Mar10202020

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Delibes, la tierra herida y cuatro botarates

En la recta final del verano, de una tacada, me leí “El hereje”, “Cinco horas con Mario” y “Diario de un jubilado”. Tenía muchas ganas de leer y releer a Miguel Delibes, tenerlo presente en el centenario de su nacimiento – el próximo 17 de octubre cumpliría cien años – y sentir que sigue más vivo que nunca, en un mundo que se nos escapa de las manos.

Miguel Delibes en su domicilio en 1975. (Fundación Miguel Delibes).

Le gustaba definirse como “un hombre de campo” y nadó contracorriente, alertando de los peligros de un progreso descontrolado. Fue, por decirlo de alguna manera, un ecologista pionero, auténtico, un hombre al que le gustaba la caza. Un hombre tan apegado a esos campos, cada vez más despoblados, de Castilla que evitaba siempre que podía viajar a la capital de España. No, no era un ecologista sandía, verde por fuera y rojo por dentro, para que me entiendan, al que la naturaleza se le reveló un fin de semana caminando por una solana.

En estos tiempos tan extraños que vivimos, donde las cosas pequeñas adquieren un valor superior a las que hasta ahora considerábamos importantes y prioritarias, he vuelto a Delibes. A su literatura desposeída de falsos oropeles y adornos innecesarios. Leyendo al escritor vallisoletano me siento todavía más orgulloso de ser de pueblo, de haber nacido en una pequeña aldea en la que se respetaba la palabra dada y donde hay un dicho que define a la perfección el carácter austero y leal de sus habitantes: “al pan, pan, y al vino, vino”.

Cuando Miguel Delibes pronunció su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, en 1975, yo acababa de llegar a Madrid, por la Estación de Atocha en uno de aquellos ferrobuses alimentados con gasoil. Todavía recuerdo la impresión que me causó, al asomar con la maleta a la Plaza de Carlos V, el edificio del Ministerio de Agricultura y los bulevares del Paseo del Prado.

Delibes había escrito aquel año “Las guerras de nuestros antepasados” – una novela muy recomendable para Carmen Calvo – y su elección de académico la aceptó como un mero reconocimiento al trabajo literario ejercido durante casi treinta años. Por lo tanto, no pensaba prescindir de su cazadora de siempre, sus batidas de caza, sus días de pesca y su gorra con visera. Tampoco, por supuesto, de sus principios y de sus preocupaciones por el medio natural.

Así que aprovechó su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua para alertar a los allí presentes – muchos de ellos más amigos de los cafés madrileños que de los cerros donde anidan las perdices – de los peligros que suponía para la naturaleza el progreso descontrolado. A Delibes, al que tuve la ocasión de entrevistar en varias ocasiones, una de ellas en Valladolid con motivo de la publicación de “El Hereje”, le constaba que el insecticida DDT (dicloro difenil tricloroetano) era el causante de la desaparición de los petirrojos. Como le constaba también el efecto letal de herbicidas y otros productos químicos utilizados en la agricultura para los ríos trucheros y cangrejeros por los que se movía durante algunos fines de semana.

Para un hombre que escribía sus libros a mano y que sentía los problemas del mundo rural como propios, aquel discurso en la Academia era el que era y no podía ser otro. Algunos le llamaron entonces “aguafiestas”, mientras él seguramente les llamaría por detrás, con una sonrisa, “botarates” y “calamidades”, como Carmen Sotillo llamaba a ciertos amigos de su difunto esposo en la novela “Cinco horas con Mario”.

Delibes, además de un gran escritor, en cuya obra podemos recuperar algunas palabras del campo prácticamente olvidadas, es ahora una referencia casi obligada para quienes pretenden – quizá demasiado tarde – volver a llenar la España vaciada. En su bibliografía pueden bucear y descubrir que el problema de la despoblación del campo español comenzó a preocuparle mucho antes de que ellos vinieran al mundo. El problema es que entonces no se hizo nada y ahora tampoco, por mucho que se hable de esos nuevos planes de desarrollo para contener y, si es posible, incrementar la población de nuestros pueblos. De momento, sólo palabras.

Nadie como Delibes para explicarles a quienes han descubierto de pronto la gravedad de la despoblación que “menos predicar y más dar trigo” y recordarles también que ya vale de “marear la perdiz” de un lado para otro, con comisiones, ponencias y reuniones a distintos niveles y con distintos decorados.

Siguiendo con Delibes, que por algo me ha alegrado las últimas tardes del verano, y siguiendo con las recomendaciones de algunos de sus libros, convendría poner encima de los despachos de algunos de nuestros políticos – aunque sólo sea para que sepan de lo que realmente están hablando – otro libro importante del escritor castellano, en este caso escrito a cuatro manos, en interesante charla con su hijo Miguel, biólogo y director durante muchos años del Parque Nacional de Doñana.

Se titula “La Tierra herida” y es un aviso para navegantes, sobre todo en la actual encrucijada en la que nos encontramos. Padre e hijo, uno gran amante de la naturaleza y el otro científico comprometido con el medio ambiente, dialogan sobre los problemas ecológicos a los que se enfrenta el planeta en este nuevo siglo: el cambio climático, la desertización, la desaparición de especies, la escasez de recursos básicos como el agua, la contaminación del medio ambiente, el deshielo de los polos y el peligro de la subida del nivel del mar...

¿Estamos a tiempo de cambiar el curso de los acontecimientos? ¿Podremos frenar la degradación del planeta? ¿Hay soluciones reales y aplicables para reconducir el no muy halagüeño futuro de la Tierra? Estas preguntas se las hacían hace ya quince años Delibes padre y Delibes hijo (el mayor de siete hermanos).
Fue premonitorio; una de sus últimas aportaciones, antes de su muerte, para afrontar los desastres que nos están llegando.  

Mientras tanto, que dios nos coja confesados.

Javier del Castillo

En el Día Internacional de la Democracia nadie se ha acordado de ella

El 15 de septiembre es el día Internacional de la Democracia de las Naciones Unidas, evento que no ha aparecido en grandes titulares en ningún medio. Cómo es posible, hay que preguntarse, ya que la palabra, que no el concepto, anda siempre en boca de todo el mundo. Se usa como arma arrojadiza, como si unos u otros, Güelfos o Gibelinos, prácticamente la hubieran inventado. Y sin embargo, cuando hay oportunidad, como el pasado 15 de septiembre, nadie, y digo nadie, intelectuales y escribientes de todos los pelajes incluidos, ha dicho ni pío sobre el significado, sobre la importancia, sobre la profundidad de la idea, sobre su inexcusable necesidad. Sobre su ausencia en último término, como diría Javier Krahe (¡Ay, democracia!) No se puede evitar pensar que ese es el riesgo que no se quiere asumir. Que ahí es a donde no se quiere llegar.

La democracia no es más, ni menos, que una forma de gobierno. Una manera de organizarse políticamente que ha devenido tras un largo proceso histórico en la menos injusta de las formas factibles de organizarse. No es ninguna propiedad de la justicia ideal, ajena al mundo de los vivos, ni una ley moral prístina del alma humana o de las sociedades perfectas. Tampoco es escuchar con respeto las opiniones del contrario: eso se llama educación.

En realidad es un concepto simple, como todas las ideas poderosas. El requisito de la democracia es el control del poder por el ciudadano. No la soberanía popular, un concepto de los reyes absolutistas para legitimarse, que fue falso entonces y es falso ahora. El soberano siempre es el ejecutivo (quien tiene el “monopolio legal de la violencia”, según Max Weber), y todo lo que sea vestir esa realidad no puede ser más que un intento de confundir, casi siempre con intenciones políticas, es decir, de deseo de poder. La historia del control del poder por el ciudadano, erigido en sujeto político, es prácticamente la historia de Occidente.

Las ciudades-estado griegas ensayaron todas las formas de gobierno posibles. Se dice que en la Atenas de Pericles el poder residía directamente en el ciudadano a través de la asamblea (Ekklesia), con funciones ejecutivas, legislativas y judiciales, pero la realidad es que el número de cargos representativos era extenso, como corresponde a toda sociedad organizada compleja. La historia del camino a la democracia después de Grecia es en su mayor parte la de la representación política.

Representar es hacer presente a quien está ausente. Actuar en su nombre y bajo su mandato. Como cuando un amigo te hace un trámite, al que has autorizado por escrito a hacerlo por ti y al que lógicamente no has autorizado a nada más. En sentido político, el concepto se lo debemos a Marsilio de Padua en el contexto de las luchas de poder Iglesia-Estado, que zanja por lo sano en su Defensor Pacis, de 1324: la aprobación de las leyes corresponde al pueblo ya que sobre él se aplican. Este verdadero adelantado a su tiempo sienta las bases de lo que hoy entendemos como democracia moderna: justifica el principio representativo, el de mayoría de votos para tomar decisiones, o incluso implícitamente el de separación de poderes, cuatro siglos antes del Espíritu de las leyes de Montesquieu, afirmando que la legislación pertenece al pueblo mientras que gobernar es labor del príncipe.

Los órganos representativos evolucionan a partir de instituciones medievales de apoyo al soberano en su gobierno (curias, consejos, etc.) Así, tomando como núcleo la corte personal del rey, se crean órganos más amplios con representación de los terratenientes feudales (seculares o eclesiásticos), de los que el rey solía requerir impuestos o fuerza militar. La legitimidad de los reyes medievales se sostenía en un delicado equilibrio con estas instituciones, que utilizaba con fines consultivos convocadas a su requerimiento, pero que no podía contrariar si deseaba mantener el poder. Los representantes de las ciudades entrarían después en estas cortes extendidas, convocados por los reyes como apoyo en sus conflictos con la nobleza. El primer rey que llama a los burgueses a reunión junto con el alto clero y nobleza es Alfonso IX, formando las Cortes de León de 1188, institución que en el siglo XIII se generaliza al resto de los reinos peninsulares. En Francia se crean los Estados Generales en 1302 con la incorporación del Tercer Estado (ciudades) a los dos anteriores (Primer Estado o alto clero y Segundo Estado o alta nobleza). En 1215 la nobleza inglesa arranca a Juan I, en abierto enfrentamiento de intereses, la llamada Carta Magna, en la que se restringe el poder del monarca a favor del de los propios nobles. Ese deseo de limitación del poder del soberano por parte de otro poder fuerte y en competencia es el motor de la rápida evolución del sistema inglés. Los monarcas del Antiguo Régimen intentarán en todo Occidente ganar poder a expensas de la aristocracia, básicamente por acumulación de riqueza, desembocando en el absolutismo. En Inglaterra la Carta Magna permanecerá como referencia. El conde de Montfort, en 1265, reinando Enrique III, convoca a concilio a nobles y por primera vez a burgueses (comunes) sin autorización del rey, estableciéndose un parlamento autónomo del poder real. Esta situación de conflicto entre parlamento y rey es permanente en Inglaterra, acabando en las guerras civiles del siglo XVII, en las que el enfrentamiento entre ambos es ya militar. Tras la república de Cornwell y la Revolución Gloriosa, se firma la Declaración de Derechos de 1689, prácticamente una constitución en sentido moderno, todavía vigente en el ordenamiento británico, en la que se establece que el rey no puede legislar sin la aprobación del parlamento. Habían pasado 365 años desde el Defensor Pacis y faltaban aún 100 exactos para la Revolución Francesa.

Alfonso IX

Locke, tras la Gloriosa, la Escuela de Salamanca, en el mismo siglo, y por fin Montesquieu, ya en el XVIII, a la vista de la historia y tras una reflexión sobre el poder, aquilatan lo de Marsilio de Padua, estableciendo la separación de poderes como principio irrenunciable para el control político, idea hasta el momento no superada por ningún teórico. La esencia del concepto, que nunca se menciona en el debate mediático siendo lo realmente pertinente en Montesquieu, es la separación entre nación y estado. La nación somos los ciudadanos, en cuya mano ha de estar la legislación que sobre nosotros mismos se ha de aplicar, como postuló aquel inspirado Marsilio. Los asuntos cotidianos, por motivos prácticos, y en general todo el funcionamiento de la administración pública, y también la representación de la nación hacia el exterior ya que ésta carece de personalidad jurídica, solo puede estar en manos del estado, es decir, del ejecutivo a la cabeza de la administración. Pero la idea más importante de los ilustrados del XVIII, más allá del simple legislar, es: el estado actúa de forma autónoma para ser efectivo, de acuerdo, pero ha de ser controlado por la nación para prevenir que se extralimite en sus atribuciones. Es a la nación a la que corresponde imponer las leyes al estado, que no se puede entender en sentido moderno más que como herramienta de servicio a aquélla, pero para eso la propia nación se ha de constituir en un poder fuerte, enfrentado, capaz de oponerse al soberano, como se aprendió en las luchas entre nobles y reyes en el Antiguo Régimen. Ese mecanismo de control, tras las revoluciones norteamericana y francesa y sus correspondientes constituciones, no es otro que la asamblea o cámara de representantes, que actúa bajo mandato de la nación constituida en cuerpo electoral y sujeto político, cuyos integrantes son elegidos libremente de entre los propios ciudadanos. El importante concepto de constitución política nace aquí: existe al constituirse la nación (institucionalizarse) en contrapeso del gobernante.

Llega por tanto la historia a la conclusión, tras siglos de pensamiento y lucha política, de que la democracia como forma de gobierno, apta y práctica para sociedades extensas, en la que el ciudadano dispone de instrumentos de control del poder, solo puede establecerse mediante dos mecanismos inexcusables y complementarios. El primero, bastante obvio, es la representación política, que hunde sus raíces en la más remota Edad Media. El segundo, menos obvio, es la separación y contrapeso de poderes políticos, cuya teorización completa debemos a las mentes de los más grandes pensadores. Ya que la nación no representada, el conjunto de ciudadanos por separado, nada podemos hacer civilizadamente ante el poder gobernante (estado), salvo que formemos entre todos, con plena libertad colectiva, una institución capaz, no controlada por él.

Queda preguntarse si en España se da alguna de estas condiciones, y eso sin siquiera tocar la cuestión más obvia de la independencia judicial, otra pata de la democracia. Los diputados son puestos por los jefes de los partidos en listas, menú combinado por otros que el ciudadano solo refrenda (voto a siglas) en lugar de elegir representantes personales que actúen bajo su mandato. La reunión de representantes de jefes de los partidos, llamada Congreso, no difiere demasiado, bajo análisis del poder, de los Consejos Reales medievales, elegidos por el soberano de entre sus hombres de confianza. Ninguna ley es aprobada sin consentimiento de los jefes de partidos, que a su vez controlan el ejecutivo. La separación de poderes por tanto no existe, un retroceso de tres siglos, y la existencia de un Boletín Oficial del Estado, que no de la nación, debería ser prueba suficiente. El soberano sin contrapeso, el Leviatán de Hobbes, recae en los partidos (partitocracia), que se reparten por cuotas los distintos órganos del estado, incluida la asamblea. Y en cuanto a la representación del mandato ciudadano en la asamblea estatal, que no nacional, ¿cómo va a existir si los diputados votan a las órdenes de los jefes, es decir, a favor de sus intereses o los de sus amos, no de los nuestros? El que elige manda, se sabe desde el Medievo.

A lo que se reduce la política en regímenes como el español, que no es ni mucho menos único en el mundo, herederos todos de los errores de entreguerras que laminaron de golpe 700 años de historia, es a la lucha entre facciones, integradas en el estado y ajenas a la nación, en su interés por ganar más cuota de poder, como hacían los nobles de la Edad Media. Un poder oligárquico sin más preocupaciones que sus cuitas internas, jamás controlado por un factor externo que le plante cara. Un estado incontrolado por la nación, como hubieran querido conservar los reyes y aristócratas del Antiguo Régimen. Visto así, parece lógico –la lógica del poder– que el 15 de septiembre todo el mundo se olvidara de la fecha. Los que callaron, y son legión, no andan sino arropando a escondidas, como los niños, su caramelo: como si no fuera con ellos la cosa.


SANCTIFICETUR NOMEN TUUM

Siempre he pronunciado su nombre con respeto y cuando lo he escrito ha sido con un atávico orgullo no disimulado. Siempre te he buscado entre los colorines de los mapas, más bien por si estabas ausente que por si estabas ahí y no querías decirme nada; y, en los libros que al final tienen un índice onomástico, he peregrinado con la uña del dedo índice simulando ir ganando altura por ver si te encontraba, entre Sevilla y Soria. También te busco en postales, en grabados, en medallas, en sellos, en camisetas, en mecheros, en los papeles de envolver el kilo de chuletas o un brazo gitano, igual que en reproducciones de materiales de bisutería no más nobles ni baratos. Hoy te encuentro en los distintos medios de comunicación, y tus muchas imágenes y textos los retengo tercamente en los archivos de mi ordenador, porque tu peso no pesa.

Veces y veces he oído la secuencia sonora que te nombra con los significantes de forma correcta emitidos, pero no siempre los sonidos de los demás son los que son los tuyos: te confunden la ese con la zeta o al revés en estas sureñas regiones del reino; o te rompen el espinazo central en dos partes y el dolor no te deja queja alguna porque sabes del sedante de las buenas intenciones de los criminales; o te tratan como antigualla no evolucionada en el curso del tiempo donde puentes fueron pontes y fuentes fontes, y se te medio entornan los ojos notando cómo ibas creciendo tras muros y murallas en la vastedad de un páramo inmisericorde, que los brazos eran ya esas altas torres para ver y ser vista, la celosía de tu infancia mostraba ya a una moza en flor y perfumada, ojos para mirarte, labios para la doncelía; o qué decir de ese signo de distinción, esos dos puntos horizontales sobre esa ü que tú, como las ajorcas de las damas iberas, te cuelgas cada mañana para salir a pasear ribera abajo. No quiero hablar de tu acentuación, aunque bien sabes que eres una palabra exenta como una escultura, importante por sí misma, tónica es decir, no del nivel de otras palabras que no sirven sino para relacionar, y eso es nada, otras palabras.

El tiempo, eso que nos hace viejos, eso que todo lo embarra y lo mezcla, te ha cercado de otros avatares. Los más modernos, como Google, te rebajan la inicial mayúscula, como si en ello se llevaran algún significado. Minúscula, pues. Esos mismos te prefieren desnuda de adornos, esencial, minimalista, sin almenas ni tesoros, ni recovecos con que un signo de escritura obligue a que esa ü sea pronunciada, no como ese alguien o ese aquel que en la escuela no supo aprenderlo y luego, como de sabio, lo ignoró. No te serán necesarios tampoco los pendientes, pero a ti te gusta pasearte con ellos, más que por presumida, por esa moderna antigüedad que tan diferente te hace. Y no lo dudes, que siempre puede ser peor: ahora los posmodernos de movilazo escriben “ziwenas” por cigüeñas, adulterando ese radical origen tuyo por un extraño ringorrango sajón que resulta como un insulto que hiere en los ojos y por el dasawe del wáter echan tu cigüeñal. Mil veces eres injuriada con el desparpajo injusto de un novato imberbe, y tú lo más que haces es cerrar los ojos, igualito que las estatuas de Plensa, como si tu fuerza fuera el silencio en vivo, y aguantar ¡Qué remedio! Y además, es dudoso el género gramatical de tu elaborado esqueleto, eres guapa y guapo en el mismo momento, luminosa e incluso luminoso, maestra y maestro, doncel y doncella, pero prefieres madre y madrastra, que es lo que mejor casa a tus instintos y a tu puro significante.

Para conquistar tu nombre hay que subir muchas cuestas resbaladizas, vadear muchas mimbreras, hay que evitar el sol demasiado de la desolada intemperie, comerse el frío, saltar charcos, rodear plazas, rendir fuertes y murallas, traspasar fronteras. Todo un laberinto tus moradas hasta que, con tus arreos propios bien puestos, dejas de ser guiños de algarabía y visajes de jerigonza. Y entonces suena la claridad, como una campana dorada, y te conviertes en exactitud y precisión: cuatro vocales y cuatro consonantes todas distintas y magistralmente ordenadas y talladas por el uso del hablar. El aire, materia inocentemente natural, hay que refinarlo en los pulmones; para que cumpla su función, hay que ir dejándolo escapar en tres tramos, tónico el central, manejándolo con las riendas de la lengua según su posición en la boca. Alveolar, gutural, nasalización, inter labial, son tecnicismos aclarados en los manuales de fonética y fonología. ¡Qué difícil llamarte! ¡Arte de magia el dudoso trazado de los signos que son ya tan tuyos como míos! La primera sílaba, un silbo casi, resulta ser ya un suficiente modo de invitación al silencio y a la siesta, a la silla y al sillar; la segunda, me avergüenza como un regüeldo endiablado; pero es la tercera y final la preferida por ti y por mí, y entonces vamos sacando nuestra colorada lengua por entre los castos dientes y los labios de lirio. ¡Y el aire se siente puramente agotado como yo!

Días de confinamiento sin fin y desescalada, soledad que enerva y frustra, un libro o un montó es un compañero excelente en este acuoso desierto. Stephen tiene su historia: de Dublín, lo conocí a mediados de los ochenta en un instituto de Alcalá de Henares en que ejercía como profesor de inglés, se casó allí, etc. Su hobby es la biografía y la obra de Cervantes, su espinita se llama Brexit. Hace unos años volvimos a coincidir y desde entonces nos tomamos alguna cervecita juntos, como ahora, al sol de las ocho y pico de la tarde. Entre Sirenas al norte y Nereidas al sur, cómodamente sentados frente a un mar que espejea un rubor como de vino y canta su sedante melisma, estamos esperando a Charo y Lola para echar un ratito y charlar.

-El teletrabajo es más trabajo, es un engorro sin fin que me tiene estresadísima. Y más blanca que el blanco de la leche. Aburrida estoy, y el verano llamando a la puerta, y todo esto que no acaba de acabarse. ¡Qué envidia me dais, jubiletas!- decía Lola mientras iba desenmascarando su sonrisa y luego escondía su tableta y sus gafas de sol en el bolso de cuero. Charo ya se había sentado, la mascarilla de pulsera:

-¿De qué se platica en esta botica? ¡Nada de política, eh, que si no Lolita se irrita!

-Pues mira. Estábamos hablando –decía Stephen mientras giraba la copa sobre la mesa- de su pueblo, que quizá vaya a aparecer en un listado para ser reconocido como patrimonio de la humanidad. Es muy difícil conseguirlo pero hay patrimonio, cultura y paisaje. Lo descubrí gracias a una excursión del departamento de extraescolares, luego he vuelto otras tres veces. Os dará la risa el que un pueblo de menos de cinco mil tenga lo que tiene por haberlo sabido mantener, que haya manejado tantísima piedra, haya trazado un espacio urbano para la convivencia, tres iglesias románicas y una catedral para verla y dentro la joya de su Doncel, una fortaleza acogedora, manzanas de edificios en terrazas bajando la cuesta hasta el Henares, río de la avena loca del Arcipreste de Hita y de ninfas renacientes, agua del bautizo de Cervantes…

-Esos son delirios de grandeza y puro chovinismo. La vanidad castigará a los “seguesanos”. Anda, búscalo en la tableta y dale a imágenes -estalló Lola mirándome con una expresión desdeñosa-. ¿Y la ciudad más antigua de occidente? ¿Los sarcófagos? ¿El teatro romano? Mis murillos, mis zurbaranes, mis goyas ¿no son nada? Y para guapo guapo el San Servando de la Roldana. ¡Habrase visto! Y no hablemos de los carnavales, Stephen.

- Creo que hay varias varas para medir varias cosas –retomó el irlandés-. Todo aspirante debe cumplir unos requisitos de los que puedes informarte en internet. Tened en cuenta que crearon donde nada había, y que eso ha de ser mantenido en un medio rural y en una España peligrosamente despoblada y desfavorecida. Los cluniacenses franceses reconquistaron la plaza en el siglo XII, implantaron el nuevo rito, construyeron símbolos, pero siglos más tarde también otros franceses la asediaron y asaltaron, despreciaron la imagen de la patrona traída por aquellos antepasados suyos y sometieron a sus habitantes a la indigencia de por vida. La nueva división territorial del reino, que Javier de Burgos modeló, le adjudicó, como sede episcopal, un territorio nuevo y repartió el que tenía. Fue un mal no menor decir adiós a San Baudelio, adiós a Medinaceli, adiós a Huerta. Y en la guerra civil el desatino de ambos bandos, a cañonazos por tierra y bombas por aire, la pretendieron con insano sadismo. Incluso el obispo ha emigrado a tierras de mejor pastoreo. Edificios totalmente vacíos que el tiempo irá royendo como es su costumbre. No hay ni vino ni aceite ni lavanda, ni una industria, siquiera pequeña, que sujete a los resistentes residentes y les permita prosperidad. Ni agricultura ni ganadería, apenas ya artesanos y cuatro hortelanos. Abundan tiendas y comercios, bares, restaurantes y terrazas. La enseñanza fue hace años su punto fuerte. Quizá podría especializarse en la práctica del idioma español para alumnos extranjeros, u otro tipo de saberes. Hasta entonces no le queda más remedio que vivir de los viajeros y turistas como un singular parque temático, eso sí, con la ventaja de distar de Madrid sólo ciento cincuenta kilómetros. Lo que hace falta es conseguir y gastar un montón de euros para llevar a cabo un amplio programa si no de creación al menos de mantenimiento –concluyó Stephen apurando el penúltimo trago ya calentorro.

Charo aplaudía con sordina el argumentario del discurso del irlandés hasta que se dio cuenta de que se le había caído la mascarilla y la recogió encogiendo el torso. Lola iba poniendo mueca de mona lisa mientras visaba y veía, pasaba, ampliaba, retrocedía las imágenes. El camarero ponía otras cuatro cañas. Al sol, ya beodo y púo, del todo amoratado, nada le quedaba para ocultarse en su yacija.

-¿Y este es el pueblo del que nunca te has desempadronado? ¡Joé, si es un gallo! Mira, mira, Charo, ¡un pueblo rojo! Arfavo, vente acá pacá –y acercaron no sin peligro las sillas para comentar juntas las imágenes - . Muy bonita postal, verde y azul. Al menos cinco rascacielos. Esto es la plaza mayor… esta, otra plaza con tres escudos, … un parque con árboles y quiosco, …una calle, un arco y encima un altar con virgen, …otro arco con virgen, … una casa con portón y almenas, …otra calle de casas iguales … una fuente con tres caños, … un museo pone que es, … aquí, antigua universidad, . ..eh ,quilla, peaso iglesia , no pinta que esté abandonada, …altar, altar, capitel, bóveda, reja del coro, sacristía, rosetón, claustro, capilla del Doncel, el hermano del Doncel, sus padres, más Doncel. A este ya lo tenía yo visto. ¡Qué tarde es! Venía así, la misma imagen, en el libro de Historia que me hicieron estudiar. Que me duele la cabeza. Hace poco que hablamos del síndrome de Stendhal pero lo mío debe de ser otro virus o el maldito teletrabajo. Escucha, siguentero, que tu pueblo me ha gus.., nos ha gustado mucho. Otro día será otro día. Apago la tableta, recojo mis cosas, ¡uf, la mascarilla! Bueno, pues muá, muá y muá. Todavía tengo que hacer cena para tres. Charo, hablamos mañana.

Y Lola se fue. Con Charo y Stephen aún nos tomaríamos otra u otra dos. Ya era de noche. Las palmeras, recién podadas, levemente inclinaban su penacho al viento del sur. Desde que han suprimido la circulación, todo se oye.

- Oye, ¿y tiene allí Cervantes el nombre de alguna calle?

- No, que yo sepa -le respondí-. Sin embargo sí las tienen Machado, Lorca, Picasso y algunos más del siglo XX. Es que hay muy pocas calles de nuevo cuño, de mujer creo que ninguna. No sabemos que Cervantes estuviera o pasara por allí, sí sabemos que conoció al secretario de uno de sus obispos. Esto, por supuesto, ya lo comentamos hace tiempo. Lo que no sé es si sabes lo del soneto de Alberti.

Hice ademán de declamar los primeros versos. Sí, conocía el poema. Lo guardaba en una foto que le había hecho en la estación del tren la segunda vez que vino. Charo se mostraba intranquila, la mascarilla de acá para allá, salió de la terraza a fumarse un cigarrillo y a trastear en el móvil. Y volvió. Me preguntó si estaba de acuerdo con lo que Stephen había dicho. Respondí:

-Totalmente de acuerdo, turismo, enseñanza y patrimonio, claro que este patrimonio tiene a la iglesia por dueña. Para todo habrá que contar con ella. Somos ya jubilados mayores. A ti quiero recordarte lo de tu admirado Stevenson, el escocés de La isla del tesoro, cuando habla del ocio como un hacer muchas cosas no reconocidas en los formularios de las clases dirigentes; que el ocioso cuida de su salud y espíritu al estar al aire libre, que nunca será dogmático y sí tolerante con toda persona y opinión, que si una persona no puede ser feliz más que estando ociosa, ociosa ha de estar. Reivindico, pues, el acceso a una cultura del ocio, un asunto me temo, muy personal.

-Quillo, que no me enteraba muy bien de cómo se escribía y cómo se pronuncia el nombre de tu pueblo. Creía que era algo así como Gigonza o algo parecido. Ahora ya lo tengo aquí pero no sé si lo sé muy bien leer. A ver, si, sig … Oye, ¿y estos dos puntos aquí cómo los leo?

- Pues no somos ni seguesanos ni siguenteros, ya se lo diré yo a Lola. Somos seguntinos con la pérdida de esos dos puntos que sin función son inútiles del todo. Respecto a su pronunciación… “siempre he pronunciado su nombre con respeto y cuando lo he escrito…” 

Antonio Ortiz Mochales

Verano de mascarillas y distancias

Ni canción del verano, ni fiestas, ni peñas, ni pasacalles, ni encierros, que bastante encierro tuvimos la primavera pasada con el estado de alarma y el obligado confinamiento. Hace un año, por estas fechas, ya había empezado la Liga y Pedro Sánchez presidía un gobierno en funciones, a la espera de algún acuerdo o de nueva convocatoria electoral. Antes de hacer las maletas, con la imagen todavía presente y evocadora de la procesión de Los Faroles, Sigüenza recuperaba la calma. Volvía a la normalidad. Se agradecía en ese final de agosto la bajada de las temperaturas y el aire fresco que acompaña a las noches seguntinas.

Este año todo ha sido distinto. Un verano atípico, de mascarillas agobiantes y distanciamiento social obligado, aunque no siempre se hayan respetado las distancias. “Lávese las manos con el gel hidroalcohólico, póngase la mascarilla y no se acerque. Mantenga por favor la distancia”, advierte el funcionario de turno. ¿Le parece bien la quirúrgica, la higiénica, la EPI o mejor la FPP2? Sensación de agobio, sonrisas forzadas y gestos apenas perceptibles de preocupación, detrás de esta prenda imprescindible que nos tapa la boca y la nariz cada vez que salimos de casa.

Uno de los primeros días de las vacaciones, cuando ya había salido a la calle, caí en la cuenta de que me había olvidado en el perchero de la habitación este inseparable “objeto o trozo de tela o papel que se coloca sobre la nariz y la boca y se sujeta con una goma o cinta en la cabeza para evitar o facilitar la inhalación de ciertos gases o sustancias” (RAE). No era la primera vez, por cierto, que me había ocurrido algo parecido y desde hace algún tiempo, para evitar males mayores, llevo un paquete de mascarillas sanitarias en la guantera del coche.

Pero, en este caso, preferí llamar a casa desde el portero automático y pedirle a mi mujer que me lanzara por la ventana la mascarilla olvidada. La mascarilla fue descendiendo, hasta que una corriente de aire la arrastró y la dejó colgada en uno de los tubos de conducción del gas que sobresalen de la pared. No sabía qué hacer ante ese imprevisto, mientras observaba la mascarilla a varios metros de altura. Pero gracias a mi buena puntería, ejercitada en mis años de infancia con tirachinas, conseguí recuperar el dichoso trapito, la prenda más popular del verano; esa humilde mascarilla que nos cubre las vías respiratorias y nos impide muchas veces reconocer a quienes se cruzan en nuestro camino.

El verano de 2020 ha sido, sin lugar a duda, un verano raro, raro, raro… Un verano en el que nos hemos visto obligados a superar el miedo al coronavirus, intentando hacerlo compatible, pese a los rebrotes, a la necesidad de recuperar una normalidad que se me antoja cada vez más difícil.

Una de las primeras reflexiones que conviene hacerse, después de las vacaciones de este año, es si seremos capaces de doblegar a esta pandemia en España con las directrices de un gobierno que se parece bastante al ejército de Pancho Villa o atendiendo ahora a las medidas de protección aplicadas por otros 17 gobiernos que hacen la guerra por su cuenta y procuran eludir responsabilidades cuando los contagios se incrementan.

El coronavirus amenaza, mientras tanto, nuestras vidas y nuestras economías. Y, lo que todavía es más preocupante, nos avisa cada día de lo frágiles y vulnerables que somos, a pesar de los avances tecnológicos y a pesar de los descubrimientos científicos de nuestro mundo globalizado. El maldito virus anda suelto y ha sido capaz de encerrarnos durante meses en nuestros domicilios, provocando en España cerca de cincuenta mil víctimas mortales, una cifra que está muy lejos de los 29.000 fallecidos de las listas oficiales. Desgraciadamente, tenemos un gobierno que se resiste a reconocer la cifra real de fallecidos.

Por otra parte, una generación ejemplar, que logró reconstruir y hacer más moderno y habitable un país que había sido destruido por la guerra, se nos ha ido por el desagüe del olvido y la indiferencia. Son nuestros héroes caídos, los abuelos que tantas lecciones nos han dado y que se han marchado en medio de la soledad y del olvido. Decenas de miles de mayores han perdido la vida en una pandemia que pensábamos que era como la gripe y que no fue atajada cuando estábamos a tiempo de pararla. Decenas de miles de familias tienen que llorar ahora la ausencia de sus seres queridos —otras muchas han cerrado sus empresas o han perdido sus trabajos—, mientras me sigo preguntando si, con todo lo que ha caído, seremos todavía incapaces de aprender de los errores cometidos.

El uso de las mascarillas, el distanciamiento social y la higiene personal son importantes. Para todos y sin excepciones. Los ciudadanos españoles tenemos que tomar conciencia de la gravedad de la situación en la que vivimos y pensar en cómo salir de esta crisis que no tiene precedentes en los últimos cien años.

Hasta hace algunos días, caminaba por el pinar de Sigüenza con la mascarilla preparada en el bolsillo para enfundármela cuando me cruzara con alguien. Ahora, ya en Madrid, es una prenda que me cubre la cara desde el mismo momento en que salgo de casa. La vuelta de este verano de mascarillas y distancias se presenta complicada. Vuelven los niños a los colegios, pero se mantiene la incertidumbre…, y se siguen incrementando los contagios.

Menos mal que ya empezamos a estar curados de espanto.

Javier del Castillo

Ilustración: Galia

¡Cuánto habría que aprender de ellos!

Ha tenido que ocurrir una tragedia, una catástrofe como la que todavía estamos viviendo, para que nos diéramos cuenta de que ellos estaban entre nosotros. Indefensos, ensimismados en sus recuerdos, intentando recuperar momentos felices, con esa memoria selectiva de la que algunos se ven privados por culpa del maldito alzheimer. Muchos de ellos, decenas de miles, han dejado este mundo en la más triste soledad, abandonados a su suerte, entre la sinrazón y la impotencia.

El coronavirus ha diezmado y se ha llevado por delante a una generación irrepetible, curtida en la adversidad y en el sacrificio. Muchos de ellos nacieron durante la guerra civil y otros eran casi unos niños durante la contienda o se quedaron huérfanos cuando los bombardeos dejaron paso a los escombros y a la miseria, en un país devastado por la guerra. En sus recuerdos más lejanos están las meriendas con pan duro y una onza de chocolate, el huevo frito compartido, la leche en polvo, las cartillas de racionamiento o el abandono del colegio porque había que echar una mano en casa.

Con el paso de los años, en aquella España marcada por la escasez y la grisura de la posguerra; en aquel país que intentaba mirar hacia delante, superando las heridas de una contienda fratricida, comenzaron a ver un poco de luz al final del túnel. Los primeros “brotes verdes”, entre los edificios reconstruidos. Después de tantas privaciones y sacrificios, la generación de nuestros padres empezaba a ver a partir de los años sesenta algún resquicio de esperanza en la emigración y en el desarrollo de los primeros polígonos industriales. Sus hijos – menos mal – ya podíamos estudiar, incluso hacer una carrera, gracias a su enorme sacrificio.

Pues bien, estos hombres y mujeres, que se pasaron media vida luchando para sacar adelante a sus familias y que por fin pudieron empezar a celebrar con entusiasmo los progresos y el bienestar de sus hijos, han muerto de forma inhumana. No se merecían acabar así, abandonados a su suerte, en medio de una pandemia en la que a muchos de ellos ni tan siquiera les dieron la oportunidad de despedirse de sus seres más queridos. Nuevamente, sacrificados por una causa mayor.

La deuda que tiene este país con la generación anterior a la nuestra es enorme. Impagable, inabarcable. Ellos, después de haber sido niños de la guerra y niños huérfanos a los que en muchos casos se les ocultaban las causas reales de la muerte del padre o del abuelo, fueron luego capaces de mirar hacia adelante y de poner los cimientos para construir un país moderno y democrático. Cuarenta años después, al final de la dictadura, también fueron capaces de volver a sacrificarse con la mejor intención posible: “que vosotros no tengáis que volver a pasar las mismas calamidades que hemos pasado nosotros”, como me repetía mi madre.

Pero, desgraciadamente, el legado de esta generación que debíamos de tener colocada en un pedestal se ha ido perdiendo en el olvido, como se ha perdido la tolerancia a quien discrepa de los postulados propios. El odio que ahora se respira entre los nietos de la generación de españoles que decidió pasar página y buscar puntos de encuentro para reconciliarse es la prueba más evidente de que los hemos olvidado.

Cuando todavía vivía mi padre, en sus últimos años, fui testigo en muchas ocasiones de aquellas historias ya lejanas que le contaba a mi hija Isabel, y que yo ya había escuchado otras tantas veces. Eran historias duras, pero tan reales como la vida misma. En alguna ocasión su nieta, mi hija, le recordaba que aquello que le estaba relatando ya era la cuarta o la quinta vez que se lo había contado.

Sin embargo, no por reiterativo era más oportuno y necesario. Conocer lo que han hecho quienes nos precedieron – lo bueno y lo malo – debería formar parte de la educación obligatoria en las siguientes generaciones. Cuando mi padre le contaba a mi hija cómo había visto sacar de la iglesia y quemar las imágenes de los santos o cómo se llevaban, los de un bando o los del otro, a vecinos que ya nunca más volverían a verlos es duro. Sin embargo, esa tragedia también necesita contarse. Aunque sólo sea para comprender, desde la distancia, algunas de las cosas que ahora nos pasan y, sobre todo, para poder darles el valor que realmente tienen los conceptos de respeto y tolerancia.

La comunicación entre generaciones creo que se está perdiendo justo cuando más facilidades tenemos para mejorarla. La brecha generacional se agranda, a pesar del importante papel que siguen jugando los abuelos en las familias – especialmente en los momentos más duros de las crisis económicas – y se acentúa además por la omnipresencia de los móviles y sus múltiples aplicaciones en nuestras relaciones. El niño que antes escuchaba encantado las batallitas del abuelo, aunque fueran repetidas como las de mí padre, prefiere ahora ponerse videojuegos en la tableta o en el smartphone y disfrutar de sus batallas virtuales.

La generación de nuestros mayores también ha llegado tarde a las nuevas tecnologías. Aunque a muchos de ellos estos avances tecnológicos les hayan servido para despedirse de sus hijos por videoconfencia. Tampoco ha tenido tiempo de asimilar tanto progreso.

Nacieron con la crisis, lucharon luego para levantar el país, sufrieron infinidad de penalidades antes de ver disfrutar a sus hijos y nietos… Y, ahora, con todo lo que han pasado, se nos mueren en medio de otra maldita crisis.

Sólos, sin consuelo, como si hubiera caído una maldición sobre ellos.

Javier del Castillo