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Teatro El Pósito de Sigüenza: 100 años del (primer) nacimiento

El día 27 de julio hemos celebrado el primer Centenario de la inauguración de El Pósito como Teatro de la ciudad. El 30 de julio de 1917, un grupo artístico formado por seguntinos y veraneantes representaron la obra que tenían preparada para haberla puesto en escena el día de la inauguración. La banda Municipal de Música actuó en el intermedio, dirigida por don José Andreu. A partir de ese momento se alternaron las representaciones teatrales con el cine.

La primera proyección cinematográfica fue el día 22 de octubre de ese mismo año con la película “Lucile, la hija del circo” que constaba de 15 episodios, repartidos en varios días con precios reducidos, “aún dados los grandes gastos”, según el anuncio de la empresa, insertado en los semanarios locales. Esta película volvió a la cartelera seguntina en abril de 1918.

Pasados los momentos de euforia, el ánimo decayó y se fueron reduciendo las sesiones y, de vez en cuando, se producía la ocupación total del aforo, en ferias o en fechas señaladas, así como en las veladas organizadas por los músicos para celebrar su patrona Santa Cecilia, Cruz Roja, Ferroviarios, Cocina de Caridad y todas aquellas actividades que tuvieran marcado carácter benéfico.

La representación del drama social “Juan José”, de Joaquín Dicenta, originó una agria polémica entre los Semanarios El Henares y La Defensa. Don Hilario Yaben, a pesar del carácter filantrópico de la función, se oponía a que se utilizara, para ello, el nombre de la Cocina de Caridad. El día 2 de diciembre de 1922, se representó la obra por aficionados locales y madrileños. Destacaron las señoritas Pardo y Lafuente, el joven Ibáñez en el papel de Juan José, acompañado por Bou, Vadillo, Hermida, Lapastora, Trigo, Abánades, García, Chico y Saturio. Completó el acto la zarzuela “Los rancheros”, con Vadillo y Fernando Moraga. El anfiteatro registró un lleno absoluto, el patio de butacas la mitad y 3 plateas.

Don Ángel Peñalver y Ferrer, en su obra “Guadalajara y su provincia. Impresiones de un viaje”, publicada en 1919, al hablar del teatro decía: “Es un teatro alegre, coquetón, pintado en tonos claros con butacas nuevas y cómodas en un patio bastante grande que está rodeado de plateas. Se proyecta sobre la pantalla del cine una película, ‘Judex’, que sin duda por defecto de la luz o del aparato no resulta muy clara”.

El incendio del Teatro Novedades, en septiembre de 1928, trajo como consecuencia la decisión del cierre de muchos teatros y también de El Pósito, por la dificultad para adecuar las reformas que exigían a partir del desastre. Uno de los requisitos imprescindibles era dotar al escenario con un telón metálico. Un mes más tarde, Francisco Trigo López solicitó el local del Hospicio para habilitarlo como cine, la clausura definitiva del Teatro seguntino y no conceder permiso para construir otro. José Serrano, un mes más tarde, pidió el terreno de los Jardinillos para el futuro Teatro Cine Ideal y más tarde Capitol, solicitud a la que no pudo acceder el municipio por ser concejal en ese momento y estar inhabilitado, por tanto, para llevar hacia adelante el proyecto. Vuelve a tomar el relevo Francisco Trigo y consigue la construcción del nuevo centro artístico.

Bombardeo del ejército franquista en Sigüenza. (1936)

El edificio de la calle del Peso entra en un período de lenta agonía y se suceden los episodios de confrontación entre la sociedad arrendataria y la propiedad del Teatro: Actas de incautación, exigencia de los derechos de reversión y un largo rosario de despropósitos llevan a la ruina física del edificio. En 1938, el edificio empeoró su estado después de haber acogido a la tropa bajo sus muros. La puerta y las maderas fueron los elementos más castigados.

Fernando Sánchez Díaz regentó una carpintería en las décadas de los años 40 y 50. El ayuntamiento decidió la enajenación de las instalaciones y en sesión de 27 de diciembre de 1963, adjudicó, por un importe de 15.000 pesetas, el concurso subasta a la superiora de las Hijas de la Caridad de san José, Sor Josefa Bouzas Retuerto con estricta sujeción a las condiciones de la venta. Una de ellas era que el edificio solamente debería de estar destinado a las actividades docentes.

El 30 de marzo de 2004, el obispo de la diócesis y el señor alcalde, don Francisco Domingo Calvo, firmaron un convenio para la cesión en uso del edificio durante  75 años y destinarlo a sala de representaciones teatrales, sala de exposiciones, Centro de interpretación de la Historia y Costumbres locales. En dicho convenio quedó excluido el uso de la finca segregada, de 139 metros cuadrados, que estará destinada a albergar un centro de Transeúntes, conocida como la Casa Panera.

La capacidad actual del patio de butacas es de 224 personas, 16 filas de 14 butacas, con algunas sillas supletorias que pueden incrementar sin riesgo el aforo. Existe, además del escenario, una zona para los aseos, vestuarios, camerinos, pequeños almacenes y una sala diáfana en la parte superior a la que se accede a través de unas escaleras.

Las obras de rehabilitación fueron adjudicadas a la empresa J. Gálvez, S.L.

¿Te acuerdas de Gorgorito?

Acababa de recoger el programa de las fiestas de 2017 y se disponía a sentarse en la terraza donde nos habiamos citado para tomar un café. Mientras  ella hojeaba las páginas, empezó a rebuscar en su memoria los recuerdos de las fiestas de otros años, las de su infancia, las de su juventud y especialmente el año que vivió con intensidad al ser Dama de Honor. Entre aquellos recuerdos que empezaban a fluir en su cabeza, había uno muy especial: Gorgorito, el protagonista del teatro de guiñol y marionetas, que cada verano actuaba en fiestas y que todos los niños esperaban año tras año con ilusión. Durante los años 60 a 80, varias generaciones de seguntinos y veraneantes, crecieron divirtiéndose con las aventuras de Gorgorito, ídolo de inocente fantasía de las fiestas de su infancia. Cada verano puntual a su cita,  el Teatro de Guiñol y Marionetas de Maese Pedro Villarejo llegaba a Sigüenza en los días centrales de las fiestas de San Roque, y fue tal su fama que llegó a convertirse en un referente de la animación infantil de aquellos años.

Meses antes se iniciaban los preparativos con el cruce de cartas entre la Compañía de títeres y el alcalde: reservando fechas, concertando precios y condiciones de actuación de aquella comparsa de marionetas que pasaba el verano de gira por ciudades y pueblos de la geografía española: desde Pamplona a Cáceres, pasando por Sigüenza, llegaban en  un vehículo los componentes que daban vida al teatro guiñol. En varios cajones, iban cuidadosamente guardados los muñecos, la música y el escenario que en pocas horas transformaba en un escenario de cuentos el paisaje de la Alameda.

El emblemático jardín histórico de Sigüenza, arteria vegetal que atraviesa la  parte baja de la ciudad, diseñada en 1804 por el Obispo Vejarano para “solaz de pobres y decoro de la ciudad“, siempre ha sido lugar de encuentro, convirtiéndose cada verano en el espacio lúdico por excelencia. Durante aquellos días se engalanaba de forma especial con una profusión de gallardetes, banderitas y guirnaldas y al anochecer, se iluminaba con farolillos y bombillas de colores, como se anunciaba en el programa de fiestas. Durante dos días se podía presenciar en la puerta de en medio el espectáculo de unas ruletas de fuegos artificiales de colores girando para animar a todos a celebrar y disfrutar las fiestas patronales.

Bajo los plátanos de sombra se realizaban numerosas actividades: conciertos de la Rondalla, verbenas nocturnas, cucañas, juegos japoneses. Frente al Triunfo se situaba la Tómbola de Cáritas, destinada a ayudar a las familias más necesitadas. Entre la fuente y la pista de baile, en el centro de la Alameda, se instalaba el teatro de guiñol y marionetas. Más tarde cambió su emplazamiento hacia la parte baja, junto al primer quiosco, donde actualmente se sitúan los columpios. Allí el Ayuntamiento  preparaba una tarima de un metro de altura, sobre la que la compañía montaba su  escenario: tres paredes lisas y sencillas y una gran ventana con cortinas que al abrirse, dejaban a la vista el paisaje que creaba el ambiente de cada función donde actuaban muñecos de guante con cabezas de cartón-piedra o de madera, vestidos con telas que escondían las manos de aquellos artístas que ponían sus propias voces para dar vida a unos personajes que hacían las delicias del público infantil.

El espacio de la actuación se cerraba con unas pequeñas vallas de madera verde, a cuyo interior se podía acceder pagando una entrada que daba derecho a ocupar un sitio en los bancos de madera durante la función. Pero había muchos que no pagaban, preferían ver el espectáculo desde fuera de las vallas, que también se veía muy bien, aprovechando el dinero que les daban los padres para pagarse un helado.

¿Quién no recuerda a Gorgorito, la bruja, Lechuguino, el enanito, el lobo? Durante tres o cuatro días los niños disfrutaban de un espectáculo de guiñol cuyo único fin era acercarles a la realidad a través de la ficción, materializada en las aventuras de Gorgorito que se representaban en dos sesiones diarias, al mediodía y  a la tarde, en  cada sesión un capítulo de la historia, finalizando el último día con una gran apoteosis final.

El público infantil asistía embelesado a las representaciones de cuentos tradicionales como Caperucita Roja, cuyos personajes: el lobo, la abuelita.. se escondían en aquel bosque pintado en el escenario. También traían otros cuentos pensados por ellos mismos, igual de entretenidos. Los espectadores se regocijaban con las aventuras, sufrían con las fechorías de algunos personajes y apoyaban incondicionalmente a Gorgorito para evitar que el malo se saliera con la suya. Con aplausos o silbidos, avisaban al protagonista del peligro, gritaban : “Cuco… Cuco…Cuco…”, mientras Gorgorito pedía al público la palabra mágica para deshacer el maleficio de la bruja. Otras veces, cachiporra en mano, pim, pam… pim, pam…, combatía contra el malo Sacamuelas y,  al vencerle decían “¡A la basurita con él!”.

En alguna sesión se rompía la cachiporra, y los pequeños consternados se preguntaba que pasaría con el espectáculo, siempre había otra de repuesto qie aparecía en la siguiente sesión.

De forma dinámica y entretenida los títeres representaban la lucha entre el bien y el mal, enseñaban a los niños nociones de étlca y moral. El triunfo de la amistad, la sinceridad, la bondad y la valentía… sobre el egoismo, la mentira, la cobardía… mediante diálogos y canciones infantiles interpretados por aquellos protagonistas de cartón-piedra que animaban a un público entregado  a seguirles.

La Compañía de Maese Villarejo

El éxito de este espectáculo se debía a la intensa vocación de Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna, primo hermano del escritor y periodista Ramón Gómez de la Serna, conocido por sus “Greguerías”.

Juan Antonio, a mediados del siglo pasado, creó un teatro de títeres, marionetas, curritos y polichinelas, al que dio el nombre de Compañía de Maese Villarejo.  Con este nombre artístico quiso hacer un homenaje a Maese Pedro, personaje del Quijote, que con su teatrillo recorría las posadas manchegas, y a su padre, el Doctor Díaz Villarejo. Maese Villarejo comienza sus actividades en el teatro de Títeres en el año 1940, fecha en la que presenta en las Organizaciones Juveniles, un proyecto de creación de un teatro de muñecos para los niños, en el que daba vida al personaje de “Juanín”, que con los años se transformaría en el  famoso “Gorgorito”.

En el año 1945 colaboró con Eugenio D’Ors en el montaje y puesta en escena de algunos ensayos de este ilustre escritor. En 1952 se hizo cargo del Teatro del Retiro de Madrid presentando su espectáculo infantil durante varios años consecutivos. Precisamente allí, entre el público que asistía a  las funciones de su teatrillo, conoció a Pepita Quintero Ramos y poco después unieron sus vidas, formaron una familia, impulsando y consolidando la trayectoria de la Compañía durante los años siguientes. A partir de 1957 el “Teatro de Títeres de Maese Villarejo” se hizo célebre también en Televisión Española, en cuyos programas infantiles intervino con “Las Aventuras de Gorgorito”.

Durante más de tres décadas, en aquellos años centrales del siglo XX, el teatro de guiñol y marionetas, al llegar el verano realizaba una gira por numerosas localidades de la geografía española para entretener, enseñar y divertir a los niños durante las fiestas patronales. Cuando Juan Antonio Díaz falleció en 1986, su esposa Pepita Quintero decidió seguir al frente de la Compañía de Maese Villarejo y mantener su trayectoria profesional. Actualmente es su hijo Juan Díaz Quintero, quien sigue recorriendo las fiestas patronales para llevar alegrías y sonrisas a los niños. Los muñecos y las historias han experimentado algunos cambios, acordes a la sociedad actual, pero la esencia y sus principios siguen siendo los mismos que nuestra protagonista anónima estaba rescatando de su infancia.

La memoria de las fiestas y la historia oral

Ella seguía pasando las páginas del programa de fiestas de 2017, al verme llegar, lo dejó sobre la mesa para empezar a relatarme esas vivencias de la niñez que acababa de recuperar de su memoria, mientras me animaba a escribir un artículo sobre Gorgorito y recordar su historia en La Plazuela, coincidiendo con las fiestas de este año. El teatro de guiñol y marionetas de Maese Pedro Villarejo forma parte de la historia de las fiestas de Sigüenza. Apenas hay documentación escrita para reconstruir su memoria, que se conserva entre los recuerdos imborrables de quienes vivieron su infancia en aquellos años. A partir de sus relatos, podemos recuperar esta  historia y muchas más.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera de Sigüenza

Sigüenza y Cisneros

Estamos en el quinto centenario de Cisneros (1436-1517), y el aficionado a la historia local se ve en la necesidad de ponerse en claro respecto a tamaña figura histórica. Ese hombre fue un verdadero gigante, alguien que llegó a regir los destinos de España en el interregno entre los Reyes Católicos y Carlos I el Emperador; pero ¿qué significó su breve paso por Sigüenza?… Para abreviar mi ignorancia acudo con mis preguntas a la Cronista Oficial, temeroso de extraviarme consultando la biografía de trescientas páginas que encuentro más a mano, y que apenas dedica un par de ellas al paso de Cisneros por nuestra ciudad.

Y más o menos estos son los hitos seguntinos del personaje. Primer hecho clave: llega a la ciudad ya en la cuarentena, traído como capellán mayor por el cardenal Mendoza, a quien servirá de provisor; es, por así decirlo, el que ha de representar al cardenal ante el Cabildo y el Concejo; y si ya está lejos cuando acaece la reforma urbanística y consecuente modernización de Sigüenza, tal vez se plasme ahí alguna de sus ideas. Segundo hecho: el futuro fundador de la Universidad Complutense tiene como colega en el Cabildo al arcipreste de Almazán, es decir, a López de Medina, fundador de nuestra universidad seguntina, el Colegio de San Antonio de Portaceli; aquí pudo anticipar, como en ensayo mínimo, lo que será su mayor logro cultural en Alcalá de Henares. Tercer hecho, rozando ya la leyenda: aquí pudo perfeccionar sus conocimientos de hebreo en el trato con la comunidad judía y conocer acaso sus textos sagrados; un vislumbre de la futura Biblia Políglota Complutense, de la que será editor. Tres hechos importantes, pero falta el cuarto, sorprendente y decisivo: de Sigüenza sale Cisneros con voluntad de retirarse para siempre de la vida pública y recluirse en un eremitorio, dejando atrás sus rentas y dignidades, incluso con cambio de nombre, de Gonzalo a fray Francisco, como quien quiere dejar atrás al hombre viejo para revestirse del hombre nuevo. Casi una decena de años estuvo en Sigüenza (1476-1484), y casi una decena de años pasará como guardián (superior) de La Salceda, haciendo vida ascética, de donde solo saldrá como confesor de la reina Isabel para mezclarse con los destinos de España.

Fue este último hecho el que me dejó pensativo. No hay documento alguno, una carta personal, un comentario de sus biógrafos de la época, que permita encontrar relación entre su paso por Sigüenza, donde llegó a tener casa y servidumbre, y su retiro como fraile recoleto. Por lo que tuve que abandonar el terreno de la Historia para adentrarme por el de la imaginación y la literatura, y así intentar entender esa concatenación entre vida pública en Sigüenza y deseo de retirarse del mundo.

Hay que asomarse a lo que era Sigüenza a finales del siglo XV, cuando todavía don Martín Vázquez de Arce no había caído en la Vega de Granada, y más que doncel, era un buen mozo que, cruzando las Travesañas o subiendo por Arcedianos o Mayor, pudo cruzarse más de una vez con el honrado don Gonzalo Jiménez de Cisneros, cuando este era la autoridad ejecutiva de nuestra ciudad  bajomedieval. Y sí sorprende que esa ciudad, cerrada por las murallas del catorce, que dejaban la Catedral extramuros rodeada de su propia muralla, fuese una ciudad cristiana, judía y mora, con su judería y su morería; justo lo que al final de la regencia de Cisneros ya no era España: atrás quedaba la expulsión de judíos y moriscos en pro de la unidad religiosa de la naciente nación, habiendo tenido él parte activa en esa reforma de integración religiosa.

¿Qué le pasó a este hombre en Sigüenza para querer retirarse del mundo?

Para intentar comprenderlo me asomo a la doctrina del Eclesiastés. Cisneros puede ser para nosotros, seguntinos, el gran personaje que viviendo aquí descubrió el engaño del mundo: que todo es vanidad o absurdo, salvo el temor de Dios, y que es de sabios retirarse del mundo y vivir la felicidad de cada día contemplando las obras insondables de su Creador.

Vio en nuestras calles Cisneros la vida cotidiana de los hombres; pero si la muerte final los iguala, qué le queda al hombre de todos los trabajos y afanes que persiguió bajo el sol. Vio aquí cómo los hijos heredan la obra que los padres no pueden gozar. Cómo se repiten las novedades. Cómo se olvidan los antepasados.

Y que la sabiduría lo único que acarrea es dolor. Y que la risa es locura. Cisneros superó a cuantos lo habían precedido, tuvo aquí el poder y descubrió que el poder también es vanidad; y que la felicidad consiste en ponerse en manos de Dios.

Caminando entre sus convecinos, calles arriba, calles abajo, descubrió que hay un tiempo de construir, y un tiempo de destruir; un tiempo de hablar, y otro de callar, un tiempo de paz y otro de guerra, y que es necio el hombre que pretende desentrañar la realidad y entender lo insondable de Dios. Descubrió que la muerte iguala a los hombres con los animales, y que no hay otra felicidad que la de cada día. Escuchó también el llanto de los oprimidos, y consideró a los muertos más afortunados que los que viven, porque la envidia es el premio que trae el éxito en la vida. Vio que quien ama el dinero, no se sacia con él; que quien acumula riquezas, no las aprovecha; y que al rico no le deja dormir su abundancia. Por eso conviene más apartarse de este mundo, contentarse con lo poco necesario para vivir y buscar la alegría que es el don de Dios.

Llegado a su madurez, vio que la juventud es efímera, aunque no por ello hay que dejar que la tristeza llene el corazón; y que cuando enmudezcan las canciones, es de sabios elegir el temor de Dios antes de que el espíritu vuelva a quien se lo dio.

José M.ª Martínez Taboada
Fundación Martínez Gómez-Gordo

De lanas y paños variados: los telares de Sigüenza en el siglo XVII

Transcurría un año en las últimas décadas del siglo XVII cuando los dos hombres tomaron la decisión de iniciar un largo viaje en busca de nuevas oportunidades.

Eran hermanos y mercaderes de profesión, dedicados al comercio de paños y tejidos de lana. Atraídos por las medidas que favorecían a aquellos que instalaban telares y ocupaban mano de obra local, escogieron Sigüenza, donde había buena lana merina procedente de los rebaños que poseían algunas familias del lugar.

Montados en su carro tirado por una mula, cargado con sus enseres personales y dos telares recién adquiridos a un precio de seis ducados y medio, viajaban por el camino real, haciendo algunas paradas para reponer fuerzas y tomar alimento. Supieron que habían llegado a su destino, cuando en el horizonte divisaron la silueta  que desde el castillo a la catedral trazaba el paisaje urbano de Sigüenza. Se apearon del carro y se acercaron a la Puerta de Guadalajara para saciar su sed con un vino en la Taberna del Bodegón y fraternizar con los vecinos. Después dieron un buen paseo por las calles y plazuelas para familiarizarse con ellas, averiguaron el vecindario que la poblaba, localizaron sus diferentes talleres y las tiendas concejiles, preguntaron por los productos que se vendían y por  su feria y mercado. Les gustó la ciudad y decidieron quedarse. En la calle Mayor alquilaron una casa donde vivir e instalar su taller de tejidos. La elección de esta calle no fue fruto del azar ni del capricho. En aquel lugar concurrían circunstancias muy favorables para hacer realidad su sueño. A un lado, se situaba la Plaza Mayor, donde se celebraba cada miércoles el bullicioso mercado semanal, centro de la actividad comercial seguntina; punto de encuentro de mercaderes y mercancías, lugar donde comprar, vender y trajinar todo tipo de géneros textiles. Al otro lado, arrimada a la muralla saliendo hacia la Puerta del Sol, estaba la casa de esquileo y, a pocos metros de distancia, en el Vadillo, aprovechando la fuerza de la corriente de agua, las tenerías que se dedicaban al proceso de limpieza y curtido de pieles de animales para obtener el cuero; el batán donde se golpeaban los tejidos hasta compactarlos y volverlos tupidos y una balsa de agua destinada a lavadero de lanas. Todo lo necesario para cubrir las diversas fases del proceso de obtención de paños y tejidos se concentraba en aquella zona.

La casa de esquileo era propiedad de D. Francisco Lagúnez, perteneciente a una de las familias de hidalgos de la ciudad y dueño de un cuantioso rebaño de ovejas de cuya lana obtenía un substancial beneficio comercial y económico. Una zona de la casa solariega estaba destinada a la actividad lanera, que comenzaba a finales del mes de junio, cuando los jornaleros realizaban el esquilado de las ovejas con grandes y afiladas tijeras. La lana obtenida se amontonaba en la cuadra,a la espera de ser cardada, peinada, lavada y teñida. Finalizado aquel proceso, el material pasaba a una sala de la casa con varias ruecas manejadas por manos femeninas que procedían al hilado, única tarea a ellas permitida en los talleres de tejido. Una vez hechos las madejas se almacenaban a la espera de ser utilizadas. Durante los meses fríos los tejedores hilaban y componían con esmero paños de lana para su comercialización en la primavera.

Talleres y viviendas se distribuían en el interior de los edificios. En la planta baja, los telares y en la superior, la vivienda pequeña y modesta como la propia existencia de sus moradores. Una cocina y una alcoba, compartían casi un mismo rincón donde alimentarse, descansar y atender a su familia. Al calor de la lumbre, sobre el fogón calentaban una olla para guisar los escasos alimentos que guardaban en la alacena: algún puñado de legumbres, unas hogazas de pan, un saco de nueces del nogal cercano y un pichón cogido por sorpresa en el campo el día anterior. En alguna ocasión, de forma extraordinaria, recibían un pequeño pedazo de carnero que el dueño del rebaño les procuraba cuando sacrificaba alguno. También se podía conseguir en las tiendas, donde se ofrecía a precio más barato que otras carnes, pero normalmente no estaba al alcance de su breve bolsillo, que apenas llegaba para la compra de cabezas y menudos de cabra y oveja. Para cumplir con el precepto de los días de abstinencia, un poco de congrio rancio, maloliente y remojado completaba su alimentación. Para beber tenían cántaros de agua fresca traídos a primera hora de la mañana,desde la cercana fuente de los tres caños, frente a la catedral. Además el propietario de los telares repartía periódicamente veinte arrobas de aceite y veinte de vino por cada dos telares. El vino, por su poder calórico, tenía la consideración de alimento. Cuando no había otra cosa, unas sopas a base de pan remojado en aceite o en vino, calmaban el estómago hambriento. La alcoba tenía el tamaño justo para acoger el parco mobiliario que poseían: un arca de madera de pino para guardar el ajuar casero y dos jergones rellenos de lana áspera de desecho que no les valía para tejer. Sobre ellos, descargaban cada noche todo el cansancio acumulado durante su dilatada jornada laboral.

Era un oficio muy duro el que se desarrollaba en los telares. Trabajaban afanosamente casi doce horas al día, sin apenas descanso y una media hora justa para reponer fuerzas al mediodía y al anochecer. El gremio no permitía la actividad nocturna y tampoco podían costear la iluminación con velas del taller. Sólo en muy contadas excepciones, como en la fiesta del Corpus, hacían un alto en su tarea. El sonido de los telares marcaba el ritmo diario de la Calle Mayor. Había dos por cada casa y en cada uno trabajaban dos personas, cuyos cuerpos adoptaban una postura incómoda y agotadora para poder ejecutar el movimiento del telar a cuatro manos y cuatro pies, las del maestro y su aprendiz que a menudo era su propio hijo. Desde temprana edad, los niños eran incorporados a la ocupación familiar, bajo la vigilancia de los veedores de oficios y gremios, que velaban por el cumplimiento del contrato de aprendizaje en el que se incluía la manutención y asistencia sanitaria al joven discípulo durante al menos cuatro años.

De cada uno de aquellos telares salían diferentes tejidos: espesos y velludos para coser vestidos de invierno, pardos y negros para hábitos religiosos de monasterios y conventos; sargas de lana para los lutos; paños de lana fina, cordoncillos para hacer calzas y, en mayor medida, bayetas exigidas por el gremio para superar el examen que concedía a los aprendices el grado de oficial y posteriormente la maestría, tras demostrar su grado de conocimiento del oficio y la ejecución de una pieza llamada obra maestra. Las bayetas debían ser baratas o resistentes al uso porque, eran muy solicitadas por el concejo municipal que las adquiría para confeccionar los uniformes de algunos oficiales. La materia textil se comercializaba en el mercado local y en algunas ferias como la de San Matías de Tendilla, donde se vendía todo tipo de tejidos y hasta allí llegaron y alcanzaron fama los paños finos que salían de los talleres seguntinos.

Alfombra en el museo de los telares de la Casa del Doncel en Sigüenza.

La fama y el buen hacer de los artesanos textiles seguntinos unido a las facilidades ofrecidas durante los primeros años de producción, favoreció el desarrollo del oficio durante tres siglos. La pujanza del hilado estuvo además apoyada por numerosas medidas institucionales dirigidas a fomentar el trabajo artesanal y abrir el acceso de la mujer a la actividad tejedora. Con el paso del tiempo la vida fue evolucionando y las instalaciones se modernizaron. Los telares caseros de los artesanos se convirtieron en fábricas de alfombras. Los tejedores de paños y bayetas dejaron paso a dibujantes de alegres bocetos y anudadoras de coloridas lanas que tejieron su adolescencia y juventud en aquellas fábricas. De sus manos salieron alfombras de excelente calidad que dieron fama y prestigio a la ciudad decorando salones de diputaciones, palacios, hoteles y catedrales.

Con motivo del centenario de la instalación de la fábrica de alfombras de nudo “Segontia”, la ciudad hace un rendido homenaje a las mujeres que, nudo a nudo, tejieron su historia. La exposición “Cien años tejiendo sueños”, instalada con carácter permanente en La Casa del Doncel, traza un amable recorrido por la historia de las alfombras a través de una cuidada selección de documentos, telares y enseres aportados por la familia Toro, vinculada durante varias generaciones al diseño y fabricación de  alfombras de nudo a mano.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera de Sigüenza

Corpus Christi en Sigüenza

En aquellos días en Sigüenza se esperaba con anhelo la llegada de la festividad de Corpus Christi. Era una de las celebraciones centrales del calendario litúrgico.

Su solemne ceremonial iba acompañado de una serie de elementos festivos y populares, que imprimían un carácter especial a la fiesta. Además, la proximidad de la llegada del solsticio de verano, hacía de aquel jueves uno de los más bellos y soleados del año.

Apenas despuntaba el alba, comenzaban los preparativos en las casas. Para empezar, nada mejor que un buen desayuno, a base de chocolate caliente y pan. Una costumbre, popularmente adoptada desde la llegada a España del cacao en 1520, que ponía fin a la estricta observancia del ayuno y abstinencia que habían guardado la víspera por ser miércoles. Uno de cada tres días del calendario estaba destinado a cumplir este precepto, que sólo permitía saciar el apetito con unos alimentos limitados al llegar el anochecer. El miércoles anterior al Corpus era uno de aquellos días. Después se revisaba la ropa que iban a lucir en la Procesión: un justillo y unas camisas recién cosidas por las manos habilidosas de la madre, esperaban en la alcoba sobre el arcón de madera de pino. Finalmente, se abrían las ventanas y balcones para cubrir sus antepechos con lienzos y colgaduras, mientras aspiraban el inconfundible olor que desprendían el tomillo y el espliego, recién esparcidos por las calles desde un carro. Era un deseo expresado por el concejo municipal, que los vecinos participasen en el decorado de las calles por donde pasaba la Procesión.

La solemnidad de Corpus Christi había sido instituida en el siglo XIII para combatir a la herejía pero fue durante el Concilio de Trento (1545 – 1563), cuando se defendió y afirmó la devoción al Santísimo Sacramento, llegando a convertirse en la principal manifestación cristiana frente al protestantismo y en la festividad contrarreformista por excelencia. La celebración del triunfo de la Fe se manifestaba en la realización de un culto público, fuera de la Iglesia, llevando al Sacramento en solemne veneración por las calles. Al tiempo se empezó a permitir la incorporación de algunos elementos festivos de carácter popular: danzas, música, teatro, desfile de personajes, llenos de gran riqueza simbólica, con la finalidad de exaltar el Misterio Eucarístico y adoctrinar, a través de esta importante escenografía, a una población que ni sabía leer ni tenía acceso a los libros.

La festividad del Corpus fue adquiriendo cada vez más importancia, siendo necesaria la colaboración de instituciones civiles y eclesiásticas para lograr una mayor majestuosidad. En Sigüenza, la Cofradía del Santísimo Sacramento, era la encargada de la organización de los  eventos. El concejo municipal y el cabildo se hacían cargo de algunas partes del coste de la fiesta. El primero asumía aquellos que iban destinados a ofrecer una imagen impecable de la ciudad y a la contratación de algunos elementos festivos, como las danzas, luminarias y representaciones teatrales.

Uno de los gastos más importantes consistía en la adecuación de los escenarios donde tenía lugar la fiesta, que se arreglaban y engalanaban los días previos. En las últimas décadas del siglo XVI y principios del XVII, al aproximarse la fecha del Corpus el concejo municipal tomaba el acuerdo de adecentar, limpiar y dar preferencia al empedrado de las calles por donde discurría la procesión. En diferentes puntos del recorrido, carpinteros y pintores se afanaban en levantar arquitecturas efímeras: altares y arcos de extremo a extremo de la calle o en la esquina de una plaza especialmente realizados para aquel día. La víspera culminaban los preparativos cubriendo el suelo con hierbas aromáticas recién cogidas del campo y distribuyendo a lo largo del recorrido, luminarias y antorchas que se encendían al caer la tarde, para alumbrar las calles y los altares, como preludio de la celebración.

La Procesión discurría por un itinerario regular y bien cuidado, aunque en alguna ocasión se llegó a debatir la posibilidad de cambiar el recorrido, concretamente sucedió en 1597,pero la propuesta no prosperó y se mantuvo el habitual, que  cada año salía desde la capilla mayor de la Catedral hasta el Portal Mayor, para iniciar el regreso a su origen. Las calles por donde discurría estaban más concurridas que cualquier otro día, abarrotadas de público que se apiñaba en determinados puntos del itinerario y asomados en las ventanas, dando muestras de su gran recogimiento y fervor. A ello contribuía también el hecho de ser el día del Corpus uno de los pocos en que se permitía cesar la actividad en los talleres artesanales seguntinos, facilitando de este modo la asistencia de los artesanos a los diversos actos programados.

En la solemne procesión del Corpus participaba todo el tejido social de la ciudad, con sus mejores galas y atributos, siguiendo una estricta organización y un orden según la categoría de los participantes.  Abría la comitiva el grupo de danzas que marcaban el paso y las oportunas paradas; seguían las cofradías con sus vistosos estandartes y las imágenes de sus titulares; los representantes de los oficios artesanos: cordoneros, zapateros, sastres, calceteros, tintoreros, tundidores, tejedores de paños y de lienzos, cereros, plateros… los médicos y cirujanos. A continuación, las cruces parroquiales, las órdenes religiosas presentes en la ciudad; los músicos de la catedral, llamados ministriles, con sus instrumentos: chirimías, sacabuches y bajones, dirigidos por el maestro de la capilla mayor. Cerraba el desfile religioso la gran protagonista de la fiesta y símbolo del Bien, la Custodia cubierta por un palio. Junto a ella, las autoridades eclesiásticas y los miembros del concejo municipal: el Alcalde Mayor con la vara alta de justicia, los Alcaldes Ordinarios, el Procurador Síndico General, los Diputados, los Procuradores Ochos, el Mayordomo, el Escribano del número y el Alguacil Mayor vestido con su  característico atuendo : vara, capa, chupa y calzón negros. Al llegar a cada uno de los altares la comitiva se detenía unos instantes que eran aprovechados por el grupo de niños danzantes para ejecutar un baile y por los ministriles para interpretar una pieza musical, acompañados por un pequeño órgano transportado por dos personas. Al mismo tiempo, una intensa y confusa amalgama de olores embriagaba el ambiente, al entremezclarse sin  ningún orden el olor a  incienso y a la cera de los cirios que portaba  la comitiva, con el tomillo y el espliego que alfombraba el suelo.

El día se completaba con la representación en la Plaza Mayor de dos piezas de carácter religioso. Una compañía de comediantes se desplazaba hasta la ciudad para representar dos autos sacramentales, obras teatrales especialmente escritas para la ocasión. No hemos encontrado hasta el momento, testimonio de su posible participación en el cortejo procesional. Los comediantes llegaban en sus propios carros, llenos de telas, ropajes y decorados móviles: nubes, relojes, planetas y fuegos artificiales, capaces de crear efectos especiales y la aparición o desaparición de actores en la escena. Una de las obras se representaba el mismo día y otra la tarde siguiente. La festividad de Corpus Christi finalizaba con la celebración de otros actos de carácter más profano, entre los que no podía faltar la corrida de toros y una merienda familiar.

Durante los siglos XVII y XVIII la procesión de Corpus Christi alcanzó su mayor auge y esplendor, iniciando su decadencia durante el reinado de Carlos III, con la prohibición de las danzas, figuras diabólicas y representaciones. La fiesta perdió su carácter popular y se impuso un mayor decoro religioso. Durante este periodo de tiempo sabemos de la existencia de tres custodias realizadas por afamados orfebres, dos de ellas fueron objeto del saqueo francés durante la Guerra de Independencia.

Conservamos testimonios gráficos de la celebración a fines del siglo XIX, pero la recuperación de la Procesión del Corpus Christi, llegó mediado el siglo XX, con un ceremonial solemne y austero. Sólo se permitía la salida de la custodia con el Santísimo Sacramento cubierto bajo palio, acompañado por el recogimiento y fervor de los numerosos fieles congregados.