponce de León, se puso de parte del seguntino e intentó imponer las sanciones que éste exigía. 

Inmerso aún en esta polémica, se embarcó en otra inspección contra la corrupción reinante, cuyo resultado fue un Memorial en el que detallaba los fraudes que los corregidores y tenientes cometían con los fondos recaudados de la tributación campesina. El asunto fue espinoso, pues se hallaban implicadas “las personas más principales de la ciudad y provincia”. La Audiencia admitió a trámite el Memorial, pero no llevó a cabo ninguna de las actuaciones propuestas por Matías, así que éste decidió enviar a título personal una copia del informe a la metrópoli, nada menos que al Consejo de Indias, el órgano más importante de la administración indiana, encabezado por el propio Rey de España. El Consejo escuchó a Lagúnez y decidieron incluir la investigación en otra de aún mayor envergadura: la visita de las cajas reales de la Audiencia de Quito. Esta investigación volvió a poner al seguntino en una situación comprometida, pues sacó a la luz unos descubiertos en las distintas cajas del distrito superiores a cincuenta mil pesos, y la implicación en los fraudes de algunos de sus compañeros en la  magistratura quiteña. Tras una serie de multas y reprobaciones públicas, el caso quedó archivado, pero la posición de Lagúnez dentro de la Audiencia se volvió muy delicada a raíz del enfrentamiento con los compañeros inculpados. 

El fisco no era la única preocupación de Lagúnez. Otra de las líneas de actuación que  venía ejecutando desde 1684 era la oposición a los sistemas de trabajo empleados en los obrajes (prestación de trabajo que se imponía a los indios en fábricas donde se labraban paños y otras cosas para el uso común), un sector de la economía quiteña controlado por las familias vinculadas a la Audiencia y, en general, a altos cargos públicos. En 1687 el seguntino remitió un informe al Consejo de Indias sobre las condiciones en que se desarrollaba el trabajo indígena dentro de las manufacturas textiles de la ciudad y la permisiva actitud de las autoridades quiteñas al respecto. Lagúnez llevaba ya tres años empeñado en una febril actividad contra las retenciones que, bajo el pretexto de endeudamiento, se practicaba con los trabajadores indígenas. Ante la negativa del presidente de la Audiencia a aplicar las soluciones propuestas por Lagúnez ante tales abusos, optó por una actuación personal que mostraba su audacia: acudía en los días de precepto (festivos) a los obrajes y, en estricto cumplimiento de la ley, procedía a liberar temporalmente a los indios para que pudieran acudir a misa. Como era de esperar, los trabajadores nunca regresaban.

 Un grabado que incluyó en un libro suyo donde aparece la Virgen de la Mayor Seguntina

Matías incluía en sus informes ejemplos de las condiciones a las que estaban sometidos los indígenas. Veamos uno de ellos: en enero de 1686 inspeccionó un obraje tras recibir la denuncia de una india cuya hija llevaba 10 meses retenida. Allí descubrió que la violencia era un recurso más que frecuente en el trato con los indígenas, y que la “dieta” de los trabajadores la integraban “cueros cocidos, cáscaras de papas, raíces de coles… y que el obrajero, como todo salario, entregaba a cada trabajador tres panes por semana”. 

Por actuaciones como ésta, el seguntino se había granjeado entre los indígenas de Quito tanta admiración y confianza como rechazo y enemistad entre los sectores criollos y españoles. Él mismo relataba con orgullo como su casa “era muy frecuentada por los indios, con sus quejas y memoriales”. Su preocupación no sólo respondía a una reacción humanitaria: Lagúnez creía firmemente que se necesitaba una acción política urgente para reconducir el desarrollo colonial  hacia unos términos más cercanos al equilibrio entre rentabilización económica y misión civilizadora. Frente a este equilibrio, Lagúnez encontraba dos problemas principales: por un lado la indiferencia y complicidad de buena parte de los cuadros administrativos, y por otra la tolerancia de mecanismos coercitivos en las relaciones de producción. Para el seguntino, la solución pasaría por cambiar el modelo de explotación hacia uno en el que los indígenas participaran de manera voluntaria en la economía mercantil.

Resaltamos la filosofía que guiaba al seguntino para diferenciarla otros movimientos indigenistas que habían surgido años atrás con tintes igualitarios o libertadores, como el de Bartolomé de las Casas. En las ideas de Lagúnez no hay nada que haga peligrar los términos del dominio español. Es más, sus alegatos constituyen una firme defensa del régimen virreinal, pues considera que el indio sólo puede encontrar asilo frente a las acometidas permanentes de los restantes estamentos sociales en la acción correctora del derecho indiano.

Estas actuaciones no pasaron desapercibidas en la capital del virreinato, y el propio virrey, Duque de la Palata, reclamó a la Corte que lo promocionaran a la fiscalía de Lima como oidor. Tras una denegación por parte de Madrid, finalmente en verano de 1688 se accedió a este traslado. Pero Lagúnez seguía firme en sus convicciones en cuanto a la rectitud del servidor público y al poco de llegar volvió a encontrarse enfrentado con el poder, en esta ocasión, precisamente, con quien había impulsado su ascenso al centro de la burocracia virreinal: el propio virrey Palata. El desencuentro surgió a raíz del juicio de residencia del virrey (procedimiento judicial que consistía en que, al término del desempeño del funcionario público, se sometían a revisión sus actuaciones), a raíz del cual terminarían manteniendo un encendido enfrentamiento. Él mismo justificaba así sus actuaciones contra las élites limeñas: “bien quisiera no hablar con esta claridad, y acaso me conviniera mucho en lo temporal, que son materias muy odiosas para el ministro que pone la mano en ella, pero ni mi obligación ni mi conciencia me lo permiten”. 

Regresaba Lagúnez a estar en una posición difícil. Su abierto enfrentamiento con Palata le había enemistado con los integrantes de las máximas instituciones económicas del virreinato y con miembros de la magistratura. Pero en agosto de 1689 llegó un nuevo virrey a Lima, el virrey Monclova, que vio en Lagúnez un aliado perfecto en la promoción de las reformas que pretendía hacer en la economía del Perú. Monclova llegaba a Lima en medio de una grave crisis, provocada por las medidas que el anterior virrey había promulgado respecto al funcionamiento de las minas del Potosí y la tributación que debían pagar los indígenas. Hay que tener en cuenta que las minas del Potosí fueron la fuente de riqueza más importante dentro de los territorios coloniales españoles hasta bien entrado el siglo XVIII.

Unos 120 años antes, el virrey Francisco de Toledo había ideado un sistema de aprovisionamiento forzoso y a gran escala de trabajadores indígenas para su utilización como mano de obra esencial y de muy bajo coste en los procesos extractivos y refinadores de la industria minera potosina: este sistema se conoció como la mita. De acuerdo con la mita, una séptima parte de la población indígena, de entre 18 y 50 años, de las 16 provincias relativamente cercanas a la explotación minera, estaba obligada a movilizarse y trabajar en dicha explotación. Pero el agotamiento de las minas del Potosí y la avaricia de los empresarios mineros habían forzado al virrey Palata a reformar la mita para hacerla aún más dura para los indígenas: entre otras medidas, se aumentaba el porcentaje de trabajadores forzosos hasta un quinto, se suprimían las dos semanas de descanso y se incluían a los habitantes de todas las provincias del Perú (14 más) en este reclutamiento forzoso. Esta propuesta había generado gran inquietud entre la población aborigen, provocando grandes movimientos migratorios y causando graves conflictos sociales.

Grabado de la mina de Potosí.

Tras la llegada del virrey Monclova, y con la invaluable ayuda de Lagúnez, se convocó una Junta que pasó a estudiar la situación y buscar soluciones. Para el historiador Ignacio González Casasnovas, la historia de esta Junta “es uno de los episodios más trascendentes de la historia americana durante el periodo colonial, pues constituye el testimonio más rico y vibrante del esfuerzo crítico desarrollado por algunos sectores de la sociedad americana durante la dominación española para reformar las desviaciones del ordenamiento económico y social que se desplegaban bajo la realidad colonial”. Y para que esto fuera así, fue fundamental la formulación de un elaborado discurso, minucioso y con una irreprochable argumentación legal: el conocido como “Discurso sobre la mita de Potosí”, del seguntino Matías Lagúnez. En él se encuentra una disección de la realidad histórica surandina del siglo XVII de una precisión y lucidez incomparables. En este Discurso, Lagúnez formuló por primera vez en la historia de la jurisprudencia andina una defensa formal del colectivo indígena, y promovió uno de los más intensos debates de reflexión crítica sobre el desarrollo del dominio español en América planteados a lo largo de todo el periodo colonial. Se condenaba dura y explícitamente la secular pasividad del gobierno colonial frente a la explotación indígena.

Hasta el propio Matías vio la trascendencia de su trabajo. En una carta personal, hablaba del Discurso en estos términos: “he escrito un papel de más de trescientos pliegos sobre las cosas más importantes del estado de este reino, alivio y desagravio de los indios, que están como esclavos. Esto lo refiero a vuesa merced por darle el gusto que recibirá en que me haya aplicado a cosa tan santa: lo he hecho por Dios y por estos miserables, que me tienen quebrado el corazón (…) ni mis libros ni cuanto he trabajado en servicio de su majestad es cosa que importe en comparación con este escrito, que es un libro muy grande”. 

Matías Lagúnez mostraba la dramática realidad de la mita apoyándose en declaraciones de personajes principales, principalmente obispos. Así describía los desplazamientos: “en los caminos de la mita se hallan muchas sepulturas y huesos de los indios que han perecido en ellos, y si a todos se les pusieran cruces y permanecieran, fuera horror andar por ellos”; y así el propio trabajo en la mina: “no se puede conocer cuán grave y molesto es a los pobres indios hallarse en la profundidad de un cerro en poder de capataces bárbaros e inhumanos, trabajando de día y de noche, sin tener justicia a quien clamar los ojos si no es clamar a Dios”. 

Usó un recurso pedagógico para denunciar esta terrible situación, el de trasladar las mismas situaciones a tierras de la metrópoli: “¿Qué admiración no causará en los reinos de España si un señor se sirviera de sus vasallos, compeliéndoles a ir cincuenta leguas a trabajar en sus haciendas sin pagarles jornal por los días de camino, y dándoles por los de trabajo apenas una tercia parte de lo que se paga en plaza pública a semejantes jornaleros? ¿Qué escritos no dieran contra él los señores fiscales del Consejo y de las Reales Chancillerías? ¿Con qué severidad se castigará semejante impiedad?”.

Acabada la exposición del seguntino, y tras casi dos años de deliberaciones, la Junta decidió dejar sin efecto todas las medidas que Palata había promulgado para endurecer aún más la mita. Es muy probable que el objetivo de Lagúnez fuera su abolición completa, pero para esto hubo que esperar aún más de un siglo, hasta las Cortes de Cádiz de 1812.

Con 82 años, fallecía Matías Lagúnez en Lima en marzo de 1703. Dejó tras de sí una obra fundamental, pero también un comportamiento ejemplar como servidor público que bien podría servir de ejemplo a los servidores públicos hoy en día.

Nota: Este artículo se basa fundamentalmente en las investigaciones del Dr. Ignacio González Casasnovas, publicadas en su obra “Las dudas de la Corona”.

 

El arpista de la catedral

Jamás pudo imaginar que su hijo llegase a ser un día uno de los músicos más apreciados de la Catedral. Quiso para su él una vida diferente a la suya y lo consiguió.

Cristóbal López, de oficio carcelero, se ocupaba del mantenimiento de la Real Cárcel de Sigüenza, a cambio de un parco sueldo que completaba con el aguinaldo que cada Navidad solicitaba al concejo municipal. Atendía y vigilaba a los presos que, atados con grillos a las paredes, para evitar fugas y peleas, ocupaban las celdas en la primera planta del edificio y administraba el derecho de carcelaje, una cantidad económica que le asignaban y debía destinar a la compra de colchones, ropa, leña y víveres para los cautivos. Cuando se ausentaba para atender otras obligaciones o para buscar leña para la cocina, la cárcel quedaba al cuidado de su mujer y también  las oficinas de los calabozos que había en la planta baja donde se recibía a los nuevos arrestados.

El ambiente que se vivía era lúgubre, poco higiénico, peligroso y nada apropiado para sus hijos que prácticamente crecían correteando por la Plazuela de la Cárcel y sus alrededores. Por eso, Cristóbal y su mujer, quisieron alejarlos de aquel entorno oscuro donde pícaros y ladronzuelos pagaban sus penas y bromeaban mordazmente con la llegada de nuevos  presos. Buscaron un oficio a cada uno, para que pudieran contribuir a la economía familiar y cuando les hablaron de los Infantes de coro, un grupo de ocho niños con buena voz, que recibían educación, alojamiento y manutención a cambio de servir al Cabildo, abrigaron la esperanza de encontrar allí un futuro para  al menos uno de sus hijos: Blas López.

En la  primavera de 1659, aseado y vestido con lo mejor que tenían, le llevaron de la mano hasta  la Catedral y buscaron al chantre responsable de la presentación de los candidatos al examen. En presencia de dos canónigos, el maestro de capilla y el sochantre, que era el encargado de la dirección del canto en el coro, el niño fue realizando una a una todas las pruebas que le solicitaron, demostrando su suficiencia para ocupar una plaza vacante. Al finalizar, uno de los canónigos le revistió con una sobrepelliz blanca, con mangas, para formalizar su presentación ante el Cabildo. Instantes antes, entre abrazos y emociones contenidas, se despedía de su familia para ingresar como infantes de coro de la capilla. 

Aprendió a leer y escribir, a ejercitar su voz en la escuela de canto y a desarrollar sus habilidades musicales. Junto a sus compañeros salía de paseo vestido de azul, luciendo un bonete en su cabeza, señal del prestigio que tenían los niños que hacían carrera musical en la catedral. En el interior de la Iglesia, durante los ensayos llevaba una sotana roja con la sobrepelliz blanca y en Navidad recibía como aguinaldo, zapatos y medias para asistir a las funciones religiosas donde el coro de voces blancas cantaba villancicos. Fuera de ensayos y actuaciones tenía la obligación de preparar los  cirios de las procesiones, tañer las campanillas, poner y quitar los libros de coro para ensayos y actuaciones y otras tareas que le iban encomendando, incluidas en la formación de los Infantes de coro destinados a ser futuros músicos y clérigos de la diócesis. 

Al alcanzar la pubertad su voz empezó a mudar, cambió el  sonido y hubo que esperar a que se definiese su timbre vocal, para ejercitarse en el canto como tenor. Al mismo tiempo aprendió a tañer el arpa y le gustó tanto el sonido del instrumento  que se aplicó en su aprendizaje. Al alcanzar la edad adulta pidió ayuda económica para adquirir un arpa, el Cabildo le concedió cien reales para hacer realidad su sueño que, con el paso del tiempo, le daría merecida fama entre los músicos  de la catedral. 

No sintió la llamada de la vocación religiosa, pero le  gustaba la música y entró a formar parte de los ministriles, músicos profesionales legos y asalariados, al servicio de la capilla de música, que combinó con la plaza de sacristán que le proporcionó el Cabildo en una de las capillas de la catedral, la Capilla de San Valero, donde estaba obligado a asistir a las misas cantadas y a las procesiones. Su fama de buen músico arpista fue tal que traspasó el ámbito local logrando la oportunidad de entrar en la capilla de música en Madrid. Un gran honor para un músico o ministril. Por eso, no se lo pensó dos veces y solicitó licencia al Cabildo para preparar su viaje. Enterados y no dispuestos a perder a uno de sus músicos más apreciados, le hicieron una contraoferta de aumento salarial que él aceptó de inmediato, permaneciendo vinculado a la capilla de música de la catedral hasta el final de su existencia.

Siempre estuvo pendiente de la situación de sus padres y hermanos, cuando caían enfermos, pedía licencia al Cabildo para atenderles personalmente. Con más motivo aún al fallecer su padre y quedar su madre en muy mala situación económica. Blas se hizo cargo de ella y, entre las medias fanegas de trigo que les daba el Cabildo y el dinero que cobraba por cantar villancicos iban capeando las dificultades. Cuando la necesidad se hizo mayor, no le importó volver a cantar en el coro, donde los componentes eran niños; ni vestirse como ellos, con la sobrepelliz  blanca, a cambio de recibir una ración del Colegio de Infantes. 

Contrajo matrimonio con María Cetina, se instalaron en la calle del Peso en una casa que era propiedad del Cabildo. Tenía un corral donde había espacio para criar gallinas y labrar un par de surcos con calabazas, nabos y berzas, para asegurar su sustento diario. Pero llegaron los hijos, la familia aumentó hasta ser numerosa y empezaron a crecer las dificultades para mantenerla porque el sueldo de la catedral tan sólo alcanzaba para cubrir las necesidades básicas de un músico, no estaba pensado para sustentar a una familia larga. Descontando el alquiler de la casa, poco quedaba para adquirir productos de primera necesidad: frutas, tocino, vino, miel, especias…Cuando ya no había fondo de dónde sacar para pagar la renta mensual y llenar la despensa, Blas López, acudía al Cabildo, solicitando limosnas en dinero para pagar sus deudas y trigo para dar pan a su larga prole y, cuando la recibía, respiraba tranquilo. Aunque la tranquilidad duraba poco y los problemas no sólo continuaban sino que se agravaban y Blas, volvía a escribir nuevas peticiones en demanda de ayuda económica y el Cabildo siempre se mostraba dispuesto a ayudarle. Esta era su triste suerte que sucesivamente se iba repitiendo, sin solución: se empobrecía, le auxiliaban y volvía a empobrecerse. Cuando la deuda del alquiler comenzó a  acumularse por impago, les propusieron trasladarse a una casa de renta más baja en la calle Comedias, pero la solución no gustó al matrimonio, ni Blas ni María querían abandonar su hogar y prefirió antes desprenderse de los pocos bienes que tenía en la vida: ropa, un colchón, un baúl, unos cántaros de agua, leña... entregándolos en prenda al arca de misericordia, institución piadosa que, a su vez, distribuía limosnas entre los músicos endeudados y socorría a las viudas pobres. Pero tampoco logró sanear su economía, parecía que tenía un agujero en su talego. 

No le quedó más remedio a Blas que, siguiendo el modelo de otros músicos, buscar un trabajo para aumentar sus ingresos. Tuvo que buscarse algo ajeno a la música, que tuviera un horario compatible con el de la capilla de música para no perder su puesto de músico ni ser  multado económicamente por faltas de asistencia. Dirigió un escrito al Cabildo solicitando una reducción de horas en su calendario de actuaciones.

Blas López, pasó toda su vida luchando contra la pobreza y al final luchó sin éxito también contra la enfermedad, que le tuvo unos meses postrado en la cama. Falleció en 1696, dejando a su viuda e hijos tan endeudados como lo había estado él. Al mismo tiempo la capilla de música de la catedral suprimía la plaza de arpista. Por motivos económicos el cabildo decidió adquirir un clavicémbalo y suprimir el arpa, el preciado instrumento que tantas satisfacciones profesionales le había dado a Blas y que en tantas funciones religiosas había tañido con pulcra destreza. Durante ocho años el clavicémbalo se integró en la capilla de música y aunque no terminó de gustar hubo que esperar al año 1704 para volver a escuchar a un músico arpista en la catedral.  

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza

El obispo constitucional

El párroco de Chiloeches y el Pozo, don Alfonso Duch Cartañá, exdirector de la SAFA y excanónigo seguntino, acaba de publicar un libro sobre el Trienio Liberal en Sigüenza. Para ser más precisos, se trata de un estudio sobre la figura de nuestro obispo don Manuel Fraile durante aquellos años; el llamado “obispo político”. La metodología de este trabajo histórico se centra en mostrar antes que en juzgar; y por la cantidad de documentación aportada es mucho lo que se nos descubre, dejando campo abierto a nuestras interpretaciones.

Alfonso Duch es un erudito en el siglo XIX español, del que se ha leído toda la bibliografía publicada, además de actas y cartas particulares; y el que no emita juicios no quiere decir que el libro no abunde en ideas sobre aquel siglo bélico. La primera idea reseñable es que, de parte de la jerarquía de la Iglesia, hubo unos pocos obispos que vieron en la Constitución de 1812 una realidad más cercana a las verdades evangélicas que la conocida práctica absolutista; de modo que apoyaron convencidos dicha Constitución doceañista, cuánto más cuando reconocía a la Iglesia Católica como la religión verdadera. Otra idea importante para entender el siglo fue el sutil intento del liberalismo moderado por convertir a los clérigos en funcionarios del Estado, intentando que a través de la predicación fueran los verdaderos educadores del pueblo en los valores constitucionales. Esto ofrecía el peligro de querer organizar una Iglesia a su medida; y de haber tenido éxito se hubiera gestado una verdadera Iglesia Nacional al servicio del Estado. Queriendo hacer de los clérigos funcionarios, había realidades eclesiásticas que para los legisladores estaban de más, como eran los conventos y todos sus monjes y monjas apartadas del mundo y de la generación de riqueza. Es precisamente en la visualización del drama humano de los exclaustrados donde el libro nos abre una visión a las verdaderas entrañas de aquel siglo.

De hecho, uno de los personajes históricos que más impresionan es un exclaustrado, fray Francisco Carrascón, que escribe al obispo defendiéndose de las calumnias de sus delatores; y con serenidad hace recuento de su vida desde los años de la Guerra de Independencia. Recogemos aquí solo una muestra de su apología:

Podría recordarle [al Rey] mis fatigas, mis trabajos, y mis heridas recibidas gloriosamente y sin interés ni premio en defensa de la independencia, cuando alguno de mis acusadores servía quizás vilmente y adulaba al tirano de su Patria [Napoleón], y a sus satélites y esbirros  (…). Podría demostrar hasta la evidencia que únicamente el amor a mi Patria, el de ahorrarle la asignación que me tiene señalada, y el contribuir a la ilustración pública del modo que me era posible, han sido las causas que me obligaron a dejar una vida cómoda y regalada por la muy laboriosa y muy amarga de cura párroco. Y, en fin, podría desafiar a los delatores a que expusiesen una sola orden que yo no haya obedecido, o un solo artículo en que ellos se hayan mostrado más liberales, más constitucionales, más enemigos del despotismo descubierto o enmascarado, que su acusado o delatado.

Otra idea claramente expuesta es la fuerza de la reacción, y la implicación de los clérigos absolutistas en los levantamientos armados. Y aquí es donde la ciudad de Sigüenza se singulariza por causa de la asonada que obligó al envío de un batallón militar desde Guadalajara. Y entrando dichas tropas por las puertas de la ciudad, entre la calle Yedra y la de Guadalajara, se produjo un enfrentamiento entre el pueblo, a pedradas, y los soldados, con sus fusiles, que se saldó con dos muertos, uno por bando, y la retirada de las tropas extramuros. Este suceso, que pasará al arsenal de anécdotas de nuestros guías turísticos, invita a la reflexión sobre la imbricación seguntina tradicional entre el pueblo y sus pastores.

Don Manuel Fraile, que fue diputado en Cortes durante los años de su prelatura, tuvo que defenderse de quienes le acusaban de haber permitido el levantamiento. En realidad, cursaba él su visita pastoral en los límites de la diócesis, y le cogió por sorpresa. La preponderancia del bando absolutista en la capital diocesana sin embargo era manifiesta. Todo el Cabildo era absolutista y solo el párroco de San Pedro era un liberal exaltado.

El Trienio Liberal (1821-24) removió las entrañas revolucionarias del país, todavía bajo los efectos de la resistencia a las tropas francesas, que ahora con los Diez Mil Hijos de San Luis devolverían el absolutismo. Nuestro obispo no fue represaliado, lo que es índice del talante moderado que debió de mostrar en la corte, manteniendo una relación amistosa con Fernando VII. Es conocido que este monarca, de paso por Sigüenza, le encargó la terminación de las obras de Santa María, después de que las mujeres del Arrabal le ayudaran a sacar del barro la carroza real atascada con la reina dentro.

El mundo de los diputados, el de los jefes políticos (especie de gobernadores provinciales), el mundo más secreto del Cabildo catedralicio, se hace presente al lector a través de circulares, decretos y respuestas, en un testimonio apasionante de la vida decimonónica, donde las comunicaciones eran lentas pero continuas. Es mucho lo que podemos entrever de aquel tiempo, pero es la personalidad de don Manuel, en especial a través de sus cartas pastorales, la más fielmente reflejada. He aquí una muestra de su pensamiento:

Casi no dudo que en los pueblos de esta Diócesis son tan generales y ardientes los deseos de paz y unión, que me persuado a que hubieran corrido apresuradamente a poner en mi consideración el sacrílego crimen de cualquier presbítero que, abusando de su ministerio, hubiera pretendido convertir la cátedra del Espíritu Santo en una tribuna, o cambiar la túnica inconsútil de Jesucristo, de amor y de paz, por el ropaje de un perturbador público, diseminador de venganzas y distribuidor de puñales.

En el horizonte histórico se anunciaban ya las guerras carlistas.

José M.ª Martínez Taboada
Fundación Martínez Gómez-Gordo

"La Hormiga de Oro" y Sigüenza

Estaba pendiente de la llegada del cartero, parecía que se retrasaba y eso aumentaba aún más su impaciencia. Había decidido no salir de casa hasta tener en sus manos el nuevo ejemplar de la revista La Hormiga de oro. Le gustaba leerla la misma tarde que la recibía, hundida en la butaca, junto a la ventana que daba al luminoso patio central. Tenía un tamaño cómodo que le permitía sujetarla entre sus manos, mientras leía sus diferentes artículos: literarios, históricos, religiosos, curiosidades científicas, de viajes y recomendaciones sobre lecturas piadosas. Existían otras revistas como La Ilustración Española y Americana, La Ilustración Artística, la Esfera, Blanco y Negro, Nuevo Mundo y Mundo Gráfico que competían con gran éxito entre el público y había revistas como La Moda Elegante destinadas a ampliar la cultura de la mujer, llamando su atención con secciones fijas dedicadas a informar sobre las últimas novedades de la moda: vestidos, sombreros, todo tipo de perifollos que llegaban de París y anuncios de cosmética para rejuvenecer, borrar arrugas y suavizar el cutis.Una temática muy diferente, sin duda a la que ofrecía La Hormiga de oro, una revista amena, interesante y novedosa, dirigida a todos los públicos, que  destacaba por su carácter religioso y su interés en difundir conocimientos de arte. Cada sábado salía a la venta, puntual a su cita, y también se distribuía por correo entre los suscriptores. La conoció por casualidady, decidió suscribirse para recibirla en casa y no perderse ningún número.La suscripción al semanario costaba diez pesetas al año y cinco pesetas el semestre, un precio asequible, fijado por su editor para llegar a todos los bolsillos. A ella, mujer de su tiempo,que en el tránsito de los siglos XIX a XX, había recibido una formación muy sencilla, entregada a su familia y a las labores del hogar, la revista le gustaba porque le acercaba a la cultura, a la realidad social del momento y a todo aquello que le podía interesar. Aunque ella era quien leía afanosamente la revista, sabía que él, en los pocos ratos libres que pasaba en casa, también la leía y, sobre todo, las tardes de domingo, lapicero en mano, se entretenía resolviendo los acertijos, jeroglíficos y pasatiempos de cualquier número, ya fuera el de esa semana o alguno anterior que conservaban en una caja de madera, en el hueco de la escalera de la vivienda.

La Hormiga de Oro. Ilustración católica. (1884-1936)

En el último tercio del siglo XIX surgen con notable éxito las revistas ilustradas. Para hacer más agradable la lectura, acompañaban sus textos con ilustraciones y grabados, producto del laborioso trabajo de un equipo formado por un reportero gráfico especialista en dibujo, que se desplazaba hasta el lugar de la noticia, para dibujar con su carboncillo el escenario del suceso. Después el dibujo pasaba a manos de un artista de gabinete que retocaba y componía la imagen y un grabador que preparaba las planchas de impresión. La llegada de la fotografía supuso un avance importante en la prensa y el abandono de los grabados e ilustraciones.

Entre todas aquellas revistas que competían por llamar la atención del público, destacaba La Hormiga de Oro. Fundada en Barcelona el 1 de enero de 1884 por Luis María de Llauder y de Dalmases, político de ideología carlista, publicista propietario y director del Correo Catalán. La Hormiga de oro se escribía en castellano y fue fiel a su cita con los lectores durante más de medio siglo, siendo testigo de primera línea de acontecimientos históricos relevantes de aquella época. Era una revista de tipo religioso que tenía como objetivos la defensa del catolicismo y la captación de público para la causa carlista, a través de una novedosa oferta editorial que marcaba la diferencia con las demás. Para alcanzar el éxito, Luis María de Llauder diseñó un gran proyecto cultural integrado por una librería, una imprenta y la revista. En sus páginas mezclaba doctrina política, integrismo católico y periodismo ameno y gráfico. Contó con la colaboración de destacadas firmas de periodistas y escritores para llegar a un público exigente que deseaba combinarlas lecturas religiosas con otras temáticas a los que el semanario no dudó en dedicar un espacio entre sus páginas, para liderar el mercado editorial.

A los reportajes y artículos de opinión se añadieron las novelas por entregas, folletos de edición semanal, que hacían furor por aquellos años, capaces de crear hábitos, enganchar a sus lectores, semana tras semana, orientando la lectura y dibujando las líneas culturales del momento. La Hormiga de oro llegó a publicar hasta cinco novelas por año en sus páginas, todas ellas con fines didácticos de carácter moralista-religioso.

Este semanario de 16 páginas pronto empezó a destacar por su excelente calidad. Fue una delas primeras revistas en introducir ilustraciones, distribuidas en portada, contraportada y en páginas interiores, con el objetivo de difundir obras de arte de ciudades, monumentos y objetos arqueológicos. No fue ajeno a la publicidad y en sus últimas páginas anunciaba todo tipo de elixires y polvos curativos de la época y las famosas pastillas del Dr. Andreu contra la tos. Anuncios que contribuían económicamente a la edición, a la par que despertaban el interés y la curiosidad de sus lectores. Llegó a ser una de las mejores revistas gráficas españolas de finales del siglo XIX y primer tercio del XX. Alcanzó una importante difusión a nivel nacional, e incluso llegó a distribuirse en Portugal, América y Filipinas, llegando a tener 4.000 suscriptores.

La revista fomentaba el coleccionismo entre sus lectores, numerando las páginas de los ejemplares con una numeración continua anual, que se reiniciaba al empezar cada año. Con la última entrega en diciembre, se adjuntaba el índice general. Una vez encuadernados en volúmenes entraban a formar parte de las bibliotecas particulares o de las instituciones públicas que la recibían.

A partir del año 1904 la revista adoptó la censura de la Iglesia, ampliando su título a La Hormiga de Oro. Ilustración católica con censura eclesiástica.
La librería de La Hormiga de Oro se abrió en el centro de Barcelona como espacio donde disfrutar del libro y la lectura. En sus estanterías se exponían poemas de Navidad, catecismos, devocionarios, calendarios, libros religiosos y vidas de santos, todos ellos recogidos en el catálogo de ventas que editaba anualmente.

Organizaba tertulias muy animadas donde se daba cita la alta sociedad barcelonesa que, entre lecturas y debates, fumaba rapé. En la imprenta además de la revista, se hacían sobres, facturas, papeletas, tarjetas de invitaciones a actos literarios, políticos y religiosos.

Durante los turbulentos días previos a la Guerra Civil, el 16 de julio de 1936, cayó una bomba en la imprenta, provocando un incendio que obligó al cierre de la editorial y dela revista. Sin embargo, la librería sobrevivió durante 130 años, llegando a convertirse en la segunda librería más antigua de Barcelona, cerrando definitivamente sus puertas en el año 2016.

Dos ediciones dedicadas a  Sigüenza

El semanario dedicó, al menos, dos números a Sigüenza. El primero el 16 demayo del año 1903, dedicado a glosar la figura de Fray Toribio Minguella y Arnedo, obispo de Sigüenza, coincidiendo con el quinto aniversario al frente de la silla episcopal. El artículo se completaba con una amplia descripción de la Catedral, acompañadocon media docena de ilustraciones en blanco negro de la Sacristía de las Cabezas, el coro, los brazos del crucero y las fachadas exteriores… que ponían en valor entre sus numerosos lectores la importancia y la riqueza artística y monumental de la principal Iglesia seguntina.

El segundo, se publicaba el 2 de mayo de 1935, bajo el título Ciudades olvidadas: Sigüenza, dedicaba tres páginas con seis fotografías a un reportaje turístico sobre la monumentalidad de la ciudad de Sigüenza y sus tesoros artísticos, describiendo ampliamente la incomparable belleza de la ciudad de Sigüenza: su castillo que califica como “desmantelado y grandioso”, su Plaza Mayor y sus calles y plazuelas, Nuestra Señora de los Huertos, la Universidad, la Catedral  y la inigualable escultura del Doncel. Un documento gráfico que hoy posee un indudable valor histórico para la conservación del patrimonio monumental seguntino.

Amparo Donderis Guastavino

Archivera de Sigüenza

Pelegrina: su historia y su archivo

A la derecha del río Dulce, antes de  alcanzar La Cabrera y Aragosa, se levanta en una risueña vega un promontorio acunando el pueblo de Pelegrina, con las ruinas del castillo en la cima, de facturas cristianas.

Antonio Ponz. Viage de España, 1772-1794

Así describía en el siglo XVIII el abate Ponz, historiador y viajero ilustrado, sus impresiones ante la visión de este valle dotado por la naturaleza de belleza espectacular. Más cercano a nuestra memoria queda el recuerdo imborrable de “El Hombre y la Tierra”, serie televisiva filmada en los años 70 en las Hoces del río Dulce por Félix Rodríguez de la Fuente, que divulgó y lanzó a la fama esta valiosa reserva ecológica. La espectacular cascada, denominada El Gollorio, domina un paisaje de profundos barrancos con frondosa vegetación donde habitan especies protegidas, que goza de especial protección como Parque Natural.
Los orígenes de Pelegrina se sitúan en un poblado celtibérico, siglos más tarde ocupado por los musulmanes que edificaron su atalaya defensiva. En el año 1196  el rey Alfonso VII la entrega en donación a los obispos de Sigüenza. Impresionados por la serenidad del paisaje, construyeron un castillo-fortaleza para su recreo y descanso. Cuando sus actividades se lo permitían, montados a lomos de una mula, los obispos recorrían las escasas leguas que mediaban con Sigüenza, para disfrutar del sosiego y quietud espiritual que les ofrecía aquel singular paraje. En la ladera en dirección hacia el río, se fue situando un caserío con un trazado irregular de calles empinadas, estrechas y sin orden, adaptadas a las dificultades del terreno, sobre el que se construyeron dos barrios: alto y bajo y la iglesia de la Santísima Trinidad en el siglo XII.

Los habitantes de la villa prestaban servicio y rendían tributo fiscal a sus señores. Su economía estaba principalmente ligada a los recursos que obtenían de los frutos de la tierra. La buena calidad del terreno y su microclima favorecían la proliferación de cerezos, nogueras, manzanos, perales y huertas donde cultivaban hortalizas para su autoconsumo o venta en el mercado. Hasta Sigüenza se desplazaban para realizar el intercambio de sus productos por otro tipo de mercaderías, paños y lencerías. Algunos buscaban trabajo en la ciudad, en el servicio doméstico: criados, lavanderas, cocineros, en casas hidalgas y de miembros del cabildo, a cambio de un salario o de alojamiento y alimentación.

A su alrededor se extendían buenos pastos para el ganado, zonas de caza donde abundaban liebres y perdices; en el río pescaban cangrejos y anguilas y aprovechaban la fuerza de sus aguas para mover un molino harinero. Poseían un paisaje de alto valor forestal: encinas, robles y chaparros, que les procuraban beneficios económicos. Por ese motivo, en alguna ocasión no conformes con el reparto de la suerte de leña y madera cortada en el Monte Rebollar, el concejo con su alcalde a la cabeza llegaron a alzarse en pleito con los municipios limítrofes como sucedió a mediados del XVI. Un siglo de gran actividad y estrecha relación con Sigüenza: en las canteras de Pelegrina se extraía piedra que cargada en carretas se transportaba a Sigüenza, donde los albañiles y canteros levantaban una nueva muralla, ampliaban la ciudad y culminaban la construcción de la catedral. De Sigüenza recibieron el mecenazgo del Obispo D. Fadrique de Portugal, que tuteló la restauración de la iglesia parroquial de Pelegrina, años más tarde enriquecida con un retablo realizado en los talleres seguntinos por el maestro Martín de Vandoma, para su altar mayor.

La vida sencilla y apacible de sus habitantes fue alterada en numerosas ocasiones, con ataques enemigos que poco tenían que ver con ellos. La población sufrió las consecuencias de aquellos actos bélicos, y el castillo, que ya había sido objeto de ofensivas desde tiempos medievales, fue asediado, ocupado, desmantelado e incendiado por las tropas enemigas durante las guerras de Sucesión y de Independencia que tuvieron lugar en los siglos XVIII y XIX, respectivamente.

Fue en aquellos años cuando abrió sus puertas la “Fábrica de La Pelegrina”, de cuyo horno salieron piezas de loza fina: platos, tazas, botijos, cuencos… para surtir las alacenas de las casas y los establecimientos públicos. Con el tiempo, fue adquirida por la Sociedad Minero-Industrial “El Acierto”, dedicada a la producción de tejas árabes, baldosas y ladrillos, aprovechando las canteras de arcilla, yeso y caolín de la zona. La fábrica favoreció el asentamiento de una colonia de trabajadores. Como medio de transporte contaron con un tranvía a vapor, que salía desde la estación de Sigüenza, enlazaba con el ferrocarril minero y llegaba hasta la colonia industrial. Desde la carretera de Sigüenza a Pelegrina, a mano derecha, todavía quedan restos de aquella chimenea que echaba humo hasta el primer tercio del siglo XX.

La Guerra civil de 1936 supuso un duro paréntesis para los vecinos que asistieron a uno de los capítulos más dolorosos de su historia. A partir de los años  50 – 60, la industrialización y el desarrollo urbano de la periferia se convirtieron en focos de atracción de mano de obra, procedente del mundo rural donde los recursos eran escasos. Así se iniciaba el proceso despoblador cuyas duras consecuencias vivimos actualmente. Pelegrina tenía 400 habitantes. Hoy apenas llegan a 20 los residentes. Algunos aún recuerdan cómo se fueron cerrando las casas, abandonando los corrales y talleres de oficios tradicionales, para emigrar en busca de nuevos horizontes. La huida ilustrada protagonizada por la juventud que marcha por motivos de estudio y no vuelve, es un factor que impide el relevo generacional. Al descender el número de habitantes disminuían también las posibilidades de obtener recursos económicos suficientes para atender con unos servicios mínimos sanitarios, educativos y asistenciales a la población. Para  hacer frente a todas estas necesidades, Pelegrina solicitó su incorporación al Ayuntamiento de Sigüenza.



El Archivo de Pelegrina

La incorporación de la administración municipal de Pelegrina y su agregado La Cabrera a Sigüenza en el año 1963, permitió recoger y conservar su archivo municipal, que es el testimonio vivo del desarrollo de su vida administrativa, la memoria del municipio y fuente de conocimiento de la vida de sus vecinos en el pasado.

El patrimonio documental de Pelegrina que nos ha llegado comprende los años 1902 a 1963. Esta última fecha al corresponder con la extinción de su administración y de su incorporación a Sigüenza, nos ofrece una fuente primordial, un testimonio vital para el estudio del tema de  la despoblación del siglo XX.

Los padrones de habitantes nos pueden ayudar a elaborar un árbol genealógico familiar. Incluyen nombre y apellidos de todos los habitantes de la localidad, domicilio, edad y profesión, lugar de nacimiento, su relación de parentesco con la unidad familiar y si saben leer y escribir, dato que muchos años más tarde pasó a sustituirse por el nivel de estudios. En el Archivo municipal sólo conservamos los padrones de Pelegrina correspondientes a los años 1955 a 1963, fechas esenciales para analizar el proceso de la despoblación y los cambios demográficos producidos por la salida de los vecinos hacia las zonas industrializadas.

Los libros de actas de sesiones del Pleno recogen las decisiones que toma el ayuntamiento en aspectos importantes y necesarios para regular la convivencia de la ciudadanía y nos dejan huella de acontecimientos que marcan la vida diaria como la construcción de la fuente pública, la selección del maestro, las obras de mejora en  la escuela, el sorteo y alistamiento de mozos, la formación del censo electoral para unas elecciones… La climatología y la agricultura tienen su reflejo en los Plenos municipales, que recogen decisiones y solicitan ayudas al gobierno, para hacer frente a los fenómenos meteorológicos y sus consecuencias  en los cultivos y las cosechas, como en  aquella catástrofe del año 1920, cuando el río sobrepasó su cauce, inundando La Cabrera y arrasando la ribera de Pelegrina, provocando daños y destrozos en las cosechas de cereales y hortalizas de aquel año. Otro dato curios puede ser la llegada del teléfono en Pelegrina que se produjo en 1923. El primer aparato telefónico se instaló en el ayuntamiento y las llamadas eran directamente atendidas por el secretario, así podríamos seguir contando más…

Los padrones de población y los Libros de actas de los Plenos municipales, son las series más importantes del archivo. Su conservación es permanente, no se pueden eliminar y es obligatoria su conservación porque contienen datos fundamentales para la defensa de los derechos y deberes de los ciudadanos y, una vez perdido su valor administrativo y jurídico, se convierten en fuentes para el estudio de la historia local.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera de Sigüenza