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El púlpito de la epístola de la catedral de Sigüenza

Hace algunas semanas paseando por la catedral encontré un grupito de cuatro o cinco personas entre las cuales había una que les indicaba las bellezas de la catedral, en concreto el púlpito de la derecha. Su explicación recurría al tan repetido tema de que los altorrelieves que lo decoran tienen su origen en los tres títulos cardenalicios del cardenal Mendoza: San Jorge, Santa María en la Navicella (navecilla) y Santa Cruz en Jerusalén.

Esta interpretación es susceptible de algunas observaciones que le quitan toda su enjundia. Parece fundada pero no lo es.

El cardenal Mendoza jamás fue cardenal de San Jorge. Por otra parte la diaconía, que le fue asignada cuando fue creado cardenal, fue la de Santa Maria in Dominica, que vio su denominación alterada por la colocación de la Navecilla en época tardía, durante el pontificado de León X (que pudiera haber sido reproducción de otra más antigua, aunque no haya documentos anteriores al siglo XVI que den el nombre de la Navicella a la zona), con lo cual la interpretación de la figura central como alusión a la diaconía queda sin fundamento.

Lo tiene la de Santa Cruz, titulo al que Mendoza estuvo apegado por su importancia, como demuestran sus fundaciones y las obras realizadas bajo su titularidad en esa basílica, obras que culminaron con el descubrimiento, en una oquedad del arco triunfal de la misma, del Título de la Cruz, que aun hoy puede verse en dicha basílica romana. No sabemos qué parte pudo tener en estos trabajos el conde de Tendilla durante su estancia en Roma, aunque es posible que los supervisara por cuenta de su hermano el cardenal. Fruto de estas obras fueron también las pinturas del ábside de la basílica que representan la historia de la Invención  (el descubrimiento) de la Santa Cruz por parte de la emperatriz Elena. Los historiadores italianos del arte atribuyen el mecenazgo de estas pinturas a otro prelado seguntino, el extremeño Bernardino López de Carvajal, pero se equivocan totalmente, en primer lugar porque Carvajal fue mecenas de la capilla inferior y de los altares laterales donde abundan sus escudos. Pero en la iglesia inferior está representado dos veces en los mosaicos.

Quienquiera que compare los frescos con los mosaicos puede darse cuenta de que los retratos de Carvajal en los mosaicos representan a un personaje obeso y la pintura del ábside a uno delgado con parecido a los retratos conocidos del cardenal Mendoza. Así pues brindo este retrato al conocimiento que tenemos de este personaje histórico.

¿Qué significan pues las decoraciones del púlpito? Jerónimo Munster, un viajero alemán, al describirnos la capilla que, en sus casas de Guadalajara, tenía el cardenal Mendoza, dice que el retablo poseía excelentes pinturas que representaban, en el centro a la Virgen María con san Pedro y san Pablo, y en los lados a san Jorge y a santa Elena. Es una constante iconográfica que también encontramos en el púlpito de la catedral del Burgo de Osma.

Así pues encontramos una devoción del cardenal a San Jorge, pero no tenemos un porqué como no fuera su cercanía a Fernando el Católico y por tanto a la corona de Aragón.

El chapín de la reina en Sigüenza

Tomó entre sus manos el  vistoso chapín que iba a estrenar en su boda con Carlos II “El hechizado”. Era costumbre española calzar lujosamente a las reinas en tan señalado acontecimiento. Para ella era una  novedad, Mariana de Neoburgo, que así se llamaba la joven que venía de Alemania, tampoco conocía al que iba a ser su esposo. Se había casado por poderes, en una majestuosa ceremonia a la que asistieron ilustres invitados alemanes y españoles, el 28 de agosto de 1689, en Ingolstadt, una preciosa ciudad alemana situada a orillas del Danubio, en la Alta Baviera. Una semana después partió con destino a España, acompañada por su hermano y un discreto séquito, a bordo de un buque de guerra inglés, hasta las costas gallegas. Una vez allí,  desde El Ferrol, en un carruaje hasta Valladolid. La travesía fue larga, peligrosa y nada romántica para la prometida. Duró más de seis meses y se le hizo interminable. Atrás dejaba a su familia, para iniciar su vida marital en un ambiente muy diferente al que había vivido en la corte del Palatinado.

 Hizo la entrada en Valladolid montada a lomos de un caballo para reunirse con Carlos II,  que la esperaba para solemnizar sus esponsales y convertirla en reina consorte de España, Nápoles, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Jerusalén y territorios de Ultramar; duquesa de Milán, soberana de los Países Bajos y condesa de Borgoña. A sus 22 años Mariana de Neoburgo representaba la gran esperanza para una monarquía deseosa de asegurar su continuidad  dinástica. Fue elegida entre otras candidatas, porque su madre había tenido veintitrés hijos y esperaban que ella hubiera heredado su especial  fertilidad.

En el vallisoletano  Convento de San Diego se dispusieron los aposentos reales. Su camarera mayor supervisó la colocación del espléndido vestuario para engalanar a una novia que destacaba por su belleza, su esbelta figura  y su  larga melena pelirroja, frente a un novio que además de poco agraciado, era frágil y estaba muy enfermo. Entre la profusión de telas y lazos, joyas y ungüentos perfumados, que se repartían por la estancia, destacaban  un conjunto de espléndidos chapines. Era  un calzado de corcho forrado con un magnífico cordobán de cuero repujado y pintado. Un lujo sólo al alcance de las reinas, pero que empezaba a ponerse de moda en la corte española y pronto de extendería su uso  por  Europa.

La boda real fue un gran acontecimiento que se festejó durante varios días. Mientras tanto, los súbditos se preguntaban cómo harían frente a los cuantiosos gastos que acarreaba y que comprendían: los efectuados para formalizar el noviazgo, el largo desplazamiento marítimo y terrestre de la novia para llegar a España; el coste de la ceremonia por poderes, donde se desplazó una delegación española hasta Alemania, y los actos celebrados en Valladolid, Madrid  y Nápoles, entre otras ciudades del reino con motivo de las nupcias.

Durante el siglo XVII los costes de la celebración de las bodas reales de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, fueron vertidos sobre el pueblo llano, los pecheros,  obligados a pechar, a tributar o pagar impuestos, algunos tan curiosos como  éste. El servicio del casamiento real o el Chapín de la reina nuestra señora, en clara alusión a los  lujosos zapatos que se adquirían en aquella ocasión para la novia. Lógicamente era un impuesto de carácter extraordinario, el órgano encargado de su ordenación y colecta eran las Cortes de Castilla, convocadas también de forma extraordinaria por el rey con aquel motivo. En cinco ocasiones  aprobaron la recaudación del impuesto, tantas como enlaces reales hubo.

La boda  de  Carlos II con Mariana de Neoburgo, supuso para la hacienda real un desembolso de 150.000.000 de maravedíes. Una cantidad excesiva que hubo que repartir proporcionalmente entre los contribuyentes, para facilitar la operación se fraccionó en siete plazos a pagar cada cuatro meses.

Sigüenza no fue ajena a este acontecimiento cuya huella quedó grabada en los libros de actas del concejo municipal y en su historia local. Llegaron noticias del casamiento del soberano y de la obligación de contribuir económicamente al dispendio real. Le correspondió el pago de 96.429 maravedies, pero no lo pudo hacer efectivo dentro del plazo establecido, que se fijaba para el mes de diciembre de 1690. A mediados del mes de julio de 1691, desde el Corregimiento de Guadalajara se emitió una orden de apremio a los municipios de su jurisdicción, entre ellos Sigüenza. Un correo distribuyó la disposición oficial que el gobierno central había remitido a las autoridades provinciales y éstas, por vereda de aviso y repartimiento, se encargaron de distribuir por todas las localidades para su cumplimiento.

En ausencia del regidor municipal, fue el procurador general quien convocó en las casas del consistorio a los miembros del concejo municipal. En la reunión dio cuenta de la noticia recibida y recomendó hacer el pago cuanto antes para evitar demoras costosas para el erario municipal. La carta señalaba quince días contados a partir de la fecha de emisión que había sido el 14 de julio y la obligación de personarse en Guadalajara para hacer entrega del efectivo. Las arcas municipales seguntinas se harían cargo del primer pago cuya ejecución se encomendaba al mayordomo de propios, responsable de la hacienda municipal, que además de efectuar la entrega en Guadalajara debería encargarse posteriormente del reparto y recaudación de la cantidad adeudada entre los habitantes pecheros de Sigüenza, que de forma extraordinaria deberían aflojar sus bolsillos para pagar su parte proporcional del chapín de la reina.
Aunque los españoles satisficieron la boda, la reina Mariana de Neoburgo no supo ganarse su afecto y consideración. Era muy altiva, ambiciosa, de carácter difícil y autoritario. Fue tildada con el calificativo de “alemana, pelirroja y antipática”. Quiso tener poder y regir el destino de la corona. Su amplia y esmerada educación le permitió participar en la vida política española, donde llegó a conspirar en la corte y ejercer un influyente papel en el gobierno, hasta ser considerada “el primer ministro del rey”, de un rey con demostrada incapacidad para gobernar y para fecundar un heredero.

No logró la ansiada descendencia de Carlos II. Al morir el monarca se abrió la lucha por la sucesión y ella apoyó firmemente a su sobrino el archiduque Carlos de Austria como  sucesor al trono español. Ganó su rival, Felipe V, que decidió alejarla de la corte y recluirla en el Alcázar de Toledo. Con escaso dinero y enormes dificultades económicas mantuvo un cortejo de doscientas personas a su servicio, como contaba en sus cartas a la familia alemana. En el año 1707, la desterraron a Bayona (Francia), donde residió treinta y tres años, tuvo amores y algunos hijos secretos que demostraron su fertilidad. Al final de su vida, en 1739, muy enferma, consiguió autorización para volver a su amada España, en la que había vivido los mejores años de su vida. Se instaló en Guadalajara, en el Palacio del Infantado. Allí su corazón dejó de latir el 16 de julio de 1740. Fue inhumada en el Panteón de Infantes del Monasterio del Escorial. Ha pasado a la Historia de España como una de sus reinas consortes más desconocida.

Sigüenza en la guía de viajes de 1849

Las Guías de viajes nacen en el siglo XIX coincidiendo con un proceso de transformación social protagonizada por  una burguesía en ascenso que busca igualarse a la nobleza y adopta sus formas de vida y diversión. Al mismo tiempo, la mejora de las comunicaciones, el transporte y los establecimientos hoteleros, abrían oportunidades para nuevas formas de ocio. Era la época de auge de los baños termales y en San Sebastián Isabel II ponía de moda  los baños de ola.

Viajar se convertía en un placer y la inquietud por conocer nuevos destinos alimentaba la edición de las guías de viaje. Redactadas con un estilo serio y descriptivo, este género literario con fines utilitarios llegó a ser un atractivo y fascinante instrumento para un público deseoso de ampliar horizontes y para facilitar su consulta durante el trayecto, se editaban en un tamaño pequeño y manejable, que podía “llevarse cómodamente en un bolsillo”. Su lectura resultaba muy ilustrativa al ofrecer “datos útiles”: describían en detalle itinerarios, distancias medidas en leguas, número de habitantes de cada municipio, sus monumentos, ferias y fiestas y los alojamientos. Informaban sobre el sistema de pesas y medidas; los horarios y direcciones del servicio de correos, diligencias y postas. De los balnearios ofrecían información sobre la calidad y temperatura de sus aguas, la temporada de uso y los médicos que los dirigían. Un lugar destacado ocupaba el capítulo dedicado a la historia de España, su gobierno y administración, así como un reglamento del viajero que debía conocer todo aquel que estuviera dispuesto a emprender la aventura.

Para los viajes que se realizaban por carretera, las guías ofrecían diferentes itinerarios trazados sobre una red de vías primarias y secundarias. Según su calidad e importancia, se distinguía entre caminos de herradura, caminos de calzada, veredas y cañadas. Los de herradura eran caminos secundarios que comunicaban pueblos entre sí, pero transitar por ellos resultaba incómodo y peligroso por los socavones, charcos, piedras y polvo. Las carreteras principales, caminos de calzada o carreteras reales, enlazaban Madrid con las ciudades más importantes, aunque en algunos tramos tampoco gozaban de buen estado de salud, a juzgar por los comentarios de los viajeros. Para el tránsito de ganado se utilizaban las cañadas y por las veredas circulaba el correo. A caballo, en diligencia, en calesa, en carro o en galera, según la disponibilidad económica de cada uno, se realizaban los desplazamientos. La diligencia o coche de caballos, era el medio de transporte más importante. Tenía  capacidad para ocho personas, que ocupaban diferentes plazas según el importe de su billete: la berlina era el espacio más elegante y cómodo, donde se acomodaban ampliamente tres pasajeros. El coupé ubicado en el piso superior, disponía de cinco asientos un poco más estrechos y en la “baca” se colocaban el equipaje y los pasajeros más modestos. Las galeras realizaban el trayecto por vías secundarias a un precio más económico  y con menos comodidades. Para facilitar el descanso de viajeros y caballerías, en los  diferentes recorridos existían una serie de paradas de postas y diligencias, así como posadas con cuadra para los caballos. Por doce reales podían disfrutar los viajeros de una buena comida,por dos de un desayuno abundante y por 4 reales de una buena cama para descansar.

Las guías de viajeros son testigos de la mentalidad del siglo XIX, reflejada en  unos hábitos de vida, modas y costumbres. Poseen un indiscutible valor como fuente histórica, por la gran variedad y cantidad de información que contienen sus páginas.

La Guía de Viajeros de Francisco de P. Mellado

Una de aquellas guías fue editada por Francisco de Paula Mellado, empresario de la España Isabelina del siglo XIX, con una amplia trayectoria como geógrafo, periodista, escritor, editor e impresor. Su  inquietud no es de extrañar, teniendo en cuenta que era cuñado del gran historiador Modesto Lafuente, autor de

una Historia de España en veinticinco volúmenes. De la imprenta Mellado salió la  primera enciclopedia española “La Enciclopedia Moderna”.
Mellado en el año 1842 escribió la  “Guía del Viagero en España“: comprende una noticia geográfica, estadística e histórica del Reino; descripción de Madrid y de las principales  poblaciones  de España; noticia de los caminos generales y transversales”. En la introducción mostraba su intención de ofrecer una visión real, capaz de acabar con la imagen literaria y romántica de España, aportada por los viajeros extranjeros, donde aparecía un paisaje plagado de bandoleros, aventureros, mendigos y vividores, heredada de la literatura picaresca del Siglo de Oro. Una imagen ideada por autores para satisfacer la inquietud de sus lectores, pero que no coincidía con la realidad del siglo XIX. Para lograr su objetivo y, ante la imposibilidad de recorrer el país,  Mellado recogió la información, redactó su libro y envió una copia a cada uno de los municipios, para que le actualizasen los datos y le corrigiesen los posibles errores, antes d enviar el libro a la imprenta.

Viajar de Soria a Sigüenza en 1849

En la tercera edición de la Guía de Viajeros del año 1849 el recorrido nº 36 salía de Soria a Guadalajara, por Almazán y Sigüenza, con una distancia total de 27 leguas y media, efectuando el siguiente itinerario: Soria-Los Rábanos-Lubia-Almazán-Bordeje-Adradas-Miño-Mojares-Sigüenza-Mundayona-Venta de Almadrones-Venta del Puñal-Venta de Granjanejos-Trijueque-Torija-Valdenoches-Taracena-Guadalajara.

El excursionista interesado en visitar Sigüenza encontraba  en la Guía de Viajeros esta sencilla descripción:

“Sigüenza, ciudad, cabeza del partido de su nombre en la provincia de Guadalajara, sede episcopal sufragánea de la de Toledo, con 4.868 habitantes, situada cerca de los confines de Castilla y Aragón: sus calles son buenas aunque en cuesta y elevadas, pero las de la parte baja de la ciudad son regulares y espaciosas, y contiene muchas y buenas casas; hay también en esta parte el colegio de universidad, los edificios que fueron conventos de gerónimos y franciscanos, y un hermoso paseo. Se abastece de aguas por conducto de un acueducto mandado construir por un señor obispo de la diócesis; está murada con siete puertas, y debió de ser fuerte en tiempos anteriores según los restos que quedan de sus murallas. La catedral es de piedra labrada hasta en las bóvedas, que sostienen 24 pilares. En ella se distinguen la capilla dedicada a Santa Catalina donde hay unos sepulcros muy bien ejecutados, y otra en el crucero del Evangelio de excelente mérito, en donde se veneran las reliquias de Santa Librada, patrona de la ciudad…”

Las dos Sigüenzas

Sabemos que a día de hoy hay dos Sigüenzas: la Sigüenza real y la Sigüenza virtual. Una Sigüenza que vive el día a día de una ciudad turística y centro comarcal; y otra Sigüenza que vive en la red, y que crece en diversas plataformas y páginas. El tema es interesante porque Sigüenza siempre ha tenido algo de ciudad inventada; pero nos toca dar antes cuenta de otras dos Sigüenzas.

El aficionado a la historia local se sumerge en las profundidades de los siglos, y tal como él se preguntó en su día, alguno se habrá preguntando qué es eso de la Sigüenza de arriba y la de abajo, allá a principios del siglo XII; esto por no entrar en la cuestión de la Sigüenza Vetus (o Villavieja), que sería retroceder muchos siglos. Es necesario, pues, recordar que hubo dos Sigüenzas, porque hay quien se imagina aquella Segoncia altomedieval como si fuera una población única. Pero, como bien me recuerda mi hermana Pilar, aconsejándome como Cronista Oficial, donde hay documentos ya no hay lugar para ciertas hipótesis. Y eso afirman con rotundidad los escasos documentos: había una Segontia inferior y una Segontia superior. Dicho esto, ¿puede precisarse esta realidad dual un poco más?

Leyendo con atención las transcripciones del latín de los pergaminos de entonces, puede afirmarse lo siguiente: cuando se produce la “reconquista” o reposición de la sede seguntina, hay dos núcleos de población.

Uno abajo, junto al Henares, que los documentos llaman Santa María Seguntina, y era la verdadera sede episcopal, y fue lo que en 1124 don Bernardo encontró prácticamente destruido hasta los cimientos. Allí se estableció con sus canónigos (regulares: monjes) y recibió todo tipo de donaciones reales para que reconstruyese su sede, incluyendo pobladores: un ciento de familias, además de las pocas que allí hubiera. Y el fuero de Medina para su gobierno.

Esta Sigüenza de abajo formaba un burgo alrededor de la iglesia de Santa María, la primitiva “catedral” de Sigüenza, que se alzaría donde hoy se erige Santa María de los Huertos.

El otro núcleo es la Segontia de Suso (de sursum; Minguella, I, 370), la Sigüenza de arriba, que no está destruida, pues estaba poblada, dado que el rey Alfonso VII concedió que 10 pobladores pudieran bajar a poblar la Sigüenza de abajo, entre otras familias de Medina y de otras partes. Esta Segoncia de Suso, que crecerá en los siglos siguientes, se identifica en otro documento con el propio castillo, es decir, estaría integrada por la alcazaba mora y un extenso arrabal anejo. Esa población estaría integrada por moros, judíos y mozárabes, pues en aquellos tiempos (y dicho sea sin ingenuidades en estos tiempos de yihad) hay que entender la reconquista de una población como un cambio de señor. Es esta Segontia superior la que está saliendo ahora a la luz en las excavaciones de la iglesia de Santiago, excavaciones que sin duda reescribirán con mayor firmeza la historia de esos siglos.

Volviendo a las dos Sigüenzas, el 7 de mayo de 1146 el rey Alfonso VII el Emperador dispone lo siguiente (Minguella, I, 380):

1) Dar el castillo a don Bernardo y sus canónigos a cambio de ciertas villas: hago un intercambio con Don Bernardo, obispo seguntino, y dono a él y a su iglesia, por heredad, la Segontia superior con su castillo y con todas sus pertenencias.

2) Unificar las dos Sigüenzas en una: mando y quiero que la Segoncia superior y la inferior sean una sola villa y un solo concejo, y tengan un único juez y un solo sayón [alguacil y verdugo]. (…) Y los que allí son y serán pobladores, ningún señor tengan sino el obispo seguntino, y a nadie sino a él y a su iglesia sirvan por obligación.

Don Bernardo de Agén, que rigió la diócesis durante veinte años, reconstruyó la iglesia de Santa María, puso allí un convento de monjes y rodeó lo reedificado con doble muro y torres (Minguella I, 375). Levantó muros porque todavía era posible un ataque almorávide: la frontera con los reinos moros estaba poco más allá de la actual Aragosa, y de manera oficial en el río Tajo: reteniendo todavía los sarracenos, castigando nuestros pecados, toda la tierra más allá del Tajo, dice el propio don Bernardo.

Doscientos años después, en 1322, hay un documento, ya en castellano antiguo, que recoge la orden de derribar una de estas torres: Nos, don Simón [de Cisneros], por la gracia de Dios obispo de Sigüenza, y nos, el Deán y el Cabildo de la iglesia de Sigüenza, viendo los males y las guerras que son ahora, mal pecado, en todo el reino de Castilla, y señaladamente en el obispado de Sigüenza. Otrosí [además], viendo en cómo de cada día se toman las fortalezas y los castillos, y recelando el mal y el daño que podría venir a nos y a la iglesia y a la ciudad de Sigüenza de la torre que está en la iglesia de Santa María la vieja, entre los huertos, que es de piedra y de argamasa, si se tomase o se perdiese, por ello nos, don Simón y el Deán y el Cabildo sobredichos, ordenamos y mandamos y tenemos por bien que se derribe; y nos, el Deán y el Cabildo sobredichos pedimos merced al dicho señor [don Simón de Cisneros] que la mande derribar hasta la última vuelta [hilada] de la dicha torre, etc. (Minguella, II, 460).

Antes de llegar a estos tiempos bajomedievales, una nueva catedral había comenzado a ser erigida a media altura de la lastra seguntina, dejando el castillo arriba y Santa María antiquísima abajo. Una catedral fundada sobre las reliquias de una mártir, Santa Librada, traídas desde Aquitania por ese “colosal” obispo, en palabras de fray Toribio Minguella, que fue don Bernardo de Agén.

(Una visión del desarrollo urbanístico de Sigüenza en el siglo XII puede leerse en el artículo de Pilar Martínez Taboada del número 7 de los Anales Seguntinos).

José María Martínez Taboada

Fundación Martínez Gómez-Gordo

 

El obispo historiador

El trato con la Historia nos hace humildes. Creía haber dicho algo nuevo al haber desmitificado el sitio de Sigüenza por las legiones de Catón. Pobre ignorante. Ya un siglo antes, nuestro obispo historiador, el padre fray Toribio Minguella, había sentenciado con claridad sobre aquel pasaje de Tito Livio: hizo el Cónsul como que venía con todo el ejército a esta Sigüenza. Comprendieron los celtíberos que aquello no pasaba de ser una añagaza; (…) se quedan muy tranquilos y Catón se vuelve (Historia de la Diócesis, I, 5). La única disculpa es que hay edades para ciertos libros, y no tenía yo por qué haberme adentrado aún por las páginas de la obra citada, pues estos volúmenes de Minguella, dejando a salvo a los historiadores que desde jóvenes tienen que bregar con tales obras, son lecturas de senectud. Libro viejo, lector viejo. Y a propósito de esto, se dirá alguno, ¿quién era este Minguella?

En la carta prólogo a la obra de su amigo Pérez-Villamil, podemos vislumbrar su ideario. Identifica España con Catolicidad; y pensaba que la “cuestión social” había de resolverse por la fe del pueblo y la caridad de los ricos. Su visión del mundo era medieval; no obstante, Fray Toribio Minguella fue una de las mentes más eficientes que dio el catolicismo español del siglo XIX. Durante su estancia misionera en Filipinas fue capaz de escribir una gramática del tagalo, que le dio prestigio como lingüista. Ya en España, venido a ser maestro de misioneros, mostró sus dotes organizativas en San Millán y en la restauración del santuario mariano de Valvanera, y dio comienzo a su labor archivística e historiográfica. Viajó de nuevo a ultramar al ser nombrado obispo de Puerto Rico, donde enferma.

Tres años después, en 1897, es nombrado obispo de Sigüenza, y cree él que viene aquí a morir. Tiene 61 años, edad en la que bien podía haber dado sus esfuerzos por terminados. Sin embargo, se restablece y, aparte de la labor episcopal, acomete durante su larga prelatura dos obras de alto empeño: la documentada historia de la diócesis que gobierna y la depuración del culto de Santa Librada, contaminado por las fantasías de los falsos cronicones.

El propio fray Toribio, en el prólogo a su obra, nos cuenta candorosamente que queriendo ordenar y publicar las “papeletas” o fichas del canónigo seguntino don Ramón Andrés de Lapastora, se halló en la necesidad de redactar por sí mismo el libro imaginado por don Ramón: la historia de la diócesis seguntina. De modo que la obra suya continúa y engrandece la obra del sabio que le precede. Y lo sorprendente es que el cuarto volumen de su historia fue escrito por un nuevo autor, don Aurelio de Federico, con lo que el monumento literario más característico de nuestra historiografía está hecho por sucesivas manos, tal como nuestra catedral, donde se van superponiendo los estilos a lo largo del tiempo…

Caracteriza la obra de Minguella el caudal documental que aporta, por lo que ha servido de fuente ineludible para los futuros historiadores locales. Y no solo para los historiadores: en esos documentos puede verse cómo en el ámbito administrativo la lengua latina va siendo sustituida por el castellano. Y por supuesto, en esos documentos se transparenta la vida de nuestros antepasados.

Antes de nada, hay que aclarar que la Historia de Sigüenza es en gran parte la Historia de la Diócesis y de sus obispos, pues, al quedar en territorio fronterizo, la antigua civitas llegó prácticamente a desaparecer. Si no hubiera sido porque se quiso restituir la sede episcopal, Sigüenza sería hoy una aldea, o mejor dicho, dos aldeas: la Sigüenza de arriba y la Sigüenza de abajo.

Como testimonio de esta realidad de desolación, transcribo de los documentos que aporta Minguella un par de donaciones reales del año 1124, en los que se vislumbra el estado en que había quedado la antiquísima ciudad a comienzos del siglo XII. Hablan los reyes de aquel tiempo:

En el nombre de la santa e individua Trinidad, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amen. Yo, Urraca, reina de España por la gracia de Dios, hija del rey Alfonso y de la reina Costanza, considerando la demasiada pobreza de la iglesia seguntina, que, por la impiedad de los sarracenos castigándonos por (nuestros) pecados durante cuatrocientos años, por eso había quedado destruida y desolada hasta los cimientos, le doy y concedo la décima parte de todo portazgo, y de todos los quintos, y de todas las alcabalas de Atienza y Medinaceli, al señor obispo de esa sede, a saber, a don Bernardo, y a sus sucesores para siempre por derecho hereditario; hago esto con grato ánimo y por mi espontánea voluntad, en favor de la remisión de mis pecados y para remedio de las almas de mi padre y de mi madre, etc.

Yo, Alfonso, rey de España por la gracia de Dios, hijo del nobilísimo conde don Raimundo y de la nobilísima reina doña Urraca, viendo la enorme pobreza de la iglesia seguntina, que casi por cuatrocientos años había sido destruida por el ataque de los agarenos, para la reedificación de su iglesia y para sustento de don Bernardo, obispo de su sede, en favor de mi ánima y de la de mis padres, dono y concedo a Dios y a Santa María siempre virgen, y a don Bernardo, ya mencionado, obispo de esa sede, toda la décima parte, etc.

En fin, al igual que la Historia de Sigüenza se identifica con la de sus obispos, la obra de los historiadores locales es una ampliación, matización o corrección puntual de la obra de nuestro obispo historiador. Minguella, hombre humilde, renunció finalmente al episcopado para volver de fraile a su convento agustino; quedó en Sigüenza su obra y su memoria.

(Don Aurelio de Federico, don Felipe Peces y doña Amparo Donderis han escrito sendas aproximaciones biograficas al obispo historiador).

José M.ª Martínez Taboada
Fundación Martínez Gómez-Gordo