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Unamuno y el obispo don Eustaquio

Con la llegada del tren, Sigüenza, desde el último tercio del siglo XIX, se convirtió en visita obligada para los intelectuales españoles. En Sigüenza se les hacía visible la historia de España, desde la Edad Media al siglo Ilustrado, como si hubiera quedado preservada en el tiempo. Uno de esos visitantes ilustres fue don Miguel de Unamuno. El recuerdo de esa visita perduraría en su memoria cuando, en uno de sus últimos cuadernos, ya recluido en su casa de Salamanca, se hace esta dramática pregunta:

—¿Por qué asesinaron al obispo de Sigüenza? (El resentimiento trágico de la vida, pág. 31).

Antes de escuchar la respuesta dada por Unamuno desde las profundidades de su obra, parece necesario asomarse a aquellos sucesos de la Guerra Civil en Sigüenza. Son sucesos trágicos, tan horribles en su realidad como lo significado en el cuadro de Guernica.

Desde la Guerra de Independencia, y durante las guerras carlistas, el paso de columnas militares había sido uno de los peajes habituales de nuestra ciudad; pero en 1936, aparece la guerra relámpago: una columna motorizada de unos quinientos milicianos se desplazó a tomar Sigüenza. Para estos milicianos no había ningún vínculo tradicional o sentimental con la ciudad ocupada, y llegaban con ánimo de venganza. Si la ocupación de los milicianos fue brutal, no hace falta recordar que la reacción de los “nacionales” no tuvo mayor humanidad: basta con ver las fotos de la ciudad bombardeada y la catedral agujereada y medio derrumbada por los cañonazos. Sin mencionar a los fusilados por ambos bandos. Es el “habéis vencido, pero no convencido” unamuniano.

Pero ¿quién era entonces el obispo de Sigüenza?

Don Eustaquio Nieto y Martín (1866-1936) fue un zamorano, hijo de un albañil y de una ama de casa piadosa, que ingresó a los doce años en el seminario, según puede leerse en la biografía de don Aurelio de Federico. Siguió una brillante carrera eclesiástica. Fue preconizado para la sede seguntina en 1916, tras la renuncia de fray Toribio Minguella; lo apadrinó el Conde de Romanones, famoso veraneante seguntino, presidente en la época de la Restauración del Consejo de Ministros. Llegó don Eustaquio a Sigüenza en el tren rápido de Barcelona acompañado de diversas personalidades, haciendo a continuación la entrada acostumbrada a la ciudad, subiendo en un caballo blanco hasta la catedral rodeado y aclamado por el pueblo.

Muchos hitos llenan los casi veinte años de su pontificado. Destacamos aquí sus manifiestos políticos: tanto su bendición a la Dictadura de Primo de Rivera como a la Segunda República; si bien, ante el nuevo estado de cosas, imparte normas a sus sacerdotes: “Pongamos especial cuidado en no mezclarnos en contiendas políticas”. Entre los hechos más significativos de su prelatura, estuvieron los fastos por el octavo centenario de la reconquista (1924). Una procesión recorrió las principales calles de la ciudad, subiendo hasta el Castillo por la calle Mayor y bajando por Valencia y San Jerónimo, siguiendo por Villaviciosa y Humilladero, hasta el Paseo de la Alameda (llamado entonces calle de Conde de Romanones), antes de regresar a la catedral por las calles de San Roque, Medina, Seminario y Guadalajara. Entre el recuento de los muchos actos conmemorativos, destaca esta anotación de don Aurelio, escrita casi sin darse cuenta: “más de 400 pobres fueron obsequiados con una suculenta y abundante comida”. ¡Cuatrocientos pobres! Ahí resplandecía la pendiente cuestión social, una docena de años antes del estallido de la Guerra Civil. En esa celebración fue entonado por primera vez el Himno del Centenario, que se canta por San Vicente, con más ecos del desastre de Annual de 1921 que de la realidad histórica del siglo XII… El comienzo de la persecución de la Iglesia Católica puso a la defensiva al obispo; y al perder el apoyo del Estado, se vio obligado a la reorganización económica de la diócesis, que pasaba a depender de los fieles, fomentando la labor de Acción Católica.

Don Aurelio de Federico, en dicha biografía, del año 1967, señala el detonante del estallido de violencia en la ciudad de Sigüenza, sin ninguna condena explícita: “Ávidos, pues, los falangistas [seguntinos] de tomar represalias ante aquel nefando crimen [el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio], decidieron eliminar, con la violencia de las pistolas, al presidente de la susodicha Casa del Pueblo —a la sazón el cartero Francisco Gonzalo, alias el Carterillo—, y así lo hicieron efectivamente, sobre las doce y media de la noche de aquel mismo día 13 de julio”. De la Casa del Pueblo se había dicho unas líneas antes que sostenía y fomentaba el fermento revolucionario.

“El día 25 de julio, festividad del Apóstol Santiago, Patrono de España, para más doloroso contraste, Sigüenza fue invadida por las milicias rojas. Sobre las diez y media de la mañana llegaron unos doscientos hombres, número que aumentó hasta más de los quinientos en la primera hora de la tarde. Armados y en plan de conquistadores, ocuparon la Plaza Mayor y las calles más importantes. Les acompañaban algunas mujeres desenvueltas, que vestían su mismo atuendo: el clásico mono guarnecido de pistolas”. Al señor obispo, después de sacarlo del palacio episcopal y llevarlo ante un comité, constituido en la actual plaza de Hilario Yaben, se le permitió permanecer en su residencia.

Allí estuvo escondido hasta que el día 27 fue invitado a subir a un automóvil oficial del Ministerio de Gobernación. Lo asesinaron en la carretera de Alcolea, en las vueltas de Estriégana. Su cadáver carbonizado fue encontrado días después por un peón caminero. Sus restos fueron recogidos por los requetés y enterrados en la ermita de Alcolea. En el año 1946 se trasladaron a su tumba, y posterior mausoleo, en la capilla de la Inmaculada de la Catedral, una vez reconstruida esta, en acto presidido por su sucesor, don Alonso Muñoyerro. Actualmente está en proceso de beatificación.

He aquí la causa de esas muertes, según Unamuno: “No una España contra otra —la Anti España—, sino toda España contra sí misma”.

José María Martínez Taboada

Fundación Martínez Gómez-Gordo

 

Entre la necesidad y el lujo: historia del hielo y los refrescos en Sigüenza. 2

Cuando el sol brillaba con fuerza y el calor apretaba, las fuentes públicas de Sigüenza se convertían en punto de encuentro y confluencia de gentes diversas, dispuestas a aliviar su sed y calmar su sofoco. Aquella mañana era una de esas en que la calima veraniega invitaba a  refrescarse en la fuente. Cualquiera de ellas, ubicadas en distintos puntos de la ciudad: frente a la Catedral, en la Puerta de Medina, en la Puerta de Guadalajara o el Pilarejo de la calle Comedias, se convertían especialmente los días calurosos del verano, en un punto social de encuentro y convivencia entre los vecinos que bajaban a la calle y los viandantes que por allí transitaban. Entre los que iban a refrescarse y los que hacían de la colecta del agua su medio de vida: desde los que aliviaban la sed, acercando su boca al caño o refrescando su cogote con el agua fresca que corría hacía el pilón y los aguadores, que recogían agua en cántaros para llevarla a su propia casa o para venderla. Por alguna de aquellas fuentes pasaban las lavanderas de vuelta a casa desde el Ojo, las criadas de los ricos mercaderes y el arriero que llegaba con sus caballerías, aprovechando para hacer un descanso y refrescarse. También se dejaba caer el botillero, con el hielo sacado del pozo de la nieve, que lo vendía a  cuatro reales, ocasión que era aprovechada por los aguadores, que le pedían una pequeña cantidad y lo mezclaban con el agua fresca de la fuente, antes de servirla a  domicilio. Todos coincidían en aquellas fuentes públicas buscando sin duda alivio para soportar el calor. Entonces, las fuentes se convertían en testigos de la vida cotidiana y de las más variadas relaciones humanas: entre sorbos de agua, o mientras guardaban turno para acercarse al chorro, las gentes se saludaban, intercambiándose las últimas novedades, sus preocupaciones por la climatología o el estado de la cosecha, por la salud de un familiar o el destino de algún conocido; reían y se escandalizaban o contrariaban con los chismorreos que circulaban de boca en boca, e incluso alguno, mientras llenaba el botijo, aprovechaba para cortejar a una joven esbelta que hasta allí se acercaba a por agua.

A partir del siglo XVII, al consumo de agua de la fuente para calmar la sed, se incorpora una nueva moda, selecta, refinada y exclusiva, marcando un grado de distinción social, al imponerse inicialmente y con notable éxito, entre los más distinguidos: la degustación durante la época veraniega de sorbetes de fruta y refrescos variados. Un estilo que con el tiempo se fue adaptando a todas las capas sociales e incluso alcanzó a la pluma literaria, en boca de Quevedo se llegó a escuchar: “Yo gusto de beber frío de nieve”, haciendo alusión al consumo de bebidas enfriadas con este ingrediente natural.Surge así otro punto de encuentro social, distinto a las tabernas y donde, exclusivamente en temporada estival, se podían consumir bebidas frías, era la Alojería o Botillería.

Por sus características, la elaboración de las bebidas y refrescos se ligaba al arrendamiento del pozo de la nieve. En Sigüenza, desde finales del siglo XVIII y durante más de treinta años, el botillero y obligado del pozo de la nieve era Francisco Arpado. Pero se estaba haciendo mayor y deseaba dejar este negocio. Muchos años luchando por hacer rentable su oficio y muchos años también aprendiendo a preparar bebidas frías a base de hielo que hacían las delicias del público.La industria del refresco y su venta en la botillería, era un derecho exclusivo que la ciudad concedía a un particular para fabricar y comercializar la bebida fría, a cambio del pago de una renta anual de trescientos reales de vellón que se denominaba la alcabala de la aloja y los barquillos, en alusión directa a la bebida refrescante que se consumía acompañada de unos canutillos dulces.

Antes de dejar el oficio y sabiendo las dificultades que había para encontrar un sucesor, el viejo botillero Arpado enseñó a la que iba a ser nueva beneficiaria la manera de preparar jugos y sorbetes variados. Ella era Francisca Lorrio, una mujer lozana y vivaz a quien la Guerra de Independencia no consiguió arrancarle la sonrisa. Vivió los mejores años de su vida entre el  horror y sufrimiento: testigo de la muerte de familiares, vecinos y amigos; de asaltos, saqueos e incendios, que arrasaron sin piedad  el paisaje urbano de Sigüenza. En el año 1812, tras aquella sangrienta etapa, de hambre y dolor, llevada por la  necesidad de sobrevivir por sus propios medios, cumplida la edad de treinta años, decidió instalarse en la Plaza Mayor. Era confitera de oficio y vivía de alquiler en una casa propiedad de la Tesorería. Allí mismo, abrió un pequeño local con escasa luz, pero suficiente para prestar el servicio y sacarse un sueldo para vivir con honradez. De la mano de su maestro botillero, aprendió fórmulas procedentes de recetas de tradición morisca, difundidas por los mercaderes y viajeros que pasaban por Sigüenza, o conocidas a través de las crónicas sobre personajes importantes, como Iñigo López de Mendoza, II Conde de Tendilla, quien durante su etapa como alcaide de la Alhambra en el siglo XVI, gustaba obsequiar a sus invitados con confituras y dulces a base de frutas, almendras y miel. Las recetas se convirtieron en secretos muy bien guardados, para garantizar el éxito de su profesión y para desempeñar el oficio destinado a refrescar la sed con bebidas  azucaradas.

Uno de los refrescos  que tenía mayor aceptación entre la población era la aloja, bebida hecha a base de agua con nieve y miel aromatizada con especias finas como la canela, clavo, jengibre, nuez moscada... También el hipocrás, a base de vino añejo, azúcar o miel, canela, clavo, pimienta, almizcle y nuez moscada; el agua dulce, mezclando nieve con azúcar y el agua lisa a base de agua con nieve y zumo de limón. Entre los más sencillos de preparar  triunfaban las aguas de limón, de naranja, de frutos silvestres, de canela, de leche de almendras… Los días de mercado o en alguna fiesta señalada, en la botillería se preparaba una selección de estas aguas, dispuestas en recipientes con hielo, junto al mostrador con  los dulces que también tenía a la venta: chocolate que fabricaban los maestros chocolateros de la ciudad; azúcar de retama, confites de piñón, pasas, almendras garrapiñadas; bocados de mermelada y confituras hechas en casa de alguna viuda necesitada; peras y cerezas bañadas en azúcar por Francisca, con la fruta que le regaló el propietario de una huerta al llegar la cosecha; y por Navidad, a través de la posta recibiría algunas cajas con turrones de Valencia.

En la trastienda de la botillería, Francisca almacenaba todos los ingredientes necesarios para su industria: tarros con miel, talegos con diferentes especias dulces, frascos con hierbas aromáticas, un recipiente con nieve helada y un saco de sal común, que solicitaba a las salinas de Imón y le llegaba en el carro salinero que, con cierta periodicidad, se acercaba a Sigüenza a repartir el pedido entre sus clientes. También tenía vasijas de barro y un recipiente de corcho con su redoma de enfriar, donde se dejaba reposar unas horas el jugoso néctar sobre una mezcla de hielo y sal que, al absorber el calor liberado por la bebida, bajaba el punto de congelación hasta helarla y convertir la emulsión en un delicioso granizado. Los precios de venta y la calidad en la producción de dulces y bebidas refrescantes estaban sujetos al rígido control del gremio de confiterosy botilleros.

La necesidad se convirtió en lujo: la recogida y conservación de la nieve caída en invierno y el hielo resultante en los pozos de nieve, que empezó siendo un elemento necesario para garantizar la conservación de los alimentos básicos y los tratamientos médicos en épocas de calor, se tornó en lujo al introducirse en bebidas frías, sorbetes y helados. Su consumo fue adaptándose socialmente a los espacios de ocio y su gran aceptación favoreció el desarrollo de técnicas y aparatos para la conservación y fabricación del hielo y el frio artificial, contribuyendo a mejorar las condiciones de vida de la sociedad.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera de Sigüenza

Entre la necesidad y el lujo: la historia del hielo y los refrescos en Sigüenza 1

Un documento de Cisneros siendo vicario general de Sigüenza

Estamos conmemorando el año de Cisneros. En Sigüenza donde demoró se ha celebrado con una interesante exposición de nuevas características que animo a visitar.

Pero hoy quiero dar cuenta de mis búsquedas por archivos y bibliotecas en pro de la historia seguntina, en este caso la Biblioteca de la Real Academia de la Historia, que tiene un personal de lo más competente y atento que he conocido.

En la Colección Salazar y Castro, M-13, f. 89v-90, tiene un documento de cuando Cisneros era provisor y vicario general en Sigüenza, cuyo apunte apareció hace días revisando viejos papeles.

Estando en la iglesia de Santa María de Mirabueno, el bachiller Gonzalo Jiménez de Cisneros, provisor y vicario general de Sigüenza, en el 27 de agosto de 1481, hizo efectiva una bula con la cual la Penitenciaría apostólica, por orden expresa de Sixto IV, encomendaba al cardenal Mendoza y  su provisor y vicario general –que era Cisneros– la dispensa del impedimento de consanguineidad en tercer grado para el matrimonio de Íñigo de la Cerda, señor de Miedes, y Brianda de Castro, señora de Mandayona.

Pero ¿Quiénes eran estos?

Íñigo de la Cerda era hijo de Gastón de la Cerda, cuarto conde de Medinaceli, y de Leonor de la Vega y Mendoza, padres también de Luis de la Cerda, primer duque de Medinaceli y de Juana de la Cerda, señora de Moñux, Barca y Fresno de Caracena.

Brianda de Castro era hija de García de Castro y Mencía de Guzmán y había estado casada con Pedro de Mendoza, señor de Almazán. Fue señora de Mandayona, Mirabueno, Aragosa, Villaseca de Henares, por haber comprado ese estado a Alfonso Carrillo de Acuña. Tuvieron a Ana López de la Cerda y Luis de la Cerda.

¿Cuál fue el problema? Pues que hacía tiempo que estaban casados, habían consumado el matrimonio y tenían prole; que alguien les había dicho que tenían impedimento de consanguineidad de tercer grado y su matrimonio no era válido y su descendencia era ilegítima.

Salazar y Castro copió el documento en el archivo del Infantado, donde ignoro si se siga conservando y en él se presenta Cisneros como comisario apostólico para llevar a efecto el encargo de la Penitenciaría, contenido en un documento escrito en pergamino, sellado con el sello en cera colorada de dicha penitenciaría y contenido en una caja de metal blanco estañado, pendiente de cuerda de cáñamo y en perfecto estado de conservación, carta que don Gonzalo de Cisneros copia en la relativa acta levantada ese día en Mirabueno.

La carta de dispensa llevaba la fecha de 11 de abril de 1481 y había sido expedida en Roma, en el Vaticano, con firma del cardenal Giuliano de la Rovere, que luego se la tuvo jurada, siendo cardenal, a Alejandro VI y después al prelado seguntino Bernardino López de Carvajal, tras ser elegido papa Julio II; claro que en Carvajal encontró un hueso duro.

Pues eso fue lo que llevó a cabo Gonzalo de Cisneros en la iglesia de Santa María de Mirabueno cuando los procuradores de don Íñigo y doña Brianda se lo pidieron: declarar la legitimidad del matrimonio y la legitimidad de la prole, emitiendo el documento que nos interesa, en el que figuran como testigos el venerable Juan de Torres, arcediano de Medinaceli, y Julián de Pelegrina, criado y familiar de Cisneros, especialmente llamados y rogados al efecto. El escribano y notario público en Sigüenza y en toda la diócesis, Juan de Cuenca, dio testimonio de todo, firmando el pergamino el bachiller Gonzalo Jiménez de Cisneros, Capellán mayor de la catedral y poniéndole un sello con el escudo del cardenal Mendoza pendiente de una cinta de seda roja, en una caja de madera.

FamilySearch: tu historia familiar a un clic

En los archivos parroquiales se han ido conservando, a lo largo de los siglos, la historia de las familias de cada localidad. Estos archivos hacían las veces del Registro Civil, ya que éste no se creó en España hasta mediados del siglo XIX (en 1841 para grandes poblaciones, y 1871 para el resto). Así, en ellos encontramos recogidos la información básica de las personas que estaban adscritas a cada parroquia: nacimiento (en las partidas de bautismo, donde además encontramos el nombre completo, con indicación de los ascendientes hasta de segundo grado), casamientos, confirmaciones, defunciones, etc.

En el caso de Sigüenza, estos archivos están custodiados en el Archivo Histórico Diocesano, consultable libremente previa cita con el archivero responsable. No obstante, y como es natural, la cita debe concertarse dentro del horario laboral del archivero, que suele coincidir con los horarios laborales del resto, poniendo un primer escollo a su acceso. Si a ésto sumamos el hecho de que muchos seguntinos hemos tenido que salir de nuestra ciudad para buscar trabajo en otros lares, la visita a este archivo se hace francamente difícil.

Pues bien, de nuevo gracias a las nuevas tecnologías, se han podido romper estas barreras y actualmente se ofrece un acceso en línea las 24 horas del día, los 365 días del año. Los responsables: FamilySearch.

A principios de la década de los 90 visitaron este archivo unos delegados de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, también conocidos como los mormones. Con el compromiso de poner en acceso abierto todos los archivos, llegaron al acuerdo de microfilmar y digitalizar parte de los legajos que se encuentran en el Archivo Histórico Diocesano de Sigüenza. Finalmente, todo ese material está disponible para su consulta en la página web www.familysearch.org. Si accedemos a dicho sitio web, y previa identificación (es totalmente gratuito), podemos comenzar nuestra búsqueda. Comentaré a continuación los pasos básicos a seguir para comenzar la investigación.

En la parte superior veremos el epígrafe “Buscar”. Al pinchar sobre él se abre un desplegable con varias opciones, entre las que está “Catálogo”. Una vez dentro del catálogo se ofrecen varias opciones de búsqueda, la más sencilla para nuestro propósito es buscar por lugar. Si introducimos “Sigüenza” nos saldrán todos los documentos que tienen relacionados con nuestra tierra.

La parte más interesante la encontraremos dentro del epígrafe “Church records”, o registros de la iglesia. Al entrar en este apartado encontramos una primera selección del material disponible: Asuntos matrimoniales no apostólicos, Copias de partidas sacramentales, Dispensas matrimoniales, Matrimonios apostólicos y Registros parroquiales de las tres parroquias seguntinas. En este último apartado es donde encontraremos las partidas de bautismo, fuente principal para iniciar una investigación sobre los antepasados.

El primer, y no pequeño, problema que encontramos es que la descripción de los documentos es muy deficiente. En ocasiones encontraremos que bajo el epígrafe “Confirmaciones” encontramos bautismos, o que las fechas contenidas no coinciden con las indicadas en el epígrafe, por eso es conveniente no fiarse demasiado de esta primera información y entrar a cada apartado a tratar de ver lo que contiene realmente.

Para iniciar la investigación, lo mejor es acceder el índice de bautismos de la parroquia que nos interese. Si conocemos la fecha de nacimiento de uno de nuestros antepasados (un abuelo, por ejemplo), deberemos buscarlo. Estos índices están hechos por orden cronológico, y en ellos se apunta la fecha de nacimiento (mes y año), el libro en el que encontraremos la partida de bautismo y el folio que la contiene dentro de ese libro.

Una vez encontrada esta primera partida, es cuestión de repetir la metodología. Como decía antes, en las partidas de bautismo se incluían los nombres de los padres y los abuelos paternos y maternos, con lo que tendremos información suficiente para ir buscando estos nombres en los índices e ir retrocediendo en el tiempo.

Se trata de un trabajo entretenido, laborioso, que consume horas, pero si te gustan estas investigaciones, también resulta tremendamente disfrutable.
Yo, por mi parte, he investigado mi rama familiar materna, los Ángel, pues me constaba su pasado seguntino. He llegado hasta finales del siglo XVII, cuando un soriano llamado Miguel Ángel llegó a Sigüenza para casarse con la seguntina María Latorre. De este matrimonio nació en 1696 Pedro Ángel, mi octabuelo, o el tatarabuelo de mi tatarabuelo.

Ha sido bonito conocer mis raíces, saber de dónde venimos. Pero tan importante como saber de dónde venimos ha sido entender que todos en el fondo, somos de ningún lado del todo, y de todos los lados un poco.

Entre la necesidad y el lujo: la historia del hielo y los refrescos en Sigüenza 1

Cruzando la Puerta del Sol, arrimado a la cara externa de la muralla, en la umbría a resguardo de los rayos del sol, cuentan que había un pozo de nieve. Su oscuro y frio interior, hecho a base de piedras y madera que no servía para hacer leña, sin ninguna abertura, salvo las dos puertas de acceso, garantizaba la conservación del hielo hasta el verano.

Durante las crudas noches de invierno, de diciembre a febrero, tras una copiosa nevada, el administrador del pozo de la nieve o, en su ausencia, los vecinos que poseían carros y animales de tiro, salían al campo. Bajo la luz de la luna, soportando bajas temperaturas, recolectaban aquel manto virginal que hacía pocas horas había cubierto el paisaje, envolviendo suelos, arbustos y rocas de blanca nieve. Incluso continuaban hasta el amanecer, para recoger los carámbanos y cristales de hielo que colgaban de los aleros de los tejados y de los chorros de agua de las fuentes, cristalizados por las bajas temperaturas y que ellos separaban ayudándose  de picos. Era una operación necesaria y, al mismo tiempo, un deber de obligado cumplimiento, especialmente en las épocas en que no había administrador. Aquel que no lo hiciere sería sancionado.

Antes de salir de casa y para enfrentarse al crudo frio invernal, debían abrigarse bien el cuerpo, envolviendo sus hombros y cubriendo sus brazos con una manta de lana áspera, velluda y espesa. Sólo sus extremidades quedaban desnudas para coger con mayor destreza la herramienta que arrancaba el preciado tesoro blanco de la superficie, que con agilidad y presteza pasaba a las alforjas, hasta que sus manos se amorataban, los dedos se congelaban y el frío les podía, obligándoles a hacer un alto para calentarse. En una improvisada hoguera, un vecino vigilaba una olla de berzas con tocino, de la que iba sacando caldo en las escudillas que ofrecía a los hombres ateridos de frío. Un poco de pan remojado en aquel caldo y un trago del pellejo de vino, ayudaban a recuperar energías y combatir las bajas temperaturas nocturnas. Aquella tarea resultaba agotadora por las condiciones extremas en las que se desarrollaba: a baja temperatura realizaban un sobreesfuerzo recogiendo y transportando hielo, ellos y sus caballos, dedicados habitualmente a labores de campo.

Repuestas las fuerzas, caballerías y hombres iniciaban el trayecto hacia el pozo para almacenar la nieve. Allí les esperaban algunos hombres que, ayudados por unas sogas, se deslizaban por las entrañas del pozo, colocando y pisando la nieve y el hielo que les iban volcando. Se empezaba preparando un lecho con pinocha recogida en el pinar y hojas secas de masiega y carrizo, plantas procedentes de la ribera del río, a modo de aislante sobre el suelo. Después, cada medio metro aproximadamente, se repetía alternativamente la misma operación colocando una capa de nieve y otra de aquellas hierbas, evitando el contacto directo del hielo, facilitando su posterior extracción en bloques y retrasando la fusión en agua. El líquido sobrante debía salir por los desagües, cayendo por la ladera hacia el Vadillo, porque si se quedaba dentro provocaría el deshielo y se estropearía toda la operación. Una vez prensado el tesoro blanco y helado, se cerraban las dos puertas de madera hasta el verano, facilitando así el proceso de endurecimiento del hielo. Esta tarea conocida como “cerrar la nieve”, era quizá la más importante, duraba unas tres horas. De la buena compactación y almacenamiento de la nieve en el invierno, dependía su óptima conservación durante meses hasta su consumo en verano y muchas veces incluso se exigía disponer de hielo hasta el 20 de octubre.

Llegados los calores estivales, el obligado de la nieve, que así se denominaba al administrador, pedía licencia al concejo para abrir el pozo y efectuar la “saca de la nieve”. Al amanecer, antes que los primeros rayos de sol empezaran a calentar, abrían el pozo y, provistos nuevamente de picos y palas, iban separando las cepas de hielo de formas y tamaños a veces irregulares. Protegidas por aquella mezcla de hierbas secas y pinocha, envueltas en mantas, se colocaban sobre una mula y se llevaban hasta el mercado semanal en la Plaza Mayor, para proceder a su distribución y venta entre aquellos que lo solicitaban: mercaderes, vecinos, médicos y hospitales. Así se garantizaba el abastecimiento de hielo a los mercaderes que llegaban cada miércoles a la ciudad para vender sus productos frescos: frutas, verduras y hortalizas de temporada, pescados, liebres y perdices. Los días calurosos los vecinos compraban hielo para llevar a sus casas y prolongar de ese modo la conservación y frescura de los productos recién adquiridos y para combatir los rigores del verano, enfriando el agua fresca que cogían de la fuente. Los hospitales, los médicos y las comadres o parteras también incluían el uso del hielo en su atención sanitaria a enfermos y parturientas. El hielo tenía múltiples aplicaciones con fines terapéuticos: como antiinflamatorio, para detener hemorragias, rebajar la fiebre, mitigar las congestiones, calmar las quemaduras en la piel, aliviar migrañas, para prolongar la estabilidad de algunos de sus preparados y también para aplicar sobre los cuerpos heridos o enfermos. En alguna ocasión sin embargo, no se pudo suministrar hielo ni a enfermos ni a mercaderes y vecinos, causándoles graves perjuicios.

A mediados del siglo XVII y casi todo el XVIII, el pozo de nieve estuvo en manos de la Cofradía del Santísimo Sacramento, que destinaba los beneficios de la venta de hielo a sus fines asistenciales y caritativos. Pero fueron tales las dificultades económicas en las que se vio envuelta y tan escaso el rendimiento del despacho de hielo, que la Cofradía se vio obligada a renunciar definitivamente, a fines del siglo XVIII, pasando el relevo al Concejo municipal para su explotación en régimen de arrendamiento a particulares.

Pero no siempre era fácil encontrar personas dispuestas a aceptar este negocio, a pesar de la importancia que tenía su venta y consumo, eran contados los candidatos a desempeñar este oficio, comprometiendo en ocasiones al concejo a imponer la obligatoriedad al ciudadano. La industria de la nieve era poco rentable, soportaba numerosos gastos derivados del mantenimiento y la reparación de las puertas de madera y las sogas cuando se pudrían; del pago de jornales por limpiar el pozo, recoger la masiega y la pinocha y pisar el hielo, así como el gravamen de las regalías o derechos reales, gastos que escasamente se cubrían con los beneficios de la venta, por lo que terminó vinculándose a la venta de bebidas frías y refrescos.

Así sucedió aquella mañana, tras el anuncio por el pregonero de una nueva subasta se convocaba a los interesados a reunión al filo de las doce de la mañana en las casas del consistorio municipal de la Plazuela de la Cárcel. Sólo hubo una postura avalada por el botillero o vendedor de bebidas frías, Francisco Arpado. Reunido en la sala capitular con los miembros del Concejo, el escribano procedió a la lectura del documento donde se fijaban las condiciones, los derechos reales que debía pagar y el remanente que dejaría a fines de agosto en depósito, una vara de nieve, para garantizar el abastecimiento hasta fin de temporada. Francisco asintió con la cabeza manifestando su conformidad y el escribano puso su firma en el documento. Semanas más tarde, coincidiendo con la festividad de la Virgen de las Nieves, el 5 de agosto, entró en la catedral y arrodillado ante su altar, imploró a favor  de la caída de una buena nevada en el invierno, que alfombrara de blanco el pinar, porque traer el níveo producto de fuera costaba caro, un precio superior a aquellos cuatro maravedís que obtendría de la venta de una libra de hielo a los vecinos o los dieciocho cuartos que le entregaban el Deán y Cabildo por una arroba de nieve.

Francisco Arpado, siguió al frente de sus dos negocios unos años más. El uso y consumo del hielo se fue extendiendo socialmente. Empezó siendo necesario para la vida cotidiana, y llegó a convertirse en ingrediente de lujo de recetas de refrescos y helados que aprendió él y más tarde transmitió a sus sucesores en el negocio, del que hablaremos en el próximo artículo.

 

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza