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La Universidad de Sigüenza según un importante autor contemporáneo

Se trata de Enrique Llamas Martínez, de la Orden de los Carmelitas Descalzos. Este reconocido autor escribió un importante volumen sobre el teólogo Bartolomé de Torres, discípulo de Francisco de Vitoria en Salamanca y enfrentado a Melchor Cano a causa de los Ejercicios de San Ignacio que Torres defendía de los ataques de Cano, lucha que convenció a Torres de la conveniencia de abandonar su cátedra en Salamanca para venirse a Sigüenza, su cabildo y su universidad.

Ya con motivo del centenario de Cervantes tuve ocasión de hacer notar lo malo de la profesión del crítico literario —y en general de muchísimos críticos— que suelen copiarse unos a otros sin estudiar la cuestión e hice notar como la alusión de Cervantes al estudio del párroco —que por otra parte hizo un análisis muy bueno de los libros quijotescos— en la universidad de Sigüenza se debía un análisis poco concienzudo de la cuestión copiando unos de otros y dándolo por sentado.

Dice Llamas que el espíritu de la universidad seguntina tenía mayor parecido con el de Alcalá que con el de Salamanca, algo lógico —digo yo— pues Cisneros al fundar su universidad había tenido presente la anterior fundación de la nuestra y la novedad que había representado en el ámbito europeo, o sea hacer pasar a segundo rango el derecho para dar prioridad a la teología. La universidad seguntina era un ejemplo y un modelo de sano eclecticismo, según Llamas, y “tampoco era escenario de ruidosas controversias, ni se ejercía allí una oligarquía en el mundo teológico de entonces. Era uno de los centros teológicos más democráticos de la época, tanto por su forma de gobierno, como por los sujetos que ostentaban el poder, como por el clima que se respiraba dentro y fuera de las aulas”. Y eso se debía al obligado binomio universidad-cabildo que impedía una autoridad monolítica que se apoderara de la universidad.

En cuanto al ambiente teológico, Sigüenza seguía más la “corriente de las tres vías que la línea uniforme, simple e intransigente del tomismo puro” y sigue: Por “eso dio muestras de una mayor comprensión y de una adaptación más sabia al signo de los tiempos que otros centros teológicos nacidos de aquella década” como el colegio de Santo Tomás de Sevilla, tuvo un aspecto de retroceso en la renovación teológica de España.

Y —añado yo— en Sigüenza no reinó el tomismo puro, sino que se respetó también el nominalismo y el escotismo, y los catedráticos de entonces, Torres y Vellosillo, señala Llamas, “supieron conectar con el signo de los tiempos, abriéndose a las corrientes teológicas de la época con equilibrio y mesura dando así una alto ejemplo de comprensión y contribuyendo de forma eficiente a la renovación de nuestra teología”. 

Y acabo con este desafío del ilustre carmelita al estudiar la figura de tan ilustre teólogo y obispo como fue Bartolomé de Torres: “Queda aún por medir y sopesar la aportación hecha a la ciencia teológica española por catedráticos de Sigüenza y por alumnos salidos de sus aulas. ¿Emprenderá alguien este trabajo?...”

Como digo es todo fruto del trabajo del p. Llamas. Y que conste en los siglos XVI y XVII el rango de las universidades era: Salamanca, Alcalá, Sigüenza.

 

Las fiestas de Sigüenza hace 90 años

El día 15 de agosto dieron comienzo las fiestas con el tradicional repique general de campanas, disparo de cohetes y morteros y el recorrido de la Banda de Música por las principales calles “cuyos edificios aparecerán engalanados”. A las seis y media, partido de fútbol entre el Sigüenza F.C. y el Ayud de la ciudad bilbilitana. Ganaron los seguntinos por un tanto a cero “en encuentro soso y deslavazado”, según la nota de prensa. Finalizó el día con una gran verbena popular.

El día 16, los músicos madrugaron para ofrecer una gran diana. En la función en honor a san Roque, con asistencia de la Corporación y el Sr. Obispo, la Capilla de la Catedral se encargó de la parte musical, “ampliada con valiosísimos elementos”. Concierto por la Banda de Música finalizada la función. Por la tarde, partido de pelota a mano y a las 8,30, procesión de san Roque recorriendo las calles de san Roque, Medina, Plaza Mayor, C. Mendoza y Seminario. Los fuegos artificiales del acreditado pirotécnico don Eleuterio Días, de Recas y los bailables pusieron el punto final al día del patrón.

El día 17 fue la Fiesta de la Cultura Física en la Alameda. En 100 metros lisos ganó Redondo, campeón provincial; en salto de altura, Ramos, y en los de longitud y triple salto, Tebar. En la prueba de relevos, con equipos de 3 atletas sobre 5500 metros, ganó el equipo formado por Vera, Incerti y Relaño. Por la tarde, corrida de novillos toros en la que los matadores, Justino Mayor y Caliche, no estuvieron muy afortunados. A las 11 de la noche, baile concurso de mantones de Manila. Obtuvieron premio las señoritas Amparo Martín, Maruja Gamboa, Mercedes Ortíz y Herminia Zebar.

El día 18, carrera de cintas, de sacos y de lentitud en bicicleta, match de boxeo de aficionados, vísperas de la Virgen La Mayor y por la noche, segunda colección de fuegos artificiales.

El día 19, a las 6,30 de la mañana, repique de campanas y salida del Rosario de la Aurora. A las 11,30, función solemne de la Virgen La Mayor. A la finalización, concierto en la Alameda. Por la tarde, segunda corrida de toros con la participación de Tabernerito y Teófilo Hidalgo. Por la noche, “grandioso Rosario general, compuesto por la magnífica colección de faroles de la Cofradía, saliendo por primera vez la artística carroza iluminada, que para la sagrada imagen de la Patrona de Sigüenza ha adquirido recientemente la citada Cofradía”. El recorrido actual se alargaba hasta la Plaza Mayor. A las 11 de la noche, iluminación a la veneciana y baile popular. Las fiestas terminaron con la Gran Retreta por la Banda que partía de la Alameda hasta la Plaza Mayor. Concluía con la interpretación del Himno Nacional.

Los principales festejos fueron impresionados por el fotógrafo don Tomás Camarillo en una película de 11 minutos. Se pueden ver primeros planos de personas de toda la condición.

Las colaboraciones literarias en el programa son de gran altura. Don Adolfo Franco Lillo, Maestro Nacional, reflejaba la necesidad de aumentar el número de escuelas y la transformación las antiguas unitarias en graduadas. “Mayor amplitud y más firme solidez de la cultura harán que los edificios escolares en construcción, que algunos pobres espíritus consideran hoy como un lujo escandaloso e insultante no puedan albergar las escuelas de mañana y la Sigüenza del porvenir, del 1950 o de 1970, tendrán necesidad de ampliarlos o construir otros nuevos de acuerdo con las ideas culturales y pedagógicas de la época”. Proféticas palabras (Colegio de la Sagrada Familia y construcción del Colegio san Antonio de Portaceli en el Prado de san Pedro).

Don Enrique Sánchez Rueda escribe sobre el veraneo señalando a la ciudad como punto estratégico entre Madrid y Zaragoza. Don Ignacio Sánchez Bayas, su hermano Javier tenía una casa de comidas en Valencia 1, publica un breve  Cantar a Sigüenza. Don José García Atance, director del semanario Renovación, advierte de la gran actividad comercial que no podía ocultar la mengua en el tesoro artístico de Sigüenza. “La pátina impresa en sus edificios desaparece para ser sustituida por alevosos enlucidos de cemento o cal que cubren bellos escudos y artísticas portadas”.

Don Eduardo Olmedillas, director de La Defensa, anota un apunte de una corrida en Sigüenza, reproducida por el Dr. D. Javier Sanz Serrulla en el libro Los toros en Sigüenza. Bernabé Herrero, eximio poeta, dedica un soneto a las Torres de la Catedral. Don Manuel Serrano Sanz descubre el valor de los retablos de san Marcos y santa Catalina. Llama la atención para que alguien incluya el altar de santa Librada en una colección de postales “para que se difundan por todo el mundo”.

Don Hilario Yaben propone sustituir las fiestas de san Roque por la celebración de santa Librada. Don Estanislao de Grandes Urosa, diputado provincial, recomienda  a la alcaldía cuidar del tesoro artístico. Don Eduardo Lázaro publica un fragmento del poema inédito Sigüenza. Un autor desconocido, XXX, regala unos Cantares. Uno de ellos: “Si estás pálido y delgado, y te quieres arreglar, vete a Sigüenza unos días y frecuenta el pinar”. Don Manuel García Atance, presidente de la Diputación Provincial, centra su escrito en Sigüenza y el Turismo, recomendando la importancia que tiene una buena propaganda. Por último don Fernando Muñoz de Grandes, alcalde, afirma que un pueblo trabajador tiene derecho al descanso que es unión y cordialidad, además de recordar del impulso económico que la ciudad estaba atravesando.

Interesante programa de casi 50 páginas con la participación de las principales casas comerciales y entidades bancarias.

 

El converso seguntino y el inquisidor de Tendilla

La convivencia entre las culturas musulmana, cristiana y judía en el medievo español siempre fue difícil. Más allá de la imagen idílica que se nos ha querido vender bajo el lema de la “España de las tres culturas”, los historiadores se muestran de acuerdo en que sería más correcto hablar de una convivencia pacífica que se quebraba constantemente. De cualquier manera, esta convivencia se vería definitivamente rota cuando, coincidiendo con la reconquista, se produjo la expulsión de los judíos en 1492.

Hoy me gustaría ejemplificar cómo fue esta rotura poniéndonos en la piel de dos paisanos nuestros: el inquisidor Pedro Cortés, natural de Tendilla, y el converso seguntino Juan de Torres.

En las “Relaciones topográficas de España”, mandadas realizar por Felipe II alrededor de 1580, se habla del Licenciado Pedro Cortés, sacerdote, como hombre de letras, cristiano viejo y miembro de familia noble. Carlos V lo envió como inquisidor a Córdoba, donde ejerció durante dos años, destacando por su severidad con los judíos y musulmanes que quedaban en aquella zona. Tras este periodo en el sur, Cortés solicitó regresar a su tierra, lo que le fue concedido en 1535, nombrándolo Inquisidor del tribunal de Cuenca, cuya jurisdicción incluía las tierras del obispado seguntino.

Con su llegada se produjo un notable aumento de los procesos abiertos a las comunidades de conversos de la diócesis seguntina. Sólo un año después de su llegada, elaboró una lista de 83 sospechosos que debían ser arrestados.

Los conversos que vivían en el obispado seguntino habían disfrutado hasta entonces de una aplicación de las leyes bastante laxa. Mientras que la mayoría los judíos de Cuenca se habían convertido en los años que siguieron a las terribles matanzas de judíos de 1391, en nuestra región la mayoría habían seguido practicando su fe hasta el edicto de expulsión de 1492. En esta fecha aún existían en tierras seguntinas numerosas aljamas (comunidades judías). Incluso tras la conversión forzosa, a los nuevos convertidos de judíos de Sigüenza se les había permitido continuar con sus ritos, de manera más o menos oculta, sin ser apenas molestados por el Santo Tribunal.

Cuando Cortés llegó a su nuevo destino y encontró este panorama, decidió actuar con toda la severidad posible, convencido de que los conversos representaban un peligro real para la sociedad cristiana. Su mano dura tuvo sus frutos: duplicó el número de sentenciados a muerte procedentes de la diócesis seguntina.

También normalizó las detenciones durante largos periodos de tiempo, que tenían como siniestro propósito el derrumbe de la resistencia de los prisioneros ante los inquisidores, para así lograr sus confesiones. Entre 1535 y 1556 el tribunal capturó varios rabinos y descubrió diversos conventículos (grupos de rezo judíos) en Sigüenza, Berlanga, Cifuentes, Medinaceli y Almazán, enviando al patíbulo a 72 sospechosos de judaización.

Distritos inquisitoriales.

Juan de Torres nació en Sigüenza en 1492 de una familia de conversos. A diferencia de otras familias de antiguos judíos, que habían permanecido prácticamente encerrados en sus propias comunidades manteniendo sus ritos en secreto y autorizando únicamente los matrimonios con correligionarios, el padre de Juan se lanzó de lleno a la vida cristiana, llegando incluso a dar a Juan a una ama de leche cristiana (era creencia común que a través de la leche de las nodrizas se transmitían los atributos al bebé), con quien pasaría sus tres primeros años de vida.

El padre de Juan de Torres era boticario, y una vez que Juan aprendió a leer y escribir en Sigüenza, lo mandó como aprendiz de otro boticario a Guadalajara, pero a Juan no debió gustarle el oficio paterno, pues pronto lo abandonó para servir a nobles alcarreños. En 1510 se alistó en la Guardia Real al servicio de Fernando el Católico, con quien lucharía durante los siguientes ocho años en Italia y Navarra, trabajado posteriormente con el Marqués de Cañete en diversos lugares de Castilla.

Contrajo matrimonio y se mudó a Torija, donde llegaría a ser escribano y recaudador. Tras dedicarse durante unos años a recaudar el diezmo por el obispado seguntino, en 1520 se trasladó a Berlanga, donde se asoció con otros dos nuevos cristianos mayores que él. Dicha sociedad terminaría mal, y en 1524 regresó al servicio del Conde de Coruña. En 1534 llegó a ser el mayordomo de Gómez Suárez de Figueroa, embajador en Génova, convirtiéndose en un valioso empleado y siendo enviado por el embajador en varias ocasiones a España para llevar informes al mismísimo Carlos V. En uno de esos viajes, en las navidades de 1537, decidió pasar unos días con la familia en Torija, donde fue capturado por la Santa Inquisición.

Torres ya había tenido algún percance previo con la Inquisición. Aunque él mismo lo desconocía, la primera denuncia a su persona llegó en 1513, cuando fue acusado de haber blasfemado mientras jugaba a las cartas. Posteriormente, en 1528, fue denunciado por un vecino de Berlanga por comer carne durante la Cuaresma. Dos años después, fue de nuevo denunciado por blasfemia, al exclamar mientras bebía: “a mí no me den del vino que dicen ¡ohhideputa Santa María qué mal vino!, sino del que dicen ¡o diablo qué buen vino!”. Estas denuncias no fueron consideradas suficientemente graves para que el Tribunal le reclamara.

Pero esta vez el asunto era grave. Al frente del Tribunal ya estaba el tendillero Cortés, quien no tenía ningún escrúpulo en usar la tortura y preguntas capciosas para extraer la información que le interesaba. En septiembre de 1536, el hijo de uno de los antiguos socios de Torres, mientras era torturado, accedió decir a los miembros del tribunal lo que quisieran oír, con tal de que terminaran con su tormento. Le preguntaron que quién estaba en una reunión en casa de uno de los socios de su padre: dio seis nombres, entre los que estaba el de Juan (tras la confesión exclamó: ¿qué más queréis que os diga? ¿Que todo el pueblo estaba allí?). El mero hecho de que fuera nombrado fue excusa suficiente para que Cortés ordenara su detención.

Aparece en nuestra historia un personaje que sería crítico para el futuro de Juan de Torres: Fray Pedro de Orellana, un cristiano viejo de Trujillo, fraile secularizado, antiguo soldado, predicador carismático, poeta y entregado antisemita. Orellana había estado en la prisión de la Inquisición de Cuenca acusado de luteranismo, resultando sentenciado a cadena perpetua en 1531. Mientras cumplía su sentencia, de alguna manera tuvo acceso a los expedientes de los presos que allí estaban, por lo que conocía todos los asuntos de sus compañeros. En 1537 se le concedió un indulto, bajo el juramento de guardar en secreto todo lo que sabía. Orellana hizo exactamente lo contrario: tan pronto como se vio libre, viajó a la diócesis seguntina para vender la información que tenía a las familias de los presos. Unos meses más tarde, fue detenido en Atienza, donde le pusieron los grilletes.

La mala fortuna quiso que coincidiera en la celda con Juan de Torres, que había sido detenido recientemente. Al principio hicieron buenas migas, pues ambos habían sido soldados y eran hombres cultos. Torres observó que el muro de adobe de la prisión atencina era bastante endeble, y acordaron un plan de escape, que llevaron a cabo unos días después. Pero los grilletes que llevaba Orellana les ralentizaron mucho y unos campesinos los encontraron pocas horas después.

Formulario de la inquisición Cuenca-Sigüenza

Tras el intento frustrado de fuga, fueron enviados a Cuenca, a una prisión sucia, infestada de piojos y abarrotada de presos, donde la relación entre ambos se deterioró rápidamente.

Fue entonces cuando Orellana acusó a Torres de haberse confesado judío durante su estancia en la prisión de Atienza. Para completar su suplicio, Orellana escribió unos versos en los que acusaba e insultaba a Torres, que tituló “Coplas a un marrano que prendió la Inquisición”, y se dedicaba a leérselos a la cara durante su encierro (se conserva copia de dichos versos).

Durante los primeros 18 meses, el proceso de Torres siguió el curso habitual: el abogado de la acusación presentó los cargos, Torres se declaró inocente y se recabaron testimonios por ambas partes. Pero en septiembre de 1539 Cortés decidió acelerar el proceso y puso a ocho testigos de Berlanga en contra de Torres.

Para ello siguió siempre la misma táctica: tras hacer una serie de preguntas generales de las que no obtenía incriminación alguna, Cortés les hacía una pregunta directa culpando directamente a Torres. En una primera respuesta no obtenía nada, pero entonces procedía a encerrar a dichos testigos durante unas semanas, al cabo de las cuales les volvía a realizar la misma pregunta. Entonces los testigos comenzaban a “cantar”.

Torres redactó un largo escrito en el que trataba de defenderse de las acusaciones vertidas contra él, a la vez que condenaba el horrible estado de la prisión, las humillaciones que sufrían los internos y las torturas usadas por la Inquisición para obtener confesiones “a la carta”. Comentaba que las celdas estaban tan abarrotadas que los prisioneros apenas se podían dar la vuelta mientras dormían, que ellos mismos debían limpiar la basura y los excrementos, mientras les atormentaba la idea de que todos sus bienes habían sido requisados y sus hijos crecerían en la más absoluta miseria.

Pero el escrito no surtió ningún efecto. Otros seis meses pasaron sin que el caso avanzase, y Torres presentó una nueva serie de preguntas para los testigos, pero de nuevo los inquisidores ignoraron las peticiones del preso. Así pasó otro año cuando, de repente, los miembros del tribunal decidieron cerrar el caso de

Torres por la vía rápida, sentenciándolo a muerte aprovechando un auto de fe que próximamente iba a celebrarse en la ciudad.

En un último intento por salvar su vida, el seguntino escribió una carta en la que pedía clemencia y confesaba todos los crímenes de los que era acusado. Se trataba de una táctica desesperada ante la inminencia de la ejecución, pero ni siquiera la confesión ablandó los corazones del jurado, y la sentencia fue confirmada unas semanas después.

En los días que precedieron al auto de fe, Torres escribió una larga declaración en la que renegaba de su carta autoinculpatoria y exoneraba de responsabilidad a todas las personas que en ella aparecían. En ella también se autoproclamaba un mártir cristiano por morir por causa de la religión siendo completamente inocente.

Cuando llegó el día de la ejecución, el 29 de septiembre de 1541, al pasar camino del patíbulo junto a Pedro Cortés, Torres le gritó que tenía derecho a decir sus últimas palabras, pero Pedro Cortés se limitó a señalarle que se mantuviera en silencio con un gesto, a lo que el seguntino respondió lanzando el trozo de papel con su declaración a los pies del inquisidor (se conserva copia de la misma en el expediente de su juicio). A pesar de este último gesto dramático, Juan de Torres moriría esa misma tarde.


Nota: Este artículo se basa fundamentalmente en investigaciones de Sara T. Nalle, publicadas bajo el título “A forgotten campaign against the Conversos of Sigüenza: Pedro Cortés and the Inquisition of Cuenca”

Horna: su historia y su archivo

El “Nahr”, el Río. Así fue nombrado por los musulmanes que poblaron estas tierras durante cuatro siglos, atraídos por su fértil vega y su privilegiada situación geográfica. Los campos de heno que crecían en su cuenca, transformaron su nombre en Henar. Por sus aguas serenas han discurrido corrientes literarias y culturales, transmitidas entre generaciones a través de versos y prosa. Sánchez Ferlosio, dijo que el río estaba “hecho con las sobras de las nubes olvidadas por los vericuetos de la serranía”. 

Son las gotas de lluvia que se filtran por las rocas calizas, el origen del río, que sale a la superficie en forma de borbotones de agua cristalina, en un  manantial conocido como “Fuentes del Henares”. Su lecho está bordeado por suaves y largos juncos, carrizos y mentas olorosas, que reverdecen cada primavera, tejiendo una agreste vegetación que se apodera cada vez más del paisaje. Los vecinos lamentan no poder disfrutar del nacimiento del río que quieren como suyo propio, porque forma parte de su memoria vital. 

“Antes el río estaba más limpio, empieza así tu artículo” —me pide Donato Ruiz. A su lado Hilario Vela recuerda que “de niños, los jueves a la salida de la escuela, veníamos aquí y, con la ayuda de una rama, trazábamos  en el suelo el mapa de España, señalando todas sus provincias, ríos y afluentes”. “Hoy es imposible, no hay niños y el nacimiento está sucio, vallado y ahogado por la espesura y el descuido. Antes veníamos andando o con alguna mula provistos de botijos para llenarlos de agua fresca y se cortaban los mimbres para hacer cestas. Alrededor del manantial crecían los huertos de patatas, judías y alfalfa, que se regaban con sus aguas virginales. Hoy ya no existen, no hay gente para cultivarlos —apunta Donato— ni para segar, como hacíamos  nosotros en septiembre, recogíamos el espliego y, con el dinero obtenido, nos pagábamos las fiestas, sin pedir a los padres”.

Dejamos el nacimiento y cruzamos el puente viejo para regresar al pueblo de Horna, mientras hablamos sobre la importancia del agua. Como ejemplo, en la antigua  industria local llegó a contar con tres batanes y cinco molinos harineros. Hilario y Donato no conocieron los batanes en funcionamiento, sí los molinos que, impulsados por la fuerza motriz del Salto Pepita, trituraban trigo y cebada, componiendo el afrecho que alimentaba al ganado. El molino de la tía Justa, el río y los bajos del puente eran lugares frecuentados por las mujeres para lavar la ropa y la loza de casa, entre risas y alborozo.

Yugo con barzón y labrija.

Ahora el silencio domina las calles y advierte de la ausencia de vida en el pueblo que ya no es el de su juventud. De los 300 habitantes que hubo a principios de los años 50 apenas quedan hoy 12. Donde ahora hay un solar, antes hubo casas con corrales o pajares. Donde crece la vegetación silvestre, antes hubo un jardín. Hasta el inicio de la despoblación, Horna contaba con servicios municipales atendidos por el secretario, juez, practicante, cura párroco, maestra y maestro, todos con una vivienda propia. Junto a la casa del maestro, estaba la posada con cuadra para descanso de los arrieros y sus caballerías que llegaban desde distintos lugares y hacían noche en el pueblo. Otros  dormían en los pajares, como el ciacero que llegaba en invierno a reparar los ciazos, o cribas de trigo, donde se cernía la harina y, para protegerse del frío, buscaba abrigo y bebida en el bar. Allí acudían los del pueblo a echar la partida de guiñote, antes habían pasado la tarde a resguardo en la fragua o en los corrales. 

El bar, la tienda de ultramarinos y el frontón estaban en la plaza, frente a la fuente con dos caños de metal y dos pilones, bajo la sombra de un olmo, al que atacó la grafiosis y fue sustituido por un inmenso tilo. Cuando no había agua corriente en las casas, los vecinos  se acercaban a coger agua y dar de beber a sus mulas. Costumbre que fue desapareciendo a partir del año 1975 con la traída del agua a los domicilios. 

Los chicos jugaban en  la plaza a la pelota a mano contra la ventana de la escuela que se abría en la pared del frontón. “¡Cuántas veces rebotaban la pelota contra ella para desviar el tiro y ganar al adversario!” —cuenta Hilario mientras rememora a aquella maestra gallega que, cuando se enfadaba, les hacía recoger las ramas del olmo de la plaza y luego les golpeaba las manos con ellas... eran otros tiempos... Hoy la escuela es el teleclub, regentado por Antonio, donde hacemos una parada para disfrutar de las vistas de la terraza que cada verano recupera el pulso con el regreso de los que marcharon y acoge las comidas y bailes en las fiestas que, por este mismo motivo, han sufrido cambios. Antes se celebraban el tercer domingo de septiembre, y ahora en agosto, el mes de máxima congregación vecinal.

Algo similar ha sucedido con la romería a la Virgen de Quintanares, que se festeja el primer sábado anterior al primer domingo de junio. Bajaban en mula desde el pueblo, cargados con la cesta de chorizos, escabechados, tortillas, pan y vino y junto a la ermita, pasaban el día. Hoy la fiesta tiene su propio programa de actos religiosos y lúdicos y la comida la sirve un catering.

Amuga del Pelendengue

El carnaval tenía un colorido especial con la salida de los Pelendengues, hombres ataviados con unos monos llenos de tiras de colores, cosidas pacientemente bajo la dirección del sastre del pueblo. En el cuello se colocaban la amuga, un aparejo de madera que utilizaban normalmente para cargar la siega sobre las caballerías, hecho con cuatro palos: dos largos paralelos y dos cortos transversales. En los carnavales, delante de los palos cortos de la amuga, colocaban un par de cuernos de toro y detrás dos cencerros y salían a correr por las calles, detrás de los chicos y de las chicas con la intención de levantarles las faldas con los cuernos y hacerlas gritar. Al finalizar, pasaban de casa en casa pidiendo la voluntad a los vecinos, que respondían obsequiándoles cada uno con lo que buenamente podía: garbanzos, huevos, tocino... con esta colecta se reunían en una casa a merendar: el martes para los mayores y el domingo los niños.

El Domingo de Ramos se abría la ermita de la Soledad, situada junto al nacimiento y, desde allí  los pasos  iban en dirección a la Iglesia parroquial, acompañados por los vecinos. Hoy un cartel en la puerta nos advierte del peligro de ruina y abandono y aquellas procesiones ya sólo quedan en el recuerdo. Algo parecido sucede con el Corpus Christi cuya solemne celebración se ha perdido, igual que la costumbre de decorar las fachadas de las casas con altares y alfombrar las calles con pétalos de rosas, palmas rizadas y hierbas de “Santa María de Huerta” que, al paso de la procesión, desprendían su  inconfundible olor.

Junto a las fiestas, los días de mercado eran los de mayor afluencia de público. La llegada de los vendedores y su variada oferta de mercancías eran pregonados por el herrero, anunciando el punto de venta: el soguero de Valdelcubo que hacía sogas o el tío Félix el cacharrero que vendía todo tipo de loza, se instalaban en la plaza. Otros iban vendiendo de casa en casa, como Teresa que, desde Sigüenza iba caminando hasta Horna a vender pescado que llevaba en una cesta sobre su cabeza. Dos horas le costaba recorrer los 11 kms. que separan ambas localidades. El señor Ramón venía con su borrico cargado de frutas y verduras frescas; desde Extremadura viajaban vendiendo por los pueblos el pimentón de La Vera y desde Anguita llegaba un vendedor de libros y del calendario zaragozano de Don Mariano Castillo, muy apreciado entre los agricultores por la predicción meteorológica anual que acompañaba al almanaque. 

De aquellos agricultores de su estilo de vida y aperos de labranza quedan testigos materiales: trilladeras, yugos con barzón y labrija, hoy en desuso, sirven para decorar las paredes de las viviendas, que junto a las fotografías y recuerdos, forman la memoria colectiva de Horna.

 

El Archivo Municipal de Horna

Horna fue uno de los últimos municipios en incorporarse voluntariamente a la administración municipal seguntina en el año 1973.

Una mañana, acompañados por Juan de Miguel, su representante pedáneo, visitamos diferentes edificios municipales, hasta localizar el archivo en el consultorio local. Un total de cuatro metros lineales de documentación fueron trasladados al municipal de Sigüenza. El recuperado archivo de Horna contiene documentación que permite reconstruir su historia desde el siglo XIX al momento de la incorporación voluntaria al Ayuntamiento de Sigüenza: actas de plenos, registros de matrícula industrial y comercial, presupuestos municipales y los últimos padrones que reflejan el movimiento migratorio experimentado por su población.

 

Moratilla de Henares: despoblación, memoria y archivo municipal

Cae el sol de media tarde sobre las calles vacías. Media docena de gatos descansan tumbados al sol. Sólo el sonido del agua y el trinar de los pájaros, rompen el silencio y la quietud de un pueblo que apenas parece habitado: hay pocas casas abiertas, la mayoría de las ventanas están cerradas, aunque unos geranios en alguna ventana,  antenas parabólicas en las fachadas y algún vehículo estacionado, nos confirman la existencia de habitantes, testimonio de la progresiva despoblación de su vecindario.

Moratilla de Henares está enclavado en un collado surcado por las aguas del río Henares. En lo alto, destaca desde época medieval su iglesia parroquial, dedicada a San Miguel Arcángel. Una placa en su fachada recuerda el agradecimiento de los vecinos a  D. Gerardo López  Alonso, el párroco que ejecutó  las obras de rehabilitación de la iglesia, finalizándolas en el año  2012. De la iglesia al rio donde crecen las huertas, la  orografía del terreno dibuja la extensión del caserío que, durante más de seis siglos, perteneció a la Iglesia seguntina. En el año 1180  Doña Blanca, hermana del Obispo Don Bernardo y señora de Moratilla y Séñigo, con la autorización de su marido e hijos, vendió este lugar a Don Arderico, obispo de Sigüenza y, fue donado por su sucesor, Don Rodrigo al Cabildo, con total independencia del poder episcopal y facultad para  nombrar cargos municipales y recibir tributos de sus tierras y vasallos. A pesar del intento de desamortización en el reinado de Felipe II y de reversión a la corona en los siglos XVII y XVIII, el Cabildo ejerció su jurisdicción hasta la abolición del señorío eclesiástico en 1805.

A mediados del siglo XIX  Moratilla tenía ayuntamiento propio, escuela con maestro; dos molinos harineros y tres batanes que, junto con la agricultura, ganadería y caza, sustentaban a sus 130 habitantes, según nos cuenta Pascual Madoz.  En el siglo XX llegó a tener trescientos habitantes, hasta que en la década de los 50, el fenómeno de la despoblación hirió a sus gentes, descendiendo su vecindario hasta los veinticinco empadronados en la actualidad.

A Moratilla pertenece Cutamilla, reserva natural histórica cuyo manantial  era conocido ya en época romana por  estar situado junto a la calzada que unía Complutum (Alcalá de Henares ) con Caesar Augusta (Zaragoza). En el Medievo el monte y sus alrededores se describen en el Libro de la Montería del rey Alfonso XI de Castilla.

A fines del siglo XIX el Duque de Pastrana, era  propietario de la finca. En ella construyó un  palacete en estilo Art Nouveau con una estación de ferrocarril privada para recibir  a sus ilustres visitantes: aristócratas, políticos, incluso el  Rey Alfonso XIII y su madre, María Cristina de Habsburgo, disfrutaron de sus instalaciones, de sus aguas termales y sus cotos de caza y pesca. 

Moratilla de Henares posee un paisaje rocoso y agreste de gran valor biológico y natural., que conjuga el tono rosáceo de las rocas con el verde intenso  de encinas, álamos, sauces, fresnos y tilos. En primavera, crecen las plantas aromáticas y en las calles se respira el aroma del romero y las lilas reventadas de flores  blancas y malvas.

  - Este paisaje es maravilloso, no me canso de mirarlo, ¡me relaja! -  me dice Pilar Berlanga, dirigiendo su mirada hacia la ventana de la habitación de su casa, donde me recibe para contar su historia. Al principio, le resulta difícil abrirse y hacer memoria después, con la colaboración de su hijo, revive su memoria del pueblo.

 Pilar Berlanga  nació en los duros y hambrientos  años de las cartillas de racionamiento, en una familia de labradores. Sus primeros recuerdos son los de la escuela municipal, en la plaza. En una pequeña habitación, una veintena de niños y niñas, aprendían la lección, con diferentes libros, según su edad o nivel de aprendizaje, todos bajo la atenta mirada de sus maestras seguntinas, primero Juanita Sánchez y después, Mari Puertas. Al finalizar las clases y después de ayudar en sus casas, acudían a la plaza a  jugar y saltar a la comba. Debajo de la escuela, había un bar, frecuentado por los hombres al finalizar la jornada para refrescarse y echar la partida y una tienda que vendía de casi todo hasta que la cerraron, aunque después la volvió a abrir el tío Clemente, para seguir vendiendo de todo un poco. Aquello que no había lo compraban en Sigüenza. Los domingos, llegaban los seminaristas llegaban paseando desde Sigüenza, vestidos con sus sotanas negras,  para jugar en el frontón de Moratilla y, en verano,  darse un baño en las aguas del río junto al molino y el salto Gimena.

 A Pilar le gustaban las fiestas de los pueblos  a los que acostumbraban a ir andando. Su tía fue su maestra de baile. Una tarde, en medio del campo, dio sus primeros pasos, canturreando una canción.

Por aquellos años empezó la migración a la ciudad. Entre 1950-57, más de un centenar de vecinos marchó en busca de trabajo. Pilar cumplió los 16 años y decidió emigrar, como la mayoría de las chicas de su edad que escogieron como destinos Madrid, Alcalá de Henares, Barcelona, Guadalajara y Zaragoza, focos de atracción de población rural en busca de oportunidades. En el pueblo  sólo quedaron los mayores y, algunos jóvenes que no podían abandonar las tierras de labor o el ganado que tenían a su cargo. Emigraron más mujeres que hombres y, si la salida fue dolorosa, también lo fue quedarse viendo cómo se iban desmembrando las familias, se abandonaban los corrales y se cerraban las casas, la escuela, el bar, la tienda….y en el pueblo  apenas quedaba el 10% de la población que tenía.

El destino de Pilar fue Barcelona, donde ya estaban sus tíos. Cuando el trabajo se lo permitía, regresaba para reunirse con su familia, y reencontrarse con las chicas que como ella volvían en vacaciones. En Barcelona  conoció a Diego, un extremeño llegado a la ciudad condal en idénticas circunstancias. Al casarse ella dejó de trabajar, para dedicarse a su casa y a los dos hijos que tuvieron. 

 A Pilar le tiraba tanto su pueblo que, no le costó esfuerzo alguno convencer a Diego para pasar allí las vacaciones estivales en familia. Eran los veranos de los 80 -90, y la generación del baby-boom, la primera descendencia nacida en la ciudad, llegaba a Moratilla de Henares, llenando de nuevo la plaza con las risas y los juegos, eran los hijos de aquellos que marcharon veinte años antes a la ciudad. Fueron veranos divertidos, en los que el pueblo rejuvenecía con la llegada de esa generación urbana que aprendía a disfrutar sus vacaciones en el pueblo de los padres. Cuando los hijos se hicieron mayores y empezaron a desligarse del núcleo familiar,  Pilar  empezó a tener más tiempo libre, a pensar en su futuro y en su posible regreso al pueblo. Convenció a su marido para arreglar la casa de los padres, paso necesario para poder ir prolongando  sus estancias hasta que al  jubilarse, dejaron definitivamente Barcelona para establecerse en Moratilla de Henares y así disfrutar de una vida sana, sencilla y apacible, cuidando la huerta familiar, donde crecen acelgas, tomates y calabacines y jugando al guiñote en el centro social. -El pueblo, sin las partidas de guiñote no sería pueblo-  apostilla su hijo.

El Archivo Municipal de Moratilla de Henares

Con el éxodo rural, la pérdida de población, y la falta de relevo generacional, menguaron los ingresos y aumentaron las dificultades económicas  para asegurar  la prestación de unos servicios mínimos obligatorios de tipo administrativo y asistencial, a la población que quedó en Moratilla de Henares. 

En el horizonte se  dibujaba un  triste panorama de vacío y olvido. Para intentar solucionar la situación, se inició una política de concentración administrativa, sustentada en el decreto 802/1963, de 18 abril, por el que se  producía la incorporación voluntaria de los municipios de Moratilla de Henares, Barbatona, Alcuneza, La Cabrera, Cubillas, Guijosa, Los Heros, Matas, Mojares, Palazuelos, Pelegrina, Pozancos y Ures a Sigüenza, como capital administrativa, quedando garantizada la tutela y prestación de los servicios a la población que permanecía  en aquellos municipios 

Al efectuarse la  incorporación  administrativa se procedió al levantamiento del archivo, pero sólo se entregaron los libros de actas de sesiones plenarias y los libros de hacienda y secretaría correspondientes a los años 1950 a 1964, por considerarlos básicos y necesarios para el desarrollo y funcionamiento de la administración local.

 En el año 2003, desde el Ayuntamiento de Sigüenza nos desplazamos hasta Moratilla de Henares para inspeccionar el estado del archivo que permanecía en el pueblo. En los armarios del centro cultural, donde los vecinos echaban la partida, encontramos padrones de población, la contribución industrial, rústica y urbana, las quintas y reemplazos, juntas locales de enseñanza y sanidad y los presupuestos municipales. La documentación más antigua conservada es el expediente de quintas y la contribución agraria fechada entre 1860-69. Todos los expedientes fueron recogidos y trasladados a Sigüenza, para recibir el tratamiento técnico correspondiente y garantizar  sus medidas de conservación.

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza