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La despoblación y la recuperación de los archivos municipales

En los manantiales cercanos a Horna nace el río Henares, cuyas aguas se enriquecen con la aportación de afluentes como el Dulce y el Salado. Los tres ríos enlazan paisaje y paisanaje tejiendo identidades propias, que se reflejan con acierto en crónicas y testimonios literarios, algunos ya centenarios. El río en su largo recorrido atraviesa villas y ciudades cuyo rancio sabor a historia lo convierten en hilo conductor de la cultura de estas tierras. En su primer tramo el joven río fluye vertebrando un valle, el Alto Henares, entreverado de pequeños núcleos dispersos, apenas poblados y con una modesta economía, dedicados a una agricultura extensiva de girasol y cereales, hasta llegar al Bajo Henares, donde el  desarrollo industrial ha favorecido el crecimiento urbano y el establecimiento de  una gran masa de población.

Fue durante la segunda mitad del siglo XX cuando el crecimiento industrial y los planes de desarrollo económico y social provocaron la salida masiva de mano de obra joven y femenina, desde las zonas rurales, hacia los nuevos focos de atracción de población en núcleos industrializados, que ofrecían mayores y mejores oportunidades. En numerosos municipios quedó sólo un escaso número de habitantes, ligados a las tareas agrícolas y ganaderas. El éxodo produjo el descenso, envejecimiento y masculinización de la población y el declive económico de unos municipios que, sin apenas recursos para poder hacer frente a los gastos que suponía la prestación de servicios administrativos, sanitarios, educativos y asistenciales, asistieron al cierre de la escuela, de la casa consistorial, del consultorio y a la suspensión de todo tipo de servicios. El tributo a la industrialización dejó sin efectivos suficientes para garantizar el relevo generacional, mientras empezaba a dibujarse un  triste panorama de abandono, vacío y olvido.

Pero la población que permanecía en aquellos núcleos rurales, tenía unas necesidades que no se podían desatender. Para hacer frente a su penuria, entre los años 1963 y 1970, se inició una reestructuración geográfico-administrativa en la provincia, apoyados en el texto publicado en dos decretos que proponían la creación de una capital administrativa comarcal, Sigüernza, a la que se incorporaban aquellos municipios cercanos, pequeños y poco poblados, que habían perdido su capacidad administrativa por falta de recursos económicos. La incorporación de municipios suponía la prestación de servicios comunes y la asimilación de todas las funciones administrativas, incluido el archivo municipal. Sin embargo, muy pocos se depositaron en Sigüenza. En la mayoría de los casos, los archivos no salieron de sus localidades de origen, donde permanecieron muchos años almacenados sin un tratamiento técnico adecuado, sin medidas de conservación y preservación frente a plagas, expuestos al riesgo de sufrir un deterioro y daños irreversibles.

Daños que también afectaron al propio archivo municipal de  Sigüenza. A finales del año 1997, un alto grado de humedad había provocado una infección de hongos y bacterias que afectaba a las paredes y, lo más grave, también a los documentos. El fuerte olor que desprendía hacía desagradable el acceso a aquel espacio insalubre y la infección ponía en serio peligro la estabilidad y conservación de los documentos. Fue mi primer encuentro con el Archivo Municipal. Decidí limpiar, eliminar hongos, secar, aplicar medidas correctoras del grado de humedad, sanear las instalaciones  y reinstalar la documentación en cajas nuevas. A continuación llevé a cabo la organización del fondo documental y un día, encontré documentación procedente de otros municipios, cuya razón de ser no comprendí, hasta que llegaron a mis manos los expedientes de incorporación de municipios, que me hablaban de una historia que se estaba perdiendo y era necesario recuperar.

Así empezó una tarea que aún no ha terminado, pero que nos ha dejado en el recuerdo episodios tan gratos como la visita a El Atance. Todo estaba a punto para embalsar las aguas del río Salado en un pantano sobre este municipio, cuando el Ayuntamiento de Sigüenza me encargó una visita de inspección para localizar el archivo municipal y  trasladarlo a Sigüenza. Llegué acompañada por los alumnos de la Escuela-taller, en la plaza nos esperaba Rufo, durante muchos años alcalde de un pueblo en el que apenas quedaban habitantes y muy pocas casas abiertas. En su mirada se había fijado la tristeza ante la pérdida del pueblo donde siempre había vivido. Con gran amabilidad nos acompañó al interior del edificio que durante casi un siglo había albergado el Ayuntamiento y las escuelas.

En la planta superior estaba depositado el archivo que no dudamos en recoger. Meses después las casas del pueblo desaparecieron bajo las aguas del pantano, pero su documentación histórica se salvó y hoy podemos conocer su historia desde mediados del siglo XIX.

Aquella experiencia nos animó a continuar la tarea de recuperación y traslado de los archivos locales que, sin embargo, no estuvo exenta de anécdotas, dificultades y alguna sorpresa inesperada. Los escasos vecinos que quedaban asistían con preocupación al vacío poblacional de los meses de invierno y a la falta de seguridad de los edificios locales. Mientras unos daban facilidades, otros manifestaban sus recelos y su intención de no desprenderse de  aquellos papeles y libros, pese a que se almacenaban sin ningún interés, con descuido y desorden, cubiertos de polvo y suciedad en los lugares más variopintos y abandonados: la  antigua casa consistorial, prácticamente cerrada, la desmantelada escuela, donde sólo quedaban algunos muebles, libros de la biblioteca escolar y los recuerdos de la infancia; el olvidado consultorio médico, donde ya apenas se prestaba atención médica y los documentos se apilaban al lado de viejas camillas y armarios de instrumental; el bar del centro social donde, junto a muebles con vitrina de cristal que guardaban libros y documentos, echaban la partida los pocos hombres que quedaban e incluso un almacén agrícola o el pilón de la matanza guardado en una cueva. Todos aquellos espacios se habían convertido, seguramente con la mejor intención y las modestas posibilidades que tenían, en improvisados depósitos de la historia local, que el paso del tiempo y el abandono se encargarían de ir marcando en ellos su huella. Condenados al abandono, al deterioro natural y al olvido, los archivos municipales de aquellos núcleos incorporados eran el último testimonio de un pasado que sólo la colaboración de todos podía ayudar a salvar.

Así sucedió en Alcuneza, Horna, Moratilla de Henares, Olmedillas y Villacorza, donde  finalmente, se permitió la recogida de la documentación que, en la mayoría de los casos, alcanzaba la última veintena del siglo XIX. Un caso diferente fue el archivo de Bujarrabal que  nos llegó en un arca de tres llaves, de apenas medio metro de longitud, que sólo se podía abrir con el consentimiento de las tres personas que custodiaban aquellas llaves. Conservaba en su interior la documentación histórica de la localidad. Hoy ha sido digitalizada con el fin de garantizar su preservación.

En el momento de su ingreso en el archivo central de Sigüenza, fue necesario someter la documentación a un proceso de limpieza, desinfección, desinsectación y estabilización del grado de humedad, aplicando el tratamiento adecuado que precisaba cada uno. Según su estado de conservación, se procedió a una simple limpieza y eliminación de insectos, o a restituir su nivel adecuado de humedad, mediante la realización de un proceso de aireado, limpieza y eliminación de hongos, intercalando papel secante entre aquellas hojas más húmedas, hasta lograr el secado. A continuación y con la colaboración de algunos planes de empleo, se realizó la selección, clasificación y descripción de los documentos guardándolos finalmente en cajas en el depósito del archivo. 

Transcurridos veinte años desde el incio de la tarea descrita, los archivos de los núcleos incorporados a Sigüenza gozan de buen estado de salud, están correctamente instalados, son objeto de consulta por sus habitantes y, una vez perdido su valor administrativo, jurídico y legal,  por su antigüedad, empiezan a formar parte del patrimonio documental histórico.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera de Sigüenza

Jesús nació el 25 de diciembre

Según se vaya acercando la Navidad los periódicos, radios y televisiones probablemente volverán a darnos la matraca con la historia esa de que Jesús no nació el 25 de diciembre sino que esa fecha se puso para cristianizar la fiesta pagana del solsticio de invierno, etc. etc.

Estamos ante dos fechas y dos celebraciones distintas: el 25 de diciembre (Jesús de Nazaret) y el 21/22 de diciembre (solsticio de invierno).

Pero ¡qué tontos estos cristianos que pusieron la fiesta el 25 pudiéndola poner el 21 de diciembre que es cuando cae el solsticio! Serían unos auténticos ignorantes, sin conocimiento astronómico alguno, lo que es bastante difícil de creer, dada la cultura judía a la que pertenecían. ¿Y por qué no pudo nacer Jesús el 25 de diciembre?

Porque, vamos a ver ¿sabría su madre cuando le dio a luz? ¿Sabrían sus amigos cuántos años tenía Jesús?

Los primeros cristianos comenzaron celebrando la Cena —cómo Jesús les había dicho—, posteriormente el domingo, como recuerdo de la Resurrección y solo después se comenzaron a celebrar días especiales, como el aniversario de la Resurrección y también el del Nacimiento, en occidente y su Manifestación entre los hombres: su Epifanía, en oriente. Decimos Epifanía porque la palabra significa eso: manifestación, aparición.

Pero es que esa forma centroeuropea de leer la escritura, que se llamó sistema histórico crítico —que tanto seguimiento tuvo y hoy un tanto desacreditado— negaba cualquier historicidad a la fecha del 25 de diciembre, aunque luego, a mediados del siglo XX se ha visto un tanto tocada.

A mediados del siglo IV ya hay documentos que nos hablan de la celebración del Nacimiento el 25 de diciembre, entre ellos San Agustín. El hecho de que no se hable antes no quiere decir que no naciera el 25 de diciembre, sino que antes podía no celebrarse la fiesta o sencillamente que no hay documentación anterior, pero ¿hemos de aceptar que los apóstoles, las mujeres y los discípulos subsiguientes se olvidaran en 350 de cuando había nacido Jesús, al que habían seguido y creído su salvador y por cuya fe habían llegado a dar la vida? Raro ¿no?

El evangelio de san Lucas nos dice, narrando el momento en que el ángel anunció a Zacarías que tendría un hijo (el que luego sería San Juan Bautista), que el mismo Zacarías era del turno de Abías. Los sacerdotes del templo de Jerusalén estaban divididos en grupos que tenían su propio turno de servicio en el templo, tras el cual se volvían a su casa y a sus quehaceres. Pues bien la fiesta de esta anunciación, la iglesia oriental la celebra el 23 de septiembre.

Y hay más. En 1947 un pastorcillo descubrió por casualidad una gruta llena de rollos de pergaminos con antiguas escrituras; son los llamados textos de Qumran, textos que se inscriben entre los llamados Textos del Mar Muerto, pues luego se hicieron otros abundantes descubrimientos. Uno de estos textos nos ha conservado la noticia de los turnos de servicio de los sacerdotes en el Templo de Jerusalén, y es el que nos informa de que el turno de Abías correspondía a la segunda mitad del mes de septiembre, o sea que los cristianos orientales no se equivocaban al celebrar la anunciación a Zacarías el 23 de septiembre. Nos dice también el evangelio que cuando el ángel Gabriel anunció a María su maternidad, su pariente Isabel estaba encinta desde hacía seis meses. Desde septiembre en que fue concebido Juan el Bautista, contando seis meses, llegamos hasta el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación a María, y desde marzo contando nueve meses, llegamos al 25 de diciembre, el día del nacimiento de Jesús.

De manera que ¿cuándo nació Jesús?

Jesús nació, casi seguramente, el 25 de diciembre y digo casi seguramente porque no estaba allí para certificarlo.

Si alguien quiere, puede controlar las publicaciones del profesor Florentino García Martínez, uno de los expertos mundiales en los rollos de Qumran y los textos del Mar Muerto. Florentino García, Floro, es natural de Mochales; fue durante muchos años profesor en la universidad holandesa de Groningen y, me parece, que ahora está en la universidad de Lovaina. Tiene publicados en español esos turnos de servicio en el Templo de Jerusalén, en la editorial Trotta, libro que se puede leer íntegro en internet, y es de lo más interesante. Para los aficionados a internet basta poner: Florentino García Martínez y se llevarán una agradable sorpresa.

Huellas de Mujer en la historia de Sigüenza

Apenas conocemos la contribución de las mujeres a la historia de Sigüenza. Durante mucho tiempo, sus vivencias han pasado desapercibidas, relegadas a un papel secundario, a la sombra de los acontecimientos. Sin embargo, las páginas de los libros guardan numerosas huellas de mujeres, con vestigios de información sobre la vida cotidiana en la que se desenvolvió su existencia. A través de los estudios de Historia de Género, las rescatamos del olvido, recuperamos su trayectoria vital y su personalidad, les damos la visibilidad y el protagonismo que merecen, porque ellas también forman parte de la historia y sus biografías son el retrato de los usos y las costumbres de la Sigüenza de siglos anteriores.

Tradicionalmente la existencia de las mujeres discurría en el hogar, dedicadas a las tareas propias de su sexo y condición, impregnadas de valores que les asignaba la sociedad de su tiempo, como la ternura o la dedicación a los necesitados. Era el caso de María Sobaños, esposa de un rico mercader dedicado a la artesanía y comercio del cuero a mediados del siglo XVI. Su buena posición le permitía tener servicio doméstico, acogió desde niña a una humilde huérfana, María Cuaresma, como criada. Le dispensaban buen trato, aunque su vida era muy diferente a la de la señora: realizaba las tareas caseras, acarreaba leña para el fuego y cargaba con cántaros de agua desde la fuente. Era auxiliada por  una viuda  lavandera que, a cambio de un mísero sueldo, lavaba sus ropas en el lavadero. Salían juntas por la Travesaña baja, cargadas con cestas de ropa o alimentos, reproduciendo una estampa femenina muy común en aquella época.

María fue recompensada por su generosa señora, que en su testamento destinó sus bienes a sufragar dotes para huérfanas. Su fiel criada fue la primera beneficiada, recibiendo una para contraer matrimonio. La obra pía de María Sobaños perduró hasta el siglo XIX ayudando económicamente a muchas jóvenes seguntinas a lograr el acceso al matrimonio o la vida religiosa, que eran el destino más digno para una mujer en aquellos siglos.

Los conventos acogían a mujeres de diferente estado y condición: solteras, viudas y huérfanas. Si para las modestas, era una salida honrosa, para las distinguidas, entrar en determinadas órdenes religiosas, daba brillo y realce al linaje familiar. Doñas y freilas, diferenciadas por su condición económica, accedían a una educación o al cultivo del huerto. Entre los muros conventuales, bajo el control de la madre abadesa, adquirían una formación diferente al resto de las féminas, aprendiendo a leer y escribir, a coser y bordar albas, casullas y sobrepellices. Participaban en lecturas en voz alta de vidas ejemplares y libros religiosos. Las más poderosas, administraban las tierras y rentas aportadas al convento como dote de ingreso, algo impensable en la mujer casada cuya dote pasaba a ser gestionada exclusivamente por el marido.

Para las viudas que permanecían en casa a cargo de sus familias, el panorama era desolador. Convertidas en cabeza de familia, pasaban grandes apuros económicos, miseria y pobreza. “Con la muerte el marido se llevó la llave de la despensa”. Algunas contaban con la ayuda de los hijos, que cultivaban huertas en régimen de arriendo. Otras, más decididas, adoptaron un papel masculino, desempeñando un empleo a cambio de un mísero sueldo. Pero las viudas sólo tenían acceso a determinados oficios, principalmente al de panaderas: molían el grano, amasaban, cocían el pan en el horno y barrían con afán el suelo del Pósito para no desperdiciar ni un grano. Las carnicerías concejiles, sólo las empleaban como triperas, para cocer y trabar los menudos en un caldero y embutir la mezcla en tripas para hacer morcillas. En las tabernas, vendían los cueros de vino que llegaban a la ciudad a través de la Puerta del Portal Mayor. Eran locales de ocio y diversión a los que sólo tenían acceso los hombres, mal visto estaba ver a una mujer en su interior. Sólo las viudas y alguna huérfana menesterosa podían regentarlas como medio de vida. Solían llevar su nombre, como la Taberna de Ana Arteta o  la Taberna de Isabel de Pozancos. La única que siempre tuvo identidad diferente fue la Taberna del Bodegón que durante más de 35 años estuvo regida por una mujer recia y decidida que tenía bajo su protección y tutela a su nieta. Cuando envejeció el negocio pasó a la joven, que con mucha ternura y escasos recursos mantenía a su abuela de 89 años.

Parteras, comadres, nodrizas, hospitaleras y curanderas estaban reconocidas socialmente desde la Edad Media. Incluso sus funciones fueron recogidas en el siglo XVI en tratados médicos como el “Libro del Arte de las Comadres”, donde describían su perfil: mujeres de buena salud y costumbres, con conocimientos médicos adquiridos de los saberes tradicionales y cultura popular, porque aún no había escuelas donde formarse. Las parteras, como Catalina Izquierdo en el siglo XVII, realizaban una labor asistencial y de ayuda en los partos; utilizaban hierbas para acelerar el nacimiento, aplicaban paños de agua y cortaban hemorragias con hielo, velando por la salud de las parturientas.

Los hospitales de Sigüenza contaban con nodrizas para el cuidado de niños expósitos abandonados en el torno y hospitaleras que desempeñaron una importante labor cuidando a enfermos pobres y en los hospitales de campaña asistiendo a heridos durante las guerras, como Francisca la hospitalera de la Estrella.

Con la llegada del siglo XVIII, la propagación de las ideas de la Ilustración y el inicio de un cambio de mentalidad, se empieza a abrir un nuevo horizonte para las mujeres. La tradicional dedicación femenina al hilado, permitió su incorporación a la industria textil, logro obtenido gracias al  decidido empuje de una viuda cordobesa, María Castejón y Aguilar, que consiguió en 1784 permiso para que todas las mujeres pudieran trabajar en las fábricas de hilos o en cualquier otra,  siempre que fuesen” compatibles con el decoro y fuerzas de su sexo”, logrando una reorganización de la división del trabajo  donde las duras tareas agrícolas quedaban destinadas a los hombres. Unos años más tarde se instalan en Sigüenza unos telares para la fabricación de paños y bayetas, que con el tiempo se convertirán en fábricas de alfombras que darán trabajo a generaciones de mujeres seguntinas.

La educación femenina, que hasta el momento había estado muy descuidada, limitada al aprendizaje de sus madres en el hogar, también experimenta un avance importante. Con la creación de las escuelas gratuitas femeninas, aparece un nuevo campo profesional. Mujeres de buenas costumbres y habilidosas en el arte de coser, bordar, hacer medias o cortar camisas y justillos, solicitan su incorporación a las escuelas, aunque algunas de ellas aún no saben leer.

Sus pulcras solicitudes eran escritas y firmadas por el marido, si lo tenían, o por un escribano. Alguna, sí que acreditó su capacidad lectora, adquirida en el convento donde la educaron. La triste realidad era que aquellas primeras maestras, escasamente instruidas, impartían una educación casi de adorno: costura, bordado, doctrina y apenas lectura o escritura, a cambio de un sueldo muy bajo, inferior al de los maestros y, en ocasiones, necesitaron contar con la generosidad de las familias de sus alumnas para vivir con dignidad, como le sucedió a Manuela  de Hoyos.

No podemos olvidar el papel realizado en guerras, motines y revueltas, como la Guerra de Sucesión, donde la mujer desempeñó funciones secundarias, de auxilio a los heridos o avituallamiento al ejército. Fue en la Guerra de Independencia donde la mujer tomó más protagonismo. Mientras unas mantenían su papel tradicional de mujeres que permanecían a cargo de su casa y su familia, colaboraban recogiendo heridos, cosiendo ropa y repartiendo alimentos al ejército. Otras empiezan a asumir un papel diferente, participando codo a codo con los hombres en el escenario bélico. Hubo mujeres valientes que no dudaron en colaborar en primera línea: aguadoras que llevaban cartas y documentos escondidos entre sus ropas. Lavanderas que escondían armas y munición en sus cestas de ropa; guerrilleras, como Dominica Fernández, que empuñaron armas, corrieron aventuras y arriesgaron sus vidas. Espías que sacaron información y pagaron su delito, como María la tabernera viuda que vio como derramaban el vino arruinándole el negocio. Pero este papel femenino no encajaba en aquella sociedad que pronto advirtió a las mujeres que protagonizar aquellas aventuras no estaba a su alcance y las animó a recuperar la imagen de la mujer virtuosa al cuidado del hogar.

Hasta aquí hemos trazado un recorrido histórico siguiendo las huellas marcadas por las mujeres en su camino hacia la búsqueda de su visibilidad y reconocimiento en la sociedad. Aún quedan más historias por recuperar del olvido. Sirva esta pequeña selección como un homenaje a ellas, en el Día Internacional de la Mujer Rural, porque sin sus aportaciones a la historia, sin su memoria sentimental, sin su legado cultural, no seríamos lo que somos hoy. 

El aguinaldo de Navidad en Sigüenza

Con la llegada del mes de diciembre se empezaba a sentir el espíritu de la Navidad, un aire diferente, cargado de ritos y tradiciones, se respiraba en las iglesias y en las casas de Sigüenza. En la catedral, los ministriles ponían a punto sus instrumentos, el maestro organista revisaba la limpieza y afinado del órgano antes de practicar algunas piezas musicales, el maestro de capilla revisaba las letras de los villancicos que iba a mandar imprimir para luego repartir entre los prebendados, al inicio de cada función religiosa, y los infantes de coro realizaban sus ensayos. Todo debía estar a punto para la representación de los Autos de Navidad, el canto de los villancicos y la celebración de la Misa del Gallo.

La víspera  de Navidad se cumplía con la obligación de hacer penitencia, guardando ayuno y abstinencia. Para respetar la vigilia, sólo se permitía realizar  al día una comida y dos colaciones sin consumir  carne; la cena de Nochebuena se limitaba a un refrigerio muy ligero, la colación de vigilia de Navidad. Tres horas antes de asistir a la Misa del Gallo se tomaban un Nochebueno hecho a base de harina y aceite o un chocolate con migas de pan fritas en aceite y espolvoreadas con azúcar y canela…  Al finalizar los actos religiosos, pasada la medianoche, regresaban a casa para disfrutar el resopón de Navidad, donde cada uno disponía el menú a la medida de su bolsillo: sopas de  ajo o de almendras, berzas, los ceciales o pescados secos, como el congrio o el bacalao, sardinas arenques, dulces hechos a base de vino rancio, huevos, harina, azúcar y aceite… y los más menesterosos pan negro remojado en vino aguado.

Entre las costumbres y prácticas propias de estas fechas no podía faltar una de las más antiguas y con arraigo popular: felicitar las Pascuas y pedir el aguinaldo. Era ésta una costumbre adaptada del ritual pagano heredado de época celta y transmitido por los romanos, la entrega de las strenna o reparto de obsequios como expresión de buenos deseos para el año venidero. En una época en la que no existían las tarjetas de felicitación ni los Christmas, los memoriales y cartas, eran el documento oficial empleado para recordar que la Navidad era un tiempo de generosidad y de expresión de buenos deseos.

En la catedral era costumbre pedir el aguinaldo al Cabildo, una propina en compensación por su participación en los numerosos actos religiosos que la celebración de las fiestas exigía y para mitigar la pobreza en que vivían. Los Infantes de Coro, los niños de ayudar en misa y las amas del hospital, felicitaban las Santas Pascuas, salida y entrada de año y Reyes al Cabildo, recibiendo a cambio lo que era costumbre en aquellas fechas. Normalmente se les gratificaba mediante una limosna, pero a los infantes de coro y a los niños que ayudaban en misa, se les  solía entregar medias y zapatos, o una merienda para agradecer su esfuerzo y dedicación. A los músicos de la catedral, al salmista y al sochantre se les recompensaba con algunas fanegas de trigo.

En la Plazuela de la Cárcel se concentraba la vida administrativa y judicial de la ciudad. En la cárcel y el consistorio, también se sucedían los preparativos  de las fiestas navideñas. En el interior del edificio, determinados oficios públicos, con sueldo escaso, al llegar estas fechas, dirigían una felicitación por escrito a los “Señores alcaldes y demás individuos del Ayuntamiento”, máximas autoridades de la ciudad, que a cambio les entregaban una propina. Uno de aquellos era el amanuense o asistente del escribano de la ciudad, quien tenía encomendada la redacción de los acuerdos municipales y de todo tipo de documentos, pues eran muchos los que no sabían escribir y, a duras penas, garabatear su firma, necesitando los servicios del amanuense para poder presentar quejas y peticiones al Ayuntamiento. Diestro y habilidoso en caligrafía, el amanuense se disponía a trazar las letras sobre un lienzo de papel, mojando previamente en tinta negra una pluma recién preparada con especial esmero para aquella ocasión. Con la llegada de la Navidad veía aumentar su trabajo en el escritorio por lo que no dudaba en hacer acopio de papel y tinta negra y prepararse para recibir ese encargo tan especial. Varios oficiales acudían a él para solicitarle la redacción de su felicitación y petición de aguinaldo al Ayuntamiento. Petición  que era inmediatamente cursada y rápidamente respondida en el último pleno del año, donde se les concedía generosamente una gratificación económica que era, al mismo tiempo, una forma de manifestar el reconocimiento de la Ciudad a la labor desempeñada por sus oficiales durante todo el año. La cantidad de dinero variaba de año en año, según la situación de las arcas municipales.

Pedían el aguinaldo varios oficios públicos pertenecientes a los servicios de justicia y sanidad: los alguaciles o ministros del juzgado, que desempeñaban diferentes funciones: uno era el carcelero responsable del mantenimiento y alimentación de los presos en la Cárcel real ubicada en la Plazuela de la Cárcel; el portero encargado de citar y llamar a sesión a los miembros del Concejo y dos ministros de vara que además de las funciones judiciales tenían labores de asistencia a los oficios mayores, así como el reparto de cera y palmas a las autoridades para los actos religiosos. El pregonero o voz pública que anunciaba por las calles los acuerdos y los remates o subastas públicas; la comadre de los partos y el propio amanuense que ya puesto en faena, dejaba caer la suya.

Todos tenían unos salarios tan precarios que apenas les daban para vivir con  mucha modestia. Algunos además del sueldo, recibían un uniforme, como los alguaciles, que eran vestidos de la cabeza a los pies, con trajes de golilla compuestos por un sombrero, un jubón negro con sus mangas, medias y zapatos, pero esta ayuda era insuficiente para vivir. La comadre también pasaba estrecheces,  porque no todas aquellas familias que le avisaban para asistir al parto podían pagarle o darle alguna propina en víveres, dada la situación de pobreza que se vivía  en muchas casas. Un caso especial era el del amanuense que, aunque  su estipendio corría por cuenta del Escribano del Número de la Ciudad, sin embargo, era tenido en cuenta por el consistorio a la hora del reparto de aguinaldos.

Una situación muy parecida era la vivida por los dos maestros de letras, un oficio considerado socialmente como vocacional y tan escasamente remunerado que vivían en la pobreza más absoluta.  Los maestros recibían una asignación semanal o mensual de sus alumnos, cuya cantidad variaba según el grado de  la enseñanza recibida: sólo lectura, lectura y escritura, lectura, escritura y cuentas… con ese sueldo tenían que mantener a su familia y la vivienda. Los alumnos que no podían pagarle en dinero, le suministraban algo de lo poco que tenían en sus despensas: hortalizas, aves, frutas…algunos meses se hartaban de huevos y otros ni los veían. En otoño les daban un saco de nueces, membrillos y calabazas, pero nadie les llevaba un pedazo de carne o unos menudillos... Su alimentación estaba muy desequilibrada y su situación económica muy maltrecha, porque los alumnos más pobres no pagaban nada. De ahí la frase “pasar más hambre que un maestro de escuela”. A pesar de todo, ejercían su profesión con gran celo preparando personalmente sus cartillas para enseñar a los alumnos las tres materias fundamentales.

Ante tanta estrechez y necesidad, no dudaron en unirse a las felicitaciones y aprovechar la ocasión para pedir una gratificación por su magisterio y lo hicieron, como mejor sabían, redactando con su letra unas cartas donde pusieron todo su interés en demostrar su habilidad en el arte de la escritura, realizando con esmero caligrafías de trazos perfectos, expresando sus buenos deseos y pidiendo el Aguinaldo.

Tradiciones y celebraciones que el tiempo convirtió en costumbre arraigándose en la cultura, perviviendo a lo largo del tiempo, hasta llegar a nosotros, adaptadas a los tiempos que vivimos.

La historia social a través de la canción popular

Decía el historiador Albert Soboul que todo el dominio de la historia, incluso la más tradicional, pertenece a la historia social. Con ello quería significar que la historia se orienta, esencialmente, hacia el comportamiento colectivo de los hombres. Y aunque sabemos que el hombre como individuo no está excluido del campo de la historia, el protagonismo histórico no se produce individualmente, sino colectivamente, actuando como grupo, ya de forma inconsciente ya de forma voluntaria, racionalizada, o no.

Las canciones forman parte del acervo cultural de una sociedad y ayudan a comprender las dinámicas que en ella se desarrollan.

Las acciones que rigen nuestro comportamiento se vuelven tan habituales que sin percatarnos de ello, las damos por cotidianas. El hábito puede llevarnos a perder la perspectiva histórica, la noción de construcción cultural que tiene la música popular, las canciones que hemos oído y asimilado durante generaciones.

El pueblo llano, los religiosos y los gobernantes utilizaron la música para hacer culto a sus costumbres o creencias. Y, muchas veces, las canciones son interpretadas en sus juegos por los chicos y chicas, y buena parte de ellas, recogidas de anteriores generaciones.

Las rondas, ruedas o corros son uno de los juegos favoritos de los niños de todas las latitudes. Su origen se remonta al surgimiento de las civilizaciones humanas. El baile en círculo se encuentra en el origen del nacimiento de las religiones y aparece ya en la Edad de Piedra; en la actualidad aún son ejercitados por grupos étnicos que conservan sus acervos culturales.

No es sencillo hoy imaginar la vida cotidiana en una Edad Media en la que los parámetros eran muy diferentes a los nuestros. El individuo se disuelve en el sujeto colectivo y éste adquiere una relevancia capital en la vida de las personas.  Las celebraciones religiosas, las fiestas, la siembra y la recolección son hechos que tan sólo se entienden en un contexto grupal. También las canciones y los bailes. El corro se convierte en la forma más habitual de la danza colectiva y esta recuerda acontecimientos que permanecen en la memoria. La vida y la muerte, el cortejo, la vida familiar, los azares de las edad son motivos habituales. Las danzas de la muerte son un buen ejemplo de ello. Liberadas de su carácter más ritual, pasan a formar parte habitual de la vida comunal.

“Corro de la patata”

Y la muerte está ligada durante buena parte de nuestra historia a las pestes, pandemias que afectan a la población y que en el imaginario colectivo se relación con la culpa, el castigo o la voluntad divina. Durante muchos siglos sin mejores remedios que los rituales, los rezos y la reiteración de supuestas panaceas que se han mostrado útiles para algunos síntomas. La “peste” puede ser cualquier enfermedad pandémica: Las diferentes clases de peste en si mismas, con especial atención a la peste negra, el cólera incluso la viruela. Uno de sus síntomas más comunes es la descomposición, que se traduce en colitis galopante. “Agachaditos”, como recoge la tradicional canción que acompaña al “Corro de la patata”, el final llega “agachaditos”. Es decir, todos los afectados por la peste, acaban en cuclillas. Remedios contra eso, los cítricos, y en especial, el limón: naranjitas y limones, que es la comida de los que pueden permitírselo, es decir, de los señores.  Nuestro tradicional “Corro de la patata” entronca así con las danzas de la muerte, marcando una evolución de éstas al introducir la variante de las diferencias sociales, que pueden hacer frente con más garantías de éxito a la enfermedad consumiendo productos astringentes.

“Mambrú se fue a la guerra”

Caso peculiar es la canción de Mambrú. El duque de Marlborough había sido un mal enemigo para los franceses en la guerra de Sucesión al trono de España.  John Churchill, que tal se llamaba el I duque de Malborough, era marido de una dama íntima de la reina inglesa y un reconocido estratega militar. Tras derrotar a los franceses en la batalla de Malplaquet, en 1709, una serie de avatares hizo creer a sus adversarios que había muerto en combate, y los soldados compusieron una cancioncilla en tono burlesco. Adaptaron como melodía una composición de origen árabe que los cruzados habían llevado a Francia hacía ya muchos siglos y se popularizó a mediados del siglo XVIII a través de una de las nodrizas del Delfín de Francia. La canción agradó a los reyes, y “Malbroughs’en va-t-en guerre” pasó a la corte de los borbones hispanos  con el nombre de “Mambrú se fue a la guerra”. De allí se hizo popular entre el pueblo madrileño donde las niñas solían utilizarla para acompañar el juego de la rayuela. Un largo y curioso recorrido para una canción que recuerda los avatares de la Guerra de Sucesión a la Corona de los reinos hispánicos y cuyo tema fuera empleado más tarde  por Beethoven en su obra La Victoria de Wellington, sobre la derrota napoleónica de Vitoria en 1813 para simbolizar a Francia.

Una fiesta en la bodega. Gárgoles de Arriba. (2009). Foto de archivo.


Canciones de cortejo

Los jóvenes de los siglos XVIII y XIX, nacidos en una sociedad patriarcal y religiosa, tenían que buscar recursos para conquistar marido o mujer y formar una familia, tal como lo habían hecho sus padres y abuelos. Los mozos disponían de las rondas nocturnas, en las cuales se dejaba claro qué mozas eran sus preferidas o las que intentaban cortejar. Pero las mozas no disponían de este tipo de prebendas, por lo que tenían que aprovechar cualquier manifestación de juego o festiva para provocar a los mozos que merodeaban por los lugares donde ellas se estaban divirtiendo. Antaño, cuando se celebraban las fiestas, las mozas cantaban y hacían sus corros, aprovechando las pausas de descanso que hacían los músicos que amenizaban el baile; muchas de  canciones populares son canciones de cortejo que reflejan esa imaginación necesaria para para provocar a los mozos:
Al pimiento colorado, azul y verde
la señorita Pili casarse quiere
y no quiere que sepamos cual es
su novio…

Canciones de segadores

También las canciones de segadores y jornaleros nos permiten conocer de primera fuente cuál era la realidad material y social que vivía en campo español, lastrado por un latifundismo acendrado que obligaba a los campesinos sin tierra a trabajar por un jornal:
Si el sol fuera jornalero
No madrugaría tanto,
y andaría más ligero…”
Junto con la dura tarea del jornalero, los problemas intrínsecos que acompañan a la sociedad rural: la comparación entre los hijos del segador y los del amo, la precariedad, el caciquismo… Las canciones de siega permiten el conocimiento de la realidad social en el mundo rural en los siglos XIX y XX.

Guerras en África

Y una constante de la historia contemporánea de España no puede estar ausente del cancionero popular: África, las guerras coloniales que acompañaron nuestra presencia en el Norte de África, desde la política de prestigio que llevó a la Unión Liberal a intervenir en Marruecos en 1859, hasta los desastres del barranco del Lobo y Annual, y el posterior desembarco en Alhucemas… Las profundas diferencias de uno u otro momento quedan perfectamente reflejadas en estas coplas:
Ahora, pueblo, di conmigo
¡Viva la gente guerrera!
¡Viva el soldado español!
¿y los moritos? ...que mueran.

Melilla ya no es Melilla
Melilla es un matadero
Donde van los españoles
A morir como corderos.

Le tocará al historiador reflexionar sobre todas estas fuentes, comprenderlas y sacar las conclusiones.  El coro de zarzuela “De los repatriados” que nos habla de las gentes que vuelven de la guerra de Cuba, las jarchas de los quintos, de las dificultades de aquellos que no podían librarse del servicio militar; las canciones de las guerras carlistas o los cantos de los soldados de las Brigadas Internacionales suponen unas fuentes tan ricas, tan expresivas y tan imprescindibles para elaborar una historia crítica, una historia superadora de dogmas doctrinarios y olvidos acendrados, como cualquier documento o cualquier discursos. Quizá mucho más, porque suelen representar la voz del pueblo contándonos de primera mano unas vivencias y unas impresiones que tantas veces, no tenemos la ocasión de recoger de otras maneras.

José Manuel Alonso
Profesor de Historia.  Director del Departamento de Historia y Geografía del Instituto Miguel Servet de Zaragoza