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Opinión

Matas

No es muy frecuente subir porque queda a cierta distancia de la carretera. Hacía años que no lo hacía, la penúltima vez a coger moras e higos, porque zarzas e higueras silvestres son desde hace un tiempo únicos pobladores permanentes de las calles, haciendo, quizá por fin, honor a su nombre. Está rodeado de robles, quejigos meseteños que afieltran el monte cuando se ve de lejos, y a sus pies hay cultivos que en esta época del año despuntan en tiernos verdores que estrían los rojos profundos de la tierra. Sus bellas mamposterías, hechas de oficio y paciencia, apenas se soportan. La techumbre de la iglesia hace tiempo que cedió, quedan unos durmientes y unas vigas en el lado que mira al valle, pero en el ábside a esta hora entra el sol de pleno; alguien ha cruzado dos maderos apolillados sobre la hornacina central, improvisado símbolo religioso para recuerdo inducido de un pasado. Del resto de las casas suelen quedar las paredes de piedra rubia y gris, careada y perfecta; solo una junto a la iglesia conserva parte del tejado, en precario equilibrio. Te asomas al zaguán desde el callejón de hierba y maleza e imaginas a sus habitantes originales trajinando entre aperos, volviendo del sol a sol cotidiano. ¿Cuántas vidas habrán sido alumbradas entre esos muros, entre cada cuatro muros de cada calle del pueblo?

No llegó nunca la electricidad ni el cemento, el pueblo se conserva como siempre fue, decir se conserva es mucho, pero, ¿qué queda de verdadero en esta era de pueblos destruidos, no por el abandono, como Matas, sino por la dejadez del espíritu, por el tejado de chapa y la fachada de pega, por los volúmenes construidos innecesarios, por los marcos de ventana de plástico? ¿Qué ha quedado de la bella Castilla rural tras el paso del caballo de Atila de los felices años de burbuja inmobiliaria?
Hasta hace bien poco, una, dos décadas, teníamos unos pueblos que, precisamente por la falta de población y de arreglos con materiales limpios y modernos (la llamada “falsa modernidad” de algún sociólogo), conservaban un sabor y una autenticidad difícil de encontrar en países más avanzados. Un rico patrimonio no valorado: pueblos que despertaban el deseo de conocer de los extraños. Como prueba, Bujalcayado, otro de nuestros (casi) despoblados, de sabor primigenio íntegro, del que hoy los que allí se han instalado hasta le hacen documentales que se ven en todo el planeta gracias a internet.

Matas y Bujalcayado no son los únicos ejemplos de conservación de un patrimonio etnográfico transformado en gloriosas ruinas, destrucción relativa del tiempo que, paradójicamente, es valedora de una memoria en tantos sitios laminada por la suplantación de lo que es de pega, proceso peor que el de la ruina por ser, en la práctica, irreversible. En El Atance la amenaza del pantano durante años salvaguardó del enfoscado discorde y del ladrillo caravista aquellas magníficas casas que rodeaban la plaza jalonada por fuente e iglesia, producto de la labor de generaciones que las levantaron, hermosas y rotundas, sin más ayuda que las mulas y el pico, con nada ajeno, pura necesidad hecha práctica, a los materiales de la tierra. El despoblado de Tobes fue consolidado parcialmente en años recientes y, aunque el proyecto por el que se invirtió en él no fue concluido, al menos lo realizado ha permitido la conservación de otro ejemplo de conjunto arquitectónico popular de los que van escaseando: otro lugar abandonado y semiderruido, pero perfecto. Predigo para estos hoy despoblados éxito en un futuro que no será inmediato (no a El Atance, por motivos evidentes). Me estoy refiriendo a nuevos pobladores, los únicos posibles (aunque lo sean en pequeño número) dada nuestra desestabilizada pirámide de población, gentes que vendrán de fuera, de las grandes ciudades o incluso extranjeros.

El retorno al campo es lo que ha ocurrido en toda Europa desde hace décadas. Con el retraso habitual, el mismo proceso se inició en las zonas poco pobladas del interior de España al principio de los dos mil, pero fue paralizado precisamente por la burbuja inmobiliaria, en primer lugar por la subida, desproporcionada respecto a la capacidad local de compra, de los precios de la vivienda en zonas rurales, consecuencia del efecto de “mancha de aceite”, desde zonas centrales a periferias, con el que se comporta el mercado inmobiliario. Hay que recordar la triste paradoja de que algunos movimientos especulativos que al final no llegaron a fin en nuestro territorio tuvieran tanto efecto a largo plazo en el futuro de la comarca mediante su innegable influencia en las expectativas de precios. Un incremento de precios innatural para lugares de demografía depauperada y del que aún sufrimos las secuelas, por ejemplo a la hora de intentar montar un negocio nuevo cuyas futuras e inciertas ganancias han de acabar en una proporción insoportablemente alta en el rentista, o bien en el banco vía desmesurada hipoteca: extracción de riqueza, pura y dura, del ciclo económico local. El palo en las ruedas de los exagerados precios inmobiliarios en relación a la capacidad económica del país es quizá el factor que más esté lastrando nuestra economía en estos momentos y probablemente por mucho tiempo, a pesar de la escasa atención que se le presta en los medios, maestros en señalar cosas e ideas ajenas a lo significativo, pero en comarcas rurales como la de Sigüenza, en la que el entramado económico es frágil y poco diversificado, el efecto es aún más pernicioso.

Rosedale Abbey

Valen como ejemplo para ilustrar la conservación del patrimonio rural muchos países al norte de los Pirineos, aunque resulta especialmente notorio el Reino Unido, del que su gloriosa campiña, pintada por sus pintores, cantada por sus poetas, admirada con orgullo por sus habitantes, es quizá la gran desconocida del turista español. Un país en el que es raro encontrar en sus pueblos, me refiero a cierta distancia de las principales ciudades, un edificio que desentone, un alfeizar sin flores, una casa arreglada (y suelen estarlo todas) no acorde con la estética tradicional del pueblo, un simple cartel plantado con mal gusto. Y se ven los efectos: pueblos del tamaño de un Riosalido, de un Imón, de un Alcuneza, cito estos tres porque fueron de los más poblados de nuestro entorno, algunos superando varios centenares de almas antes de que empezara el éxodo rural, pueblos sencillos, digo, en Cornualles, en Yorkshire, en los Dales, en el país de Gales, con actividad agrícola y ganadera como base, que han sujetado o atraído una población viva y activa, tan numerosa como fue la de nuestros pueblos antaño más habitados, una población en la que, junto al agricultor, viven profesionales que se ganan el pan a distancia o que pasan el menor tiempo posible en la capital y el resto en el campo con su calidad de vida, pueblos y países, significativamente, con una rica actividad turística rural de interior a la que en España todavía no llegamos ni de lejos, ni de lejísimos en lo que es Castilla, ni de remotamente lejos en el futuro dado el daño infligido, irreparable e irresoluble, mediante la dilapidación de ese patrimonio no reconocido y al que no se ha dado la más mínima oportunidad.

Es una pena. Solo queda un puñado de pueblecitos, abandonados todos, que mantienen íntegro, desde su primera casa hasta la última tapia entre viejas huertas, el sabor ancestral de mampuestos calizos y teja antigua. Es muy significativo que tengan que ser estos despoblados en ruinas los que conservan plenamente esas cualidades, como si, contra todo sentido común, fuera peor hacer que dejar hundir. Sería peligroso caer en una comparación fácil de las idiosincrasias a un lado y otro de los Pirineos, entre otras cosas porque no sería justo ni histórica ni económicamente, pero a veces aparentara como si el Homo ibericus castellanus, dotado de la versatilidad de la industria de la construcción moderna, que permite todo lo bueno y todo lo malo, fuera algo así como el cuarto jinete. O el cuarteto entero, para el caso. La desgracia es que el resultado es un tiro en el pie, una pérdida de oportunidades para el futuro mientras sacrificamos gratuitamente el mayor valor posible, casi el único que se puede vender en comarcas de interior como la nuestra. Que no es otro que la belleza humilde y sencilla, pero sobre todo sincera, de aquello inasible y sutil que se viene a llamar “lo auténtico”.