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Opinión

Mariana y la soledad compartida

Era parte del paisaje humano de Peñagrande, hasta que un día dejé de verla pasear por el barrio. Su imagen inconfundible —ese balanceo provocado seguramente por alguna lesión de cadera, con esa cabellera blanca y descuidada que le caía sobre los hombros, junto a su inseparable perrita— y sus maneras educadas me llamaron la atención desde el principio, antes incluso de que una serie de circunstancias, que les contaré a continuación, me ofrecieron la oportunidad de conocerla más de cerca.

Mariana, que así se llama la señora, llamó un día a la puerta de mi casa y le pidió a mi mujer que si sería tan amable de guardarle el montón de  periódicos y revistas que cada noche tirábamos al contenedor de papel de la calle en donde vivo. Alguna de las bolsas que había logrado rescatar la mujer del contendedor le permitió averiguar la procedencia de aquellos periódicos y,  sin pensárselo dos veces, un día pulsó el botón del portero automático en demanda de ayuda.

Después de identificarse y de explicar los motivos de la llamada, entre otros su gran afición a la lectura, mi mujer y aquella buena señora, Mariana, alcanzaron un acuerdo amistoso y favorable para ambas partes: nosotros le dejaríamos en una bolsa los periódicos, junto a la puerta de la casa, antes de irnos a dormir y ella los vendría a recoger a primera hora de la mañana siguiente para llevárselos a su domicilio.

Este curioso intercambio de información escrita funcionó  estupendamente durante un año, aproximadamente. En alguna ocasión me encontré a Mariana en la puerta de casa, recogiendo el paquete de periódicos junto a su perrita de color café, con aquella cara de buena persona y aquel inconfundible balanceo. Al principio de conocerla, nos dábamos los buenos días y la veía alejarse con la prensa del día anterior bajo el brazo.

En ocasiones posteriores, me preguntaba con cierta timidez y bastante educación por la familia, por el trabajo o por mi relación con Guadalajara, pues sospechaba mi vinculación con esta provincia al ver entre la colección de periódicos el bisemanario “Nueva Alcarria”. También me confesó un día algunas de sus inquietudes y preocupaciones más inmediatas, como la soledad en la que se encontraba ahora, después de haber disfrutado de una existencia feliz y desahogada. O el miedo inevitable al desahucio, a tener que abandonar la casa donde vivía cuando la salud le fallase. Curiosamente, pude comprobar en aquellas breves conversaciones matinales su afición por la información económica y un especial  interés por el mundo de los viajes. Había conocido de joven París, Roma y otras capitales europeas y se la veía feliz recordándolo.

Agradecida, de alguna manera, por facilitarle cada mañana los periódicos que antes iban a parar al contenedor, Mariana acabó convirtiéndose en una persona cercana, así como en una lectora de prensa estimada y querida por la familia. Sabíamos que vivía en una casa alquilada al otro lado de la avenida porque ella nos lo dijo, que le gustaba madrugar y leer, pero poco más.

Hasta que el pasado invierno dejó de venir a recoger  los periódicos que yo le seguía dejando cada noche a la entrada de casa. No le di demasiada importancia.

Pensé que estaría atravesando alguna de las malditas gripes invernales. Pero fueron pasando los días… y Mariana seguía sin aparecer. Los periódicos se iban amontonando y quince días después de su ausencia volví a llevarlos de nuevo al contenedor.

La figura tambaleante de Mariana ha dejado de pasearse por el barrio desde hace unos meses. Nadie ha sabido darme señales de ella, ni decirme cómo se encuentra. Es posible que haya decidido cambiar de aires o que algunos problemas de salud la hayan obligado a retirarse a una residencia. No lo sé. Pero sí sé que la sigo echando de menos. Me pregunto con cierta frecuencia qué habrá sido de Mariana y por qué razón, siendo tan agradable y educada, no ha dado explicaciones sobre su ausencia. Quiero pensar que no le ha ocurrido nada malo y que volverá al barrio en cuanto pueda, pues hasta los periódicos son más aburridos y comienzan a notar su ausencia.

En una gran ciudad, como Madrid, nunca han dejado de sorprenderme este tipo de situaciones, de gente que apenas conoces aunque vivas tan cerca de ella.

Hace bastantes años, a la vuelta de unas vacaciones de verano, me enteré de la muerte de un vecino del bloque en el que entonces vivíamos después de ver durante una larga temporada a la viuda paseando sola. Me extrañaba que no fuera del brazo del marido, como tantas veces la había visto. del brazo del marido.

Supuse que la empresa le habría destinado fuera de Madrid. Hasta que un buen día me contó el portero de la finca que había fallecido de un infarto meses atrás, mientras estaban de vacaciones. Me tuve que armar de valor para disculparme y mostrarle mis condolencias a la citada vecina, con varios meses de retraso.

La soledad y la incomunicación son difíciles de explicar en una ciudad con varios millones de habitantes, pero están mucho más presentes que en cualquier pueblo abandonado de nuestra provincia.

De pronto, descubres que vives al lado de gente con la que te cruzas cada mañana o cada tarde y de la que sólo sabes que existe.

Javier del Castillo
Director de Comunicación
de Atresmedia Radio