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Un año sin Trevijano

Se cumple un año del fallecimiento de Antonio García-Trevijano Forte (Alhama de Granada 18/07/1927 – Madrid, 28/02/2018), y es necesario recordarlo, primero por injustamente repudiado e ignorado durante buena parte de su vida, segundo porque solo él dio la explicación esencial a lo que nos pasa en este país y porque, por tanto, necesitamos sus ideas y propuestas, las cuáles sin duda le sobreviven y tarde o temprano triunfarán porque no puede ser de otro modo: el solo decía que el sol sale en verano mientras los demás hablan de lluvia. Fue hombre de cultura enciclopédica que supo unir todo ese saber profundo y meditado de las ideas de los grandes pensadores con las enseñanzas de su propia acción política, en la transición y el franquismo, del que terminó siendo el aglutinador de toda la oposición antes de que fuera traicionado por los aspirantes al nuevo poder. Creó un cuerpo teórico y práctico que trascenderá como uno de los pensamientos más brillantes y completos sobre lo político, con la virtud de ser plenamente aideológico, es decir, de verdadera ciencia política. En su obra, de profundidad inagotable en cada página, muestra los fundamentos de ese inasible concepto llamado democracia que, desde él, queda inequívocamente definido. En sus libros interpreta el significado político jamás explicado de hechos históricos como las revoluciones francesa y norteamericana, imprescindibles para entender dónde estamos y, sobre todo, dónde no estamos. Su extensa e intensa “Teoría pura de la república” es, seguramente, por el cambio de paradigma que supone al que lo estudia, el libro más importante que he leído en mi vida.

Trevijano, o mejor Don Antonio, como nos referimos a él todos los que en vida le respetamos aunque solo fuera por lo que nos enseñaba generosamente cada semana en sus programas grabados en plataformas de internet, fuera de los grandes medios, que lo silenciaban, él, digo, fue el primero que habló aquí públicamente de separación de poderes y el único que lo ha hecho en los correctos términos; nos enseñó que no es lo mismo representatividad, cosa imposible e innecesaria en un parlamento, que estar representados, cosa posible, necesaria e inexistente en España y en la mayor parte de Europa; nos enseñó a diferenciar entre nación y estado y nos mostró que sin ésta enfrente y atándolo corto no puede haber democracia; denunció hasta el último día que en España y en Europa el poder lo ostentan facciones y no representantes a las órdenes del elector, que nos gobierna una oligarquía de cúpulas de partidos de masas, es decir, identitarios, integrados en el estado, del que son dueños y tienen a su servicio; que el miedo a la libertad que impidió la ruptura democrática en el 78 es el que la sigue impidiendo hoy, mientras se nos mantiene en la confusión (“del error se sale, de la confusión no”) de que el remedio está en cambiar el collar al perro cada cuatro años en lugar de cambiar de perro, de una vez, por uno que nunca ha habido en España. Don Antonio fue el único antisistema que ha tenido Europa en los últimos 40 años, pero no un antisistema “echao al monte” y fuera de la sociedad, sino uno constructivo que defendía, no ya una simple opinión sobre lo mejor para su país, sino lo único bueno posible según un edificio teórico indestructible, un conocimiento fácil de enunciar pero no rápidamente fácil de asir por sus múltiples implicaciones, en todo caso al alcance de cualquiera dispuesto a hacer un pequeño esfuerzo. La instauración de un sistema inteligente de control del poder y de verdadera libertad política, y no solo un régimen con libertades públicas, que es la zanahoria que se nos concedió, nunca mejor dicho, en la transición y que, por supuesto, no es lo mismo.

Por otra parte hay miles de inmigrantes en los CIEs

Tenemos un sueño. Que el desierto demográfico de las zonas rurales interiores de la provincia de Guadalajara se conviertan en un oasis demográfico, donde personas de diferentes nacionalidades, refugiadas de guerras, hambrunas, cambio climático etc. encuentren un lugar para poder vivir, acogidos por los lugareños como hermanos diversos de la gran familia humana única. Enriqueciéndose unos a otros, abriendo horizontes nuevos, paradigma del futuro. 

La despoblación en las autonomías del interior de la península es muy acusada. Del total de casi 47 millones de ciudadanos, solo 4,6 millones ocupan lo que equivale al 70% del territorio nacional. Esta despoblación preocupa a niveles gubernamentales.
Por otra parte hay miles de inmigrantes que pasan por los CIEs (centros de internamiento de extranjeros). Se trata de establecimientos públicos de carácter no penitenciario en los que son mantenidos bajo vigilancia policial, casi como si fueran delincuentes, y donde al final no se les plantea ninguna solución.

¿No sería posible buscar una solución inteligente en la que el dinero de las arcas del estado o de los gobiernos autónomos o provinciales se gastara de una forma más humana y constructiva que en los CIEs?

Hay ejemplos muy detallados de repoblaciones a lo largo de la historia. En el siglo XVII Prusia acogió a los hugonotes que huyeron de Francia, debido a la abolición en 1598 de la libertad de conciencia y de culto de los calvinistas, lo que provocó la emigración de decenas de miles de franceses. Por otra parte, tras la guerra de los Treinta Años grandes zonas del país, que entonces estaba formado por reinos y ducados autónomos, habían quedado devastadas. En 1685 se publicó el edicto de Potsdam, en que el príncipe Friedrich Wilhelm ofrecía buenas condiciones de asentamiento a los refugiados en el reino de Brandenburgo.

En el siglo XVIII había en Andalucía extensas zonas de terreno baldío debido tanto a la estructura latifundista como a la falta de brazos para trabajar las tierras. La idea de la colonización agrícola, hecha realidad en Prusia, fue aceptada en la provincia de Córdoba, que tenía ya un antecedente en el siglo XVI en Benamejí. En 1767 se publicó una Real Cédula, muy detallada e instructiva, a la que siguieron otras. Así se fundaron entonces, entre otras poblaciones, La Carlota y La Carolina.

Naturalmente cada momento histórico y cada situación son diferentes. Pero valgan estos casos mencionados como antecedentes y ejemplos de lo que es posible.

“Tenemos invierno demográfico y sin embargo nos cuesta recibir gente”, ha dicho hace poco Luis J. Argüello, secretario de la Conferencia Episcopal Española.

Japón se veía venir encima el problema de la falta de trabajadores hace décadas, pero no reaccionó hasta ahora, cuando el agua le ha llegado a los cuellos: El Parlamento de Japón ha votado recientemente a favor de la entrada de un número nunca antes visto de trabajadores inmigrantes: 300.000 en los próximos cinco años, a partir del próximo mes de abril.

En este momento y aquí en la provincia de Guadalajara, así como en otras, a la vez que se acoge a quienes necesitan ser recibidos, esto puede contribuir a que los pueblos no se extingan, a que los colegios sobrevivan, a que haya población que trabaja y que a la vez asegure el futuro de los que se van jubilando, etc.

Para esto solicitamos un requisito indispensable: que los alcaldes puedan acoger migrantes en los pueblos y aldeas sin necesidad de que tengan papeles al llegar, sino que los adquieran al cabo de un tiempo viendo una respuesta sincera por su parte.

A través de los Ayuntamientos, con apoyos de la Administración y de voluntariado habrá que fomentar el conocimiento intercultural e interreligioso mutuo, facilitar el aprendizaje del castellano para los que llegan y formación para el trabajo posible en la provincia, explorando cultivos alternativos etc.

Con tal fin será necesario crear un equipo interdisciplinar. Partimos de un sueño, pero conscientes de que, aunque el escenario no es sencillo, si se centran los esfuerzos, la generosidad de todos puede hacerlo real.

Menos fanatismo y más tolerancia

Decía Julio Camba, con su habitual retranca gallega y la experiencia que le daba el haber sido corresponsal en diferentes países europeos y americanos, que “el español es poco amigo de pensar, pero si piensa no hay otro pensamiento más que el suyo”. Me gusta esta reflexión de Camba porque retrata con bastante acierto la impermeabilidad y la resistencia de los españoles al discurso y al pensamiento discordante. El poeta Antonio Machado, mucho antes de que Joan Manuel Serrat lo rescatara del olvido y Pedro Sánchez le rindiera homenaje en Colliure (Francia), tampoco iba desencaminado cuando en un poema de “Campos de Castilla” escribía lo siguiente: “De diez cabezas, nueve/embisten y una piensa/Nunca extrañéis que un bruto/se descuerne luchando por la idea”. Hablaba sin referirse en concreto a los españoles, pero estaba claro a quienes conocía más de cerca.

Nos cuesta aceptar que quizá el otro —ese que no piensa como tú y se empeña en llevarte la contraria—, también puede tener alguna vez razón. Aunque sea muy de vez en cuando. Somos tan intolerantes que en numerosas ocasiones ni tan siquiera nos tomamos la molestia de escuchar los argumentos del divergente. El rechazo es inmediato. Yo diría que hasta preventivo.

En la sociedad española se juega peligrosamente con el negro y el blanco. Con la derecha y eres un “facha” o con la izquierda y eres un “rojeras”. Cada día resulta más difícil encontrar otras tonalidades cromáticas. El insulto y la descalificación están dejando fuera del debate político y social a quienes tratan de defender sus posiciones con argumentos y razones de forma pacífica y mesurada. O estás conmigo o contra mí. No corren, efectivamente, buenos tiempos para la lírica, silenciada por la agresividad y una especie de crispación de carácter retroactivo. Se reabren heridas del pasado y se vuelve a la confrontación y a la amenaza dentro de esas dos Españas que tan bien nos retrató Antonio Machado y que ya creíamos superadas.

La convivencia entre españoles es la base de nuestra democracia y no puede seguir deteriorándose, echando por tierra los logros conseguidos en esta nueva etapa democrática. Sería como darles la razón a quienes defienden el afán autodestructivo de nuestro carácter colectivo.

Pero hay cosas que no son normales. Y bastante menos tolerables. Los independentistas, sin ir más lejos, ponen y quitan gobiernos, pasándose por el arco del triunfo la Constitución y la democracia. Y nadie defiende a quienes sufren dentro de ese mismo territorio la marginación y el odio de los que intentar romper la unidad de España. Ante este panorama, resulta verdaderamente difícil conjugar las palabras convivencia y tolerancia. Tampoco los líderes políticos son capaces de dejar a un lado sus diferencias y buscar puntos de encuentro para atajar los grandes asuntos de Estado. Y menos ahora, que estamos en vísperas de múltiples campañas electorales.

Resulta difícil recuperar la sensatez y la calma, cuando lo que se pretende realmente es la descalificación y hasta la caza del adversario, llamándole facha, traidor, mentiroso o indecente. Cada uno se lleva lo suyo. Nadie se salva. Nuestros políticos —para echar más leña al fuego— salen de casa por la mañana bien pertrechados de descalificaciones que lanzan a sus contrincantes a las primeras de cambio. Estamos, como escribía recientemente Raúl del Pozo en su columna de la contraportada de “El Mundo” en la riña, el rencor y la revancha. En “el viejo ácido nucleico celtíbero que se llama fanatismo”, decía textualmente el maestro.

Los tiempos cambian, las sociedades avanzan, pero el arraigado fanatismo sigue gozando de excelente salud entre nosotros. Además, se retroalimenta y recarga de odio y rencor en las redes sociales. La crítica me parece muy recomendable, pero siempre que esté argumentada, y teniendo muy en cuenta que los medios de comunicación y los periodistas jugamos un papel fiscalizador muy importante.

Mucho más discutible es la impermeabilidad y la intolerancia de quienes reciben esas críticas. Porque, como decía al inicio de este comentario, nos cuesta aceptar con naturalidad que pueda haber otra gente que defienda lo contrario de lo que nosotros pensamos. Es un problema que deberíamos de mirárnoslo, aunque solo sea para no ver enemigos —fachas, no fachas, rojos o allegados— por todos los lados.

Ciberseguridad

Han participado:

Iulia Ciudin
Darius Ciudin
Nacho Caballero
Adalia Gómez
María Rodríguez
(entre 11 y 16 años)

La discriminación positiva no existe

En numerosas ocasiones, cuando se habla de cuestiones de género, de promoción de la mujer y de otros grupos desfavorecidos, como la población del entorno rural, se menciona la opción de aplicar medidas de “discriminación positiva” para tratar de paliar la situación de injusticia en la que se encuentran.
Se puede definir “discriminación” como: “Trato diferente y perjudicial que se da a una persona por motivos de raza, sexo, ideas políticas, religión, etc.”

Ahora veamos la situación de la mujer en diferentes ámbitos para ver quién está discriminado:
“22,86%* de brecha salarial”: El promover medidas para lograr que las mujeres cobren lo mismo que los hombres por el mismo trabajo ¿discrimina a alguien o es una medida para lograr un mundo más justo?

“69,3% de los que cobran el salario mínimo o menos son mujeres”: El promover medidas para que las mujeres no se vean obligadas a aceptar trabajos precarios ¿discrimina a alguien o es una medida para lograr un mundo más justo?

“73,8% de los contratos a tiempo parcial son para mujeres”: El promover medidas para que las mujeres puedan acceder a trabajos que le proporcionen independencia económica y realización personal ¿discrimina a alguien o es una medida para lograr un mundo más justo?

“37,95% de brecha en las pensiones de jubilación”: El promover medidas para que las mujeres jubiladas no se vean abocadas a la pobreza sin recursos ni oportunidades para revertir esa situación ¿discrimina a alguien o es una medida para lograr un mundo más justo?

Pero, por si quedan dudas, llevemos el ejemplo al extremo: supongamos, por un lado, una familia en la que las personas adultas no tienen empleo y tienen tres menores a su cargo; supongamos por otro lado otra familia de 5 miembros igualmente, con 6 millones de euros en el banco, 3 inmuebles en propiedad y 4 vehículos de alta gama. Supongamos que a la primera familia se le concede una ayuda de 100 €/mes para comprar alimentos, se les financia el pago de agua, luz y gas, y se incorpora a las personas adultas a programas de inserción laboral remunerados. Todas estas ayudas a la primera familia ¿suponen algún tipo de discriminación para la segunda? ¿habría que darle a la segunda familia 100€/mes también para no discriminarlos? No, ¿verdad? Es absolutamente ridículo.

Introducimos aquí el concepto de “equidad” que se puede definir como: “Cualidad que consiste en dar a cada uno lo que se merece en función de sus méritos o condiciones.” La justicia tiene que ver con la equidad, no con el reparto de recursos simétricos a colectivos desiguales.

Para quienes aún duden de la importancia y necesidad del lenguaje inclusivo, aquí tiene el perfecto ejemplo de lo potente que puede ser el lenguaje: Si en el ejemplo de las familias habláramos de discriminación positiva, estaríamos victimizando a la familia segunda (en situación de privilegio) y culpabilizando a la familia primera (en situación de necesidad).

No hablemos más de “discriminación positiva”. La discriminación positiva no existe porque ayudar a un colectivo desfavorecido, sea el que sea, no implica discriminación hacia nadie sino la búsqueda de un mundo mejor y más justo. El termino correcto es “medidas de acción positiva” o “acciones positivas” cuya definición es: “Medidas dirigidas a eliminar las desigualdades existentes contra grupos históricamente discriminados. Son medidas temporales con las que se pretende suprimir y compensar las desventajas existentes” y refleja más claramente su significado y connotaciones.

* EPA de cierre de 2017