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De Sigüenza a las Indias en el siglo XVI

De Sigüenza se proclamaba natural el alférez Pedro de Saavedra, que necesita una investigación. Fue un militar de la segunda mitad del siglo XVI que, por las pocas noticias que tenemos de él, sirvió diez años en guerra con la compañía del capitán Pedro de Zorita. Con él efectivamente había guerreado seis años en La Florida y cuatro en Puerto Rico.

Nos han llegado estas pocas noticias porque, siendo el obispo seguntino Diego de Espinosa presidente del Consejo Real, Saavedra le pidió ser proveído en la gobernación de Puerto Rico por conocer muy particularmente las cosas tocantes a aquel gobierno y la guarda y defensa de aquella tierra.

Lo señalo porque efectivamente eran tiempos, durante los cuales la posesión de la isla no era ni pacífica ni descontada.

Pero también me ha servido su carácter militar para afrontar el tema de la emigración a Indias durante el siglo XVI por parte de los habitantes del obispado seguntino: hasta el momento tengo localizados más de cien emigrantes de 1512 a 1584.

Los nacidos en Sigüenza fueron: Pedro de Aguilar en 1515; Francisca Téllez, en 1528; Álvaro Gómez que fue a Nueva España (México) en 1535; Juan Serrano a Venezuela en 1535; Jerónimo Pérez en 1535; Bartolomé Arias, a Santo Domingo en agosto de 1535; Juan de Arévalo, a Nueva España en 1536; Pedro de Vallejo a Nueva España en 1536; Olalla Sánchez a Nueva España en 1540; Andrés de Lariz a Nueva España en mayo de 1567; Catalina de Sorto fue a Nueva España con su marido y sus hijos en octubre de 1574.

Hubo también un emigrante privilegiado, que fue el clérigo seguntino Francisco Gutiérrez de Arteaga que el 23 de diciembre fue a Guatemala, de donde había sido nombrado canónigo un mes antes.

Los otros pueden quedar para una próxima vez.

Crónica de una novillada en la Plaza Mayor

Hoy probablemente la hubiera escrito de otra manera y mucho más documentada, pero quizás no tendría la frescura del cronista que a sus veintitantos años, con boda a la vista, anhelaba narrar grandes historias.

“Fue como un aviso, un anticipo de las Fiestas de San Roque. Sigüenza, ciudad que en esta época del verano triplica su población, recuperaba, aunque fuera sólo por un día, una de sus más arraigadas tradiciones. Frente a los soportales de su Plaza Mayor, también conocida como la Plaza del Mercado, volvía a lidiarse una novillada. En ese marco incomparable, donde todavía se conserva la vieja puerta de toriles que separa al núcleo urbano del pinar, tuvo lugar el otro día una corrida medieval.

El Día de la Provincia, el año pasado celebrado en Molina de Aragón, incluyó una serie de actos festivos, que anticipaban lo que serán las fiestas patronales de mediados de agosto. Charangas, pasacalles, desfiles de gigantes y cabezudos, pruebas ciclistas y, como colofón, un encierro por las calles que rodean a la catedral. La Diputación de Guadalajara tiró la casa por la ventana. En dos días desembolsó algo más de veinte millones de pesetas para organizar una fiesta en la que tampoco faltaron las verbenas, los juegos artificiales y las trasnochadas con destino al encierro mañanero.

Sólo los más mayores recordaban un encierro como el del otro día. Mientras el Ayuntamiento sigue hablando del proyecto de construcción de una plaza de toros en condiciones, un año tras otro se repite la historia: el arrendamiento de una plaza portátil para celebrar los festejos de San Roque. En este caso, no había temor de que la plaza se pudiera venir abajo. Las columnas y soportales de la Plaza Mayor, franqueada por la catedral y el edificio del Ayuntamiento, sirvió de cerco a una corrida medieval en la que dos diestros alcarreños –Juan Carlos Arranz y José Andrés González– hicieron lo posible para satisfacer al respetable sobre la arena –demasiado arena– que cubría el empedrado de la plaza.

Sigüenza concentró a jóvenes de toda la provincia. Grupos folclóricos, bandas municipales de música y las botargas de Almiruete, Aleas, Arbancón, Montarrón, Peñalver y Albalate de Zorita o los danzantes de Majaelrayo dieron la nota colorista a esta segunda edición del Día de la Provincia. Quizás hubiera sido mejor esperar a San Roque para incrementar el corto presupuesto y los actos de las fiestas, pero como aperitivo tampoco estuvo mal.

Correr los novillos por las calles de Serrano Sanz, Román Pascual (antes Calle del Seminario) y Cardenal Mendoza camino de la catedral tenía un indudable atractivo. El público abarrotaba los balcones y se subía a las vallas, mientras más de un canónigo presenciaba los actos desde los campanarios de la catedral. Por la tarde, con la fachada del Ayuntamiento engalanada, la gente se disputaba un lugar en las gradas, que pronto se quedaron pequeñas”.

Cuando la vacuna de viruela llegó a Sigüenza

Apenas hacía una semana que había llegado el verano de 1802, cuando la Gazeta de Madrid dedicaba un espacio entre sus páginas a explicar detalladamente el éxito de la propagación de la vacuna de la viruela en Sigüenza, una de las ciudades que más temprano se sumó a la campaña de prevención, dirigida a salvar a la población española de aquella terrible epidemia, la más devastadora y mortal que existía por aquella época. En el tránsito del siglo XVIII al XIX, la viruela castigaba sin piedad a la población. Atacaba sin distinguir edad, sexo o condición social, llegando a cobrarse tantos miles y miles de vidas que nombrar la viruela provocaba gestos de estremecimiento y pánico entre la población.

La solución al mal había llegado tan sólo unos pocos años antes, en 1796, de la mano del médico y científico inglés Edward Jenner. Su descubrimiento marcó un hito en la historia de la medicina.Jenner observó que las campesinas que ordeñaban vacas, al entrar en contacto con el virus de la viruela bovina, quedaban inmunizadas frente a este mal. Decidió experimentar introduciendo el germen en seres humanos y al resultado le llamó vacuna. Pero aquel descubrimiento no gustó a todo el mundo, llegando a ser el tema objeto de discusiones y centro de encendidos debates científicos y religiosos, la polémica estaba servida.

Mientras tanto, ajena a la controversia que le rodeaba, la vacuna se expandía por la frontera francesa desde Puigcerdá, llegando a Aranjuez y Madrid para dar inicio a una campaña de difusión a otras localidades españolas, con la esperanza de frenar la funesta enfermedad. Entre ellas, Sigüenza, que la recibía a finales de 1801, gracias al decidido empuje de Eutiquiano Martínez. Era cirujano del Cabildo, vivía con su familia en una casa de la calle del Peso y asistía a sus pacientes en el Hospital de San Mateo. Estaba enormemente preocupado por la epidemia de viruela que azotaba con fuerza a la población seguntina. Se sentía cansado y desesperado al ver cómo la enfermedad maltrataba las vidas de niños y adultos, llenando las casas de un inmenso dolor por la pérdida familiar. No había respuesta para tanto dolor.

El cirujano supo de la existencia de la vacuna a través de las buenas noticias que se difundían desde la Villa y Corte. Comprometido con su profesión y decidido a salvar a la población seguntina, escribió una carta a su colega Antonio Ballano, profesor de Medicina y Cirugía en Madrid, solicitándole con mucho empeño, unas placas de cristal con gotas de linfa de viruela para iniciar el proceso de vacunación en Sigüenza. Su petición fue atendida con sumo interés y agilidad.

El lunes 21 de diciembre de 1801, envuelto en un frío intenso, un correo ordinario llegaba por el camino real hasta la ciudad, con la vacuna que Eutiquiano Martínez recibía con una mezcla de inquietud y nerviosismo. La llevó consigo al Hospital, se aisló en una sala y abrió la caja que contenía las placas de cristal.

Apartó una dosis para llevarla a su casa y tomó algunas precauciones para asegurar la conservación de las muestras, protegiéndolas con sumo cuidado para evitar su pérdida o deterioro. Salió a la calle para recorrer el corto trayecto que mediaba con su vivienda, ansioso por vacunar a su hijo. Ayudado por su mujer, prendió entre sus brazos al pequeño de apenas cinco años y le practicó una incisión superficial en la piel con una lanceta introduciéndole el fluido. El niño estaba vacunado, ahora sólo quedaba esperar el resultado. Tuvo suerte y tras unos días de inquietud, afloró en la piel del pequeño una vesícula que anunciaba el éxito del ensayo. Tomó el brazo del niño y extrajo el pus que contribuiría a salvar a la población seguntina.

Informó de su iniciativa al médico titular de la ciudad, José Gutiérrez, que llevaba cuatro años ejerciendo la profesión a cuenta del Concejo municipal. Era un buen facultativo, que no escatimaba esfuerzos en ofrecer asistencia sanitaria, a pesar de la precariedad de los medios que disponía. Consciente de la gran responsabilidad que tenía, no tuvo reparo alguno en unirse a tan atrevida empresa. Es más, siguió la misma pauta de Martínez y para dar ejemplo y garantía de confianza y seguridad al posible recelo de los ciudadanos, empezó vacunando a su propia hija.

Días más tarde, un llamamiento a la población anunciaba el inicio de la campaña de vacunación que sería gratuita para aquellos ciudadanos que se encontrasen en situación de necesidad y pobreza. Habilitaron una sala, sobre una mesa dispusieron gasas, lancetas y un recipiente con nieve para garantizar la óptima conservación delas placas con el fluido varioloso que iban a utilizar. Empezaron vacunando a los niños, algunos mostraron resistencia, asustados al saber que les practicarían una incisión en sus extremidades, gritaban y forcejeaban haciendo la tarea difícil e incómoda. Después vacunaron a los adultos, empezando por las familias más notables a los más humildes, desde los hidalgos a los arrieros, uno a uno, brazo a brazo, recibieron su dosis. Hasta un total de 600 individuos dieron su confianza a los médicos Martínez y Gutiérrez, prestándose a recibir la vacuna. Su ejemplaridad cosechó el apoyo de otros médicos y cirujanos que se unieron al equipo vacunador.

Desde Sigüenza se propagó rápidamente la noticia a Mirabueno, donde la epidemia había tenido fatales consecuencias entre la población infantil de aquel pueblo y miraba con honda preocupación a treinta y dos criaturas que se encontraban en riesgo de padecerla. En la plaza del pueblo convocaron a los doce niños más sanos y fuertes. Montados en carros, bien abrigados y acompañados por sus madres, viajaron hasta Sigüenza donde fueron vacunados. Horas después regresarona su pueblo, para continuar el mismo protocolo de extracción del pus, inmunizando a los 20 niños restantes con el pus de los primeros.

Desde Mirabueno la vacuna llegó a Gajanejos de forma parecida y así se fue propagando aquel método preventivo por diferentes municipios.

Expedición del doctor Fco. Xavier Balmis.

El notable éxito de la campaña de vacunación en Sigüenza y en otras localidades españolas como Puigcerdá y Aranjuez, tuvo una repercusión vital: el primer ministro Manuel Godoy inmediatamente declaró la obligatoriedad de la vacuna en todo el territorio español y el rey Carlos IV ordenó, el 5 de agosto de 1803, la salida de una expedición para la propagación de la vacuna de la viruela por América y Filipinas, formada por el Doctor Francisco Xavier Balmis, ayudado el médico Josep Salvany, con la inestimable colaboración de Isabel Zendal y 22 niños huérfanos, cuyos brazos formaron una cadena humana de transmisión y conservación del fluido desde las costas gallegas hasta los territorios de Ultramar, donde sería vacunada la población colonial. Así quedó escrita una de las páginas más humanas, más heroicas, atrevidas y pioneras de la medicina española.

Un suceso antiguo

Fue el padre fray Toribio Minguella, nuestro obispo historiador, quien primero se benefició de la apertura del Archivo Vaticano, con lo que las fuentes historiográficas seguntinas recibieron un magnífico caudal. Entre los beneméritos investigadores de nuestro episcopologio, ha sido don Pedro Olea el encargado de explorar esos documentos. Con ellos y los ya conocidos, don Pedro va completando la obra de Minguella: está en las librerías su Sigüenza entre las dos Castillas y Aragón, que reseña puntualmente toda la documentación disponible, y se convierte en un auxiliar imprescindible para los estudiosos de nuestra ciudad. Y digo bien, la obra está en las librería hasta que se agoten sus ejemplares; no así la monumental de Minguella, pues sus tres volúmenes encuadernados en piel, con estampaciones en rojo y oro, de papel envejecido pero todavía legible, que se editaron a principio del siglo pasado, pertenecen ya a las joyas bibliográficas: constituyen un monumento de papel que se guarda privilegiadamente en la Biblioteca Municipal y en algunas afamadas bibliotecas de nuestra ciudad, si bien su facsímil está disponible en internet.

En esa obra de don Pedro Olea está recogido el documento pontificio que ya publicó en la revista provincial Wad-Al-Hayara, y que recoge un suceso, ya apuntado por Minguella, que al aficionado local, que busca las huellas humanas en la historia, le permite asomarse al siglo XIII, cuando los papas regían desde Roma la vida de Sigüenza. Lo simpático es que Olea, olvidando un poco que el latín desapareció de los planes de estudio, nos ofrece el documento sin traducir, tras decirnos que “es más jugoso el texto que cualquier explicación”. Así que traducimos aquí los principales fragmentos para disfrute común. Habla nada menos que el papa Inocencio III, última instancia de la teocracia del siglo XIII.

A Rodrigo, obispo seguntino:

Hace un tiempo que por carta tuya Nos comunicaste que, estando tú presente, al celebrar cierto arcipreste misa en tu iglesia, y la multitud del pueblo se entremetiera de forma inoportuna en el coro de los canónigos y hasta el altar, tú diligentemente mandaste a tus servidores que apartaran a la turba que irrumpía, pues así podían ser celebrados los divinos oficios con más libertad; al no ser ellos capaces de hacerlo, juzgando tú que en ello mostrarían mayor reverencia hacia ti, cogido el báculo, empezaste a rechazar al pueblo, empujando a unos, golpeando levemente a algunos, asustando a otros, de modo que así al menos hubiese oportunidad de terminar los sagrados oficios; otros en verdad golpeaban contigo con los bastones repeliendo a los del pueblo; entre los que se dice que un joven fue golpeado en la cabeza, el cual después durante meses se mostraba sano y disfrutando de comidas variadas y bebidas, acarreando piedras y cal en los días de mayo; y según le convenía, se puso a trabajar cavando viñas, entrando además en baños y tabernas. Pero después del día trigésimo, por sugerencia de algunos (tú en verdad ignorante y sin saberlo), cierto médico imperito y viejo cortó torpemente la carne de su cabeza y el hueso del cráneo, aunque ningún signo del golpe aparecía en la cabeza. Cuatro médicos que lo examinaron dijeron que aquel había errado en ese corte, afirmando que tal corte era la causa de su muerte.

El joven, al décimo cuarto día tras el corte, allí dio fin a su último día. Después de su óbito, corrió el rumor entre el pueblo de que por tu golpe había sido muerto aquel hombre. Tales infamias, tal como firmemente por tu carta me comunicaste, se piensa haber tenido su inicio en personas viles, envidiosas y malévolas; de donde, por causa de humildad, aunque tu conciencia mínimamente te reprendiera, te moviste a abstenerte de la celebración de misas, hasta que sobre esto recibieras el beneplácito de nuestra voluntad.

Nos, pues, al querido hijo Roderico, electo de Toledo, dimos nuestra carta mandando que inquiriera la verdad sobre esto con la mayor diligencia (…); por esto en verdad, porque la palabra del Apóstol no observaste previsoriamente, que dice: Conviene que el obispo no golpee [cf. Tit 1,7], pues, aunque no al joven, manifiestas sin embargo haber golpeado a otros, de lo que tal rumor ha surgido (...). Dicho electo, tal como por su carta supimos, queriendo obedecer nuestro mandato, se llegó a la iglesia seguntina, y de todos los canónigos que encontró allí, amigos y enemigos tuyos, exigiéndoles juramento, de cada uno indagó sobre el dicho hecho con suma diligencia la verdad del asunto; y aunque jurisperitos y algunos obispos decidiesen que se te concediera licencia para celebrar, sin embargo, poniendo por escrito lo que habían dicho, porque le pareció más prudente remitir a Nos el propio negocio instruido, procuró enviarnos las declaraciones de los canónigos y de otros, selladas con su sello.

Por lo demás, haciendo nosotros que dicha pesquisa fuera examinada con diligencia, los examinadores del caso nos refirieron fielmente que solo uno declaró de vista, los demás de oídas. Dos cirujanos [practicantes] y un físico [médico] bajo juramento dijeron que, no por el golpe, sino por la torpe incisión había muerto el joven mencionado. Nostros, así pues, distinguiendo entre la culpa y la infamia, pues la culpa no está probada te dejamos a tu conciencia en lo tocante a Dios; y sobre la infamia, en lo tocante a los hombres, creemos que debes tomar medidas, de modo que, convocados el clero y el pueblo, se publiquen los testimonios de los cirujanos y del físico, que parecen expurgar tu inocencia (…).

¿Se cerró con esto el caso?… En el ejemplar de Minguella, anotado por la mano de mi padre, médico experimentado de nuestro tiempo, leo este aviso: “Un golpe en cráneo puede ocasionar hemorragia subdural mortal, aun pasadas semanas y meses”.

(Esta anécdota, junto a muchas más, se haya recogida en el libro de don Pedro Olea Noticias insólitas del antiguo obispado de Sigüenza, recientemente publicado, en el que nuestro investigador nos acerca la historia local con su peculiar humor).

José María Martínez Taboada

Fundación Martínez Gómez-Gordo

 

Un gran místico judío del siglo XIII: Moisés Ben Sem Tob

Si el viajero, pongamos por caso un español mediamente curioso e ilustrado, dispone del suficiente tiempo como para deambular por Guadalajara a sus anchas, y si, por lo demás, tiene la fortuna de dar con el deliciosamente plácido y provinciano paseo del Dr. Fernández Iparraguirre, es probable que no le pase inadvertido, entre otros muchos bustos de las glorias locales y aun internacionales (A. Buero Vallejo, C.J. Cela, Nuño Beltrán de Guzmán, etc.), el de un enigmático judío del siglo XIII, alguien de quien no tiene noticia alguna hasta el momento, un tal, como reza la parca placa informativa, Moisés Ben Sem Tob de Guadalajara (o de León, según otros). El viajero trata de indagar infructuosamente en su archivo onomástico cultural, mientras contempla detenidamente la enigmática efigie, como si de ello dependiera resolver su incómoda ignorancia: a todas luces, el escultor ha abusado, al carecer de testimonio gráfico fidedigno, de los característicos rasgos fisionómicos de la etnia hebrea. Por otra parte, no se le escapa que si los munícipes de turno mandaron erigir tal monumento, no debe de tratarse de un destacado rabino castellano más (cuyo único mérito fue residir en la ciudad y escribir una de tantas exégesis bíblicas), sino que su contribución al pensamiento semítico debió de ser, sin duda, lo suficientemente memorable como para figurar en ese paraje urbano, elegido para homenajear a las glorias provinciales. Sus sospechas, como comprobará más tarde, no andan nada desencaminadas. Sí, por supuesto, no ignora que la cultura hispanojudía, durante el período que abarca del s. XIII al XV, dio muestras de una envidiable vitalidad intelectual; pero, salvo Maimónides y un par de renombrados poetas, entre los que se cuenta el espléndido Yehuda Halevy, sus lecturas y conocimientos de la gran cultura hispanojudía son imperdonablemente escasos; como, por otra parte, le sucede, tristemente, a casi la totalidad de sus compatriotas. Lo que, en verdad, si lo piensa detenidamente, no deja de resultar, más que lamentable, estúpido, por cuanto él, como, por demás, un número nada despreciable de españoles poseen, lo sepan o no, orígenes judaicos. Y, claro, cuando se ha andado por las ramas de su árbol genealógico, ha descubierto que, al menos, un par de los apellidos de su ascendencia materna eran indiscutiblemente de procedencia semítica-castellana: Espinosa y Cabezas.

Lo cierto es que el viajero cree que la historia de su país estará incompleta, y, de alguna forma, resultará inexplicable o, en el peor de los casos, pecará de espuria, si en su relato se echa de menos el fundamental aporte de las otras etnias y culturas, que un día lo poblaron (y aún lo pueblan, si se las quiere oír) y que contribuyeron, consciente o inconscientemente,a sus virtudes y a sus vicios, a sus felices logros o a sus sombríos errores, a sus costumbres (desde lo gastronómico a lo erótico) y a su psicología colectiva. En definitiva: sin esos “otros” españoles, tan españoles como el resto (¿huelga decirlo?), España nunca será el fruto de esa labor común de la que todavía, al menos unos pocos, es el caso del viajero, a pesar de los tiempos que corren, se sienten solidarios. Este país ni puede ni debe prescindir de esas “otras historias” de sus minorías raciales o religiosas (judíos, musulmanes, gitanos…) so pena de desvirtuar y tergiversar su propia idiosincrasia y su amor propio. Sé que a algunos les costará asumirlo, y no digamos defenderlo o auspiciarlo, pero la cultura española, si uno se toma la molestia (en mi caso, el placer) de comprobarlo a través del estudio, la inteligencia y la sensibilidad, fue, pese a todo, un afortunado crisol histórico donde se forjó nuestro destino común como pueblo; y del que sería tan absurdo como nocivo tanto sublimar como menospreciar.

Pero creo llegado ya el momento de desvelar la identidad de nuestro escurridizo rabino: Moisés Ben Sem Tob de Guadalajara (1240-1305), que aunque nacido en León, de ahí que se le bautice como “de León” en muchos casos, pasó el resto de sus días, por lo poco que sabemos de él, en nuestra capital, fue un teólogo o teósofo hebreo que inició su vida intelectual dedicado al estudio de Maimónides (1138-1204), el gran filósofo y médico judío-cordobés, quien publicó un lúcido tratado, que resultó trascendental no sólo para sus correligionarios, sino para la misma escolástica occidental (Tomás de Aquino no lo pasó por alto): la famosa Guía para perplejos: una apología de la concordancia entre la fe y la razón inspirado en una racional ortodoxia aristotélica.

Posteriormente, sus incesantes lecturas de la producción místico-semítica española y provenzal, propiciaron la aparición de esa imperecedera obra espiritual que conmocionó la mística judía, y que aún sigue desvelando y sugestionando a ciertos historiadores y eruditos, por tratarse de una de las obras maestras de la mística de todos los tiempos: El Zohar (Libro del esplendor). Tal obra es, junto al Séferletzirá, una de las llaves maestras de la “Cábala”. El significado de tal término hebreo, en su acepción popular es, según la R.A.E., un cálculo supersticioso para adivinar algo; y en su interpretación figurada, que todos empleamos alguna vez: intriga o maquinación, y, asimismo, conjetura o suposición. Más allá de sus vigentes y consuetudinarias acepciones, en sus orígenes, designaba tan sólo “la tradición”, los textos proféticos y hagiográficos de la Biblia judía —sin misticismo alguno—; sin embargo, hoy, nos remite, dado que en la Edad Media su etimología y recto significado sufrió un sustancial cambio, a una interpretación místico-alegórica del Antiguo Testamento (la Torá, en lengua hebrea), que pretende revelar un saber esotérico acerca de Dios y del mundo, un saber que la divinidad cifró ocultamente en las palabras que componen el texto. Según ella, Dios sólo puede reconocerse desde la óptica de la creación. El Zohar es un alambicado y misterioso sistema de desciframiento, que aporta las claves necesarias para descorrer “el velo del gran misterio”. En resumidas cuentas, y permítaseme la metáfora, una caja de enigmáticas herramientas lingüístico-numéricas para acceder a los verdaderos designios divinos.

No creo necesario ni conveniente, para un artículo con pretensiones divulgativas como este, extenderme más sobre el asunto, debido a su extrema complejidad. Pero sí aprovecharé su conclusión para advertir sobre la absoluta carencia de curiosidad, la desidia, el menosprecio, cuando no la malevolencia, con que todavía se trata, en este país, todo lo relacionado con la cultura judío-española. España no puede permitirse ni ese lujo ni esa locura. Impidamos, entre todos, que un futuro A. Machado vuelva a escribir algo parecido a aquellos tristes versos: “Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”.